El paraíso simbólico de Jesús Urbieta

Abr 15 • Miradas, Visiones • 1372 Views • No hay comentarios en El paraíso simbólico de Jesús Urbieta

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La muestra retrospectiva del artista oaxaqueño, abierta hasta el 21 de abril, es un recorrido por la obra figurativa de uno de los creadores  mexicanos más completos de los años 80

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POR ANTONIO ESPINOZA

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La historia es bien conocida. Fallecido el 21 de marzo de 1997, Jesús Urbieta ya no pudo ver su obra exhibida en el Museo de Arte Moderno. La exposición, acordada en 1995, se presentó del 12 de febrero al 3 de mayo de 1998 en el MAM, con un carácter distinto al original tras la muerte del maestro oaxaqueño. Bajo la curaduría de la historiadora Tessa Corona del Conde y el galerista Oscar Román, la exposición Jesús Urbieta. Testamentos resultó memorable. Se trató de una muestra antológica (67 obras en total: pinturas, esculturas y acuarelas) que nos permitió conocer más a fondo a uno de los creadores más completos de su tiempo. No exagero: Jesús Urbieta (Juchitán, Oaxaca, 1959-Ciudad de México, 1997) no sólo fue un artista plástico que trabajó con maestría la pintura, la escultura y el grabado; también fue novelista, poeta, promotor cultural, videoasta, traductor del zapoteco y ocasionalmente cantante y guitarrista. El autor que despuntó en los años ochenta, en el contexto de la explosión figurativa que marcó toda la década, permanece vivo en su obra.

“El hombre de la constelación”, mixta sobre papel amate, 1992.

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Veinte años después de su muerte, Jesús Urbieta es recordado en la Galería Oscar Román (Julio Verne 14. Col. Polanco) con la exposición: El hombre de la constelación. Es plausible, sin duda, que la galería que impulsó decisivamente la carrera del maestro juchiteco, haya tenido esta iniciativa. Se exhiben 38 obras, entre pinturas, esculturas, acuarelas, dibujos, grabados, mixtas sobre papel amate y un par de vasijas de barro. La mayoría de las obras en exhibición data de los años noventa. Entre éstas hay algunas de las últimas pinturas realizadas por el artista como: Crepúsculo de un ángel (acrílico y arena sobre tela, 1995), La cruz de San Pablo (acrílico y arena sobre tela, 1996) y Observando la naturaleza (acrílico sobre tela, 1996). Hay también algunas obras de los años ochenta. La más antigua es una acuarela de 1986: El pescador. Las dos vasijas de barro son de 1987. Destaca el cuadro: Dos cuerpos (Homenaje a Octavio Paz) (mixta sobre tela, 1988). Acabo de releer el poema paciano –está en Libertad bajo palabra-, que termina así:

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Dos cuerpos frente a frente

son dos astros que caen

en un cielo vacío.

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La obra que da título a la exposición: El hombre de la constelación (mixta sobre papel amate, 1992) es un ejemplo de la maestría que alcanzó Jesús Urbieta en esta técnica. Se dice que le encantaba trabajar en papel amate y experimentar con su consistencia. El resultado de este regodeo lúdico en un soporte tan noble, es la imagen de un ser gigante perfectamente integrado al cosmos. Pero quizá la obra más significativa de la exposición sea la ya mencionada: Observando la naturaleza. Se trata de una composición abigarrada de elementos, tan del gusto de Urbieta, cuyo protagonista central es un gato de mirada vacía y con una especie de coraza. El felino preside un mundo en el que conviven animales y humanos en estado salvaje. Tan salvaje como un personaje tridimensional de carácter fálico: Antropomorfo (guaje pintado, s/f). Sí, es la visión de un mundo mítico primigenio, que Urbieta heredó como buen artista oaxaqueño.

“Leempa”, acrílico sobre tela, 1993

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No sabemos cómo es el Paraíso, pero los artistas oaxaqueños lo han intuido durante décadas. Tamayo, Toledo, Nieto, Morales, Hernández, Zárate…Son incontables las imágenes creadas por estos notables autores sobre su maravillosa tierra oaxaqueña, cuna casi de la humanidad, que mitificaron para siempre. El asunto no es grave, pero sí el hecho de que cierto tipo de crítica muy ingenua ha visto en los artistas oaxaqueños que se inspiran en su mitología a artistas “primitivos”, practicantes de “antiguos rituales”, capaces de crear en “estado de naturaleza”. En alguna época se llegó a hablar incluso de una supuesta Escuela Oaxaqueña de Pintura, cuyo lema podría haber sido: “Por mi raza hablará la Antigua Antequera”. El realismo mágico existe y seguirá existiendo, pero sus exponentes no son “hechiceros” sino seres de mentalidad occidental, que libremente decidieron inspirarse en mitos ancestrales, prácticas rituales y creencias primitivas para realizar su obra.

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Tal es el caso de Jesús Urbieta. Desde los inicios de su carrera en los años ochenta, al maestro juchiteco reclamó su herencia y también su derecho a construir su mundo mítico primigenio. Lo hizo, sin embargo, con un poder creativo que pronto le otorgó un lugar de honor en el escenario artístico nacional. Dueño de sus medios y de sus obsesiones, hábil en el manejo de sus materiales, fue construyendo poco a poco un mundo mágico –animales, seres humanos y objetos, en convivencia-, que nos ofrece múltiples posibilidades de narrativa visual, tantas como sus soluciones formales siempre efectivas. Autor de composiciones “abarrocadas”, practicante de un dibujo “rupestre” y de un cromatismo definitivamente simbólico, Urbieta, en sus cuadros de gran formato, se desbordaba: estas obras “no tienen límites precisos, pudieran continuar indefinidamente fuera del soporte que las cerca”, según observó la doctora Teresa del Conde en su texto para el catálogo de la exposición de 1998. El mundo paradisíaco de Urbieta no cabía en una sola pintura.

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FOTO: “Observando la naturaleza”, acrílico sobre tela, 1996/Cortesía Galería Oscar Román

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