El tema de Emily

Nov 17 • Ficciones • 1052 Views • No hay comentarios en El tema de Emily

Autor de una veintena de libros, Charles Simic (Belgrado, 1938) es uno de los poetas más importantes en lengua inglesa. En 1990 recibió el Premio Pulitzer. Algunos de sus libros traducidos al español son El mundo no se acaba, Garabateando en la oscuridad, La vida de las imágenes y Una mosca en la sopa (memorias)
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POR CHARLES SIMIC
Versiones de Mauricio Montiel Figueiras

 

El tema de Emily
Mis árboles queridos, ya no los reconozco
En esta luz invernal.
Me han recordado algo de lo que no puedo prescindir:
El mundo es viejo, siempre lo ha sido,
Nada nuevo ofrece esta tarde.
El jardín podría haber sido la ventana cerrada
De una casa de empeños que yo escrutara
Sólo para encontrar objetos empolvados.

 

Cada uno de mis pensamientos era escrito
Por autores anónimos. Cada vez que pulsaban
La tecla de una máquina entelarañada yo me estremecía.
Hoy, por fortuna, la oscuridad llegó rápido.
Pronto los vecinos quemaban hojas,
Y quizá también algunas otras cosas.
Después vi a los niños correr en torno del fuego,
Sus rostros diabólicos por efecto de las llamas.

 

 

La que desapareció
Ahora que hace suficiente calor para sentarse en el porche al oscurecer
Alguien ha recordado de pronto a una vecina,
Aunque han pasado más de treinta años
Desde que salió a dar un pequeño paseo después de cenar
Y jamás regresó con su esposo y sus hijos.

 

Ninguno de los presentes pudo evocar mucho de ella,
Salvo el modo en que sonreía y se ponía pensativa
De repente y no decía la razón
Cuando se le preguntaba, como si ya cargara un secreto
O tuviera el corazón roto por no cargar ninguno.

 

 

Aglomeración de nubes
Parecía el tipo de vida que deseábamos.
Fresas con crema por la mañana.
Luz del sol en cada cuarto.
Tú y yo caminando desnudos junto al mar.

 

Algunas tardes, no obstante, estábamos
Inseguros de lo que vendría.
Como actores de una tragedia en un teatro en llamas,
Con pájaros girando sobre nuestras cabezas,
Los pinos oscuros extrañamente quietos,
Cada piedra que pisábamos ensangrentada por el ocaso.

 

De vuelta en la terraza bebíamos vino.
¿Por qué siempre este atisbo de un final infeliz?
Nubes de apariencia casi humana
Se aglomeraban en el horizonte, pero el resto era encantador
Con el aire tan suave y el mar en paz.

 

De golpe caía la noche sobre nosotros, una noche sin estrellas.
Prendías una vela y desnuda la llevabas
A nuestra habitación para apagarla de un soplido.
Los pinos oscuros y la hierba guardaban un silencio extraño.

 

 

El infinito
El infinito bosteza y sigue bostezando.
¿Tendrá sueño?
¿Extrañará a Pitágoras?
¿Las velas en los tres barcos de Colón?
¿El rumor de la marea lo remitirá a sí mismo?
¿Alguna vez se sentará a filosofar con una copa de vino?
¿Se asomará a los espejos por la noche?
¿Tendrá una maleta llena de recuerdos oculta en algún lugar?
¿Le gustará yacer en una hamaca mientras el viento le susurra dulces naderías al oído?
¿Entrará en iglesias vacías para encender una sola vela en el altar?
¿Nos verá como dos luciérnagas que juegan a las escondidas en un panteón?
¿Creerá que somos un buen alimento?

 

FOTO: Un hombre pasea en una playa de Toronto, Canadá, mientras se acerca una tormenta. / Frank Gunn / AP

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