Cuevas por Ximena

Jul 8 • destacamos, principales, Reflexiones • 15186 Views • No hay comentarios en Cuevas por Ximena

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La artista Ximena Cuevas, hija de José Luis Cuevas y Bertha Riestra, hermana de Mariana y María José, le escribe a su padre esta carta

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POR XIMENA CUEVAS

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¡Vaya torbellino! ¿Dónde se acomoda el dolor sin un adiós? ¿Cómo fue? ¿Cómo te fuiste? ¿Te dio el miedo que siempre tuviste a la muerte? ¿Te dolió? ¿Te diste cuenta? ¿Fue rápido? ¿Te dieron la mano? ¿Dijiste algo? ¿Qué hiciste el día anterior? ¿Tenías frío o tenías calor? ¿Dónde estaba yo? Me aflige tanto la canción que Liliana Felipe escribió a su hermana Ester desaparecida y asesinada en Argentina. Tu desaparición forzada, no por una dictadura, no por el crimen organizado, no por un evento social mayor, sino por un mal social invisible, permitido. Simplemente desapareciste en la obscuridad de nuestra distancia obligada. Ya no más risas por teléfono, ya no más agarrarnos de la mano, ya no más vernos a los ojos, ya no más complicidades, ya no más historia, ¿cómo decirte cuánta falta nos has hecho, cuánto te amamos tus hijas, tus nietos, tu hermano, tus amigos?, ¿dónde se acomoda tanto sentir entre los dulces recuerdos de infancia y estos últimos años? Tantos días de impotencia, tantas veces yo parada en el balcón de mi casa, desde donde se ve nuestra ciudad que mucho caminamos de la mano, y allí yo parada mirando a distancia, hacia el sur, hacia tu casa, mentalmente entrando por tu ventana para que mi amor te abrazara, para que mi amor traspasara cualquier muro y te cobijara, para que mi amor traspasara cualquier barrera y recordáramos.

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Mi Arenquito, mi Arenque, desde chiquita te decía así, sin saber qué tipo de animal era el arenque pero sonaba a algún animal fantástico, algo que no se parecía al resto de la gente. Arenque, no te parecías a nadie. Bello, el hombre más bello que he visto. Con esos ojotes verdes de gato, enmarcados por la piel siempre bronceada, tu sonrisa de dientes parejitos, tus manos tan parecidas a las mías. Yo era de la altura de una mesa, y allí me paraba a ver cómo de tu mano mágica surgían líneas que se convertían en mundos fantásticos. A veces jugábamos a que yo te dictaba algún ser imposible, que la cabeza de un gallo tuviera cuerpo de elefante, patas de pato, cola de rata. Al terminarlo me volteabas a ver y ante mi alegría me decías: “Estás chulísima”.

Mariana y Ximena durante una sesión de acuarela con José Luis.

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¿Dónde estás, Arenquito mío? El dolor no me deja respirar, el lunes que te fuiste sentí que me moría contigo. Sentí cada célula tuya que tengo en mi cuerpo.

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Mi cuerpo, en el que de niña dibujabas, las primeras imágenes en movimiento de mi vida, me hacías caritas en el brazo que al doblarlo gesticulaban, los dedos eran las piernas de algún simpático ser que caminaba sobre la cama. Dibujos efímeros que desaparecían con el jabón. Me sentía tan protegida acurrucada en ti. Me levantaba la manga de la pijama para que me hicieras cosquillitas en el brazo, y mejor aún si mientras me contabas historias. Tus historias plagadas de imágenes, siempre la vida con esta posibilidad de crear imágenes más allá de lo visible.

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Hoy te prendo unas velas, te busco en las nubes, te amo, te perdono, perdóname si llegaste a creer que no te fui suficiente. Hace dos semanas grité a tu ventana, te grité a todo pulmón: ¡Arenquito! ¡Arenquito! ¡Te amo, Arenquito! ¡No creas mentiras, Arenquito! Un hombre cerró apresurado la ventana y luego las cortinas, aislándote del amor. ¿Me oíste? ¿Me oyes? Te amo, por encima de todo te amo. Gracias, Arenquito, por el olor de la tinta, el rechinar de la máquinas en el taller de litografía que sacaba la plancha de piedra como si fuera una lenguota y de allí a manera de telón de un mago se revelaban las hojas con los misterios de Walter Raleigh, de Cuevas Comedies, tus mundos cinematográficos que me heredaste. Detrás del simpático personaje regordete parecido a Fatty Arbuckle, había una ventana por donde un autorretrato tuyo se asomaba, me decías que detrás de esa ventana estaba el próximo dibujo.

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El próximo dibujo, la muerte siempre presente, no te parabas de la mesa sin terminar el dibujo por temor a morir súbitamente y dejar la obra inconclusa. Tu autorretrato constante, tu miedo al paso del tiempo, a la fragilidad de la vida que miraste de frente cuando la fiebre reumática te tiró a una cama siendo aún niño. Siempre el miedo a la muerte, la observación obsesiva en fotografiarte a diario, como si fueras a descubrir en el microtranscurrir de un día a otro el misterio del tiempo. ¿Qué fue lo último que vieron tus bellos ojos?, ¿te dio miedo o te dio paz?

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Subo contigo las escaleras de madera que conducen a tu estudio, puedo ver cada rincón, cada cajón. Obsesivo autobiógrafo, cuando viajabas dejabas en tu estudio una narrativa perfecta del personaje que habías creado de José Luis Cuevas, una vez más pensando que podías súbitamente morir, y dejabas todo perfecto para que un investigador entrara a ese estudio y no tuviera pierde en reconstruirte a partir de los objetos tu historia. La máquina de escribir con el último Cuevario, el último dibujo sobre la mesa, los cajones con tus recortes de periódico, el mueble alto con las fotos de tu infancia y las cartas de los amigos, de los museos del mundo que te aclamaban. Toda tu historia se desmoronó. ¿Cómo lo permitiste?, ¿en qué momento te traicionaste a ti mismo?

José Luis Cuevas con sus hijas Mariana y Ximena.

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La muerte de Bertha te dio tanto miedo, una vez más como recordatorio a tu propia muerte, y desde esa fragilidad entregaste tu vida al verdugo. Se cerraron las puertas a tu sangre, a tus afectos, a tu propia historia. El verdugo te mermó como hombre y como artista. Moriste pensando que toda tu gente te abandonó, tú que fuiste tan querido, admirado por tantos. Tú en la soledad, tú en la soledad cuando el martes en Bellas Artes al salir me rodeaba gente del pueblo a decir lo mucho que te querían. Tú en la soledad, el único artista plástico que era como rock star con multitudes queriéndolo tocar. Ahora unos pocos mediocres buitres dicen ser tus amigos, cuando cualquier amigo real que entró a esa casa a recordarte quién eras fue corrido. Pero hoy tú vives en mí, en cada gota de la sangre que recorre mi cuerpo, y yo con la fuerza de ser hija de Bertha, no con la debilidad tuya, en eso no soy tu hija, lo débil permite la destrucción. No, hoy quiero con la fuerza de mi madre reconstruir al artista enorme que serás para la eternidad. Tu risa cuando yo te decía: “Así como me ves, yo soy arte, soy arte porque tú me hiciste”, no era una ocurrencia, era basada en tus obras más allá del dibujo cuando tatuaste mujeres con tu firma para hacerlas arte o pusiste en el periódico el anuncio en que donabas esperma para hacer arte. Tienes tantos niveles como artista, tantos, tantos. Gracias por el arte que dejas en mi sangre.

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“¿Por qué nos tomamos tan en serio si somos futuros muertos?”, me decías haciendo voz de Arturo de Córdova. Arenquito, qué desesperación pensar este mundo sin ti, ya ahora sí por siempre sin ti. Tantas veces la fantasía de subir esas paredes y abrazarte y abrir la puerta, salir juntos a caminar por las calles de la ciudad, de la mano, siempre de la mano caminando.

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Ximena Cuevas

Ciudad de México a 8 de Julio, 2017

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FOTO: José Luis Cuevas con sus tres hijas: Mariana, Ximena y María José en Acapulco. Diciembre de 1972. /Tomadas del Facebook de Ximena Cuevas.

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