El Bosco en el infierno contemporáneo

Sep 10 • Miradas, Visiones • 2453 Views • No hay comentarios en El Bosco en el infierno contemporáneo

POR ANTONIO ESPINOZA

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Reza el ingenio popular: “El infierno existe: está aquí abajo, con nosotros”. Así lo cree Vicente Rojo Cama, quien en su espectacular instalación: El infierno somos todos (2016) se apropió de la iconografía del panel derecho del célebre tríptico El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch, que se encuentra en el Museo del Prado, para crear un juego de espejos en el que nos vemos irremediablemente. Rojo Cama armó una auténtica escenografía con una serie de espejos y columnas, dentro de las cuales se encuentran las imágenes infernales bosquianas. Entre el espectador y los espejos, está siempre el infierno imaginado por Bosch, lo que nos lleva a reflexionar a partir de nuestro propio reflejo. ¿Estamos realmente condenados por nuestros pecados? ¿La maldad humana implica un castigo terrible más allá de lo terrenal? ¿El infierno somos todos? ¿Y nuestros infiernos personales?

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La instalación de Vicente Rojo Cama forma parte de la exposición: Resonancias desde el jardín de las delicias. Una experiencia aural y de entropía, que se presenta actualmente en el Museo de Arte Carrillo Gil, como evento conmemorativo por los 500 años de la muerte de Hieronymus Bosch…o El Bosco, como mejor se le conoce por acá. Bajo la curaduría de Guillermo Santamarina, la muestra está conformada por 28 obras de igual número de artistas contemporáneos. La exposición se despliega en dos planos. Por un lado, se encuentran los artistas que se acercaron al tríptico de Bosch para realizar obras ex profeso para la exposición, a partir de la narrativa y la visualidad de la famosa obra. Por el otro, están los artistas que participan en la muestra con obras “entrópicas”, que muy forzadamente pueden relacionarse con la obra de Bosch, y que más bien integran un discurso paralelo que ciertamente desconcierta al espectador pues introduce un elemento de incertidumbre poco común en una muestra de este tipo.

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En este caso se encuentran las dos instalaciones de la colombiana Adriana Salazar: Maquinas arriesgadas (2008) y Samba (2010), ambas muy divertidas e ingeniosas, pero que no fueron concebidas para una muestra en homenaje a Bosch. Lo mismo se puede decir de la instalación de la alemana Jessica Wosny: Orilla para consonante radical (2016), que se presenta como una “referencia asociativa hacia una lectura ficticia” de un libro de Arno Schmidt…¡que se relaciona con El jardín de las delicias! Las obras de Andrés Aguilar, Roberto Arcaute, Gabriel Kuri, Enrique Lanz, Daniel Lara, Nicolás Pereda, Ángel Sánchez Borges, Juan Pablo Villegas y el colectivo Los Lichis, son muy interesantes, pero cualquier espectador más o menos observador se da cuenta que no pertenecen a esta muestra y que su inclusión obedece más bien a los gustos personales del curador.

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Hay otras piezas sobresalientes, pero que no encajan en el contexto de la exposición. Tal es el caso de la obra de Manuel Rocha Iturbide: H-N-CO-CH (2016), una instalación integrada por cuatro mofles de coche soldados a sus respectivos conductos de escape, que según el prestigiado artista sonoro se relacionan con la expulsión de gases intestinales en los seres humanos. Realmente cuesta trabajo creer que esta pieza musical pueda remitir a Hieronymus Bosch, aún cuando el autor haga referencia a un pasaje flatulento de La Divina Comedia, en el camino de Dante y Virgilio rumbo al infierno. Pasa lo mismo con la obra de la filósofa María Antonia González Valerio: Impresora Drosophila. Prototipo mutante (2016), un aparato de impresión con moscas de la fruta cautivas y alimentadas con químicos. Un experimento biológico muy interesante, pero que se vería mejor exhibido en un museo tipo Universum.

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Un caso aparte es el del artista regiomontano Ernesto Walker, quien presenta dos obras: No hay novedad (2012) y Algo no está bien (2016). La primera es una máquina que mide diversos aspectos de la vida cotidiana en Monterrey, algo que evidentemente nada tiene que ver con Bosch; la segunda es una instalación sonora, un tríptico de madera con bocinas que reproducen tritonos, sonidos disonantes que por su carácter “siniestro” estaban prohibidos en la Edad Media. Lo que uno se pregunta es si sólo por su carácter cerrado y excéntrico este artefacto musical puede relacionarse con el complejo universo de Hieronymus Bosch. Digámoslo ya: tantas obras metidas con calzador debilitaron el discurso de la exposición. Lo cual es una lástima pues el tema de la muestra es fascinante: uno de los pintores más enigmáticos en la historia del arte, admirado por los surrealistas, que expresó en su obra la maldad humana, la enfermedad moral de su tiempo, la sociedad decadente y pecadora de fines del medioevo, sin esperanza de salvación.

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Afortunadamente, hay en la exposición obras que sí se refieren a Hieronymus Bosch y a su obra más celebrada: El jardín de las delicias. La obra ya mencionada de Vicente Rojo Cama es una de las más significativas, tanto como la de F. Tito Rivas: Tablero (2016), una instalación sonora que evoca la tragedia ocurrida el 11 de febrero de 2016 en el penal de Topo Chico, Nuevo León, que dejó un saldo de 52 prisioneros muertos. Si Rojo Cama se apropia del infierno bosquiano para enfrentarnos a nuestros demonios interiores, Rivas hace lo propio para referirse al infierno que vive actualmente nuestro país. La instalación de Joaquín Segura: Ipse dixit, et facta sunt (2016), también tiene una connotación política sobre el México contemporáneo. No así la instalación sonora de Miguel Cortés Solano: Ipse dixit, et facta sunt/Ipse mandavit et creata sunt (2016).

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Por último, tres obras que celebran a Bosch y a su obra maestra. En su video Très lent (2016), Iván Abreu se refiere al tercer día de la creación del mundo. En su pieza que combina impresión digital y video: El que todo lo ve (En el jardín de las delicias) (2016), Alejandro Fournier se torna existencialista. En el_jardin_de_las_delicias.deepdream (impresión digital sobre MDF y audio, 2016), Alfredo Martínez recrea la obra maestra de Bosch con las herramientas tecnológicas del siglo XXI. El maestro de Bois-le-Duc se sorprendería de ver recreado tecnológicamente su tríptico, que aún así conserva su discurso: entre el Paraíso y el Infierno (paneles laterales), la decadencia humana propiciada por los placeres terrenales (panel central).

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FOTO: Resonancias desde El jardín de las delicias se exhibirá en el Museo Carrillo Gil hasta el 25 de septiembre. / Cortesía Museo Carrillo Gil

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