Obituario para Amos Oz

Ene 26 • destacamos, principales, Reflexiones • 1983 Views • No hay comentarios en Obituario para Amos Oz

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La historiadora Fania Oz-Salzberger recuerda al escritor Amos Oz, fallecido el 28 de diciembre de 2018. “Mi padre insistió, incluso al final, cerca del fin, que hombres y mujeres pueden recomponerse con el tiempo, volverse más complejos y mejores, gracias al contacto con el prójimo, al dolor del otro y del extranjero”, dice en este texto sobre el autor de Una historia de amor y oscuridad

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POR FANIA OZ-SALZBERGER

Mi padre murió el viernes.

 

Las personas verdaderamente rectas fallecen durante el Shabbat. Entiendo ahora que los escritores deben morir en viernes. Se corrió la voz antes de este sábado invernal y durante este largo fin de semana, en Israel y el extranjero, decenas de miles de personas leyeron sobre mi padre y sus escritos. Un escritor debe morir en viernes.

 

Descubrí la muerte a los cuatro años. Fui con mi padre y le dije que estaba muy asustada. Mi padre me respondió: “No temas, Fania, para cuando seas mayor ya se me habrá ocurrido algún artilugio que evitará que la gente muera”. Eso es exactamente lo que él dijo, con esas palabras. Véanlo ustedes mismos: El padre de 25 años que le habló de esta manera a su hija era el chico de La bicicleta de Sumji, aquél muchacho de La colina del mal consejo y de Una historia de amor y oscuridad. Ese joven se convirtió repentinamente en un padre. El mío.

 

Algunos dirían, muy acertadamente en mi opinión, que no deberías decirle a una niña pequeña que su padre inventará algo para erradicar a la muerte. Como si las palabras por sí mismas otorgaran liberación, un alivio completo y definitivo, o que con meras palabras pudieses ganar tiempo, posponer el miedo a la muerte de una niña, un adulto y un anciano, y así, mimarlos con alguna magia completamente inventada que promete sueños del futuro.

 

Ahora bien, esta reflexión también puede ser una crítica de la postura política de mi padre. Sí, hablaré de política, ya que tanto para él como para mí, la política es una cuestión personal. No todo lo que es personal es político, ciertamente, pero todo lo que es político es personal.

 

Algunas personas pensaron que el “optimismo” político que acompañó a Amos Oz a lo largo de su vida, no así en sus últimos años, pero en gran parte de su vida, era una fantasía de paz mundial, de la compleja pero posible bondad de la humanidad, de reparar a la sociedad humana. Restauración con azadones y palas, y libros y plumas.

 

Ellos despreciaron este “optimismo” que incluso les aterraba, como si la terca cruzada por la paz entre Israel y los árabes, y particularmente, entre Israel y los palestinos, fuese una ilusión maníaca, una peligrosa licencia política, una sombra pasajera en la alegoría de la caverna de Platón.

 

Mi padre insistió, incluso al final, cerca del fin, que hombres y mujeres pueden recomponerse con el tiempo, volverse más complejos y mejores, gracias al contacto con el prójimo, al dolor del otro y del extranjero, a través de la habilidad de contar historias ajenas y de escucharlas, y de vivir por un breve momento en la piel foránea de personajes diferentes y lejanos.

 

Continuamente me decía: “Podemos integrar todos los imperativos morales, los diez mandamientos y las virtudes humanas, en uno: no deberás infligir dolor. Eso es todo. No lastimarás. Y si resultase imposible, al menos tratarás de no provocar tanto dolor. Tan poco dolor como sea posible”.

 

Mi padre trató de no causar dolor, toda su vida trató y a veces falló. Sé muy bien que a veces lastimaba a otros. Sin embargo, en estas últimas semanas, un sorprendente número de personas se han presentado para contarnos cómo mi padre los escuchó, los ayudó, cómo les brindó paciencia y su corazón.

 

Verán, es completamente posible levantarse diariamente a las 4 am y comenzar a causar menos dolor. Infligir menos dolor y escribir. Él lo hacía —desde las 5 am justo después de su caminata al despuntar el día— con una pluma negra y otra azul, separando la voz del narrador de aquella del ciudadano-orador.

 

Creaba personajes condenados y les encontraba una paz perfecta. Lanzaba un hechizo sobre la oscuridad para que el amor pudiese florecer. Y entre amores y tinieblas, tan intricado como el amor a una mujer, pasó su vida atado al amor de su tierra y de su país, Israel, el país que vertía a cuentagotas por el mundo en las lágrimas de sus padres.

 

Con la energía de un testigo del triunfo del sionismo, con la tenaz fe de un miembro de la generación que estableció un Estado para los judíos en Israel, siguió buscando la manera para cumplir con la profunda esperanza sionista, quizá la última esperanza sionista aún sin consumar de que habría paz entre nosotros aquí con los árabes.

 

Hombres y mujeres buenos y sabios, me dijo repetidamente mi padre, están surgiendo de esquinas remotas del país y algún día tendrán el control de Israel en sus manos. Personajes inusitados, recién llegados, personas comunes y corrientes sin mayores aspiraciones, darán un paso adelante y comenzarán a liderar. Surgirán de lugares desconocidos donde las grandes esperanzas del mañana brotan secretamente.

 

No es optimismo, sino esperanza. El optimismo es el matiz de un pronóstico. La esperanza es la realización de un valor profundo o la proeza de una imaginación inmensurable. La esperanza es lo opuesto al fanatismo, primo de la desesperación y del cinismo. Todos estos rompedores de alianzas son los enemigos de la esperanza.

 

Me refiero a la esperanza de que algún día tendremos paz y justicia, esa justicia sutil y sin crueldad que rige a una sociedad solidaria y madura, ni ambiciosa, ni celosa de alguna gran teoría, pero que comparte respeto y afección general por los seres humanos como son.

 

Y la esperanza por una sociedad israelí que mantiene judaísmo y humanismo, palabras gemelas inscritas en el portón de nuestro tío Joseph Klausner. Esa misma judeidad que, incluso sin fe en Dios, tiene por motores secretos a los niños, los libros y la conversación. Para nosotros, nuestra casa y cultura, una conversación es bienvenida y el debate, adorado, ya sea acalorado y estruendoso, siempre y cuando no cause dolor.

 

Tan sólida es esta grandiosa esperanza, que aún cuando hoy en día algunas personas la desprecian o temen que nos debilite y nos entregue a nuestros enemigos, incontables son los que comprenden su grandeza. Siendo esto la esencia secreta del sionismo y del humanismo. La esperanza le hace bien al corazón, lo expande, abre un horizonte e incita a la acción. Es una arena y un legado para la descendencia que aquí vive. Para las siguientes generaciones que residen en cualquier lugar.

 

Mi padre murió y cualquiera que piense que una esperanza de esta naturaleza murió en Israel con la muerte de Amos Oz, no conocía a mi padre, porque él sabía que continuaría. Había creado una especie de artilugio para que la esperanza no muriera. Sus hijos y nietos, amigos, estudiantes, lectores, interlocutores dignos de sus rivales, se asegurarán de que no muera dicha esperanza.

 

Permítanme ser muy clara: Estoy hablando de la esperanza de una paz real aquí entre el Israel democrático, el Estado de los judíos y todos sus ciudadanos, el estado de derecho y la justicia social, un país en el que florecerá el lenguaje de la Torá, así como la cultura judía y hebrea, junto con las culturas árabes y las culturas del mundo.

 

Este no es el consuelo de un padre para un pequeño que tiene miedo a la oscuridad, ni un cuento banal para que los adultos sosieguen su conciencia y se mantengan cómodamente adormecidos. No, esta esperanza es un llamado a la acción. Las palabras cambian la historia. “Aquí, en la tierra que nuestro predecesor amaba, todas las esperanzas se harán realidad”, la vieja canción de cuna que mi padre cantaba durante mis primeros años estaba compuesta de palabras que alteraban la realidad.

 

Una vez cambiamos la historia. Los padres de mi padre, los padres de mi querida madre, los primeros pobladores de kibutz Hulda y los judíos que caminaron, cabalgaron o navegaron con vehemencia desde lugares recónditos durante su éxodo hasta aquí: ellos cambiaron la historia a partir de una catástrofe sin precedentes, desde las mismísimas garras del diablo. Y nosotros, ¿no podemos, aquí y ahora, tener esperanza y, por ende, actuar?

 

No creo que mi padre pueda escuchar lo que estoy diciendo ahora. Era un judío muy secular. Yo también. Pero estoy segura, realmente segura, de que él asiente con la cabeza.

 

Y de esta manera, es posible crear un artilugio que logre que dicha esperanza humana e israelí no muera. Una esperanza que es, en cierto sentido, sobria, sabia y muy judía, que ama a los humanos y al mundo. La esperanza de que la vida en la Tierra será buena para la mayoría de las personas. Y que todos, o casi todos, cuenten historias, escuchen historias y escuchen de verdad. La esperanza de que puedan dejar, uno a uno, de infligir dolor, o al menos causar el menor dolor posible.

 

Amé a mi padre profundamente y sé que nuestras almas eran cercanas. Pensé que hoy me quedaría sin palabras, pero no fue así. Tenemos palabras. Las palabras de mi padre, las palabras de otros y las palabras virtuosas que faltan por pronunciar. Aquellas palabras que encienden el amor, articulan los sueños y algunas veces cambian al mundo.

 

No morirán, ya que aún nos falta hacer realidad algunas esperanzas aquí.

Gracias, abba [padre].

 

 

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Traducción de Sofía Danis

 

 

FOTO: En octubre de 2002, Amos Oz participó con un grupo de artistas e intelectuales israelíes, en la cosecha de olivo en los campos de agricultores palestinos de Nablus, Cisjordania, como parte de una protesta contra la usurpación de tierras palestinas por parte de colonos judíos. / Jacqueline Larma / AP

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