Cinco mujeres

Jun 10 • destacamos, Ficciones, principales • 5391 Views • No hay comentarios en Cinco mujeres

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“Ha vivido una vida en millas en vez de años”, escribió The Paris Review del novelista y guionista Barry Gifford (Chicago, 1946), autor de Salvaje de corazón y Perdita Durangode quien presentamos esta secuencia de cinco relatos, elegida por el propio autor para ser publicada en Confabulario, que forma parte de The Cuban Club (Seven Stories Press, 2017), su próximo libro que será publicado este otoño en Estados Unidos

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POR BARRY GIFFORD

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Anna Louise

Anna Louise, la madre de Skip, el primo de Roy, era alcohólica. Lo primero que hacía cada mañana tras levantarse de la cama era ir a la cocina, echar una cucharadita de azúcar en un vaso del tamaño de una chimenea, llenarlo de ginebra, revolverlo y beberse la mitad. Después prendía un cigarrillo dorado sin filtro y le daba un largo golpe antes de terminarse el vaso de ginebra. Era una rubia platinada natural con una inmaculada piel blanca fantasmal. Anna Louise fue la primera esposa de Buck, tío de Roy; después de él, se casó con Karl von Sydow, un magnate de la construcción sueco. Von Sydow murió de un infarto seis años después de casarse con Anna Louise y le heredó su fortuna. Ella y Skip, quien tenía quince años cuando von Sydow murió, vivían en el norte de Chicago, en una propiedad con un muro frontal de tabiques. Un arroyo atravesaba el denso bosque que rodeaba los otros tres lados del inmueble. Anna Louise era dueña de las tierras en las que estaban el arroyo y el bosque. Cuando murió su segundo esposo, aún tenía 42 años y su belleza. Tras beberse el vaso de ginebra, fumaba de su cigarrillo durante uno o dos minutos antes de regresar al baño adjunto a la recámara principal y abrir la llave del agua para llenar la tina. Siempre realizaba esta rutina desnuda, sin importar quién más estuviera en la casa. Roy tenía trece cuando fue testigo por primera vez del ritual matutino de su tía. Anna Louise tenía una postura perfecta, pues había sido bailarina y actriz antes de trabajar brevemente como maestra de cálculo y poesía en una escuela privada para niñas. Tenía 22 años cuando se casó con el tío de Roy, quien, según le informó Anna Louise desvergonzadamente a Roy, no había sido su primer amante, aunque ella se lo hubiera hecho creer.

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—Tu tío fue bueno conmigo y un fogoso amante —le dijo—. Hasta que me embarazó. Después de eso, rara vez lo veía. No tuvo mucho de matrimonio. Von Sydow siempre estaba dispuesto, por decirlo de alguna manera. No sé qué era peor. Debí haberme casado con un judío.

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La tía de Roy le soltó esta información mientras él y su primo Skip estaban sentados en el desayunador comiendo cereal, la única comida que Anna Louise tenía en la casa. Todavía no preparaba la bañera.

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Roy la vio con poca frecuencia durante su adolescencia, siendo la última vez cuando tenía 17 y ella vivía en un motel en uno de los suburbios menos decorosos de la ciudad. Esto fue después de que hubiera incendiado accidentalmente su casa, la cual se quemó hasta los cimientos. Anna Louise se desmayó por la borrachera en su recámara, donde los bomberos la encontraron colapsada en el piso y la sacaron antes de que el techo cediera.

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Según Skip, gran parte del dinero de su madre se había esfumado por los derroches del abogado de Von Sydow, a quien ella le había confiado la administración de sus finanzas, y ella pasaba la mayor parte del tiempo que estaba despierta bebiendo ginebra de una botella sacada de una caja en el piso junto a su cama, la cual estaba colocada de tal manera que lo único que debía hacer para obtener una botella nueva era extender la mano y llevársela a los labios.

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Lo último que Roy supo de Anna Louise fue que la ingresaron en una casa de cuidados en Indiana, donde tenía familia. Para entonces, sin embargo, había perdido la cabeza y el poco dinero que le quedaba, y murió completamente sobria y vestida, sentada en una silla de ruedas. Skip estaba fuera del país con el ejército y no regresó al funeral, que pagó su padre.

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Roy siempre recordó a Anna Louise desnuda por las mañanas en su caserón, parada en la cocina con el enorme vaso de ginebra azucarada y un cigarrillo dorado en las manos, pero nunca entendió lo que quiso decir con aquello de que debió de haberse casado con un judío.

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Elegía para una hija de Egipto

Cuando Roy era pequeño, a su madre le gustaba dar fiestas. Era buena bailarina, en especial de ritmos latinos como la samba, el mambo y el chachachá. Tras divorciarse del padre de Roy, cuando Roy tenía cinco años, su madre invitaba a varias parejas a su apartamento más o menos cada dos sábados por la noche. Durante los tres años entre el divorcio y su segundo matrimonio, sus compañeros fueron una larga fila de tipos que sonreían demasiado, tenían un férreo apretón de manos y eran bailarines elegantes que siempre se sorprendían de que ella tuviera un hijo. A Roy le parecía obvio que su madre no le hablaba de su existencia a ninguno antes de las veladas de sus fiestas.

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En una de esas ocasiones, mientras los invitados se mecían estuporosos al ritmo de “Jodie’s Cha-cha” de Art Blakey, la madre de Roy y su acompañante, un hombre de hombros anchos, cabello relamido y un finísimo bigote oscuro de nombre Bob Arno, riñeron, pues él había bailado demasiado con la esposa de alguien. Por lo regular, Roy observaba la acción desde la periferia. La disputa entre su madre y Arno comenzó en la cocina, donde él estaba en proceso de prepararse una copa; después se trasladó al comedor, antes de terminar abruptamente en el salón principal, donde él se terminó el cóctel de un trago, le entregó la copa a ella y salió del apartamento.

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Tres mujeres rodearon de inmediato a la madre de Roy, parlotearon como monos sobre el incidente y acusaron a la esposa de ser la instigadora. Una mujer alta y rubia apareció en el pasillo con una estola de visón alrededor de los hombros casi desnudos, les dio las buenas noches a las otras mujeres y salió a toda prisa. Unos segundos después, un hombre regordete con un traje gris poco ajustado las abordó.

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—¿Han visto a Helen? —preguntó.

Tenía la cara verde y los ojos rojos.

—Creo que salió a buscar cigarrillos —contestó Kay O’Connor, una pelirroja delgada sobre la cual Roy había escuchado a su madre decir que nunca salía de casa sin maquillaje y un arma en el bolso.

—Helen no fuma —dijo el hombre.

—Vamos, Marty —le dijo la madre de Roy—. Vamos a bailar.

Le dio la copa vacía de Bob Arno a Roy, tomó una de las manos del hombre y lo condujo a la sala.

—¿Qué no salías antes con Bob Arno? —le preguntó una de las mujeres a Kay O’Connor.

—Me tiene miedo —respondió Kay.

—Más bien le tiene miedo a Harvey —intervino la tercera.

—¿Cuál es la diferencia? —dijo Kay.

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Las tres mujeres entraron a la sala.

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Roy vio a su madre bailar chachachá con el hombre regordete. Su cara pasó de estar verde a rojo brillante, y la madre de Roy reía, mostrando todos los dientes.

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Cuando la pieza de chachachá terminó, alguien puso otro disco. La voz aguda y trémula de una mujer interpretaba la letra de la canción lenta y contundentemente, y, aunque de alguna forma iba medio compás detrás de la banda, no arruinaba el ritmo. Todo el mundo dejó de hablar y reír, y prestó atención.

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Aún recuerdo

la primera vez que dijiste

Si no puedo ser libre

prefiero morir”.

Ahora que no estás

y nada ha cambiado,

mi respuesta a la pregunta

se puede invertir.

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Alguien quitó el disco y puso un mambo, y la gente empezó a hablar y reír de nuevo. Roy fue a la cocina, dejó la copa en el lavabo y se fue a su habitación y cerró la puerta.

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A la mañana siguiente, le preguntó a su madre si pensaba que había sido una buena fiesta.

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—No estuvo del todo mal —contestó—. Tampoco del todo bien.

—¿Vas a volver a ver al señor Arno?

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Su madre buscó al fondo de la repisa, encontró una taza limpia y se sirvió café. La cocina era un desastre.

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—Ya no entra en nuestros planes, creo —dijo—. De todas formas, no te cae bien, ¿o sí, Roy?

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El familiar rostro de la oscuridad

Eres una bendición, Rudy. Gracias por ayudarme. Nunca lo voy a olvidar.

—Soy yo quien no olvida.

—Lo sé, lo sé. No tenías por qué hacer esto.

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Rudy se dio media vuelta y entró a Lake Shore Liquors. Sus socios de la licorería, Earl LaDuke, quien era su tío, y Dick Mooney, lo estaban esperando. Moe Herman, a quien Rudy acababa de entregarle dos billetes de diez, siguió su camino. Rudy nunca le prestaba dinero a nadie; o les daba el dinero que necesitaban o se negaba a dárselos sin explicaciones. Lo que cualquiera que está en un aprieto quiere escuchar es “sí” o “no”. Si se lo pagaban, qué mejor, pero no había razón para contar con ello.

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Earl y Dick estaban sentados en una mesa de póquer en el sótano. El tío de Rudy fumaba un puro con los ojos cerrados, mientras que Dick estudiaba los resultados de los juegos del día anterior en Sportsman’s Park. Rudy se sentó y se sirvió un dedo de whiskey de la botella que estaba en la mesa.

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—Buenas tardes, Rudy. ¿Cómo está Kitty?

—Bien, Earl.

—Dile que pregunté por ella.

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Dick asentó el periódico y se quitó los lentes.

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—Nada aún —dijo.

—Si para esta noche no ha llegado, llamaré. Pero no antes.

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Earl LaDuke abrió los ojos y se puso de pie. Era un hombre grande y desgarbado. Rudy se preguntaba cómo había escapado de los húsares en la vieja patria, cuando se apellidaba Sackgasse,

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—Estaré en casa. A tu tía Sofía le gustaría que Kitty y tú vinieran a cenar.

—Iremos, tío Earl. No esta noche, pero pronto. Dale un beso de mi parte.

—Todavía puedo besarla de mi parte, si quiero. Todavía puedo hacerlo.

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Earl subió las escaleras despacio.

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—¿No estás preocupado? —preguntó Dick.

—Las calles están congeladas.

—Emily quiere irse de Chicago. Su hermana está en Atlanta.

—Earl y yo podemos cubrir tu parte.

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Dick tenía 32 años, diez menos que Rudy y 27 menos que Earl LaDuke. Se había incorporado a Lake Shore cinco años antes, y su tercera parte ahora valía el doble que al principio.

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—Podría ser tu hombre allá.

—Atlanta es territorio de Lozano.

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Se escucharon pasos en las escaleras. Los dos hombres voltearon y vieron bajando a Lola Wilson, una bailarina del vecino Club Alabam. Vestía un abrigo de piel sobre su atuendo de ensayo. Cuando el frente del abrigo se movía hacia un costado, se le asomaban las piernas. Lola bajó con cuidado, apoyando los tacones con delicadeza sobre cada uno de los frágiles escalones de madera. Se acercó y se paró detrás de la silla en la que el tío de Rudy había estado sentado.

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Dick se puso en pie.

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—Hola, Lola. Te veo luego, Rudy —dijo y comenzó a subir las escaleras.

Lola tomó asiento, sacó una arrugada cajetilla de Camel y una caja de cerillos de un bolsillo del abrigo. Luego cambió de opinión y los devolvió a su lugar.

—A veces se me olvida que no te gusta que fume. Kitty no fuma, ¿verdad?

—No, no fuma.

—La vi con Roy aquí el otro día. Qué grande se está poniendo. Ya debe de tener como diez.

—Ocho. ¿Qué puedo hacer por ti, Lola?

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Lola tenía la nariz fina y respingada, labios carnosos y rosados, ojos marrones y pantanosos, y cabello rubio traslúcido en las puntas. Su rostro fascinaba a muchos hombres y mujeres, en especial a las mujeres, de entre quienes muy pocas habían sido dotadas con facciones tan dramáticamente contrastantes que combinaban con tanta exquisitez. Los dientes de Lola estaban retorcidos y manchados por el tabaco; la avergonzaban, así que, cuando sonreía, apretaba los labios con determinación. Antes de casarse con Kitty, cuando Lola tenía 18 años y acababa de bajarse del autobús proveniente de Virginia Occidental, Rudy se ofreció a pagar el tratamiento para enderezarle los dientes, pero ella tuvo reparos, y luego fue demasiado tarde.

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—Me vas a odiar —dijo ella.

—¿Qué sucede?

—Compré una dosis. ¿Me inyectarías?

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Rudy se puso de pie, caminó a la parte de atrás del cuarto, abrió la puerta de un pequeño refrigerador y sacó una pequeña botella redonda. Abrió un cajón del mueble aledaño al refrigerador y tomó una jeringa hipodérmica y un delgado paquete de agujas, una de las cuales sacudió y embonó en la jeringa, y después extrajo líquido de la botella antes de devolverla al refrigerador. Tomó una botella café y una bola de algodón de una caja, y regresó a la mesa.

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Lola se levantó, le dio la espalda a Rudy y alzó uno de los lados del abrigo de piel. Rudy se sentó, frotó la torunda de algodón empapada en alcohol de la botella café sobre la parte expuesta del glúteo izquierdo de Lola, insertó la aguja en el área esterilizada e inyectó la penicilina, tras lo cual volvió a limpiar el punto con el algodón antes de levantarse e ir hacia el lavabo junto al mueble y colocar en éste los instrumentos empleados.

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—¿Cuánto tiempo estudiaste medicina, Rudy?

—Año y medio. Ya te lo he dicho: cuando metieron el cadáver, me sacaron a mí. Después de eso me cambié a la escuela de farmacéutica.

—¿Necesito un curita?

—Vas a estar bien.

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Lola se sentó de nuevo, y Rudy hizo lo mismo. Se balanceó con cuidado sobre el glúteo derecho.

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—De verdad no sé qué haría si no te tuviera en mi vida.

—Pensaba que te ibas a casar con Manny Shore.

—No puedo bailar por siempre. Pensé que al menos eso me mantendría, pero no. Me di cuenta de que no iba a funcionar. No lo he visto en meses; por lo menos en semanas. ¿Crees que soy una gamberra, Rudy?

—¿En dónde aprendiste esa palabra?

—Monique dijo que alguien la llamó así, y le pregunté qué significaba. Ella no sabía bien a bien, así que la busqué. ¿Creíste que era una gamberra cuando nos conocimos?

—Tú no eres Monique. Tienes que cuidarte más.

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Lola se puso de pie.

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—Debo volver al ensayo.

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Se inclinó y besó a Rudy en la oreja derecha.

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—¿Todavía soy bella? Sé que no tanto como tu esposa, pero dime.

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Rudy se levantó y la miró a los nublados ojos.

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—Sí —dijo—. Lo eres.

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Lola se dio la vuelta y subió las escaleras. Cuando llegó al último escalón, hizo una pausa y dijo lo suficientemente alto como para que él la escuchara:

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—Tengo veintinueve años.

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El sombrero italiano

June DeLisa, amiga de la madre de Roy, era el tipo de mujer que volaba de Chicago a Venecia, en Italia, sólo para comprar un sombrero. Justo eso hizo en septiembre de 1956, y, cuando regresó, la madre de Roy le preguntó qué tenía de especial el sombrero.

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Está hecho a mano, por supuesto, y lo diseñó un hombre llamado Tito Verdi, quien afirma estar emparentado con el compositor. Es muy viejo; tendrá más de ochenta o casi novena. Los materiales que usa son tejidos por unas ancianas que viven en las montañas de Puglia. En fin, ¿qué te parece?

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El sombrero pendía peligrosamente del lado derecho de la cabeza de June DeLisa. Salvo por una pluma de un verde amarillento muy brillante que estaba adherida al lado izquierdo radicalmente inclinado del vértice del sombrero, Kitty consideró que era un sombrero anodino; hasta el arrugado material azul con el que estaba confeccionado parecía que podía haber sido comprado en Woolworth’s por menos de dos dólares.

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—Me gusta la pluma. Nunca había visto un amarillo tan radiante.

—Fue tomada de una especie exótica en el Congo Belga.

—¿Sería descarado preguntar cuánto costó?

—Mejor no te descares.

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El esposo de June DeLisa había hecho su fortuna en el mercado de las materias primas. Kitty y June se conocieron antes de que cualquiera de las dos se casara, cuando ambas modelaban abrigos de piel en el Merchandise Mart.

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—¿Qué tal Venecia?

—Siempre es precioso en esta época, salvo que haya una ola de calor. Nunca has ido, ¿verdad? Está atestado, pero sigue siendo un sueño, sobre todo justo después del amanecer.

—¿Te acompañó Lloyd?

—Ah, no. Se mantiene ocupado con el polo y la señora Gringold.

—Pensé que eso se había terminado.

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Roy entró a la sala, donde su madre y June DeLisa estaban sentadas en el sofá.

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—¡Dios bendito, Roy! —exclamó June —Estás creciendo tanto. ¿Qué edad tienes ya?

—Cumplo ocho el mes que viene.

—La señora DeLisa acaba de regresar de Italia. Me está contando de su viaje.

—¿Te gusta mi nuevo sombrero, Roy? Lo hicieron para mí allá.

—Es como el que usa Robin Hood. Pero el de él es café, no azul.

—¿Qué pasa, cielo? Pensé que ibas a jugar afuera con los Murphy.

—Está lloviendo. Voy a construir un modelo en mi cuarto.

—Dime si necesitas algo. Si June y yo decidimos salir, te avisaré.

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Roy salió de la habitación. No le desagradaba June DeLisa, pero al verla se le ocurría que, al volver a casa, la mujer saltaría de una de las ventanas de su apartamento en el piso treinta del edificio de Lake Shore Drive en el que vivía.

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—Así que está viendo a Anastasia de nuevo.

—Nunca dejó de hacerlo, en realidad. Probablemente tendré que matarla, o divorciarme. Si decido mandarla matar, ¿te importaría si le pregunto a Rudy si conoce a alguien que pudiera hacerlo? Ustedes todavía se llevan bien, ¿cierto?

—Basta, June. Ni siquiera lo digas. Por supuesto que Rudy y yo tenemos buena relación. Somos muy cercanos, y él ve a Roy una o dos veces por semana. Rudy ama a su hijo más que a nada en el mundo.

—¿Qué hay de tu madre?

—Está demasiado enferma como para hacer algo al respecto.

—Como si no hubiera hecho suficiente ya.

—De hecho, desde que me divorcié de Rudy, ha empezado a ser más respetuosa con él.

—Más bien Rose respeta lo que puede Rudy hacer, o lo que ha hecho.

—Es buen proveedor para Roy.

—Para ti también, espero.

—No me puedo quejar.

—Aún te ama, Kitty. Siempre te amará. Eso te hace más afortunada. Lloyd nunca me quiso como Rudy te quiere.

—Lloyd no ama a Anastasia. No lo creo. ¿Ella lo ama?

—Si Maurice Gringold no fuera dueño de dos bancos y de la mitad del estado de Ohio, dudo que siguiera casada con él.

—Quítate ese sombrero, June. Me pongo nerviosa sólo de verlo.

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June se quitó el sombrero y lo puso sobre la mesita del salón.

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—Me siento inútil, Kitty. Si Lloyd y yo tuviéramos hijos, supongo que no me sentiría así.

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La lluvia caía con fuerza. Las dos mujeres se quedaron sentadas, en silencio, escuchándola golpear las ventanas y el techo.

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—Le pregunté al viejo Signore Verdi cómo fue que se convirtió en sombrerero, y me dijo que fue porque era pésimo violinista. ¿No te parece graciosísimo?

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Kitty miró el sombrero de June.

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—¿Y Verdi te dijo que esa pluma venía del Congo Belga?

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Tierra de dragones

La madre de Roy estaba teniendo problemas para dormir. Cuando Kitty se lo comentó a su amiga Kay, ella le sugirió que hiciera una cita con el doctor Flynn.

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—¿Es especialista del sueño? —preguntó Kitty.

—Es ortopedista —dijo Kay—, pero ahora se especializa en hipnoterapia.

—No quiero que me hipnoticen. Sólo necesito que me receten píldoras para dormir hasta que vuelva a ser yo misma.

—Mejor ver al doctor Flynn que medicarse. Te vas a enganchar y terminarás con un problema más grande. El doctor Flynn es como un genio: usa el hipnotismo para corregir deformidades corporales con base en su teoría de que las malformaciones del cuerpo son causadas por trastornos psicológicos.

—¿Quieres decir que cura inválidos con hipnosis?

—Ya sé que suena a una locura, pero parece que ha tenido mucho éxito.

—¿En dónde estudió medicina? ¿En el Tíbet?

—Ve a verlo, Kitty. Dale una oportunidad, y luego me dices si te parece un farsante. ¿Y qué más da si lo es, si te cura el insomnio?

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El día después de que la madre de Roy visitara al doctor Flynn, llamó a Kay para darle el reporte.

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—Es un hombre amable y con buenos modales. Se tiñe el cabello. Hablamos un rato y me preguntó si había algo en particular que me estuviera molestando a últimas fechas. Le dije que periódicamente he tenido problemas para dormir desde que era niña. Que ahora, desde el divorcio, he tenido problemas de nuevo y, cuando logro dormir, suelo tener pesadillas.

—¿Te hipnotizó?

—Supongo que sí.

—¿Cómo que “supongo”? ¿Lo hizo o no?

—Dijo que lo hizo. No vi que balanceara un reloj ni nada por el estilo. Sólo me habló y después me sentí un poco mareada. Supongo que perdí la conciencia durante unos minutos. Después me sentí relajada. Eso fue todo.

—¿Dormiste mejor anoche?

—Roy tuvo que despertarme para que le diera el desayuno. Siempre me levanto antes que él.

—¿Cómo te sentiste?

—Como si no hubiera dormido lo suficiente; no exhausta, sino nublada. Creo que el día de ayer me agotó.

—¿Qué dijo Flynn? ¿Lo volverás a ver?

—No lo sé, Kay. Dijo que era mi decisión. Tuve un sueño extraño anoche.

—¿Lo recuerdas?

—Estaba caminando sola por la noche sobre una calle de alguna ciudad. No tenía destino, sólo caminaba. Había otras mujeres como yo, caminando porque estaban locas y no podían parar. Tenía miedo, y algunas se reían de mí. Una de las mujeres me dijo: “Bienvenida a la Tierra de dragones”. Quería volver a casa, pero estaba perdida, y ahí sólo estaban esas mujeres locas.

—¿Habías tenido ese sueño antes?

—No fue sólo un sueño, Kay. He hecho esto de verdad varias veces. Nunca se lo dije a nadie.

—¿Rudy no lo sabía?

—Pasó una vez cuando estábamos juntos. Le dije que estaba inquieta y necesitaba un poco de aire fresco. Estábamos en un cuarto de hotel, a las tres de la mañana. Le dije que no se preocupara, que volviera a dormir, y salí.

—¿Qué hay del doctor Flynn? ¿Se lo dijiste a él?

—Tal vez, mientras estaba hipnotizada.

—¿Y Roy?

—¿Qué con él?

—¿Quieres que se quede con Marvin y conmigo unos días? Hasta que te sientas mejor.

—Me siento bien. Gracias por ofrecerlo. Roy no es un problema.

Esa noche, Kitty no pudo dormir. Sentía la urgencia de salir de la casa y caminar, pero temía dejar solo a Roy. Se miró en el espejo de la recámara y pensó en lo que el doctor Flynn le había dicho antes de salir de su consultorio.

—No veo que tenga usted un problema serio —le dijo—. Vuelva al trabajo.

—Yo antes era modelo —respondió.

Kitty fue a la sala y encendió la televisión. Ava Gardner bailaba descalza bajo la lluvia. Ella tampoco se veía feliz.

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ILUSTRACIONES: EKO

TRADUCCIÓN: Ariadna Molinari y José Carlos Ramos

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