Un río tras las cortinas

Ene 12 • destacamos, Ficciones, principales • 1168 Views • No hay comentarios en Un río tras las cortinas

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En la luminosidad de un cuarto de hotel, una pareja comienza su día con unos tragos y confidencias venéreas, a las que su hijo sumará su propio catálogo de infamias

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POR JORGE CÓRDOVA MONARES

Una mosca volaba alrededor de la lámpara. Se detenía, frotaba sus patas, caminaba de cabeza sobre la bola de vidrio y de pronto volaba de nuevo. Pedro estaba tirado en la alfombra a un lado de la cama, tenía una toalla del hotel atada al cuello a modo de capa y sólo traía calzones. Miraba a la mosca revolotear por el techo. Las cortinas estaban corridas y aunque hacía varias horas que había amanecido, la habitación guardaba la misma oscuridad de la noche anterior. Entre sus pensamientos, pantanos traicioneros, ruinas perdidas en la selva, persecuciones en moto, peleas a mano limpia, se colaba por lo bajo, el rechinar del colchón y el sonido de una corriente. Ninguno lo distraía, podía mantener la sensación clara de la hierba alta, húmeda al rozar su piel, el lodo donde se hundían sus pies, la visión del resplandor rojizo trepando entre las montañas; sin embargo, había algo intenso que por momentos lo devolvía a la habitación del hotel, el olor. Llenaba el cuarto, agrio, salado, denso, parecido al que emanaba de los pliegues de su propia carne, el sudor del cuello, el interior de su calzoncillo. Lanzó las piernas hacia atrás de la cabeza y rodó sobre la espalda para ponerse de pie, la toalla le cubrió la cara. En la oscuridad escuchó el rechinido, las voces asfixiadas, entrecortadas, más parecidas a una exhalación. Se alejó del ruido a tientas. Miró sus pies, avanzó en el azul blando del cielo, las nubes se deshilachaban a su paso, sintió ganas de correr, sus manos se encontraron con un obstáculo. Se detuvo, echó la toalla hacia atrás, estaba frente a la puerta. Encima de su cabeza había una mirilla. Se paró de puntillas, pegó el ojo izquierdo y cerró el otro. El tapiz en las paredes siempre le recordaba el entramado de los billetes de diez pesos que en ocasiones encontraba en las gabardinas de su madre. Una mucama bajó del ascensor y arrastró un carrito metálico por el pasillo alfombrado, se hizo enorme, su torso y su cabeza ocuparon toda la esfera. Se paró frente a la puerta, se inclinó y con la cadera golpeó el carrito. La escuchó decir: “qué chingar”. Después, ella apareció de nuevo con las botellas vacías de brandy y refresco que él mismo había sacado por la mañana temprano, la mujer las acomodó sobre el carro y se alejó empujándolo por el pasillo. Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo. Un triángulo de luz salpicó la alfombra y las piernas de la mucama al pasar. Nadie bajó, las puertas cerraron con un sonido de maquinaria pesada y la mujer desapareció lánguidamente al fondo del oscuro corredor. El mundo estaba contenido en una gota de agua, una esfera. Contempló ese mundo inmóvil, los muchos hoteles que había visto dentro de una bola de cristal. Apartó el rostro y caminó de regreso. El ruido, las voces, se detuvo frente a la cama. La sábana grasienta se sacudía, el olor se elevaba como niebla, se expandía, picaba. Una pierna se escapó de la sábana, una espalda, una mano con las uñas pintadas de rojo. Pedro encogió los dedos de los pies, rasguñó la alfombra. Las voces se ahogaron. La sábana se quedó quieta. El niño fue a la ventana, se metió tras las gruesas cortinas. La luz lo cegó y penetró en la habitación.

—Corre esas cortinas, por Dios! —dijo una voz de mujer.

 

El niño entrecerró los ojos, del otro lado del cristal la corriente seguía su marcha, se oía.

 

—¿Pedro? —dijo la voz—, ¡¿Pedro?!

 

Pedro no contestó. Pegó su mejilla al vidrio y exhaló una “a” silenciosa. El vaho se expandió y desapareció de la superficie pulida.

 

—¿Estás ahí? —la mujer insistió.

 

—Tal vez está en el baño —dijo el hombre.

 

Pedro escuchó el rechinido de la cama y unos pasos sordos que se alejaban. Una puerta se abrió.

 

—No, no está aquí.

 

—No tiene mucho a dónde ir. ¿No movió las cortinas hace un momento?

 

—Sí, es cierto.

 

Los pasos se acercaron.

 

—¡Ah!, ¡aquí estás! —dijo la mujer abriendo la cortina—, ven aquí.

 

Pedro se dio la vuelta y se dejó tomar por los hombros.

 

—¿A dónde podía ir? —dijo el hombre.

 

—Al río —dijo Pedro.

 

—¡Claro!, cómo no pensé en eso ―contestó el hombre—. Podríamos desayunar aquí.

 

—Por qué no? —contestó la mujer—. Sal a buscar algo, lo que sea, tengo mucha hambre y el niño no ha comido nada. Que vaya contigo.

 

—No, que se quede —el hombre saltó de la cama, estaba desnudo—, será más rápido así.

 

Pedro se desanudó la toalla y fue hasta una silla donde estaba su ropa doblada. El hombre se había puesto los pantalones y se abotonaba la camisa.

 

—No, hijo, cuida a tu mamá mientras vuelvo.

 

El niño acompañó al hombre a la puerta. Permaneció ahí mientras éste avanzaba por el pasillo, escuchó el roce de los zapatos en la alfombra. El hombre se detuvo frente al elevador, presionó el botón, volteó a mirarlo y le sonrió. El ascensor chorreó de luz el corredor. El hombre entró, las puertas cerraron tras él. La luz roja del letrero de no fumar parpadeó y se apagó. Pedro atrancó la puerta y volvió con la mujer.

 

—Ven. Acuéstate a mi lado —dijo la mujer.

 

Ella estaba desnuda bajo la sábana, fumaba. El niño se acostó sobre la ropa de cama. Hubo un silencio. El olor seguía ahí, más tenue, pero seguía ahí. Ella dio una chupada al cigarro, un punto rojo se inflamó en la penumbra. La mujer dejó la mano suspendida con el cigarro y sacó el humo —por la nariz y la boca—, que se alzó hacia el techo. La mosca revoloteaba al derredor de la lámpara.

 

—Lo que más me gusta de fumar es el humo. Se enreda para trepar y luego desaparece —volvió a fumar—, parece que tuviera vida.

 

Se quedaron quietos, observaron las formas en el aire.

 

—Es como si alguien muriera —dijo Pedro.

 

—¿Como si alguien muriera?

 

—No sé.

 

La ceniza se desprendió del cigarro, se desmoronó en la sábana. Ella la sacudió.

 

—¿Quieres contarme qué pasó exactamente?

 

—Ya les dije todo.

 

—Quiero escucharlo otra vez ahora que estamos solos.

 

El niño cruzó los brazos y apretó los labios.

 

—Por favor —dijo la mujer.

 

—La maestra también me lo pidió “por favor”.

 

La mujer le dio dos chupadas a la colilla, la aplastó en el cenicero del buró.

 

—Es diferente. Yo soy tu mamá.

 

—Ella quería que se lo contara como una película.

 

—¿Por qué quería saber?

 

—Por el olor.

 

La mujer se sentó en la cama, cruzó los brazos para sostener la sábana.

 

—¿Cuál olor?

 

—Todo es culpa del olor… no sé por qué le hablé de esto —Pedro se incorporó—. Perdóname.

 

—Está bien, hijo. La maestra te obligó, ¿qué le dijiste?

 

—No sé, todo. Ella me dijo: “cuéntame como si me contaras una película”.

 

La mujer prendió otro cigarro, exhaló, vio desfigurarse el humo. Se tomó su tiempo. Con el cigarro humeando entre ellos dijo:

 

—Está bien, mi niño. Ahora cuéntame la película a mí.

 

El niño desvió la mirada a las cortinas, se quedó quieto, el sonido del río.

 

—Le hablé de los pasillos alfombrados —dijo muy quedo—, de los elevadores vacíos, de las moscas que me acompañan por horas mientras ustedes desaparecen bajo la sábana. Le conté del río tras las cortinas. Le dije que era posible que el mundo cupiera en una gota de agua —Pedro se levantó de la cama, caminó en círculos mientras hablaba—, que el olor sale de ustedes, son ustedes, que al cerrar los ojos veo tu pierna, la pierna de mi papá —alzó la voz—, que el olor me ahoga, que cuando se meten a bañar me froto en su sábana y la huelo, la huelo hasta que me arde dentro de la nariz, que…

 

Pedro se detuvo, estaba de espaldas a la mujer. Ella lo miraba a través del humo, tenía los ojos enrojecidos.

 

El niño se acercó a la mujer, recostó la cabeza en sus piernas, cerró los ojos. Ella le alborotó el cabello con los dedos.

 

—Después del recreo fuimos a la dirección otros chicos y yo —dijo Pedro.

 

—¿Eso fue antes? —la mujer se limpió la cara con el antebrazo.

 

—Nos mandó la maestra a recoger unos mapas. Había un niño en retención. Era más chico que nosotros. Me asomé a preguntarle por qué lo habían castigado. Estaba sudoroso, le chorreaba mugre por la cara, apestaba —Pedro tembló—. Eso es, eso fue lo que pasó —El niño se dio vuelta, quedaron de frente—. Mamá… ella dijo que yo era un enfermo.

 

La mujer lo tomó de la cabeza y lo acercó a su regazo. Él respiró. Se escucharon pisadas en la alfombra frente a la puerta, unas llaves, el hombre entró a la habitación. Se acercó hablando fuerte. Llevaba una bolsa en la mano derecha. La puso en una mesita de centro y sacó una charola envuelta en papel aluminio y una botella de Presidente.

 

—No había mucho para comer, pero encontré esto —dijo el hombre con la botella entre las manos mostrando la etiqueta. La dejó en la mesita.

 

Ella se puso de pie, buscó desnuda su ropa interior en el piso, dos pequeñas prendas negras, se las puso y fue al baño. Pedro se quedó en la cama boca arriba, cerró los ojos, el olor persistía. Puso las manos sobre el vientre. Escuchó que su madre volvía del baño y por lo bajo, el río.

 

—La maestra lo llamó enfermo —dijo la mujer mientras desenvolvía los vasos del hotel.

 

—Bueno, fue ella quien lo obligó “a contarle como si fuera una película” las cosas que hacen sus papás —el hombre abrió la botella y sirvió hasta la mitad de los vasos—. Para mí ella parece más enferma —tomó uno y le pasó el otro a la mujer.

 

—¿Qué te dijeron que sucedió? —ella bebió un trago largo, carraspeó.

 

—Lo que te dije. Convenció a dos chicos para que lo ayudaran a sentar a otro más pequeño en sus piernas, lo retuvo ahí y el chico lloró, eso fue todo —bebió.

 

Pedro se puso de pie, fue a la ventana, corrió la cortina de golpe. La habitación se incendió con la luz del día. Los sorprendió con sus bebidas en las manos. Un segundo después la claridad se diluyó. Los tres quedaron inmóviles en sus sitios, miraban hacia la ventana. A la distancia sólo había autos que iban de un lugar a otro.

 

 

ILUSTRACIÓN: Rosario Lucas

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