Argenmex: nombrar el exilio

Mar 19 • destacamos, principales, Reflexiones • 12764 Views • No hay comentarios en Argenmex: nombrar el exilio

POR PABLO YANKELEVICH

Autor de Ráfagas de un exilio. Argentinos en México, 1974-1983 (FCE – El Colmex, 2010)

 

“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos.” (1) Estas palabras atribuidas al general Ibérico Saint Jean expresan con absoluta elocuencia la  naturaleza del régimen instaurado en Argentina el 24 de marzo de 1976.

 

En este mes se conmemora 40° aniversario del Golpe de Estado que llevó al poder a los responsables de crímenes tipificados por la justicia como de lesa humanidad. A lo largo de siete años, esa dictadura fue responsable de asesinatos, torturas, desapariciones, encarcelamientos, apropiaciones ilegales de menores de edad y del robo de los bienes de las víctimas. Son crímenes que por su aberrante magnitud y sistemática realización ultrajan la condición humana, por esta razón desde aquel 24 de marzo ya nada fue ni será igual en Argentina.

 

La dictadura fue responsable también del más ancho éxodo registrado en toda historia nacional. Hasta entonces, el destierro había sido una práctica reservada a grupos reducidos de opositores; pero la potencia de la represión convirtió al exilio en un fenómeno que involucró a decenas de miles de personas esparcidas por varios continentes.

 

La mayoría de los desterrados fueron representantes de las anchas clases medias argentinas. Partir al exilio requería  una red de vínculos sociales y profesionales junto a  recursos materiales que hizo difícil la presencia de sectores populares, sobre quienes por cierto, recayó el mayor peso de la represión. Sin embargo, el  elevado componente clasemediero tampoco  fue ajeno a la lógica represiva. El enemigo para los militares eran “los subversivos” y bajo esta denominación se referían a dirigentes y militantes políticos, gremiales y estudiantiles, a sus familiares y amigos, a simpatizantes de organizaciones políticas de izquierda y a sus “ideólogos”. En esta última categoría incluyeron a personas vinculadas con quehaceres  intelectuales de contenido crítico. La dictadura identificó a los intelectuales y en general a gente vinculada a labores culturales como agentes privilegiados de la “subversión”. De inmediato las universidades y las instituciones de enseñanza media fueron consideradas “escuelas de subversivos.” Millares de profesores y estudiantes, valorados como elementos reales o potenciales de perturbación ideológica fueron expulsados. La misma suerte corrieron periodistas, profesionistas, técnicos y empleados de dependencias públicas y privadas. Los despidos y expulsiones condenaban al desempleo y también abrían la puerta a persecuciones que podían conducir a asesinatos, torturas, detenciones y “desapariciones.” Por esta razón el exilio fue una opción y como parte de ella, México se convirtió en un territorio  privilegiado donde residieron entre  siete y diez mil desterrados.

 

A cuarenta años de distancia, existe una diversidad de materiales que informan de lo sucedido en aquellos años de exilio. Los trabajos de la memoria han cristalizado en textos literarios, ensayos, entrevistas, producciones musicales y radiofónicas, artes plásticas e imágenes fílmicas que documentan o recrean en ficciones esas experiencias de exilio. Por su parte, investigaciones históricas han contribuido a explicar este fenómeno en sus dimensiones cuantitativas y las de carácter político, intelectual  y cultural.

 

La mayor reflexión e investigación sobre este éxodo se concentra en el caso de México. Es difícil conocer sus razones, quizá se deba al impacto de una solidaridad mexicana expresada en una amplia gama de acciones y conductas. Entre ellas, las oportunidades laborales y profesionales; el despliegue de una sociabilidad que en sus redes contuvo y colaboró en rearmar vidas fracturadas por la represión; y a los gestos y gestiones de mexicanos para hacer agradable la extrañeza de nuevas cotidianidades. Lo cierto es que al cobijo de México se moldeó una nueva identidad capaz de resignificar la experiencia traumática del destierro. Si en algo coinciden los testimonios es en valorar de manera positiva aquellos años, una vez que se estuvo en libertad para optar por el regreso a Argentina o por la permanencia en México.

 

A diferencia de los exilios vividos en otras latitudes, lo acontecido en México destaca con peculiar especificidad, al punto que se concibió un  término para expresar una identidad construida en condiciones de exilio. El gentilicio argenmex alude a esa extraña hibridación gestada en la confrontación entre los años de plomo en Argentina y la paradójica  luminosidad que hallaron los desterrados en el México de finales de los setentas e inicios de los ochenta.

 

En una nación en la que la sílaba mex integra un sinnúmero de acrónimos, no tardó en acuñarse la palabra argenmex para referir a la doble pertenencia que se adjudicaron los exiliados en el último trecho de su residencia mexicana. Nunca se sabrá quién fue responsable de la ocurrencia, aunque lo cierto es que esta voz quedó incorporada al léxico del exilio. Mempo Giardinelli la introdujo en su novela El cielo con las manos escrita en 1979 y publicada dos años más tarde. Desde entonces, el término no ha dejado de usarse para aludir a una forma de ser y de estar en el mundo. Una forma en la que pueden convivir sentimientos tan encontrados como el agradecimiento por  “esta tangible seguridad de estar vivos, enteritos, esa sensación de que todo tiene arreglo, esa afirmación cotidiana de sentirnos más o menos libres, pero también, para hacernos sentir foráneos, un país, dice el personaje de aquella novela, tan hospitalario pero a la vez con tantos límites.” (2) En realidad, El cielo con las manos testimonia muy tempranamente que las trasmutaciones que vivían los exiliados encontraban clara manifestación en el terreno del lenguaje: “de tantos mexicanismos se nos va diluyendo, a pesar de los esfuerzos, la identidad argentina.” (3)

 

La palabra argenmex vivió una notable expansión una vez concluido el exilio. En realidad, fue parte de un código de reconocimiento usado en menor medida por quienes permanecieron en México, en contraste con los que regresaron a su país. En este caso, se trató de un nutrido contingente que volvió con hijos mexicanos o mexicanizados haciendo suyas palabras y costumbres que no hacían más que sorprender a quienes los recibían. A diferencia de los que se habían refugiado en otras naciones, los exiliados que venían de México mostraban huellas tan claramente perceptibles que terminaron por reconocerse y ser reconocidos como argenmex  

 

La experiencia del regreso no fue fácil para nadie, ni para los adultos en el marco de las estrecheces del mercado laboral y profesional argentino, ni para los niños y los jóvenes cuando debieron enfrentarse al sistema educativo nacional. Todo ello en un entorno donde haber vivido en el exilio no otorgaba las mejores credenciales; por el contrario, la sospecha, el temor y una velada conflictividad entre los que venían de afuera y los que se quedaron  adentro, exhibió los primeros escollos que debió enfrentar la frágil recuperación democrática para procesar el reciente pasado dictatorial.

 

Ante esta circunstancia, las redes del exilio fueron espacios de contención laboral, afectiva, y también un semillero de propuestas y apuestas políticas. De manera emblemática, a finales de los ochenta fue inaugurada en una librería Gandhi en Buenos Aires, cuya cafetería no tardó en convertirse en centro de reunión de un nutrido grupo de intelectuales que había residido en México. En julio de 1984, se constituyó el Club de Cultura Socialista con la pretensión de convertirse en “un centro de análisis de los problemas políticos, sociales y culturales de la sociedad argentina y del mundo.” (4) Entre los fundadores, destacó un conjunto de argenmex de marcada actividad política e intelectual antes, durante y después del exilio mexicano. A su regreso de México, por ejemplo, José “Pancho” Aricó, Juan Carlos Portantiero y Jorge Tula echaron a andar la revista Ciudad Futura, que en más de un sentido se asumió como continuidad de la revista Controversia que editaron en México entre 1979 y 1981. Se trató del más audaz y polémico espacio editorial gestado en el exilio, en cuyas páginas se iniciaron discusiones que aún hoy soy motivo de debates en Argentina. Entre ellos, la recuperación de los valores de la democracia en las bases programáticas de una nueva izquierda, así como la responsabilidad de las organizaciones guerrilleras entre las condiciones que derivaron en la dictadura militar.

 

Más allá  de las opciones políticas en las que unos se aproximaron al gobierno de Raúl Alfonsín, y otros se sumaron a la oposición; entre los retornados existió el común denominador de saberse argenmex. Designación que resultó potenciada por la visibilidad que otorgaron las inserciones de académicos e intelectuales argenmex en universidades y en centros de investigación, en el periodismo y en espacios del quehacer cultural.

 

A comienzos de la década del noventa, reflexionando sobre su propia experiencia, la escritora Tununa Mercado dio forma a ese ambiguo sentido de pertenencia instalado en buena parte de los que regresaban:

 

“A mí me hace mucha gracia ahora ver cómo hacemos nuestros templos, verdaderos altarcitos de muertos mexicanos, con ofrendas, ollas sin mole, ficción de la harina de nixtamal y de los chiles; y comienza a resultarme patética la conversación obligada acerca de dónde se puede conseguir chile y dónde tomatillos, y todo el mundo dice que cilantro sí hay cuando todos, todos lo sabemos, que a los argentinos el cilantro les producía náusea y las tortillas de harina los llenaba de frustración, porque siempre esperaban la de trigo, cuando se sabe que apenas unos pocos comieron frijoles; y también me produce compasión ver a nuestros compatriotas llamados argenmex pedir a cualquier viajero que les traiga chile chipotle, que vaya a saber por cuáles razones gustemáticas es el único que admitieron en sus carnes; me da mucha pena advertir que su relación con el chile cobra una magnitud que no tenía in situ […] y me da mucho aburrimiento oír y oírme hablar, en largas conversaciones anodinas, de hábitos alimentarios mexicanos con gente que, sospecho, no comió más que milanesas con papas fritas, […] y más cansancio me produce comprobar que con nada podremos paliar las nostalgias así como tampoco pudimos paliar las nostalgias con dulce de leche y otras fatuidades de desterrados.” (5)

 

Con los años esa desbordada sociabilidad mexicana se ha diluido. Las memorias sedimentaron y México dejó de ser una referencia cotidiana para convertirse en permanente inquietud. Ser argenmex “es una marca en nuestra piel, escribieron Jorge Bernetti y Mempo Giardinelli, “es una demostración que el paso por México tuvo un significado profundo.” (6)

 

A diferencia de la generación de los mayores, hay otra que como afirma Nora Rabotnikof, quizá sea la generación de los verdaderos argenmex. Se trata de los niños que llegaron con sus padres o que nacieron en México, los “que fueron construyendo la memoria de esa tierra en la que no vivieron o en la que vivieron muy poco tiempo y en la que se desplegó la historia de sus padres. Los que vivieron el exilio de rebote y a México de primera mano.” (7) Son hombres y mujeres que hoy tienen igual o más edad de la que tenían sus padres cuando salieron al exilio. Algunos regresaron con sus familiares, otros permanecieron en México, no han sido pocos los que después de vivir en Argentina han vuelto a México o se han desplazado a otras naciones. Se trata de los hijos de argentinos que crecieron compartiendo el drama de tener algún familiar asesinado, “desaparecido” o preso por la dictadura, pero también se trató de quienes se fueron convirtiendo en mexicanos por sus escuelas, sus amigos y una vida desenvuelta en este país. Micaela Gramajo nació en Buenos Aires dos días antes del Golpe de Estado, con cinco meses de edad llegó a México y aquí se ha convertido en actriz y directora teatral: “yo no me considero argentina cien por ciento,  ni mexicana cien por ciento,  yo siento que tengo cosas de ambos países. Yo soy así, tengo dos países y ni modo.” (8)  Mientras en Buenos Aires, un hijo de exiliados interrogado por un periodista mexicano acerca de sus vivencias durante el destierro de sus padres, respondió: “Mi identidad argenmex la explico de la siguiente manera: a la Villa Olímpica es donde quiero que vayan mis cenizas cuando muera. Así de simple y claro.” (9)

 

Entre los exiliados que decidieron permanecer en México o que después de regresar a Argentina optaron retornar, han sido los jóvenes los principales responsables de alimentar la identidad argenmex. Los hijos de los exiliados han expandido y recreado esta identidad, a la que se han sumado otros jóvenes producto de nuevas migraciones que desde los primeros años de este siglo engrosan la comunidad argentina en México.

 

Argenmex se ha convertido en un apelativo con una variedad de sentidos producto de la difusión que hace posible la era digital. Basta solo buscar en Google para advertir este fenómeno. Sin embargo, a cuatro décadas del Golpe de Estado merece recordarse que argenmex fue un término gestado durante los años del exilio, y que esa voz condensa la  nostalgia y la tristeza por la pérdida de un pasado irrecuperable,  y también la sorpresa y la perplejidad de incorporar como propio un mundo experiencias y oportunidades que México puso a disposición de millares de argentinos perseguidos por la barbarie militar.

 

Notas:

1. Internacional Herald Tribune, París, 26 de mayo de 1977

2. Mempo Giardinelli; El cielo con las manos, Ed. del Norte, Hanover, 1981, p. 100.

3. Ibid., p. 75.

4. “Declaración de principios”, Buenos Aires, Club Socialista, 1984, p. 1 mimeo. 

5. Tununa Mercado; En estado de memoria, México, UNAM, 1992, p. 29 y 30.

6. Jorge Luis Bernetti y Mempo Giardinelli; México, el exilio que hemos vivido, Buenos Aires, Ed. Universidad Nacional de Quilmes, 2003. p. 159.

7. Nora Rabotnikof; “Memorias, exilios y reconocimientos” en Fernando Serrano Migallón (Coord.), El exilio argentino en México a treinta años del golpe de Estado, México, UNAM-Ed. Porrúa. 2007, p. 56.

8. Entrevista a Micaela Gramajo realizada por Diana Urow, Ciudad de México, 19 de enero de 1998, Archivo de la Palabra del Exilio Latinoamericano en México, UNAM, PEL/1/A-41, pp. 13 y 14.

9. Reforma, México, 30 de julio de 2007.

 

*FOTO:  Rostros de desaparecidos políticos durante la última dictadura militar en Argentina/ Tomada del libro México: Capital del exilio.

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