César Acevedo y la ceniza aciaga

Abr 9 • Miradas, Pantallas • 2245 Views • No hay comentarios en César Acevedo y la ceniza aciaga

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POR JORGE AYALA BLANCO

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En La tierra y la sombra (Colombia-Chile-Brasil-Francia-Holanda, 2015), minimalista debut en largometraje del autor total caleño de 28 años César Augusto Acevedo (cortos previos: Los pasos del agua 12 y La campana 13; coguionista de Los hongos de Oscar García Navia 14), Cámara de Oro a la mejor opera prima mundial en Cannes 15, el anciano campesino Alfonso (Haimer Leal) recibe un baño completo de polvo en la carretera para certificar su regreso al desolado terruño, tras 17 años de abandono a la arrugada esposa Alicia (Hilda Ruiz) vuelta ya un encapsulado rencor vivo que no le habla, pero conoce a la fuerte nuera Esperanza (Marleyda Soto) que acompaña a la vieja en las duras faenas mal pagadas por el maldito ingenio azucarero que ha infestado la región de cañaverales y lluvias cenicientas producto de la quema de la caña, conoce asimismo al nieto de 9 años Manuel (José Felipe Cárdenas) con quien intima empáticamente de inmediato, se integra a la familia barriendo huellas de ceniza todo el día e intenta ayudar de cualquier manera a su alcance al adorado hijo exlabriego treintón Gerardo (Edison Raigosa), que yace postrado, enfermo de los pulmones, agravado por la omnipresente ceniza que impide abrir las ventanas de su cuarto, y para colmo, sin la indispensable atención médica ni los remedios correctos, hasta la rebelión personal del infeliz paciente, que coincide con una revuelta más de los trabajadores agrícolas contra la invasiva empresa-pulpo, y hasta la inevitable agonía, cuando ya el hombre estaba a punto de emigrar con padre, mujer e hijo hacia otras tierras más clementes, cosa que en efecto harán después de su deceso.

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La ceniza aciaga se plantea y se maneja como un producto material, a la vez que simbólico, siempre en términos telúricos, hasta la gloria al revés y la redundancia, la prodigalidad y lo mezquino, la insurgencia o la resignación, la aceptación de la fatalidad y la tentación de la huida, en medio de una Tierra y una Sombra, como las glorias malignas anunciadas desde el título mismo, una Tierra hecha polvo, una tierra tan paisajista y protagónica como la del atmosférico arte silente nórdico, una tierra acosada por los sembradíos de caña posibles de tocar infernalmente con la vista por los cuatro puntos cardinales de un horizonte cerrado, una tierra aniquilada y aniquiladora de la otrora próspera granja familiar, asfixiada, vuelta pegajosa y diríase maloliente perenne, una tierra imponente pese a todo, aunque apenas vislumbrada desde interiores de recurrentes puertas y ventanas entreabiertas a contraluz como en la mejor épica westernista de John Ford (Más corazón que odio/The Searchers 56), una tierra que engendra y sobredetermina la angustia dominante del padre inmovilizado, ese progenitor terrenal vencido e impotente que ya no sabe si salir hacia el mundo ancho y ajeno fue para bien, ese padre deleznado y deleznable que sólo encuentra en el tendido de trampas para pájaros algún atisbo de residual comunicación canora y gorgeante con su tierno nietecito, ese pobre tipo refugiado a perpetuidad sobre una banca de madera a la Sombra del último laurel sobreviviente en el jardín-pórtico de la casa ahora aislada, ese desdichado en la sombra cuyo gran tesoro tangible es el cromo enmarcado de un caballo reluciente y cuyo único sueño obsedente viene a ser un imponente potro emergiendo del hogar-caballeriza hacia la libertad de afuera, ese humilde dispensador inane de un inútil cometa rosamarillo imposible de volar en este contaminado cielo sin viento alentador, ese ente ensombrecido que sólo conseguirá un mínimo contacto con su antigua amada irreconocible luego de haber perdido al insostenible hijo venerado, ese triste briago incallable que apenas emerge de la rústica taberna para fundirse con la sombra una tiniebla circundante y disolvente.

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La ceniza aciaga describe la fragilidad de un mundo rural, suspendido sobre el abismo por la estática fotografía árida tan dura cuan apocalíptica de Mateo Guzmán (por cuyo trabajo recibió el Premio Iberoamericano Fénix 15), un mundo evocado más que representado, de rugosa delicadeza ardua, a severo plano fijo único por cada baldía secuencia espartana donde todo debe pasar con diluidísimo mejor instante a lo Griffith tardío y sin posibilidad de otra música de fondo que algún esporádico y lejano eco cancionero, teniendo como aliados infalibles a una dirección de arte de Marcela Gómez Montoya más bien sígnica y una edición desvaída de Miguel Schverdfinger, que sin embargo permiten que el acogotado hiperrealismo del relato visual respire a jadeos como el héroe-pivote moribundo y admiten que una subyacente emoción ahogada palpite sin tregua o en off, entre imágenes plásticamente menos vistosas que las de El abrazo de la serpiente (Guerra 15), esa otra obra maestra del cine épico-lírico latinoamericano de hoy, ahora sí en las perfectas antípodas del verborrágico cine histriónico emblematizado por El clan (Trapero 15) y El club (Larraín 15), exacto allí donde el laconismo, el silencio y lo inmóvil se tornan discursivos, abstractos, retóricos y contundentes, sin eliminar la elocuencia emotiva, sino concediéndole un aura y un pudor ingobernables, allí donde rústicas maletas listas en vano, dos provectas figuras de espalda reclinadas una sobre otra, un incendio-cerco del mundo funeral o un desfile de penumbrosos cuartos vacíos cobran dimensiones cósmicas de Sacrificio de Tarkovski (86).

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Y la ceniza aciaga aúna la negativa alegoría popular del desastre neoliberal colombiano actual y la viscerosófica revuelta contra su explotación laboral a una henchida poética posrulfiana pulidamente bronca (“No quiero más medicamentos, quiero mejorar”), para hacer culminar el homecoming fracasado en la egregia figura trágica de la abuela reconociendo su amor por el abuelo merecedor de un abrazo condescendiente (“Es un buen hombre”) y decidida a permanecer a la sombra de su tierra devastada, ya cual indeclinable raíz sin árbol.

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*FOTO:  La tierra y la sombra, de César Augusto Acevedo, recibió la Cámara de Oro a la mejor ópera prima mundial en el Festival de Cannes 2015/ Especial.

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