Alejandro Rossi y las amistades circulares

Jun 16 • destacamos, principales, Reflexiones • 4312 Views • No hay comentarios en Alejandro Rossi y las amistades circulares

Escritor de crónicas, ensayos, relatos, ensayos y de una novela, universitario convencido y ejemplar, filósofo que hizo de la filosofía una forma de vida, Alejandro Rossi acabó siendo, gracias a su espíritu fronterizo y no obstante su origen, un intelectual mexicano con todas sus letras

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POR DANUBIO TORRES FIERRO

Este texto es una evocación personal; debe entenderse como un testimonio cuyo tono es el de una conversación entre el autor y el lector.

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And indeed, when we are advanced in years, there is not a more pleasing entertainmet, than to recollect in a gloomy momento the many we have parted with, that have been dear and agreeable to us, and to cast a melancocholy thouht or two after those, with whom, perhaps, we have indulged ourselves in whole nights of mith and jollity.

///// //////////////////////Sir Richard Steele

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Mi primer recuerdo (yo tengo derecho a usar aquí ese verbo sagrado: el personaje que evoco profesaba la religión borgiana) de Alejandro Rossi es muy perspicuo. Lo avisté en el edificio de Excélsior, en el número 18 de la avenida Reforma, y ante la puerta de entrada a las oficinas de la revista Plural. Allí, al comienzo de una tarde de 1974 (¿sería marzo, sería febrero?), divisé a un hombre de edad mediana, guardado en una gabardina cremosa, el pelo desdeñoso, con un cigarrillo en una mano y unos papeles en la otra. Miraba —una mirada nerviosa de sabueso al acecho— a los costados. Fui a su encuentro, me presenté, y él, aliviado al dar con alguien en aquel lugar de corredores inhóspitos y luz artificial, se mostró cordial.

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Permítaseme, entonces, recordar, aunque dude de los términos exactos de ese recuerdo. Porque no sé, ahora, si fue el pálpito repentino, o si la nostalgia me lleva a así evocarlo, pero lo cierto es que tengo la impresión de haber intuido que Alejandro sería, para mí, una de las figuras tutelares a las que tanto me acerqué en mis periodos jóvenes y a las que tanto debo en mi formación como persona. Uno busca, y casi siempre encuentra, lo que uno necesita. Y, añado, en esa elección empática fue determinante que me entusiasmara su columna “Manual del distraído”, que se publicaba en Plural, y que él fuera un extranjero, como era mi caso. Éramos dos forasteros en el corazón de la Ciudad de México. Entiendo que no me equivoqué. Nuestra historia común estaría impulsada, en el inmediato porvenir, por una velocidad intensa: a partir de ese día del temprano 1974, compartiríamos casi cotidianamente la historia de Plural hasta ese otro día, de octubre de 1976, en que asistiríamos juntos a la clausura de la revista. [Este sí es un recuerdo que asoma claro: la noche de ese día se hizo medianoche mientras él y yo, en su auto, estacionado en la puerta de entrada de mi edificio, repasábamos el insuceso y tentábamos medir sus consecuencias en nuestros destinos.] En el curso de ese proceso la cercanía creció como si hubiéramos convivido no dos años sino dos siglos. Que no se malentienda: el vínculo que comenzó en 1974 y se cerró en 1976 no se resintió de allí en adelante; ocurrió sí que su ritmo se modificó y adoptó nuevas andaduras. Más: hasta es probable que entre los años que se extienden de 1980 a 1985 (esta vez recortados por nuestros vínculos con la Universidad Nacional Autónoma de México y con la revista Vuelta), que enmarcan otro ciclo compartido, alcanzáramos una mayor proximidad.

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Se habrá adivinado que, en estas coordenadas, la palabra central es amistad. Era fatal que a ello se llegara. Alejandro reconocía como suya, como propia, la patria de la amistad. A ella —a su extendida y vehemente exaltación, a su búsqueda ansiosa de una solidaridad y un amparo— dedicó gran parte de sus horas y afanes. Espíritu alerta, él no podía engañarse acerca de las virtudes infinitas de la amistad; de ahí que el culto a ella fuera un culto al que se mimaba y sobre todo se calibraba. Más explícitamente: era un culto en el que, por un lado, se cortejaba el afecto y, por otro, la complicidad, y que procuraba conciliar a una y otra vertientes en una dinámica solidaria; la discordia como posibilidad latente creaba allí una tensión que era saludable por todo cuanto se exigía y bienvenida por la distancia que sabía interponer. Proximidad y complicidad se daban entonces la mano para conformar un vínculo personal y también un esprit de corps. No sorprende que, en ese esquema, el ejercicio de la conversación (de la conversación propia y la de los demás) fuese la forma que más se privilegiaba en el acercamiento —esa conversación que, según el tan querido Doctor Johnson, es la más deseada de las distinciones a que aspira la vanidad, y que constituía el gran imán de que se servía Alejandro para atraer y probar. La caligrafía física, con sus miradas y sus gestos, eran parte principal de la gimnasia; cuando se interponía el teléfono, los tonos y los silencios eran lo que importaba.

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Es necesario tener presente algunos datos biográficos de Alejandro para entender sus posiciones hacia la amistad —que eran, de hecho, y con frecuencia, imposiciones. La ascendencia italiana y la venezolana, como suele suceder en los latinoamericanos de raíces dobles, fueron conciliadas hasta alcanzar una convivencia pacífica, en la que ni una ni la otra ganara fueros que no le correspondían; la adolescencia argentina, por su lado, ponía de su parte un denuedo —un atrevimiento— que no se amilanaba. Hay otras lecturas posibles. Italia proporcionaba a Alejandro, además de una biografía de alcance universal, inteligencia, sensibilidad, humanismo –más dos resortes casi similares: histrionismo y esgrima; Venezuela figuraba, en ese esquema, más que como un país real, como el epítome ideal (y brutal) de una América Latina que, además de allegar una biografía de cuño histórico reciente, y por ello actuante, abarcaba la tierra de los sueños desaforados— lo que abonaría, andando el tiempo, la mitología de “la fábula de las regiones”. Ya se verá, más adelante, qué lugar ocupó México. De momento no creo forzar el argumento si digo que entre el arquetipo italiano y el latinoamericano se situaba, en Alejandro, la simpatía democrática, la homonoia en la que él (como miembro de las clases medias que era) confiaba como modelo político en una época en que, sobre todo en este costado atlántico, tanto se la denigraba. La democracia, cómo no, que tan importante había sido para garantizar la coherencia orgánica de la Italia de la posguerra, ésa que alcanzaría su unidad definitiva en el acto fundacional de enero de 1948, y la democracia como aspiración casi espectral en la Venezuela de la primera mitad del siglo XX y en el México que emerge a partir de 1968. Otra lectura tiene un sesgo más íntimo —el que pertenece al modelo de la “novela familiar”, según el famoso paradigma freudiano. Italia representaba al padre –a la autoridad y la disciplina del padre, y Venezuela a la madre –a la sensibilidad y la sensualidad de la madre. Traigo a cuento estas cuestiones porque autobiografía y ficción están muy mezcladas en Alejandro, como lo comprueba la lectura de las páginas de Edén, esa vida imaginada en la que, como se recordará, asoman las figuras del padre y de la madre. Por otro lado, y en este sentido, una frase de Alejandro sobre Ortega y Gasset puede aplicarse a él: “El planteamiento y la explicación de su filosofía exige el estilo autobiográfico”. Más: el “estilo autobiográfico”, en su caso, adoptaba casi siempre la forma de una self-dramatization apenas disfrazada.

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Alejandro aparecía definido, en esa trabazón de orígenes, como un hombre de espíritu fronterizo y en permanente confrontación de ambientes vitales y morales; también aparecía, y no hay contradicción con lo anterior, como un hombre arraigado. Era un transterritorial que actuaba con desenvoltura en cualquiera de los escenarios en que se encontrase. En tanto espíritu fronterizo, Alejandro parecía el vigía [fronterizo] apostado en una posición de vanguardia que le permite una visión en perspectiva del horizonte. Como espíritu con los pies bien plantados en el suelo que pisaba, era animoso y confiado. En este contexto, hay que observar que parece existir un vínculo entre su condición de foráneo y la actitud que asume el narrador en sus textos, un narrador que es un espía y un vigía [fronterizo] y que adopta para sí el discurso de una ficción donde no hay evaluaciones o preguntas sobre lo que es falso y lo que es verdadero y donde se disuelve la idea de sistema. Todo cuanto se toca desde esa perspectiva concurre a estimular el contraste entre la penumbra y la claridad que conviven en una situación determinada; una alternancia, entonces, en la que gobiernan la ambigüedad y la ironía. Lo que se entrega mediante esa estrategia literaria es una verdad precaria, una verdad que se hace y se deshace a medida que en ella se indaga; nada es, allí, definitivo, y, menos todavía, estático. A la vez, y como si se tratara del reverso de ese anverso, en los textos de Alejandro comparece una voz resuelta y con autoridad, una voz de mentor subversivo dispuesto a provocar y, por supuesto, a malherir. Es perfectamente natural que la andadura paródica sea la que dinamiza tanto el anverso como el reverso del mecanismo; al discernir, por ejemplo, dónde está el clisé o el lugar común, el recurso a la parodia (esa cara irónica de Alejandro que asoma en los bordes de sus escritos, haciendo señas y conminando a compartir su código) los descoyunta y los deja tendidos entre los renglones de la página. No había, en esos contextos literarios, elección que fuera gratuita: “Cualquier acción estaba cargada de una intensidad incomprensible” –comenta en algún lugar, a sí mismo parodiándose, el mentor malicioso. Tenía que así ser: el principio rector que ordenaba las cosas llevaba a que se aceptara que el despliegue del esfuerzo creador, como espectáculo y como método de investigación, es lo que verdaderamente importa.

De izquierda a derecha: Álvaro Mutis, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Alejandro Rossi, Abel Quezada y Salvador Elizondo, en una foto sin fecha. /Coordinación Nacional de Literatura-INBA

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En una vuelta de tuerca más, Alejandro era filósofo de formación y era escritor por convicción; era, entre ambas fuerzas, un intelectual capaz de sondear con similar inteligencia en los claroscuros menos formulados y en la racionalidad más transparente del acto creador. Así como no es tarea fácil convivir con los reclamos de las nacionalidades tampoco lo es saberse habitado por unos talentos que exigen la atención a su propia especialidad y a veces no están dispuestos a consentir la ayuda mutua. Alejandro, en sus piezas, confraternizó crispado con esos intereses. No me adentro gratuitamente en complicaciones: quiero decir que no habrá sido trabajo pacífico hallar un estilo personal que cubriera a una obra entera con una sola voz a una individualidad que aspiraba a destacarse, a alcanzar puntos altos. En unos tiempos en los que la literatura hispanoamericana estaba muy viva y actuante, Alejandro aspiró —con tesón, con vanidad bien entendida— a formar parte de ella, a integrársela y a integrarla en su proyecto creador, aunque lo hiciera desde unas (supuestas) afueras. Un rastro de estos enfrentamientos interiores asoma en ciertas páginas que se conocen de su diario. Y que en ese conflicto ocupara un lugar central la escritura como expresión y exorcismo, como ejercicio y beneficio, es perfectamente comprensible. La escritura fue el filtro por el que, desde temprano (desde que, adolescente, publicó en el diario El Debate, de Montevideo, su primer texto: un recuerdo que él atesoraba), tamizaba toda la experiencia. Y, todavía, un paso más: la escritura significaba, en tal esquema, convertir en habilidades tanto las propias virtudes como los propios límites. De ahí que, como en tantos casos, en Alejandro aparecía el dilema de hierro que él mismo recoge en sus diarios: Escribir/No escribir: terrores gemelos. Pero, por fortuna, no se intimidó; pudo, o supo, crear, con nuestra colaboración activa, la de sus lectores, el mito literario Alejandro Rossi. Qué bien lucía, y cuánto reverberaba, primero en Plural y luego en la revista Vuelta, su presencia. La literatura, en esas publicaciones, se volvía una sociedad arropada en ideas compartidas y en solidaridad a una ca[u]sa común; y las columnas de Alejandro, al provocar un re-conocimiento emocional e intelectual, eran una allí una piedra fundamental. Se me ocurre ahora, por contaminación del contexto, que quizás Alejandro fue consciente, desde temprano (desde que frecuentó hoteles y se embarcó en travesías transatlánticas y quedó así marcado por esos tránsitos), en secuencias concéntricas, que necesitaba situarse en la frontera de los géneros literarios, en sus espacios fluidos y porosos y que, desde allí, debía rebasarlos. Por eso escribió crónicas, relatos, ensayos y una novela que rompen con las ortodoxias de los géneros y apelan a lo oblicuo y lo marginal. No hay motivos para sorprenderse de esa estrategia literaria: en ella lo que resonaba, arrimando unidad, era una voz, y –también, y cuánto— un rigor formal que le era inseparable.

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Llegamos a un punto central. El caso que ilustró Alejandro gana en perfil y relieve porque él hizo de México un lugar propio. Me arriesgo a afirmar que, con el ánimo y la voluntad que lo caracterizaban, y que tanta fuerza le daban, no descansó hasta lograr que el país –un país difícil, de fundamentos escépticos— lo reconociera y él lo sintiera como propio. La fecha “institucional” de esa apropiación es el año 1994, cuando el gobierno de México le concede la nacionalidad. Pero, como cabe recordarse, ese momento estuvo precedido y fue preparado por muchos momentos. Primero, Alejandro formó una familia y fue padre de unos hijos a cuyo cuidado se dedicaría con desvelo y cariño. En segundo lugar, y con la misma fortaleza voraz demostrada en su relación con México, se sumó a la Universidad Nacional Autónoma de México y la hizo suya; desde su cátedra de profesor a su estadía en la Dirección General de Publicaciones, y hasta llegar al honoris causa otorgado en el 2001, Alejandro fue un universitario convencido y ejemplar, un universitario militante y valiente. La UNAM fue otra de sus ca[u]sas. No sorprende: en vez de un lugar cerrado, de un recinto circular, su idea de la Universidad era la que está contenida en el sentido etimológico de la palabra universitas: una apertura, un espacio abierto, autónomo y, por irradiador, multiplicador. En el edificio de la organización mental y espiritual del país, esa casa (esa ca[u]sa) era para él una pieza fundamental. Que en 1996 accediera a El Colegio Nacional no fue sino la culminación de un proyecto personal de colonizaciones sucesivas.

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Sin embargo, tal proyecto se destaca, y alcanza su significación más alta (más alta por más íntimamente comprometida con un trayecto que enlaza lo privado y lo público), en el protagonismo que Alejandro conquistó entre la clase intelectual de México, la clase que alrededor del medio siglo pasado surgió como una referencia importante en el desarrollo del país al alimentar una tensión entre ella y los gobiernos y entre ella y los escritores e intelectuales. Otra vez: fue un apoderamiento personal en el que se conjugaron la ambición personal y la osadía intelectual, un apoderamiento que nunca renunció a sus señas de identidad más subversivas. Desde este punto de vista, y abarcadoramente, Alejandro reunió en un mismo gesto a amigos de distintos temperamentos y disciplinas pero vinculados entre sí por la entrega a una similar pasión constructora. Octavio Paz, Luis Villoro, Fernando Salmerón, Gabriel Zaid, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Teodoro González de León, Julieta Campos, son los nombres, entre tantos, que se me ocurren. Y, también desde este punto de vista, es perfectamente natural que Alejandro se sumara, y sumara para sí mismo, como parte de su trabajo colectivo y de su propia cosecha productiva, a Plural y a Vuelta: allí se ilustraba mes a mes el limpio credo de la ideología política y literaria que él defendía.

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Cabe recordar aquí, al término de esta reconstrucción parcial, que la formación esencial de Alejandro fue l a filosofía. Es en ella, y desde ella, que se exalta el hilo de oro que teje las secuencias que aquí se intenta restituir: ese hilo de oro que hace de la filosofía, socráticamente, una forma de vida en cuyo centro se sitúa la moral. En esa forma de vida, el espíritu filosófico es un ánimo constante de aventura y una apuesta por el riesgo y la complicación que implican las tareas de pensar y obrar, orteguianamente, en una circunstancia determinada que acosa y manda. Entiendo que es desde tal lugar que nos saluda –con los prestigios que lo confirman y, a la vez, lo renuevan— ese carácter personal reconvertido en un estilo intelectual que nos legó Alejandro.

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Foto: Alejandro Rossi, a la izquierda, acompañado de Ramón Xirau y Juan José Arreola, en 1990. / Archivo EL UNIVERSAL

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