Blade Runner 2049: la secuela imposible

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La secuela de Blade Runner por fin ha llegado a las salas cinematográficas. ¿Se trata de una obra mayor o una cinta cuya única finalidad es activar una nueva franquicia hollywoodense?

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POR MAURICIO GONZÁLEZ LARA

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En el principio era el fuego, pero antes del fuego fue la mirada: el ojo que funciona como espejo de las explosiones y luces que emergen de un mar de torres, zonas de tolerancia y construcciones edificadas a semejanza de templos antiguos. Majestuosa e icónica, la apertura de Blade Runner es una secuencia prácticamente tatuada en la memoria colectiva de la cultura pop desde el estreno de la cinta en noviembre de 1982. No sorprende, entonces, que el realizador Denis Villeneuve haya decidido abrir Blade Runner 2049 con un ojo que contempla omnipresente la distopía imaginada hace más de 35 años por el director Ridley Scott, el fotógrafo Jordan Cronenweth y los diseñadores y artistas Syd Mead, Douglas Trumbull y Lawrence G. Paull.

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La pregunta, claro, es cómo debemos mirar el filme de Villeneuve. ¿Estamos ante una obra compleja y envolvente como el trabajo original, o simplemente se trata de una secuela diseñada para activar una nueva franquicia cinematográfica (“el universo Blade Runner”)? Más aún, ¿es posible conciliar ambas intenciones?

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Basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, novela escrita por Philip K. Dick en 1968, Blade Runner es una recreación retrofuturista de Los Ángeles a principios del siglo XXI (2019, para ser precisos). El mundo sufre por una severa escasez de recursos. Los sectores pudientes han comenzado la migración a colonias florecientes fuera del planeta, mientras las clases más desprotegidas permanecen atascadas en la Tierra. Gracias a los avances en tecnología genética, la poderosa corporación Tyrell ha conseguido crear androides casi idénticos al hombre (llamados “replicantes”), aunque superiores en fuerza y agilidad. Con un periodo de vida de cuatro años, los replicantes son utilizados como una fuerza de trabajo desechable para colonizar los nuevos mundos. Los más avanzados, los modelos Nexus 6, se rebelan contra el régimen de esclavitud impuesto por sus creadores. La policía angelina crea un escuadrón especial con el fin de eliminar a los androides sediciosos. A los verdugos se les conoce con el mote de “blade runners”, aunque al asesinato de los replicantes no se le denomina ejecución, sino “retiro”.

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Deckard (Harrison Ford), un “blade runner” semirretirado, es reclutado para cazar a un grupo de Nexus 6 que logra llegar a la Tierra para infiltrarse en la corporación Tyrell. La herramienta más precisa para detectarlos es la máquina Voight-Kampff, un polígrafo que mide el grado de empatía (ergo: humanidad) a través de variables como respiración, frecuencia cardíaca, rubor y movimiento ocular ante preguntas incómodas y provocativas. Distinguir a los replicantes es una labor cada vez más difícil. Un “replicante” promedio requiere de 20 a 30 preguntas para ser detectado; Rachael (Sean Young), la asistente de Tyrell que posteriormente huye con Deckard, demanda más de 100 interrogantes. Junto a la presencia de partículas invisibles y aerotransportadas emitidas por el cuerpo en situaciones de tensión, el elemento de juicio decisivo de la Voight-Kampff para señalar réplicas es la dilatación de la pupila. “Si sólo pudieras ver lo que yo he visto con tus ojos”, se lamenta Roy (Rutger Hauer), el líder de los replicantes, frente al ingeniero genético que diseñó sus globos oculares. Los ojos en Blade Runner son, literalmente, el reflejo del alma; el elemento clave que revela la naturaleza del individuo.

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El legado
Es un lugar común afirmar que la cinta de Scott (Alien, Los Duelistas) ayudó a definir el movimiento ciberpunk, corriente que contrapone el avance tecnológico con el colapso del orden social. Es cierto: desde las novelas de William Gibson a casi cualquier cinta de ciencia ficción que visualice una realidad postapocalíptica, sin obviar el animé al estilo de Akira o Ghost in the Shell, el subgénero distópico no se entendería sin Blade Runner. Su influencia, sin embargo, rehúye la categorización genérica. Basta con prender la televisión, observar un comercial, disfrutar un videojuego o pasear por una ciudad emblemática del orbe para corroborar la relación vital y orgánica que la película sostiene con nuestro tiempo.

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La urbe de Blade Runner remite todo el tiempo al pasado. Scott y su equipo se inspiraron en un concepto conocido como “utilización retroactiva”, una dinámica social propia de países en desarrollo que consiste en modificar bienes y vehículos antiguos con tecnología moderna en aras de extender su vigencia, lo que redunda en la creación de una estética híbrida y atemporal. Esta propuesta retro no sólo empata perfectamente con la atmósfera noir del filme, sino que también se entrelaza con uno de sus temas fundamentales: la relación entre identidad y memoria.

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Con el fin de garantizar “la estabilidad emocional del producto”, la corporación Tyrell le implanta memorias a los replicantes. La ilusión es tan real que algunos modelos ignoran que son androides. La memoria, por naturaleza, es difusa y volátil. En un debate que continúa hasta hoy, algunos -incluido el propio Scott- sostienen que Deckard también es un replicante. La cinta plantea un escenario de paranoia extrema: ¿Qué tanto se puede confiar en la certeza de los recuerdos?

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Como lo experimenta en algún momento la misma Rachael, Blade Runner genera una sensación similar a la de contemplar viejas fotos familiares alineadas en la repisa de una casa que no es la nuestra. El anhelo de nostalgia se apodera de nosotros sin conocer siquiera a las personas que aparecen en las fotografías. El individuo no existe sin memoria. Es por ello que las palabras finales de Roy resultan tan entrañables: cuando le describe a Deckard las memorias que acumuló durante sus cuatro años de vida, y que ahora se perderán como “lágrimas en la lluvia”, no enlista una serie de imágenes implantadas, sino sucesos milagrosos que atestiguó “con sus propios ojos”. Esos recuerdos son suyos y de nadie más.

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La secuela
Una mala secuela no arruina el trabajo original en que se basa, pero sí vicia y torna más complicada la exploración de ese universo. Botón de muestra: aunque a estas alturas pocos cuestionen que Matrix (Wachowski, 1999) sea una obra referencial, no cabe duda que la baja calidad de las cintas posteriores vulneró la opción de expandir un mundo que se antojaba lleno de posibilidades. El caso de Blade Runner es todavía más complicado. ¿Era posible producir algo que se acercara al legado del filme de 1982? Algunos argumentan que se trata de una película inmaculada cuyo misterio no necesitaba ser revisitado, pero lo cierto es que la obra a la que se refieren no es la misma que se estrenó en los ochenta, sino una cinta que ha sido modificada un par de ocasiones por el mismo director, quien eliminó la voz en off y añadió una secuencia onírica que subraya más la alternativa de que Deckard sea un androide. El corte final de 2007 es considerado por muchos como un filme más avanzado que el de 1982. Si la versión remezclada es superior a la grabación original, ¿por qué negar la posibilidad de extender ese universo, en especial si se cuenta con la anuencia de los realizadores originales?

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Finalmente, Blade Runner 2049 ha llegado a las salas cinematográficas. Han transcurrido 30 años desde los acontecimientos de la primera parte. La corporación Tyrell ha sido sustituida por un emporio liderado por Niander Wallace (Jared Leto), personaje que ha convencido a las autoridades de legalizar el uso de replicantes, quienes años atrás orquestaron un apagón que casi pone en jaque al statu quo. Wallace es ciego, lo que en el sistema axiológico de una narrativa obsesionada con los ojos equivale a ser desalmado y amoral. Estos sucesos están narrados con detalle en tres cortometrajes promocionales difundidos antes del estreno de la cinta (Blackout 2022, un anime dirigido por Shinichirô Watanabe, es el más destacado de la trilogía). Wallace ha diseñado a los Nexus 8, una nueva generación de androides que cuenta con un periodo de vida abierto. No todos los replicantes viejos han sido eliminados, por lo que la policía de Los Ángeles cuenta con K (Ryan Gosling), un androide servil que ha asumido las funciones de los antiguos “blade runners”. Tras el “retiro” de Sapper (Dave Bautista), K descubre un secreto relacionado con Rachael que lo obliga a investigar el paradero de Deckard. De manera similar al personaje de Harry Angel en Corazón satánico (Parker, 1987), quien es contratado para emprender una investigación que culmina con el descubrimiento de que la persona que busca es él mismo, la aventura de K parece ser de naturaleza circular. No obstante, el último tercio del filme transitará por una vereda donde la creciente angustia existencial del androide ocupará un segundo plano para lidiar con los agentes hostiles de Wallace, el encuentro con Deckard y una pandilla de replicantes que le piden sacrificarse por un bien mayor.

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Claroscuros
Hay mucho que admirar en Blade Runner 2049. En principio, Villeneuve entrega un trabajo de abierta intención autoral. Para bien y para mal, la película gira en torno a la búsqueda del origen y la separación entre padres e hijos, temas que Villeneuve ha abordado a lo largo de su carrera, sea en formato de thriller genérico (los hombres que buscan vengar a su familia en Prisioneros y Sicario), adaptación de obra teatral multipremiada (el oscuro secreto de Incendies, escrita por Wajdi Mouawad y conocida en México como La mujer que cantaba) o cinta de engañosa invasión alienígena (la madre de La llegada). La autoría también es estética: auxiliado por la estremecedora fotografía de Roger Deakins, Villeneuve desdobla un estilo compuesto por vectores angulares, sombras quebradas por reflejos de agua, composiciones naturalistas, tomas aéreas de inquietante precisión y una paleta cromática conformada por múltiples capas de amarillo, rojo y gris. Como espectáculo visual, Blade Runner 2049 es desbordante y demanda ser experimentada en pantalla grande.

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La cinta no carece de pasivos. La obra de Scott está repleta de escenas conmovedoras; Villeneuve, en cambio, ejecuta con tono gélido una historia que por instantes naufraga en el absurdo, sobre todo cuando se enreda en los diálogos de villano de pantomima de Leto y los trazos de brocha gorda con los que esboza a los rebeldes. La música no ayuda: la decisión de sustituir en el último momento a Jóhann Jóhannsson, colaborador habitual del realizador, merma el aliento romántico del resultado final. La meliflua amalgama de ruidos y frecuencias compuesta por los chambones Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch palidece ante la hermosa melancolía de la composición original de Vangelis, una de las bandas sonoras más veneradas de la historia.

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Blade Runner 2049 brilla en sus pasajes más abstractos. El enfrentamiento con Deckard en Las Vegas es alucinante. Los hologramas de Elvis y Liberace que se proyectan en el cabaret del Vintage Casino aparecen como ecos oníricos de un mundo que ya terminó; fantasmas de una cultura devastada cuyos últimos vestigios se encuentran en el desierto, al lado de bares vacíos, estatuas gigantescas y mesas de blackjack. Otra nota alta es Joi, la novia virtual de K interpretada con frescura por Ana de Armas, cuya obsesión por materializarse en carne es llevada a vistosos extremos.

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“Morir por una causa justa es lo más humano que puedes hacer”, sostiene la jefa de la resistencia replicante. K decide que esa causa no pasa por la memoria colectiva o un ideal de bien común, sino por la experiencia íntima de vincular al pasado con el presente en el aquí y ahora. Todo para aspirar a un futuro donde “ser más humano que lo humano” no sea un mero eslogan corporativo, sino una realidad tangible para una raza de esclavos que aspira a vivir en libertad. ¿Habrá valido la pena el sacrificio? La respuesta bien podría ser el punto de partida de una tercera entrega. Eso, obvio, si la taquilla lo permite.

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FOTO: “Como espectáculo visual, Blade Runner 2049 es desbordante y demanda ser experimentada en pantalla grande”. / ESPECIAL

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