De la mano con Quique y María Félix

Dic 10 • Conexiones, destacamos, principales • 2500 Views • No hay comentarios en De la mano con Quique y María Félix

Mi adolescencia en Guadalajara

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POR HUBERTO BATIS

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En mi entrega anterior conté mis aventuras infantiles en Guadalajara. A partir de eso recordé otras anécdotas al lado de mis amigos y mi hermano Jenaro. De las diabluras que hicimos en la Primaria recuerdo una con un compañero mío de apellido Tinoco, quien me invitó a hacer una expedición por las azoteas de su manzana porque había ocurrido un asesinato. Desde una de las azoteas vimos cómo llegó la policía al departamento donde sucedió el crimen, cómo recogieron el cadáver en la cama ensangrentada, cómo se lo llevaron en una ambulancia. Cuando la policía se fue, quedó el departamento vacío. Seguramente habían dejado un vigilante afuera. Resulta que un tipo había matado a otro. Ahí, en la escena del crimen vimos la sangre que estaba por todas partes, en el espejo del tocador, en la puerta. En algún momento nos sacaron un susto porque los agentes vinieron a llevarse rápidamente algo. Nosotros nos escondimos hasta que se fueron. El departamento siguió abandonado. Luego leímos en el periódico el encarcelamiento del asesino y el entierro del difunto.

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La Primaria la estudié en el Colegio Cervantes con los hermanos maristas, en la calle Tolsa (así le dicen en Guadalajara, sin acento). En uno de los salones avanzados hicimos un escondite; tenía tarimas y escalinatas para poder ver las clases de Anatomía, incluso con cadáveres. Más que para médico yo iba para detective, para investigar las escenas de muerte, las injusticias. Debajo de esos escalones llevamos colchonetas, radio, lámparas y tocadiscos y por un agujerito veíamos al profesor y sus aspavientos cuando poníamos el radio y daba pisotones en los escalones de madera sin poder descubrir quién tenía el radio. Por ahí también tomábamos la clase tediosa que o entendíamos.

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El Colegio Cervantes era de niños privilegiados, de niños ricos. Yo no era nada rico. Mi padre era un profesionista, un médico respetado. Después, los maristas abrieron una sede que se llamó Instituto Cervantes Colonias, mucho más lujosa que la que tenían en el centro. Estaba en la Avenida Lafayette, grandísima, con un camellón enorme por donde se paseaba la gente. Ahí había bancas, cafés, tiendas.

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Ahí, en esa Primaria del centro de la ciudad tuve de compañero a Quique Álvarez Félix, famoso por su madre, la actriz María Félix; era un niño bonito, también fue actor. Si no era bonito como María Félix lo hubiéramos reprobado para siempre por creído. Quiero presumir que mi mamá nos llevaba a la escuela, de una mano a mí y de la otra a Quique. Y al día siguiente le tocaba a María Félix. Ella me llevaba a la escuela de la mano y a su hijo. Todavía no era actriz, aún no la descubría en la calle el productor Fernando Palacios, quien le dio alcance, y ella, como toda señora decente, no quiso hacer conversación con un desconocido. Así que Palacios le dejó una tarjeta con su número telefónico.

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Sólo hice hasta el quinto año de Primaria con los maristas. En el sexto me cambiaron a un colegio que fundaron los jesuitas que se llamó Colegio Unión. Ahí estudié la Secundaria. A esa edad me gustaban las películas de detectives y en los puestos de revistas se podían conseguir las novelas de Doc Savage, de Kenneth Robeson, del que yo era un ferviente fanático. Con mis compañeros comentaba las andanzas de nuestros héroes.

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La Preparatoria la estudié en el Instituto de Ciencias también con los padres jesuitas. Estaba en calle Tolsa, junto a la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Guadalajara, que no tenía nada de “autónoma”. En esa escuela tenían cadáveres para que los estudiantes hicieran prácticas. Recuerdo que los mandaban en unas latas enormes, selladas, que abrían con soplete. Eran del tamaño de un camión. Quién sabe de dónde los traían. Desde la azotea del Instituto de Ciencias se veían los camiones y cómo sacaban los cadáveres de esos contenedores.

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A la azotea del Instituto subíamos grava en los botes de basura de los salones. La usábamos para pelear contra los estudiantes de la Escuela Preparatoria del estado, que se llamaba a sí misma “socialista”. Venían a atacar a los estudiantes de la Universidad Autónoma, de quienes éramos aliados. Lanzábamos piedras una por una y llegaba un momento en que vaciábamos el basurero entero desde el cuarto piso sobre los “socialistas”. Así como nos defendíamos, también íbamos a atacarlos.

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Una vez nos fuimos marchando con los autónomos hasta el jardín de la Escuela Preparatoria. Cuando íbamos llegando, lanzaron una piedra desde la azotea, que se vino haciendo “patitos” y me pegó en un tobillo que en poco tiempo se me hinchó desmedidamente. En medio de la reyerta, pedí auxilio a unos vecinos. Cuando llegué a mi casa y mi papá me vio con el pie hinchado se sacó el cinturón y me dio una cueriza. Me dijo que era un tonto por meterme en esas peleas “religiosas”. Yo le preguntaba por qué eran “religiosas”, me dijo que nos mandaban los jesuitas, junto con los de la Autónoma a luchar contra los “socialistas”. Yo respondía que no eran “religiosas”, sino “políticas” y más me pegaba. De eso todavía nos acordábamos mi hermano Jenaro y yo días antes de que él muriera en 2015.

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Muy cerca del Instituto de Ciencias estaba el templo Expiatorio, que llevaban décadas construyéndolo. En una de esas peleas los estudiantes se metieron al templo en obra para agarrar piedras. Desde arriba los albañiles empezaron a arrojarles trozos de cantera, con los que estaban recubriendo la obra negra. Tiraban las lozas a matar. También había una gasolinera de la que se apropiaban de las mangueras y se rociaban de gasolina y se arrojaban cerillazos. Eran unos pleitazos. Ahora entiendo por qué mi papá nos cuereaba, por pendejos, por meternos en broncas que además casi siempre sí eran peleas “políticas”, entre dirigentes de la educación del estado de Jalisco que usaban como carne de cañón a los estudiantes.

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Otro ambiente encontré en la Universidad Nacional Autónoma de México, adonde llegué en 1956 a hacer trámites para mi admisión, que no era el “pase automático”, de quienes venían de las muchas escuelas preparatorias de la UNAM que estaban por todo el Distrito Federal. El escritor Agustín Yáñez, entonces gobernador de Jalisco, me dio varias cartas de recomendación para el rector Nabor Carrillo, para Alfonso Reyes, quien presidía El Colegio de México, y para Margaret Shedd, del Centro Mexicano de Escritores, quienes me abrieron todas las puertas aunque venía de provincia. Don Alfonso me puso de tutor a Antonio Alatorre, quien me conectó con su hermano Enrique; éste me invitó a trabajar con él en la revista Banxico, house organ del Banco Central. Esto me permitió establecerme e incluso casarme con Estela Muñoz.

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FOTO:

Huberto Batis en la UNAM en 1956, recién desempacado de Guadalajara. En la bolsa del saco traía las cartas de recomendación de Agustín Yáñez para ser admitido en la Filosofía y Letras, facultad en la que había sido maestro. / Cortesía Huberto Batis

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