El búho y el pozo

Ago 22 • destacamos, Ficciones, principales • 4175 Views • No hay comentarios en El búho y el pozo

POR DAVID HUERTA

 

El búho se asoma al pozo minervino y explora con sus ojos-monedas-de-oro las humedades parietales del descenso y calcula con su plumaje sensitivo las anfractuosidades de piedra, argamasa, junturas desgastadas, limos y mohos. Piensa sin pensar en esa hazaña absurda: calarse hasta el fondo de las oscuridades. El agua estancada es el opuesto dialéctico de los aires y de las ramas de su hábitat familiar; representa lo contrario de sus costumbres; lo desafía con una vaharada intangible de sombras y de misterios. ¿Cuánto mide el pozo, qué vara deberá utilizar para hacerse una idea de esas dimensiones inestables? Mueve la cabeza redonda y azorada de un lado a otro, balanceando la mirada atenta al ritmo de su metabolismo nocturno. El búho medita. Sus alas son inmensas y no podrían abrirse durante la visita vertiginosa de la espelunca; por eso deberá proyectarse hacia abajo como un proyectil ahusado, dinámico, dirigido a la negrura insensible. Afuera, la tarde se va disolviendo en grises y magentas. El búho trata de adivinar los vislumbres de la otra oscuridad, la del eterno manto y las músicas evocadoras de un sentimentalismo sonámbulo. Nada de evocaciones para él. Sí, en cambio, las sabidurías prescritas en los emblemas y la simbología. Es un animal y lo sabe: es su primera sabiduría. Abre las alas y se dispone a regresar. La atmósfera exterior se prodiga en tonos apenas inconcebibles de azul y de ocre. Emprende el vuelo. Atrás ha dejado, por fin, la aventura desconocida del pozo minervino. Lo ha hecho para cumplir un destino —pero sabe que el pozo no es menos profundo que el cielo hacia cuyo ciclorama vuela con un aliento magnífico.

 

 

FOTO: Imagen de un dracma con la imagen de la diosa Atenea en el anverso y una lechuza en el reverso/Especial.

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