Clarice Lispector: Escribir para salvar(se)

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Poseedora de una prosa intimista, Clarice Lispector (Chechelnik, 1920-Río de Janeiro, 1977) es una de las grandes escritoras brasileñas del siglo XX, con obras como La hora de la estrella y La pasión según GH. Con motivo de la edición en español de Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector (Siruela, 2017), presentamos esta entrevista con el escritor estadounidense Benjamin Moser, su biógrafo

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POR LUCÍA MELGAR

Cuando era estudiante de portugués, el escritor y traductor estadounidense Benjamin Moser (Houston, 1974) descubrió a Clarice Lispector a través de La hora de la estrella —una de las últimas obras de la escritora brasileña— y quedó fascinado a tal grado que comenzó a investigar sobre su vida. Tras cinco años de trabajo, Moser publicó Why This World: A Biography of Clarice Lispector (2009), y desde entonces se encarga también de difundir la obra de Lispector en Estados Unidos. Con Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector (Siruela, 2017), la versión en español, buscó sacar a Lispector del ámbito académico “para que llegara a más gente”. En esta conversación, Moser —colaborador de las revistas Harper’s y New York Review of Books— retoma y amplía aspectos significativos de la vida y obra de “la gran Clarice”, como él la califica.

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Su experiencia como lector de Lispector fue como una revelación…

La palabra “lector” me parece seca, porque debe haber una más fuerte para describir al loco, al borracho, que la lee a ella. Leerla es algo que te pasa por las entrañas, que te agarra. Eso suena exagerado, pero si has sido lector de ella y la sientes como yo, me entenderás…

Sin esa pasión no se le puede entender. Si tienes esa pasión por ella luego vas profundizando, preguntando, investigando, para entender. Es un poco raro, porque yo tengo esa relación con una difunta pero yo la quiero mucho… es algo un poco “brujo”. Nunca me ha pasado eso con nadie. Ahora estoy terminando la biografía de Susan Sontag, una vida enorme. A Susan la quiero muchísimo, es una mujer fascinante y maravillosa pero no es la misma relación.

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Es más intelectual.

Para llegar a la parte intelectual de Clarice, hay que pasar por la emoción, como pasa con una persona. En mi libro también quería poner el lado emocional, el lado pasional, que falta en otras obras sobre ella. Yo he luchado mucho contra la actitud de excluir lo emocional al escribir sobre mujeres.
Hay cosas en la vida que la gente no quiere entender. Una es esa historia judía de Clarice, que no es sólo una historia judía, es una historia de alguien de fuera. La gente en Brasil siempre me decía: “pero si ella nunca frecuentaba la sinagoga”. Y yo les digo que eso no es ser judío. Es una psicología, una cultura, cosas muy sutiles. He encontrado muchísima incomprensión de esa historia.

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¿Por qué no trata más el tema del feminismo?

La palabra despierta reacciones raras. La cuestión del feminismo es parecida a la cuestión judía: cuando llega la palabra ocurre una enorme incomprensión al respecto. La gente decía que Clarice no era feminista porque no andaba por las calles gritándolo, pero cualquiera que lea sus obras lo ve. Mientras más lo investigas, mejor se ve que ser mujer y ser escritora son dos ideas enemigas, casi. Ahora es tan normal ver a una mujer escritora que se ha olvidado cómo era antes, hace pocas décadas. Ella era ella una persona de un genio absoluto que surgió en un lugar donde no tenía ni un ejemplo en su cultura, no había nadie a quien hubiera podido admirar, ni como mujer, ni como escritora. Entonces quería enseñarle como la mujer admirable que fue, sin entrar en discusiones muchas veces fútiles alrededor de una palabra que mucha gente o no entiende, o no quiere entender.

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También ha dicho que es distinta en la tradición literaria brasileña.

Hay que entender que en Brasil se escribía bastante, demasiado, sobre el país. Eso era muy frecuente en todos los países “postcoloniales” y por toda Latinoamérica. ¿Qué significa ser mexicano o brasileño hoy cuando éramos españoles o portugueses ayer? Pero a ella esas cuestiones políticas o nacionales no le interesaban. Lo que le interesaba era el mundo interior, espiritual. Su pregunta es ¿por qué este mundo?, ¿por qué nacimos?, ¿por qué estamos condenados a la muerte? Su compromiso era con un ideal moral. Esto le daba una amplitud, y por eso estamos hablando de ella hoy en México o en Holanda: porque esas preguntas son las preguntas de todo el mundo.

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Pero ella se sentía brasileña, quería pertenecer…

Ella era una chica que venía de fuera, que no tenía país ni dónde ir; se agarró de lo único que conocía, que era Brasil. No conocía otra patria. Pero lo raro es que todavía hoy en Brasil se le tilde de extranjera. Su acento le llamaba la atención a mucha gente. Tenía una apariencia muy rara: era muy bonita, muy alta y rubia, en un país donde en aquella época eso no existía. Lo “normal” brasileño no tenía nada que ver. Y de hecho había nacido en Europa.

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También era vista como extraña por su lenguaje.

Este libro se publicó en Brasil hace unos años. En el proceso de traducción, hubo traductores que quisieron corregirla a ella. Yo tenía que decirles que no: “las cosas raras que dice ella son las cosas raras que dice ella”. Ellos pensaban que eran errores del traductor. Hay una extrañeza en la página, una distancia con el portugués “normal”. Y en esa extrañeza está justamente la poesía de Clarice. Se le nota. Y si uno es judío, se le nota también una inflexión judía que no puedo explicar: algo que se ve y se nota sin que se explique.

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¿Piensa que el idioma o el lenguaje que se construyó era su patria?

Pessoa escribió sus primeros poemas en inglés pero dijo: “la lengua portuguesa es mi patria”. Clarice podría decir lo mismo. La libertad que ella tuvo como exiliada, sin la influencia de la calle [los casi 20 años que vivió fuera como esposa de un diplomático]. En ese tiempo, conserva su idioma en su corazón y éste se hace cada vez más suyo. Esto me fascina de ella.

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¿Hay una ética de la escritura en ella?

Es una ética de su relación con el mundo, y a partir de esa ética surgen sus libros. Lo universal en Clarice es que no hay nadie que no pueda entender los sentimientos que exprime. Escribe sobre personas normales que justamente por ser normales nunca habían sido vistas en la literatura en Brasil: una señora que se queda en casa cuidando niños, una mujer que va en un bus a comprar huevos… Pasarle la voz a esa gente, que se veía en cada calle pero nunca, hasta entonces, había aparecido en un libro. Era su manera de insistir en el drama, en el valor de cada persona, en la dignidad del individuo. A partir de allí desarrolla toda una visión política.

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En su libro habla de su intención de “salvar”.

Ella hizo todo lo posible por salvar a su madre, que había sido violada en la guerra civil rusa y había contraído una enfermedad incurable. Y “todo lo posible” era nada. Clarice era una chica de 9 años cuando murió su madre. Pero con ese mismo deseo escribió como si fuera a salvar la vida de alguien. “Probablemente la mía”, dijo. Pero eso lo dijo cuando era una mujer madura sin ilusiones… Siempre pudo escribir sobre las cosas más fuertes pero siempre encontró dentro de la experiencia individual una esperanza, un brillo que tal vez fuera una iluminación de dos minutos, pero que también tiene su belleza y valor.

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Usted destaca la tendencia de Lispector a llegar al límite de las cosas…

Ella sabía muy bien que podría haberse ido “del otro lado,” que era la frase que utilizaba para referirse a la locura. “Pero yo permanezco de este lado por solidaridad con quienes construyen lo posible”, dijo. Porque volverse loca era una solución, una solución encontrada con frecuencia por mujeres artistas que no tenían cómo desarrollarse. De Virginia Woolf dijo: “No le puedo perdonar [su suicidio], porque el horrible deber es ir hasta el final”. Había que encontrar otras soluciones y ella tuvo la posibilidad de escribir, que es una solución muy dura. Aunque dijo que la escritura no le trajo lo que esperaba, que era la paz.

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Retomando el tema de la espiritualidad judía en su escritura, ¿fue una sorpresa para usted?

Bajo la apariencia de esa bella señora de Río de Janeiro, ¡me encantaba encontrar a un viejo rabino! Era uno de los motivos que me inspiraron a investigarla, con esa pregunta que se hace el biógrafo, pero también el amante: ¿Quién eres? Ciertas personas nacen con un talento atlético o musical; ella nació con una vocación espiritual. Clarice era una mística, una persona que buscaba una realidad que subyace bajo la aparente normalidad. Ella quería una experiencia directa de lo divino y sus personajes también. Era extremamente consciente de lo peligroso que es esa experiencia, que también puede empujarle a uno para “el otro lado.”

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En su obra hay un respeto por la gente aunque parezca menos de lo que es…

Ella tenía la cara de una brasileña de clase alta, pero no lo era. Por esa apariencia, nadie sospechaba de su background de miseria to- tal, de refugiada, de muerta de hambre. Tenía muchas máscaras, y estudiaba la idea de cómo se construye una máscara, y cómo eso le ayudaba a salir de la casa, a andar por la calle, a vivir la vida que tenía que vivir en la sociedad. Porque todos tenemos que llevar una vida diaria. El loco puede escapar, pero el resto no: Clarice describe lo que te pasa cuando te quitan la máscara. Uno de los últimos cuentos es sobre una señora millonaria que sale de la peluquería y se encuentra con un mendigo. Y la millonaria y el mendigo son muy próximos en toda la obra de Clarice. Resulta difícil, a veces, decir cuál es cuál.

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FOTO: La escritora brasileña de origen ucraniano Clarice Lispector. / Cortesía O Globo / GDA

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