Diablo frágil

Sep 8 • destacamos, Ficciones, principales • 5346 Views • No hay comentarios en Diablo frágil

En toda amistad siempre existe la tentación. Cuando menos se la espera está
ahí. Sólo falta un momento y una circunstancia que dé pie a la experimentación erótica, así
vaya contra las reglas de la convivencia o luego de un devastador sismo

 

POR ALMA DELIA MURILLO

 

Corrompo, pero ilumino
—Pessoa, La hora del Diablo

 

“No estoy seguro de ser buena persona”, escribió Ulises en su mensaje. Qué se responde ante semejantes declaraciones.

 

Mandé una carita feliz como respuesta.

 

Mi amigo Ulises es así, tiene un repertorio de frases desconcertantes que a veces encuentro geniales y otras veces creo que sólo las dice para hacerse el interesante.

 

Con sus palabras en la cabeza llegué al cruce de avenidas para entrar al bosque a correr. Cuesta creer que detrás de esos puentes que aterran como fieros cíclopes de hormigón y asfalto, la Ciudad de México esconde un bosque de belleza inaudita.

 

Era martes, septiembre.

 

Como cada vez que llego a ese punto, dudé si dar o no la vuelta para evitar al vagabundo que tiene tomado el camellón. Todo en él me fascina y me repele. El muy cabrón disfruta asustando a quien pase por  ahí.

 

Arruga la nariz y levanta el labio superior hasta convertirse en una bestia enseñando las fauces, alza las manos a lo Nosferatu y dice: “soy el Diablo… ¡bú!”

 

Las primeras veces salté como niña. Ese ridículo ¡bú! surtía efecto en mí haciéndome sentir infantil y torpe. Así que me propuse dominar la reacción y elegí pasar junto a él una y otra vez a pesar de que la proeza también suponía resistir su olor a orines amoniacos y el tufo rancio a grasa corporal de quien no ha tomado una ducha en mucho tiempo.

 

 

*

Aquel martes esperaba repetir la rutina: contraje el abdomen, aceleré el ritmo y pasé junto a mi demonio matutino anticipando escuchar su línea. Pero esta vez no dijo nada, estaba paralizado, mirando al suelo.

 

Cuando llegué al semáforo la avalancha de autos me detuvo. Mientras esperaba el cambio de luz, mi vagabundo gritó: “¡ustedes no son buenas personas y merecen morir!”

 

Un calor líquido me regurgitó en la garganta. ¿Por qué dijo eso, precisamente eso?, ¿qué significaba esa coincidencia con el mensaje de Ulises?

 

El ruido de los autos golpeaba y la frase coagulaba en mi cerebro.

 

Entré al bosque y me detuve para escribirle a Ulises contándole lo que acababa de pasar. Empezaba el texto cuando entró uno suyo: “Parece que Flora tiene cáncer en el seno izquierdo”.

 

Lo leí varias veces, el recuadro superior del WhatsApp decía que Ulises estaba “en línea”, esperaba mi respuesta. Me quedé de una pieza.

 

Flora es mi amiga desde que se casó con Ulises, al principio lo fue por añadidura pero con el tiempo nos hicimos realmente cercanas, la quiero. Me angustié frente al teléfono sin saber qué decir.

 

“No puede ser, ¿ya lo confirmaron?”

 

Esa fue mi lacónica línea, me arrepentí pero ya la había enviado. La respuesta de Ulises fue igual de escueta. “Parece que sí, te escribo luego”.

 

Corrí desconcentrada, los kilómetros pasaron sin darme cuenta, un desasosiego invasivo me colonizaba las entrañas. El “no estoy seguro de ser buena persona” de Ulises, las palabras de mi satán callejero y el posible cáncer de Flora se apretujaron en mi pecho picoteando como cuervos.

 

Regresé a casa luego de diez kilómetros de carrera en el bosque y me calmé, la ducha y el olor del café recién molido ayudaron. Desayuné, me puse a trabajar y durante un  par de horas olvidé todo.

 

 

*

Era martes, septiembre. Diecinueve.

 

Y entonces la tierra saltó.

 

Con el corazón en la boca bajé las escaleras intentando no caerme, los cimientos se sacudían violentamente. Llegué a la calle y me encontré con el infierno. Una masa de polvo, alarmas y lamentos se expandía como una nube apocalíptica. Colapsaron dos edificios, tres, doce, diecisiete… el conteo de inmuebles dañados por el sismo no paraba. El conteo de muertos tampoco.

 

Hablé con mi hermano y mi madre, los dos estaban bien. Eché a andar por las calles sin saber hacia dónde, anhelando que alguien me dijera qué hacer.

 

Me detuve en un edificio derruido y me puse en la fila para ayudar a levantar escombros. Ese derrumbe me contuvo. Ahí tenía sentido cada minuto, cada piedra que levantábamos, cada respiración que no se detenía.

 

 

Y un mensaje de Ulises, dos, cuatro. “¿Estás bien, dónde estás?” “Estamos preocupados, contestaaaaa”, “No sé qué hacer con Flora”. Un corazoncito roto, un emoticono llorando.

 

Yo no sé por qué tengo debilidad por los hombres que lloran. Por todos: hermanos, sobrinos, amigos, parejas.

 

Respondí dónde estaba. “Voy para allá”. Dos horas después llegaron. Flora había decidido venir también, hicieron el trayecto caminando. Nos abrazamos, luego abrazamos una piedra tras otra y seguimos instrucciones de quienes iban tomando el mando en las labores de rescate.

 

De repente estábamos eufóricos, Flora especialmente. Encantadora, su sonrisa era una botella de champaña recién descorchada, contagiaba con esa energía imposible para su delgado cuerpo, animaba a todo el mundo, le brillaban los ojos. A Ulises se le rompieron las gafas en medio del trajín, ella lo consolaba diciéndole que se veía más guapo con su prominente nariz libre de la montura de los lentes. Yo me sentía feliz de estar con ellos. Nos poníamos serios y luego bromeábamos, era como si nos hubiéramos metido la mejor dosis de éxtasis del mundo.

 

Hasta que le vino el bajón. Se pegó a mi oído y me confesó su agotamiento, quería irse a descansar pero que nosotros nos quedáramos, no toleraba la idea de que dejáramos de ayudar por culpa suya. Flora, siempre pensando en los otros. Me pidió que convenciera a Ulises para que la dejara irse a casa sola en un taxi.

 

No hubo modo, Ulises se fue con ella pero regresó cuando estaba por amanecer. “Se quedó dormida apenas tocó la almohada, mi suegra está ahí”.

 

 

Pasaron un par de horas hasta que nos despidieron, dijeron que vendrían los profesionales a hacerse cargo. Caminamos unas cuadras; a plena luz del día, la ciudad mordía el alma, la devastación era dantesca.

 

Nos detuvimos en un centro de acopio, una chica nos suplicó ayuda, se necesitaban voluntarios para separar, empacar, cargar. No lo dudamos.

 

Y ahí estuvimos medio día más. Formando parte de otra cosa, siendo piernas y brazos en una línea de hormigas laboriosas, sin dormir, sin hacer preguntas.

 

Necesito darme un baño, dije cuando habían pasado más de ocho horas, y cambiarme esta ropa. Acordamos tomar un receso y fuimos a mi casa que estaba entera, apenas algunos libros en el piso, ni una sola grieta. Sentí algo parecido al remordimiento, tantos edificios derrumbados y mi casa entera. Culpa. Alivio. Más culpa por sentir alivio. Cuando me agaché para levantar mi ejemplar de El libro del desasosiego, me vino el llanto.

 

No podía parar.

 

Ulises se sentó en el piso junto a mí y me abrazó.

 

Por primera vez en quince años de conocernos mi cuerpo reaccionó hacia el suyo, mis pezones se endurecieron, él tenía una erección que le tensaba la tela del pantalón.

 

Me sentí abrumada. Fui directo a la regadera, me quité la ropa y me invadió un terror de estar bajo el agua y que en ese momento ocurriera otro sismo, volví a llorar a grito pelado. Ulises entró al baño y me miró desnuda. Ahora éramos tan amigos como desconocidos. Se acercó y levantó los brazos, le saqué la playera, los pantalones, mi corazón martillaba en la garganta, olíamos fatal pero tenía que admitir que estaba excitadísima, apenas podía respirar, aquello era un vértigo.

 

Dejamos de resistirnos, me pegué a su cuerpo magro, dejé que me succionara la boca con esa desesperación que se nos había vuelto todo y abrí las piernas, me cargó para penetrarme y ahí, de pie contra la pared del baño y con el agua caliente llenando de vapor el espejo, ocurrió lo que quizá siempre estuvo en nuestras fantasías.

 

Nos bañamos. No dijimos nada. Era tanto. ¿Y Flora?, y el pánico, y la muerte rondando, y los cuerpos aún tibios bajo los escombros. Y nuestros propios cuerpos que parecían haber cambiado.

 

Fuimos a la cama, me quedé dormida. A media noche desperté con una sola idea, tengo que ir a ver a mi diablo vagabundo. En una maleta metí una cobija verde y toda la comida que encontré en mi despensa. Ulises despertó.

 

Rodando el maletón llegamos al cruce frente al bosque, mi Leviatán personal no estaba. Había una sábana, restos de comida, un galón de agua a medio consumir, revistas deshojadas.

 

Inmensa tristeza. Preferí dejar la maleta, si no la encontraba él, algún otro caminante de las calles podría necesitarla. Regresamos a mi casa, nos despedimos con un abrazo adhesivo, no podíamos separarnos, intentó besarme, yo giré el rostro, éramos unos moluscos torpemente unidos. Al fin me soltó y se fue con ella, habían resuelto viajar a Valle de Bravo, a casa de la madre de Flora.

 

Lo que siguió fue silencio. No nos atrevimos a escribirnos. La ciudad seguía convulsionada en la determinación de rescatarnos todos a todos. Volví cada día al centro de acopio a cubrir medio turno, reencontrándome con los mismos rostros, costaba abandonar ese empleo voluntario. Hasta que se acabó, la realidad cotidiana se impuso sobre la realidad urgente y cada uno regresamos a lo nuestro.

 

 

*

Esta mañana mi demonio callejero estaba otra vez en su sitio. Han pasado diez meses. Volvió a asustarme, me sobresalté.

 

De reojo vi la cobija verde entre sus cosas, apenas entré al bosque me puse a llorar no supe si de alegría o de espanto.

 

Le escribí a Ulises: “Mi diablo del bosque y yo sobrevivimos”. Dudé, me detuve a pensar si enviarlo o no.

 

Él y Flora siguen en Valle de Bravo, parece que ahora ella odia la Ciudad de México, supongo que no van a regresar.

 

Mandé el mensaje y eché a correr remolcando mis ganas, mi fragilidad.

 

No, no estoy segura de ser buena persona.

 

 

ILUSTRACIÓN: Xóchitl Durán

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