El profesor Vargas Llosa

Jul 1 • destacamos, principales, Reflexiones • 6154 Views • No hay comentarios en El profesor Vargas Llosa

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Una de las facetas poco conocidas de Mario Vargas Llosa es la de profesor universitario. En este texto, uno de sus alumnos en la  Universidad de Georgetown relata algunas anécdotas y debates literarios alentados por el hoy Premio Nobel

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POR JAIME PERALES CONTRERAS

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Mario Vargas Llosa pertenece a una rica tradición de grandes novelistas y poetas quienes, por gusto o por necesidad, se han convertido de su vida en profesores durante alguna etapa. James Joyce, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Jean-Paul Sartre, Gabriel García Márquez, José Revueltas, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, John Updike, Derek Walcott, Junot Díaz, Octavio Paz y Carlos Fuentes son algunos ejemplos destacados de ese amor loco, parafraseando a Breton, que representa asistir a un salón de clases y compartir con jóvenes una serie de conocimientos sobre un tema específico.

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En 1994, Mario Vargas Llosa realizó la primera de varias visitas como escritor en residencia a la Universidad de Georgetown, en Washington, D. C.  En ese semestre dictó dos cursos sobre su amigo el narrador argentino Julio Cortázar, quien en ese año cumplía diez años de haber fallecido. Como estudiante tuve la oportunidad de tomar en un par de ocasiones una clase impartida por Vargas Llosa y, con motivo de la donación de su biblioteca a su país natal Perú, hice una revisión de los apuntes que tomé para relatar un poco su papel a veces no tan conocido de “profe”.

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Vargas Llosa empezó a dictar cátedra desde muy temprana edad. Después haber vivido en Francia, donde escribió La ciudad y los perros mientras trabajaba para la Radio-Televisión Francesa, se trasladó a Londres para enseñar en la universidad de esa capital. Vivió en esa época en circunstancias tan estrechas que su casa consistía en dos cuartos amueblados. Mientras él se encerraba en uno de ellos, su mujer trataba de mantener a los niños en relativo silencio para que  Vargas Llosa pudiera concluir Conversación en la Catedral. José Donoso, en su Historia personal del boom, refiere que Vargas Llosa nunca dejó de considerar el oficio de profesor como una fuente segura de ingresos, debido a la inestabilidad económica que en esa época le representaba ser novelista.

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Cabe mencionar que no todos los grandes escritores han sido buenos académicos. En alguna ocasión, The Washington Post publicó una crónica de uno de los alumnos de William Faulkner, en la que narraba los últimos años de vida del célebre premio Nobel de Literatura como profesor en la Universidad de Virginia. El título del artículo se llamaba “¡Faulkner era complicado hasta para dar clases!” y relataba cómo, en varias ocasiones, el gran novelista estadounidense se presentó a clase en visible estado de ebriedad, condición que lo llevaba a hacer comentarios ásperos, amargados y, sobre todo, herméticos. También es verdad que algunos de los creadores que se dedicaron a la academia tampoco disfrutaron de la enseñanza, como Vladimir Nabokov, quien finalmente pudo abandonar su larga, brillante y al parecer incómoda carrera de profesor en lenguas eslavas y literatura, para dedicarse completamente a la escritura cuando su novela Lolita se convirtió en un best-seller. Con los 150 mil dólares que ganó de regalías de la adaptación de Lolita al cine se mudó al hotel Montreux-Palace, en Ginebra, Suiza, y, como única razón de ello, argumentó que era para encontrarse en “absoluta holganza”.

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Los cursos que impartió Mario Vargas Llosa sobre Julio Cortázar en esa época estaban reservados para los alumnos de Literatura y para los de Relaciones Internacionales que se especializaban en América Latina. Sin embargo, al saber que Vargas Llosa iba a ser profesor en la Universidad de Georgetown, muchos apasionados estudiantes de las carreras más diversas, como Medicina, Economía y Derecho, formaron largas y engorrosas filas en los días de inscripción, para explorar la posibilidad de recibir una clase impartida por el hombre que había sido aspirante a la presidencia del Perú y, se rumoraba, era un firme candidato al Premio Nobel de Literatura.

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Los esfuerzos por registrarse a la clase de Vargas Llosa, por parte de estudiantes de otras carreras, no dieron frutos. No había espacio suficiente en un salón de clase habitual para recibir a semejante cantidad de jóvenes. Además, el propio Vargas Llosa había solicitado que se registraran en cada uno de sus cursos un máximo de 16-20 colegiales para dar la suficiente atención. A pesar de la supuesta rigurosidad, el novelista peruano recibía cotidianamente a algún estudiante interesado en su clase. En una ocasión se presentaron precisamente como oyentes algunas celebridades, como el futuro rey Felipe de España –que en ese tiempo cursaba su maestría en Georgetown– y el novelista y diplomático peruano Harry Belevan. Ese mismo año Vargas Llosa recibió el Premio Cervantes y una nutrida cantidad de periodistas inundó el salón de clases para dar la buena nueva.

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El temario del curso sobre Cortázar fue relativamente breve. Vargas Llosa había advertido a sus alumnos que los pocos ensayos y cuentos elegidos se iban a analizar de manera tenaz a lo largo del semestre. El profesor Vargas Llosa enfocó la atención del curso en los relatos, como Bestiario, La historia de cronopios y famas y en la obra ensayística experimental, particularmente La vuelta al día en ochenta mundos, algunos de los libros predilectos de Cortázar.

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Al parecer, su metodología de enseñanza de la literatura se basa en dos de sus obras académicas: La historia de un deicidio, su tesis doctoral sobre la obra de Gabriel García Márquez, que fue publicada a principios de la década de 1970 por la editorial Monte Ávila, y La orgía perpetua, su extenso ensayo sobre Madame Bovary de Flaubert.

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En sus clases empezaba a desmenuzar el texto elegido con algunas preguntas que le parecían claves: ¿Quién es el narrador del texto? ¿Es narrador ominisciente o hay datos que éste desconoce? ¿Cuáles son los cambios de tiempo y de lugar que hay en la ficción analizada? ¿Qué “cráteres” se encuentran en la obra para que ésta atraiga la atención del lector? ¿Hay datos escondidos que el lector desconoce y que se revelan en algún momento de la obra?

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La primera clase de Mario Vargas Llosa sobre Julio Cortázar inició con la lectura de un  artículo dedicado a la obra de Cortázar en el que fusionaba su larga amistad con el escritor argentino, combinada con la excelencia de su estilo literario. Después de haber leído las páginas del artículo, confesó que había una interesante leyenda sobre Cortázar: en su domicilio en Saignon había un cuarto repleto de juguetes que utilizaba para divertirse y estimular su imaginación. Esto lo sacó a colación para enfatizar el tema de lo lúdico en la obra narrativa y ensayística de Cortázar.

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La manera de evaluación de Vargas Llosa era sencilla y rigurosa: participación en clase, la presentación de un aspecto crítico de la obra de Cortázar y un trabajo de no más de 15 páginas. En una de las exposiciones, una joven colombiana empezó a leer su breve nota sobre el escritor argentino, cuando de pronto, sorpresivamente, la estudiante interrumpió su lectura y se puso a sollozar:

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–¿Señorita qué le pasa? –preguntó Vargas Llosa alarmado.

–¡Es que usted me pone muy nerviosa, profesor. Su presencia me impone! –reclamó la joven, ante la carcajada de todos los estudiantes.

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Vargas Llosa utilizaba la mayor parte del tiempo de clase para plantear sus argumentos; después de ello, daba oportunidad para la participación de los estudiantes, en el que se proyectaban varios aspectos literarios o de asuntos de naturaleza política. Él contestaba con paciencia a las preguntas –algunas de ellas difíciles o incómodas–. En un momento le pregunté sobre Historia de un deicidio, su célebre ensayo de más de seiscientas páginas sobre la vida y obra de Gabriel García Márquez. Sobre la razón por la que no se había vuelto a reimprimir este libro, teniendo en cuenta sus diferencias intelectuales y personales con el novelista colombiano, fue la siguiente:

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Mire usted, ese libro lo escribí hace muchos años, cuando García Márquez recién había publicado Cien años de soledad, y desde que se publicó él  ha escrito muchos otros libros, tendría que actualizarlo, y realmente no tengo ganas de hacerlo”.

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Cuando estaba a punto de concluir el curso sobre Cortázar, tuve la oportunidad de hacerle una entrevista extensa para mi tesis doctoral. Él aceptó con interés y generosidad. Le presenté una transcripción en papel de la entrevista grabada que me pidió para realizar correcciones. Él prácticamente modificó algún punto y coma y uno que otro nombre exótico del que yo ignoraba su ortografía. Cuando decidió entregarme la versión corregida, me habló por teléfono un sábado en la mañana. Yo esperaba la llamada de una amiga mexicana para irnos de parranda ese día para celebrar las vacaciones de verano. Sin embargo, cuando descolgué el auricular, la repentina e inesperada voz de Vargas Llosa hizo retroceder mi informalidad mexicana: “Señor Perales, tengo su entrevista corregida, yo voy a pasar por la Universidad de Georgetown. Espero que no tenga dificultades en localizarme para entregársela”. No tuve dificultades para encontrarlo. Vargas Llosa iba a recibir su doctorado honoris causa por parte de Georgetown e iba a dar el discurso celebratorio a la generación de estudiantes que habían concluido en ese entonces sus estudios.

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Años después, tuve nuevamente la oportunidad de tomar un curso con Vargas Llosa. En ese entonces, yo combinaba mis actividades laborales como empleado en la Organización de los  Estados Americanos (OEA) con la conclusión de mis estudios doctorales. Evité comentarle que colaboraba ahí. No tenía mucho tiempo de que Vargas Llosa había debatido sobre la burocratización de la Organización con César Gaviria, ex presidente de Colombia y entonces secretario general de este organismo. Eran dos visiones diferentes de América Latina. Al volver a leer la disputa entre ambos, me parece, que en el fondo era el antiguo tema planteado por Max Weber sobre la política y la ciencia como vocación: el intelectual contra el político.

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En esa época en que yo lidiaba con el estudio y el trabajo, Mario Vargas Llosa decidió impartir dos cursos sobre el análisis académico de su propia obra. Los estudiantes de licenciatura examinaron su narrativa breve; los de posgrado sus novelas extensas. Como tarea para esa clase comparé La ciudad y los perros y traté de encontrar la influencia del sórdido entorno marcial de la escuela Leoncio Prado en Perú con The Lords of Discipline, del novelista y guionista Pat Conroy, en la que describe el feroz ambiente soldadesco de The Citadel, la escuela militar de élite ubicada en Carolina del Sur y en la que Conroy fue cadete. En la década de 1990, esta escuela fue objeto de un escándalo, debido a que a unos días de graduarse la primer colegial femenina, Shannon Faulkner, renunció a su titulación debido al brutal hostigamiento sexual de sus compañeros masculinos. Yo estaba muy feliz con mi descubrimiento de esa aparente influencia de La ciudad y los perros en Conroy. Sin embargo, el “profe” Vargas Llosa no estuvo tan de acuerdo en mi sesudo estudio comparativo entre la Leoncio Prado y The Citadel porque me puso una B más, un equivalente a un 8 sobre 10. Ni hablar.

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Finalmente, en una de sus clases, al comentar que ese día se discutiría una de las obras capitales de la literatura del siglo XX, mostró un ejemplar de La guerra del fin del mundo, su ambiciosa novela sobre la guerra de los Canudos en Brasil a fines del siglo XIX. Era una pequeña broma de Vargas Llosa para aligerar el rígido ambiente escolástico. Nadie en la clase se rió de ella. Él estaba diciendo la verdad. Es una obra capital.

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FOTO: Mario Vargas Llosa durante la inauguración del Centro Documental de Literatura Iberoamericana de la Biblioteca Juan José Arreola en Guadalajara en 2016. /Juan Boites/EL UNIVERSAL

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