El dolor está en la cabeza

Ago 5 • Lecturas, Miradas • 639 Views • No hay comentarios en El dolor está en la cabeza

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Con una narrativa que asume el terror de la violencia en México de la manera más brutal y poderosa, Las tierras arrasadas es una espiral de voces que contienen los sueños, anhelos y pesadillas de quienes buscan la salvación en medio de una realidad vergonzante

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POR MÓNICA LAVÍN
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Aquí yacen los sueños de los hombres y mujeres que atravesaron la frontera, esa selva tupida de ruidos animales, de penumbras vegetales, que tenían un nombre y una voz, y una lengua que los expresaba. Los soñantes. Ellos, nosotros. Aquí yacen los adiestrados por quien dirige el comercio de personas, que son almas, que son cuerpos con sombra, que son anhelos.

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El más oscuro socavón de la condición humana está en el último holocausto de la especie a quien Emiliano Monge dedica esta historia en prosa y ritmo enjundiosos. Las tierras arrasadas es una novela que duele y encanta.

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Del escritor es la palabra con la que nombra, y por eso desde el artificio de la omnisciencia, casi un vuelo de Águila, el narrador que engarza los destinos de esta épica oscura, empalma la orografía convulsa que los involucrados recorren. Una historia de amor, que se tensa a través de la distancia con mensajes de celular que van de la sierra al altiplano y viceversa, es el centro de la trama, el motivo para contar lo que los protagonistas Epitafio y Estela hacen, atestiguan, quieren y de dónde proceden. Algo tiene que decirle Estela a Epitafio, pero él dice que luego y cada quien parte a lo que le toca en el traslado de los Sinnombre, del convoy de migrantes secuestrados que deben llevar primero al Paraíso, donde el padre Nicho, escogerá a los suyos y luego al Infierno. Llegrán a La Carpa donde Estela gobierna sobre los migrantes esclavizados. LaqueadoraaEpitafio y ElquequiereaEstela al frente de un convoy de hombres y mujeres vejados, desconcertados, atados de mano en las cajas de los tráilers o estacas que los conducen a la incertidumbre, quieren cambiar su destino. Revelarse al designio del padre Nicho que desde niños los marcó en el hospicio y que pidió a Epitafio que se casara con Osaria, no con Estela a quien ya amaba porque Estela también, aunque había marcado a Epitafio con el fierro candente, como una tarea más de las que le correspondían en el hospicio El Paraíso.

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Estela quiere revelar algo, que Epitafio desea oír, Epitafio ha mandado el mensaje de que quiere todo con ella, dejará a Osaria, qué le importa el padre Nicho. Se revuelven en la incomunicación cuando el amor es la línea que los desanda entre esos cerros donde esperan juntarse más tarde. Pero hay otra línea que desconocen, la que trama Sepelio con el padre Nicho, para la que han contratado al Topo y el Tampón y a los seis soldados rasos. Y donde el grandote, Mausoleo, a quien Epitafio separó de los Sinalma para que le sirva por su tamaño, tendrá que decidir de qué lado está. Ya ha cruzado la línea de traicionar a los que como él habían llegado buscando una mejor vida y es a los que ahora vigila, pero esa tierra arrasada lo hará verter su lado más oscuro: como a todos los que han cruzado esa línea y ya no encuentran salvación. Ni siquiera los dos jóvenes, el mayor y el menor, que son quienes primero llevan a los que aún tienen nombre y sombra y alma y lengua a las cuevas como refugio primero. A esas cuevas que en la selva llaman el Purgatorio.

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A través de esas tres líneas narrativas, que corren paralelas pero se desconocen, y que aparecen en la novela como El libro de Epitafio, El libro de Estela y El libro de los chicos de la Selva, con sus dos intermedios: Así se derrumbó el horizonte y Volverán la luz y el fuego, Emiliano Monge nos hace transitar del paraíso al infierno, y nos revela el purgatorio, al paso de los vehículos o las pisadas que transitan desde el Sur hacia el Norte: el paraíso es el bosque, el infierno el desierto y la selva el purgatorio.

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Con una prosa deslumbrante y poderosa, con una cadencia textual donde los decires, los pensamientos y la voz del narrador que describe el paisaje y las temperaturas del ánimo Monge nos lleva a lomo de las voces que provienen del Infierno de Dante y de testimonios de migrantes, por una espiral sin fondo donde pareciera que es imposible una rendija de aire para los pasos de quienes marcados desde la infancia operan en el mal. El amor pareciera ser la salvación, pero la tragedia Shakespeariana les sale al paso, cómo salvarse quienes han sido testigos y artífices de los Sinnombre, sin alma y sin sombra que alguna vez tuvieron todo ello, la risa, y el deseo, y el anhelo.

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Diestro en nombrar a los protagonistas de esta historia que se desarrolla sobre brechas y carreteras, como si las palabras tejieran un mapa del horror del que es imposible salir, Monge bautiza a Cementeria, Osaria, Encanecido; y a los que aún no han llegado a recibir nombre, les falta andar más muertes para que ocurra. Si es que llega a ocurrir. Los demás son la multitud que va perdiendo todo y que alguna vez fueron Quientieneaunsuvoz, Quienaunpresumedealma.

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Me asombra y me deleita la estrategia para que el narrador se deslice de uno a otro espacio de este cruce de vías, a través de los pensamientos u objetos, como si el don de la simultaneidad, imposible bajo la tiranía temporal de la narrativa, pudiera ocurrir. Lo que Monge hace con la palabra, el espacio y el tiempo es una marea brutal y poderosa de la que el lector no puede escapar.

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Como se repite Estela, el dolor está en la cabeza no en el cuerpo. Por eso nosotros lectores participamos de ese dolor en el mundo del oprobio y el comercio con lo que nos distingue del mono zaraguato que chilla en la selva: los sueños. El anhelo de una mejor vida. Las tierras arrasadas, que se oye y se lee con el estómago y todos los sentidos bien abiertos, con el asombro por un estilo de narrar del que uno no se puede despegar, le valió a Emiliano Monge el premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Una novela necesaria, que se carea desde nuestro tiempo, con la herencia rulfiana y el descenso dantesco en una realidad vergonzante. Si es que hay salvación, como Epitafio y Estela se proponen en la novela, tal vez la escritura sea el único espejo razonable para tomar las riendas de los destinos inciertos.

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Foto: Las tierras arrasadas, Emiliano Monge, México, Random House, 2015, 344 pp./ Especial

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