Canoa: medio siglo

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A más de cuatro décadas de su estreno, esta nueva lectura de la película que narra el linchamiento de un grupo de alpinistas en 1968, la ubica como un antecedente de los “hechos alternativos”, tan recurrentes en la propaganda moderna

 

 

POR JOSÉ FELIPE CORIA

 

1. La historia del arte es una “colección de acertijos y figuras simbólicas que ocultan determinados significados de clase”. Palabras vigentes del teórico marxista Miajíl Lifshitz. En México el sexenio de Luis Echeverría (1970-1976), económicamente desastroso, preservó un legado importante: los significados y figuras simbólicas de su cultura fílmica.

 

Echeverría fue generoso con el sector. El Banco Nacional Cinematográfico, fundado en 1942, en su gestión recibió mil millones de pesos para “modernizar” infraestructura técnica y administrativa. Lo encargó a su hermano, Rodolfo Echeverría, actor conocido como Rodolfo Landa, ex líder de la Asociación Nacional de Actores (ANDA) y del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC). Con el dinero en 1975 creó tres empresas: CONACINE (Corporación Nacional Cinematográfica), y Conacite I & II (Corporación Nacional Cinematográfica de los Trabajadores y el Estado, I y II).

 

Rodolfo, sin contrapesos, detentó un poder absoluto en industria con casi nula participación previa estatal. Director general del Banco Nacional Cinematográfico, presidió los consejos filiales: Estudios Churubusco-Azteca, Estudios América, Centro de Producción de Cortometrajes, CONACINE, Conacite I y II, Promotora Cinematográfica Mexicana, Películas Nacionales, Cimex, Películas Mexicanas, Compañía Operadora de Teatros (COTSA) y el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC). Fue amo y señor de producción, distribución, promoción, exhibición y educación.

 

Sólo dos productores tuvieron similar poder: Irving Thalberg en la Metro-Goldwyn-Mayer entre 1925 y 1936. Y Joseph Goebbels en la Universum Film AG (UFA) de 1937 a 1945, cuando hizo la propaganda del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

 

Rodolfo fue eficiente sirviendo a la ideología del Estado: “se asignó una partida especial para que se filmaran, sin reparar en gastos, películas que celebraran a algún prócer del gusto oficial: se declara 1971 año del poeta Ramón López Velarde y se filma su biografía Vals sin fin; el año siguiente es el de Benito Juárez y se hace la megaproducción Aquellos años, que de paso promueve las ideas del régimen –‘el imperialismo cambiará de nombre, pero no de propósitos’–, hacía decir el guión de Carlos Fuentes al Benemérito…” (García/Coria, Nuevo cine mexicano, Clío, 1997).

 

 

2. Hubo una cinta clave: Canoa, estrenada el 3 de marzo de 1976, sin censura: cumplía con las directrices del régimen. Estuvo bajo responsabilidad del productor delegado Roberto Lozoya, CONACINE y el STPC. Duró doce semanas en cartelera. Fue el sexto largometraje de Felipe Cazals, autor de tres onerosas producciones previas, Emiliano Zapata (1970), El jardín de tía Isabel (1971) y una favorita del sexenio, Aquellos años.

 

Se basaba en lo sucedido el 14 de septiembre de 1968, cuando trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla, aficionados al alpinismo, quisieron escalar La Malinche. Por las condiciones climatológicas se quedaron en el pueblo de San Miguel Canoa. Eran Julián González, Roberto Rojano, Jesús Carrillo, Ramón Gutiérrez y Miguel Flores. Algunas fuentes mencionan otro acompañante: Odilón Sánchez; otras a Odilón García, hermano de Lucas García, quien les dio posada: no los quisieron alojar en la iglesia ni en la presidencia municipal. Tres de ellos murieron esa noche. El primero fue Lucas; siguieron Carrillo y Gutiérrez (al parecer Odilón Sánchez o García también murió de un balazo en la cara; González, quien perdió cuatro dedos, sobrevivió con Rojano y Flores: la turba los dejó inconscientes en un lodazal antes de ser rescatados por la fuerza pública estatal).

 

Los atacaron por “comunistas”; dizque querían poner una bandera de huelga en la iglesia. Y pretendían matar al cura Enrique Meza, con presunto control económico-social sobre el pueblo. Según la hija de Lucas, Alberta Guadalupe, el hecho “tuvo como móvil una venganza del sacerdote Meza y otros miembros de la comunidad contra su padre que no se dejaba de los abusos del clérigo” (en Milenio, 13/09/2013).

 

Rojano acusó a Meza: “exijo se haga justicia y señalo, directamente como autor intelectual de lo ocurrido al padre de San Miguel Canoa” (en El Sol de Puebla, 17/09/1968). En principio se dio por válida la versión “comunista” en nota titulada: “Trataron de izar una bandera roja y negra; fue la consecuencia”.

 

Se expidieron 17 órdenes de aprehensión contra quienes lincharon a los trabajadores. Excepto dos, todos quedaron en libertad. El padre Meza nunca declaró.
El 17 de septiembre los féretros recorrieron Puebla. La columna de dolientes casi se topó con militares desfilando en sentido contrario. Éstos se desviaron a una calle aledaña.

 

Algunos vieron en esto el presagio del 2 de octubre.

 

 

3. La cinta comienza el 15 de septiembre cuando un reportero recibe la noticia del linchamiento. Continúa el 16, en el velorio; hay una parada militar en las calles de Puebla. El prólogo da paso a los créditos. Reinicia con un mini documental sobre San Miguel Canoa. Entre las escenas aparece “el señor cura” (Enrique Lucero). Luego se detallan con nombre y apellido las víctimas: el sobreviviente González (Roberto Sosa); Gutiérrez (Arturo Alegro), los otros sobrevivientes Flores (Carlos Chávez) y Rojano (Jaime Garza); el último en aparecer el día de los hechos preparándose es Carrillo (Gerardo Vigil). Se intercalan otras escenas del padre en Canoa. Tras un pequeño incidente en el camión por echar relajo, arriban al pueblo a las 18:30.

 

Conviviendo con algunos lugareños, en medio del aguacero, conocen a Pedro (Rodrigo Puebla), el probable Odilón, quien los lleva a casa de Lucas (Ernesto Gómez Cruz). El linchamiento inicia a las 22:00 horas. Luego se salta hasta el 19 de septiembre con Rojano y González, y una entrevista posterior de ellos junto a Flores. Regresa a las 22:30 horas del día del linchamiento; los salva la fuerza pública. El colofón es el probable entierro de Lucas el día 17 presidido por el padre, quien al final encabeza la fiesta del pueblo el 29.

 

El guión de Tomás Pérez Turrent incluye dos fisuras sustanciales: 1) un comentador presentado como “el testigo” (Salvador Sánchez), y 2) una cronología sin rigor. Ambas dan la sensación de caos. Inducen al espectador a creerle al cicerone campesino, quien reitera lo dicho por Lucas (“el cura es cabrón”). Incluye un acento dramático: el ama de llaves del sacerdote (Malena Doria) encabeza con demencial crueldad el hecho.

 

Bajo la endeble coartada de suceder en días previos al 2 de octubre se le declaró metáfora del 68. En esta lógica, ¿significaría lo mismo si hubiera ocurrido meses antes o después, o si las víctimas hubieran sido otras? El tema lo acota el eterno retorno de la historia: los impunes usos y costumbres en Canoa (este 2018 se intentó quemar a un presunto delincuente; en 2017 se “registró el linchamiento de 23” personas, y se rescató a ¡más de cien! “a punto de morir a manos de pobladores”, según nota en El Universal, 17/03/2018): semejante fatalidad no parece fomentada por el oscurantismo religioso.

 

La dirección de Cazals es fría, con errores de continuidad; recurre a una absurda anti-estética sucia, responsabilidad del fotógrafo Alex Phillips Jr.: varios muebles aparecen en largos, aburridos primeros planos, y González es demasiado hablantín. Pero revela su evidente manipulación: en San Miguel Canoa, a la masa amorfa e ignorante (apenas habla español y con excepción de Lucas, carece de alma y personalidad), la gobierna un cura maléfico. “La turba se precipita en pos de los jóvenes, y al linchamiento acude la mayoría de los seis mil habitantes, con todo y viejos, mujeres y niños. Con hachas, machetes, palos, pistolas y escopetas ejecutan a tres excursionistas y al campesino que los hospedó. Los que se salvan le deben la vida a la llegada del ejército y la policía” (Scherer/Monsiváis, Parte de guerra, Aguilar, 1999; yo subrayo). La confusión con el número de muertos es deliberada en la cinta porque las fuentes también la tienen.

 

Su discurso tiene un significado simbólico: los asesinos son fanáticos. A los trabajadores los rescatan el ejército y la policía. Conveniente conclusión digna del régimen: era imperativo salvarlos aunque no quisieran. Por extensión, salvar al país de una crisis social. Queda el testimonio del director Servando González, quien dijo encabezar el departamento de cine de la Presidencia y recibir un pago “por alguien con apariencia militar para filmar la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 (asegura que la historia reivindicará al presidente Gustavo Díaz Ordaz ‘como un héroe’, por haber salvado al país de una invasión estadunidense)” (en La Jornada, 22/08/2007; yo subrayo). Por supuesto, esa filmación está convenientemente extraviada.

 

La inocencia de las víctimas (portan sus adminículos de montañismo; jamás exhiben ninguna propaganda o bandera), provoca indignación. No contra el carismático cura (por actuación, no por dramaturgia): hacia el pueblo bestial. “En la reconstrucción del 68, se le concede atención especial a la tragedia de Canoa, porque la multiplicación de linchamientos en la zona rural… ha modificado la idea de las comunidades ‘nobles y sencillas’. Canoa… es decisiva en la importancia conferida a un crimen del fanatismo religioso” (Scherer/Monsiváis, ibídem; yo subrayo).

 

¿Por qué la “multiplicación de linchamientos” y el “fanatismo religioso” tendrían peso para “reconstruir” el 68? En Tlatelolco el pueblo religioso no mató estudiantes. El tono de la cinta hace morbosa apología de un simbólico fetiche: el catolicismo es asesino. Tergiversa esta religión con igual intención fascista a las antisemitas Jud Süß (El judío Suss, 1940, Veit Harlan) y Der Ewige Jude (El judío eterno, 1940, Fritz Hippler).

 

Rodolfo Echeverría cumplió su papel como productor estatal: crear el estereotipo del mexicano fanático y re-escribir la historia sustituyendo al presidente Díaz Ordaz con un sacerdote pueblerino. Posmodernamente se diría ahora “la verdad no es la verdad”. La cinta de izquierda es, en realidad, de derecha.

 

 

4. Los responsables del 2 de octubre fueron Díaz Ordaz y el General Luis Gutiérrez Oropeza, Jefe del Estado Mayor Presidencial. El secretario de la Defensa, General Marcelino García Barragán, declaró haber quedado al margen: “el 2 de octubre, Oropeza mandó apostar, en los diferentes edificios que daban a la Plaza de las Tres Culturas, diez oficiales armados con metralletas, con órdenes de disparar sobre la multitud ahí reunida… fueron los actores de algunas bajas entre gente del Pueblo y soldados del Ejército” (Scherer/Monsiváis, ibídem).

 

Díaz Ordaz dijo en su quinto informe el 1 de septiembre de 1969: “asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica, por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”.

 

El entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría, alegó nunca haber tenido conocimiento de nada. No pudo hacer lo mismo el 10 de junio de 1971. Eso sí, entregó la cabeza del regente Alfonso Martínez Domínguez.

 

 

5. Las imágenes jamás son unívocas. Canoa revela en las suyas un brutalismo (énfasis sin matices en la violencia tremendista) para fingir irrebatible la parte por el todo del 68. Impone así la ideología del Estado contra su enemigo histórico, la Iglesia. Por eso el cura es anónimo. No es una persona específica, es la Institución.
A Canoa se aplican ideas de Karl Marx sobre Chateaubriand –literato romántico, caprichoso en sus posturas políticas–, por estar concebida con idéntica veleidad: “falsa profundidad [obvio maniqueísmo sobre el hecho], exageración bizantina [escenas histéricas con la masa vuelta perverso animal asesino de innumerables manos y armas], coquetería sentimental [artificial empatía hacia las víctimas para enfrentarlas al pueblo convertido en borregada homicida], iridiscencia multicolor [tomas para exaltar la sanguinaria noche y las ominosas sombras frontales rodeando al siniestro presbítero, y llamas y luz a sus espaldas], pintura con palabras [excesivos diálogos, la mayoría acartonados y didácticos], lo teatral [largas secuencias con dos o tres personajes hablando en confusas composiciones visuales premonitorias; la muchedumbre matona, sanguinaria, esperando órdenes], lo sublime [linchamiento en dos tiempos: espantoso inicio, liberador rescate], en resumen una mezcla de mentiras como nunca ha existido antes ni en forma ni en contenido”.

 

Al fascista populismo del echeverriato Canoa le sirvió para implantar un “hecho alternativo” como verdad del 68.

 

 

FOTO: Canoa contó con las actuaciones de Gerardo Vigil, Jaime Garza, Carlos Chávez, Roberto Sosa y Arturo Alegro, entre otros./ Especial

 

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