D’ Annunzio, Malaparte y Pasolini, tres visiones de un siglo

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Estos autores italianos, abordados por el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, demuestran la diversidad intelectual y estética del siglo XX europeo

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POR ÁNGEL GILBERTO ADAME

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La trayectoria intelectual de Christopher Domínguez Michael lleva la impronta de su militancia juvenil en el Partido Comunista Mexicano y, en la misma medida, de su progresivo abandono del marxismo y de sus sucedáneos. Prueba de ello es Retrato, personaje y fantasma (2016), libro que nació de su aproximación al exiguo eurocomunismo, aparejado de su admiración por la literatura italiana.

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El primero de los ensayos que integran el volumen está dedicado al poeta Gabriel D’ Annunzio, orador y maestro de la teatralidad que se adentró en el siglo XX fascinado por la belleza de las confrontaciones bélicas y las malentendidas proezas del nacionalismo. Hombre de convicción romántica, se enlistó en el ejército y participó en la Primera Guerra Mundial como piloto. Fue entonces que ganó la admiración de la intelectualidad europea y se le dio el epíteto de “verdadero revolucionario”. Su irrupción en la política fue vertiginosa y se debió a que, entre los acuerdos que pusieron fin a la conflagración, se determinó que la ciudad portuaria de Fiume no formaría parte de Italia. Infatuado por el chauvinismo, lideró la conquista de Fiume, la declaró Estado libre, la gobernó de 1919 a 1920, se autoproclamó “Primer Duce”, militarizó a la sociedad y creó una economía planificada. Su efímero sueño de poeta-príncipe terminó cuando el ejército italiano bombardeó la urbe exigiendo su dimisión. El experimento de D’ Annunzio fue un preludio de lo que sería el fascismo encabezado por Mussolini, con quien simpatizaba, y contribuyó a su descrédito, tanto como su erotomanía y su adicción a las drogas.

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Desmontada la mitología en torno a D’ Annunzio, nos dice Domínguez Michael, sobrevive un escritor misterioso, proclive al plagio, excéntrico acuñador de palabras, partidario de la literatura comercial, pero sobre todo un sujeto contradictorio, incapaz de sentir empatía por los pobres pero también enemigo de la brutalidad. Un intelectual sui generis, que no siguió el llamado de las vanguardias artísticas y permaneció, orgulloso, en la torre de marfil que le construyó el fascismo.

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El segundo eslabón en la estructura del libro compete a Curzio Malaparte, cuyo nombre de nacimiento era Kurt Suckert, novelista radical que se atrevió a pregonar que la barbarie tecnificada del siglo XX “era un momento culminante en la historia de la civilización”. Prosigue Domínguez Michael: “Malaparte no oculta el horror, siendo él mismo uno de los muchos que lo impusieron, pero tampoco se priva de contraponerlo con una Europa donde él, sus amigos aristócratas y diplomáticos gozan de la naturaleza, de la gran conversación, de los perros, espectros del Antiguo Régimen”.

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Malaparte fue un detractor del humanismo decimonónico, un nacionalista partidario del vigor de las razas que se planteó las vías por las cuales se podía alcanzar el poder absoluto. Desde su punto de vista, la característica distintiva del golpe de Estado totalitario es que en éste alguien se hace del poder legalmente para después ejercerlo sin límite. Atraído por el comunismo, se convirtió en una especie muy particular de disidente, pues aspiraba a un fascismo más tolerante en su trato con los intelectuales. Aunque se atrevió a criticar a Mussolini, las represalias en su contra fueron mínimas. Domínguez Michael sintetiza su perspectiva política con precisión irónica: “Sus sueños totalitarios eran esencialmente proletarios; pan y trabajo para los obreros sin detenerse en las tonterías de la democracia burguesa”. Pensador camaleónico, Malaparte sería el vivo ejemplo de las contradicciones ideológicas del siglo pasado, aunque su verdadera convicción era la celebración de “una Europa deliciosa y decadente, delicada y técnica, cosmopolita y nacionalista a la vez, madre de Proust y Hitler”.

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Pier Paolo Pasolini, uno de los artistas más polifacéticos del siglo XX, merece otro de los ensayos del libro. Destacado escritor y cineasta, fue también un crítico mordaz de la izquierda dogmática, un homosexual insolente, un cristiano heterodoxo, un enemigo de la democracia liberal; en una palabra, un provocador. Domínguez Michael añade: “Con razón o sin ella, por faltas a la moral o por propaganda, disgregadora del orden católico, pasó buena parte de su vida defendiéndose ante los tribunales”.

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Quizás el atributo de Pasolini que más llama la atención del autor es su decisión de adentrarse en los problemas teóricos de las disciplinas en que incursionó, antes que en postular la novedad de sus perspectivas. Comunista sin partido, experimentaba cierta nostalgia por las eras “preindustriales” y prefería al lumpenproletario que al obrero. El análisis de Pasolini permite a Domínguez Michael recorrer uno de los debates más obcecados de la centuria pasada: el que involucra la tradición y la modernidad aunadas a la noción de compromiso político.

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Como crítico literario, el autor se identifica con Pasolini en la heterogeneidad de sus lecturas, pues “al alejarse del nervio de lo nacional, sea popular o no, disfruta con mayor libertad”. Sus preferencias estéticas –lee y comenta a E. M. Forster, a Wiltod Gombrowicz, a Juan Rodolfo Wilcock, a Mary McCarthy y a Elias Canetti, entre otros– y sus objeciones ante sus colegas van conformando una sensibilidad en el italiano que lo aleja de su práctica poética marxista. También como periodista fue un transgresor de la ortodoxia militante: “Si alguien practicó con puntería el fuego amigo contra la izquierda, ése fue Pasolini”.

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El tétrico y misterioso asesinato de Pasolini, que no ha sido del todo esclarecido, constituye, para Domínguez Michael, el primer signo del advenimiento de un mundo posmoderno en el que sólo hay víctimas: “aquellos que murieron en una guerra defendiendo su vida o sus ideas lo son, como víctimas también resultan quienes murieron en un accidente aéreo pues el Estado y su razón tecnológica, omnisciente, siempre puede evitar lo mismo lo catastrófico que lo accidental”.

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Para concluir, Domínguez Michael elabora una cronología que entrecruza los acontecimientos más importantes en las biografías de los tres protagonistas. El esfuerzo de este libro, erudito y polémico, es bienvenido para la difusión del pensamiento italiano y su recepción en el seno de la civilización occidental.

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FOTO: Retrato, personaje y fantasma, Christopher Domínguez Michael, México, Secretaría de Cultura-Ai Trani Editores, 2016, 144 pp.

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