Carson McCullers: ¿sabes cómo deberían amar los hombres?

Mar 18 • destacamos, principales, Reflexiones • 5966 Views • No hay comentarios en Carson McCullers: ¿sabes cómo deberían amar los hombres?

En el centenario de su nacimiento recordamos a esta creadora de personajes marginales y con vidas trágicas, quien capturó en su narrativa la sensibilidad poética del siglo XX norteamericano

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POR CLAUDINA DOMINGO 

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Autora de Tránsito (Tierra Adentro, 2011); @ClaudinaDomingo

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En el relato “Un árbol, una roca, una nube”, aparece un viejo salido de la nada e intenta conversar con un chico desconocido al interior de un café en algún pueblo estadounidense del sur.

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“Medité sobre el amor y al fin me di cuenta qué es lo que hacemos mal. Los hombres se enamoran por primera vez, ¿y de qué se enamoran? (…) De una mujer… Sin mayor experiencia ni conocimientos se consagran a la experiencia más peligrosa y sagrada sobre la Tierra. (…) Comienzan por el extremo equivocado. Empiezan en el clímax. ¿Ves ahora por qué son tan miserables? ¿Sabes cómo deberían amar los hombres?”

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De diálogos (o monólogos) como éstos está plagada la narrativa de la escritora estadounidense Carson McCullers (1917-1967), autora de una obra donde los personajes afrontan las vidas comunes y corrientemente trágicas con fuerzas e intuiciones místicas y filosóficas que los sobrepasan al punto de hacerlos ver como dementes.

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Carson McCullers escribió una narrativa sin límites. Este texto dilucidará este enunciado que, a primera vista, podrá parecer un lugar común. La creación de McCullers incluye la novela —El corazón es un cazador solitario, Reloj sin manecillas—, la novela breve —Reflejos en un ojo dorado, Frankie y la boda, La balada del café triste— y una veintena de relatos breves. El tempo narrativo que rige unos y otros no está delimitado por su extensión. Reflejos en un ojo dorado, por ejemplo, tiene un regusto a novela morosa pese a que no pasa de las 130 páginas, y la atmósfera intensa y dramática de El corazón es un cazador solitario, así como el desenvolvimiento trágico de los personajes hace pensar más en un largo relato que en una novela. La autora —cuya primera vocación fue el piano— empleó esta modalidad del tiempo como una herramienta literaria con destreza y calculada maestría. Esta primera particularidad sitúa a Carson en una posición nada cómoda en términos autorales: cada creación es una vuelta de tuerca respecto de la anterior.

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Graham Greene dijo que sólo en la escritura de McCullers y en la de Faulkner había encontrado una sensibilidad poética original del siglo XX norteamericano, pero que prefería a McCullers por escribir con mayor claridad. Esta escritura precisa la facultó para desenvolver un mundo abigarrado. Al inicio de su primera novela, El corazón es un cazador solitario —publicada en 1940, a los 23 años de edad de la autora— McCullers cuenta que “en el pueblo” hay dos mudos, uno de los cuales (Singer) cuida del otro, un griego gordo y lento del que Singer nunca sabe qué tanto entiende lo que le cuenta en lenguaje de señas. Se trata de los solitarios que viven segregados por una sociedad indiferente; una sociedad plana y plena donde el trabajo, la alimentación y el entretenimiento son afrontados con el mismo estoicismo. La profundidad psicológica recuerda una sinfonía donde la autora lo mismo puede ser precisa y minimalista (como en el caso de Singer) que barroca y sinuosa, como con Mick, una adolescente que tiene una vida interior rica y que en su soledad vigorosa y extravagante se sabe —porque lo es— dueña del universo: su inocencia (sexual y moral) la dota de un poder casi sobrenatural para entender los signos y el lenguaje de un mundo tumultuoso que se mueve al mismo tiempo lejos y dentro de ella. Hay un núcleo —y no sólo diegético— que une a estos personajes, parecido a una cuerda tensa y eléctrica que tocan en algún momento pero de la que no se sujetan. Este esfuerzo último parece estarles vedado; pero de la contemplación de esta posibilidad nacen sus impulsos, más mundanos e imperfectos y por tanto más radicales en su inacabada forma de contraste y respuesta a la indiferencia del orden que los rodea.

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Pronto el griego enloquece y Singer queda más aislado en ese pueblo donde no todos los solitarios están mudos o locos. La crítica política que la obra ejerce tiene matices derivado de la delicada observación psicológica. En la trama también hay un doctor negro —uno de cuyos hijos se llama Karl Marx— que desea educar a su pueblo, guiando sus almas bastas hacia el progreso, la salud y la educación; se niega a aceptar que nadie de los suyos comparte su deseo; que una botella de licor, un poco de conversación o un pastel son lo que disfrutan y anhelan los negros a su alrededor. Y aunque la novela adquiere tintes cómicos (o tragicómicos) debido a que sus personajes se sumergen en una especie de comportamiento infantil (por lo gratuito al mismo tiempo que entusiasta de sus deseos), la acción dramática vuelve una y otra vez a recaer sobre Mick, que tiene una tarea que cumplir antes de poder realizar sus sueños: crecer, dejar de ser una niña sin verse aplastada por la muda violencia que la rodea. Esta es la posibilidad alegre en la narrativa oscura de McCullers.

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La noveleta fue quizá el formato preferido de la precoz autora que en 1941, tan sólo un año después de su debut publicó Reflejos en un ojo dorado, que dos décadas después se adaptó al cine con Elizabeth Taylor como Leonora Penderton, una sureña a quien se describe como a una mujer que no temía ni a Dios ni al diablo ni a bestia alguna. Si bien en este libro la voz narrativa resulta más visible, incluso intrusiva y hasta moralista, la autora conservó el rasgo más inquietante y creativo de su obra: la capacidad para mostrar vetas profundas de una psicología desgarrada mediante una expresión virtuosa. Cada personaje vive impulsado en el drama por un rasgo desmesurado: la sensualidad casi animal de la bella esposa, la torturada mente de su marido (que se afana por apagar sus deseos homosexuales) y el arrobo de un joven soldado cuyo misterio reside en su escasez intelectual y que observa las infidelidades de la esposa desde la indefinida distancia del voyeur: lo suficientemente lejos para captar la belleza de los fenómenos ante sí (su observación ritual del cuerpo desnudo y dormido de Leonora) pero lo bastante cerca para ser trastocado, penetrado al final, por los hechos que espía. La muerte en esta novela es un paradigma que expresa también la peculiaridad literaria de McCullers: es trágica y pedestre a la vez, uniendo así los planos que interesaban a la autora en su reflexión sobre las relaciones humanas y el entorno histórico: la fuerza poderosa de las convenciones sociales y el desgarramiento al mismo tiempo místico y primitivo que impulsa a los individuos a arrojarse contra el muro del orden sin importarles el previsible desastre final de sus acciones.

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Si bien al final de su vida dictó una autobiografía inconclusa (o quizá justamente por eso) McCullers fue reticente a la imbricación entre ficción y autobiografía. Prefirió, por mucho, la caracterización de subjetividades de todo tipo social y sexual, lo que derivó en que por mucho tiempo la lectura de su obra tuviera un marcado carácter político en demérito de una lectura más estrictamente artística. Y aunque en su trabajo narrativo se puede leer una preocupación empática por los marginales, ésta no tiene un carácter solipsista, ni siquiera intimista. Una aguzada preocupación subyacente es el malentendido, la confusión, el diálogo oblicuo que deja a sus personajes a la deriva y en penumbras en su representación de las relaciones con los otros. El ejemplo más evidente son los mudos de El corazón es un cazador solitario, y también toma la forma del misterioso silencio del soldado voyeurista (cuyos pensamientos nunca conocemos) en Reflejos en un ojo dorado, y en muchos de sus relatos se manifiesta en una serie de diálogos y relaciones fatales. Uno de los pocos momentos de ficcionalización autobiográfica por parte de McCullers ocurre en “El instante de la hora después”, en el que una pareja de jóvenes escritores bohemios pasan la noche tras una fallida reunión con un amigo. Atendemos el punto de vista de la mujer que lamenta no poder emborracharse nunca al grado que lo hace (o finge hacerlo) su esposo, a quien acusa de correr al invitado con un monólogo caótico y obsceno sobre una “vacuidad reverberante”. En su brevedad, este relato enuncia la poética de McCullers: un lenguaje nítido y descriptivo no exento de hallazgos poéticos, la interiorización profunda de uno de los personajes que observa a otro subjetivamente pero sin poder entenderlo ni llegar a dominarlo. El nexo entre ambos personajes es radical e intenso pero también oscuramente doloroso; no hay odio, pero sí temor a la fusión completa, un temor hacia las profundidades del otro lo mismo que hacia la intensidad propia, un temor hacia el arrebato que conduce al arrebato mismo.

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El viejo de “Un árbol, una roca, una nube” toma al chico con quien habla por la chaqueta y lo sacude.

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“—Hijo, ¿sabes cómo debería empezar el amor?”

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El chico se sienta, sometido por la misteriosa gravedad del viejo, y niega con la cabeza. El viejo le susurra al oído: “Amando un árbol, una roca, una nube”.

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FOTO: “McCullers empleó el tiempo como una herramienta literaria con destreza y calculada maestría”. En 1940, a los 23 años de edad, publicó su primera novela: El corazón es un cazador solitario.Especial

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