El epílogo vs. el libro

Nov 16 • Lecturas, Miradas • 1899 Views • No hay comentarios en El epílogo vs. el libro

POR EDUARDO HUCHÍN SOSA

De la reseña de un libro de cuentos uno esperaría que le dijeran: a) si es desigual o mantiene todo el tiempo su nivel, b) si podemos considerarlo de verdad un volumen unitario, o es, vergonzosamente, una mera acumulación de piezas, c) si cada cuento es redondo, tiene personajes sólidos o presenta, a falta de cualquier otro atributo, alguna de las siguientes virtudes: “manejo del lenguaje”, “pulso narrativo”, “confirmación de un estilo”. Acerca de A veces llovía en Chicago, el libro con que Gerardo Cárdenas ganó el segundo Premio Interamericano Carlos Montemayor, tengo intenciones más modestas: apenas poner a discusión su habilidad para convertir en buenos cuentos algunas ideas que esboza en su epílogo.

 

Me explico: al final de su libro, en cinco muy concentradas páginas, Cárdenas informa de las circunstancias que rodean a cada una de sus narraciones, el contexto particular del cual surgió este o aquel relato (un taller, una apuesta, una obsesión infantil). Anota propósitos, evidencia motivaciones. El valor de este atisbo tras bambalinas es que termina siendo eficaz a la hora de ponderar si cada relato supera a la idea que le dio origen. Es un método nada serio, pero sirve bien. Chicos, no intenten esto en sus tesis de licenciatura.

 

Varios de estos relatos, reconoce el autor, buscan transmitir la experiencia de los migrantes en Estados Unidos. Si atendemos a piezas como “Esto no es un juego, Zurdito” o “Ladysmith”, podemos afirmar que Cárdenas logra con solvencia no solo transmitir esa experiencia sino reflejar los antagonismos inherentes a la convivencia entre minorías. Construidos sobre una anécdota en apariencia pequeña —encuentros de futbol entre trabajadores polacos y mexicanos, una mujer perdida en el barrio negro de Chicago—, ambos cuentos pueden sugerir disputas étnicas sin caer en la denuncia o la lamentación. En “Ladysmith”, por ejemplo, Cárdenas consigue con algunas conversaciones poner en el centro de su relato la desconfianza que siempre despierta el otro. Un logro no menor para 14 páginas. La experiencia migrante falla, en cambio, en “Gallito bravo”, el cuento sobre un taquero que relata su pasado como boxeador mientras sirve comida. El problema principal de esta pieza, pensada, según confiesa el autor, como monólogo teatral, es precisamente sostener su historia en el habla del protagonista. No en la potencia de quien puede contar en primera persona un combate pugilístico o las pequeñas corruptelas del medio, sino en los elementos de color colocados aquí y allá para dar apariencia de oralidad. La narración fracasa cuando el coloquialismo llega a ser tan insistente en sus “pos” y sus “¿tos qué?”, que revela su artificio y vuelve el recurso más un tópico que una decisión formal. Pareciera que, al lado de obras de la talla de Las glorias del gran Púas, no es posible retratar el boxeo sin intentar apropiarse del habla del pugilista.

 

En otros relatos, el trasfondo político abre al narrador la posibilidad de registrar su visión sobre México. Si “Cartas del Istmo” nació de la leyenda de un supuesto padre vasco de Adolfo López Mateos y “Yo a usted no necesito matarlo” del asesinato de un reportero en Acapulco, el detalle importa para entender por qué ambas piezas parecieran haberse construido acumulando sucesos, conversaciones, personajes, pero desactivando también el poder de cada uno de esos elementos para sacudir al lector. En “Cartas del Istmo”, Cárdenas imagina de modo muy puntilloso la presencia de la periodista Alice Moats en México, las operaciones clandestinas que empujan a ocultar el origen de quien iba a ser candidato a la presidencia en 1957, la vertiginosa carrera tras una gran nota, la podredumbre del poder, pero todo acontece como si nada afectara de verdad a los personajes. Despojados de tensiones morales, todos parecen cumplir el propósito de recrear una escena, con la misma opacidad, gestos exagerados y falta de matices con que ocurren las “dramatizaciones” de la televisión. En ambos cuentos, un asesinato es apenas un procedimiento del género negro para ejemplificar la descomposición del sistema y menos un asunto moral. Cárdenas sugiere así que cuando un individuo se interpone en los planes de un grupo opulento, puede ser apartado del camino a través del asesinato, el descrédito o la “oferta irresistible”, pero el narrador acude al poder con el mismo facilismo con que se acude a un Deus ex machina. Convencido de que el poder en las sombras solo existe para desanudar tramas.

 

Ese mismo apego a las salidas preescritas opera en contra de A veces llovía en Chicago. Aparecen en sus relatos cartas demasiado reveladoras, disparos que hacen perder el sentido pero que no matan, amables empleados dispuestos a brindar ayuda a una hermosa mujer extranjera. Hay, por decirlo de alguna manera, demasiados trucos literarios puestos a funcionar del mismo modo que han funcionado en otros lados. Como si el autor nos recordara a cada rato: una ficción es una ficción es una ficción. El lector podrá encontrar en este libro el uso acostumbrado de diálogos, descripciones, situaciones. Su narrativa, como el resultado de un puñado de estrategias bien escritas que dotan de personajes y trama una idea, no es su problema. Lo es, sí, que no remueva los materiales de donde salió. Que confíe excesivamente en las fórmulas. Que no rete el puñado de convenciones que —según hemos aprendido—, tornan literarias ciertas anécdotas. Vuelvo entonces al epílogo de A veces llovía en Chicago. Colocado como una suerte de descanso tras la lectura, esta nota final opera también en contra el libro: hace pensar que un buen número de estos cuentos eran mejores como proyectos. Y no se trata de un buen síntoma, por cierto.

 

Gerardo Cárdenas, A veces llovía en Chicago, Chicago/México, Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, 244 pp.

 

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