Amparito

Abr 21 • Ficciones • 1213 Views • No hay comentarios en Amparito

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La protagonista de esta historia, una niña sentada en la inquietante mesa familiar, y la historia misma, están inspiradas en la obra de la escritora Amparo Dávila, que el pasado 21 de febrero cumplió 90 años

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POR RODRIGO CORONEL 

El hombre cruzó la puerta. Un difuso golpeteo anticipó su llegada. Al dejar al descubierto su ropa ajada nadie volteó la cara. Excepto Amparito. La esquiva mirada del invitado tampoco reparó en los demás; se detuvo en la profundidad obsesiva de los ojos nuevos, negrísimos, de la niña. El hombre se sintió seguro; la niña, levemente perturbada, apenas resintió la visita.

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Mientras comía, la familia de Amparito protagonizaba la liturgia dominical de cada semana; el padre, a la cabeza de la mesa, deglutía en silencio y con cuidado el oloroso guiso, mientras la madre paladeaba, con los ojos bajos, la crujiente consistencia de los animalillos tatemados. De la cocina, un chillido largo y doliente inundó la densa calma de la tarde gris. Nadie se movió, nadie dijo nada. El dolorido grito apenas produjo una breve pausa entre los comensales. Pero, aunque el lamento fuera ignorado, su persistencia era tan odiosa como el humo de los chiles al arder.

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El hombre cruzó las piernas con dificultad. La pata de palo que arrastraba, y que anticipaba su presencia en donde quiera que estuviera, apenas le dejaba espacio para maniobrar. Los ojos de Amparito se detuvieron en la tosca manufactura de su pierna. Su mirada, pozo sin fondo, absorbía curiosa la novedad de la imagen; sus ojos desvaídos, la ropa vieja y su capacidad para pasar desapercibido hacían del nuevo personaje un prospecto interesante.

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“Amparo, come”, ordenó la madre. No sin recelo, la niña tomó tenedor y cuchillo y los encajó en la carne enjuta del animalillo. Amparito no pudo disimular las muecas de asco, ni reprimir las primeras arcadas de la náusea; los negros ojos del bicho la miraban con fijeza, mortal fijeza. “Me ven cuando me lo como”, replicó la niña. “No, no te ven, pero si no quieres, allá tú. Sirve que se los baja tu papá a Óscar, ya ves cómo se pone”.

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El padre, hasta entonces indiferente a la plática, pestañeó y dirigió una fría mirada a la madre. “Ha estado más inquieto que otras veces”, dijo. “Sí, desde que trajiste esa cosa, Óscar no para de berrear”. El hombre de la pata de palo miraba paciente la escena; también conocía a Óscar, sus modos y sus gritos. Pero no le molestaba. Nada lo molestaba ya.

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Los ojos negros de Amparito pasaban de su padre a su madre. Los sabía distantes, casi adivinaba la razón. Nadie había salido bien librado de aquella noticia. La tía, tan guapa, tan linda, tan buena madre. Dicen que el tío Pepe la encontró seca, chiquita y negra en medio de la sala. Chamuscada hasta los huesos. En el velorio, con el ataúd cerrado en medio de la estancia, Amparito escuchó por descuido que a la tía se le malogró un niño. Pero los adultos callaron, avergonzados, al reparar en su presencia. Del tío Pepe no se supo más.

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“Dame lo de Oscar”, dijo el padre. En un balde, la madre de Amparito vertió los desperdicios de la comida. Los huesos del animal, pequeños y blancos, llenaron de poco en poco el recipiente. Trozos de pan y gabazos de piña coronaron el banquete. Con la cubeta rebosante, el padre bajó las escaleras. Un ruido de fierros viejos y puertas que se abren, luego el silencio.

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Amparito, tras recoger los platos de la cena, llevó a la mesa el grueso libro que la había acompañado las tardes anteriores. La Divina Comedia, se leía en la portada con gruesas y grandes letras rojas. Dentro de él, la niña Amparo descubrió un puñado de ilustraciones excitantes y perturbadoras. Diablos con tridentes, hombres y mujeres que en la penumbra se retorcían en un dolor eterno. Amparito, con sus grandes ojos negros, apenas podía disimular la angustia que le producían las imágenes. Una extraña pulsión la obligaba a permanecer quieta, a seguir mirando; otra la repelía. La niña Amparo, así lo había descubierto, se regodeaba en la ambigüedad de sus sentimientos; la extravagante mixtura de su miedo le producía placer. Más miedo que placer, o más placer que miedo, eso no lo sabía.

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“¡Mujer!”. La voz del padre, disminuida por la distancia, no dejaba dudas de su miedo. “¡Mujer!”, gritó más fuerte. De la cocina, la madre de Amparo salió con las manos jabonosas. “¿Me habló tu padre?”. Amparito asintió. “¡Mujer!, la cosa esta se escapó. Está con Óscar”. La cara de la mujer se descompuso. De la escalera salía el rumor de un forcejeo endemoniado. Trastes que caen, fierros que se azotan, y como fondo los gritos destemplados de un hombre aterrado.

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“Amparo, ¡sal!”. Pero Amparito, quieta, seguía el curso de los acontecimientos con la serena calma de sus enormes ojos negros. “¡Salte ya!”, ordenó la madre. La niña dejó el libro abierto en la mesa –un diablo martirizaba los senos de una gruesa mujer desnuda- y enfiló a la calle.

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Apenas traspuso la puerta, se sentó en el descansillo de la entrada. Apoyó su rostro entre las manos, y se dispuso a ver la única distracción de ese pueblo polvoso. Ante ella, un caballo jalaba un destartalado carromato. Justo en el medio del carro, un bulto largo, apenas envuelto, daba de tumbos al ritmo de los pedruscos que el caballo encontraba en su camino.

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Mientras Amparito admiraba el pobre espectáculo de la muerte, un golpeteo conocido aumentaba de intensidad a sus espaldas. “El hombre de la pata de palo”, pensó. Luego no pensó nada. Un graznido la había distraído.

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Ilustración:  Crismar Cortés

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