El rival desconocido de Lawrence de Arabia

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Las memorias del venezolano Rafael Nogales Méndez son una fuente inagotable de experiencias en Medio Oriente, entre ellas su participación dentro de las tropas otomanas, con las que combatió al ejército turco y al mítico personaje consentido del cine de aventuras

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FERNANDO BAEZ

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En 1926, apareció en Inglaterra una edición por suscripción limitada de Los siete pilares de la sabiduría del veterano T. E. Lawrence, mejor conocido como el “Rey sin corona del desierto”. La obra se convirtió desde entonces en una de las mejores crónicas de guerra sobre la turbulenta región del Medio Oriente. Ese mismo año mítico la editorial Scribner’s publicó en Estados Unidos la traducción al inglés de Cuatro años bajo la Media Luna, un exhaustivo testimonio de Rafael de Nogales Méndez sobre el conflicto entre ingleses y otomanos, un libro que fue elogiado sin reservas por el New York Herald Tribune, que no vaciló en denominar a su autor un “Don Quijote militar”. Nadie podía predecir entonces que el recuento desigual de las vidas de ambos oficiales que pelearon en bandos opuestos y no se conocieron nunca, daría inicio a una secreta historia paralela tan extraordinaria.
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Acaso el único que supo lo que pasaba desde el principio fue el periodista Lowell Thomas, quien hizo famoso a Lawrence de Arabia en todo el mundo con sus reportajes y no pudo evitar escribir con admiración el prólogo de Memorias de un soldado de fortuna de Nogales en 1934. Incluso intentó reunir a ambos hombres, pero fue imposible. El teniente coronel Edward Davies, observador del Ejército de Estados Unidos en tierras palestinas, había conocido a Nogales en 1925 en Nueva York, de modo que preparó unas palabras iniciales para hacerle justicia al venezolano y advirtió que su mayor mérito había sido exponer los hechos tal y como sucedieron entre 1914 y 1918 en el campo de combate. Lord Allenby, el veterano comandante británico que apoyó a Lawrence en sus negociaciones con los árabes, también entendió que algo extraño pasaba con su “antiguo formidable enemigo” y escribió el prefacio a Silk Hat and Spurs, un extraordinario volumen de memorias de Nogales que nadie ha traducido al español desde su aparición en 1934.

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Los biógrafos han destacado algunas semejanzas obvias entre ambos: eran políglotas; eran solitarios y a la vez solidarios; eran depresivos; eran oficiales medios; mitad espías y a la vez escépticos ante el poder; eran escritores y lectores ávidos; no dejaron descendencia. Uno de sus gustos comunes era el fervor arqueológico. Nogales, por ejemplo, comenta: “Durante los cuatro años que pasé en el Ejército turco, en medio de la Primera Guerra Mundial, no pasé mi tiempo sólo en combates, como algunas personas pueden sentirse inclinados a creer, sino haciendo un trabajo de investigación histórica que finalmente me hizo comprender por qué, pese a innumerables libros y gruesas enciclopedias, apenas un hombre en un millón puede dar un recuento moderadamente inteligente de la evolución histórica no sólo de nuestra civilización india antigua, sino también de la de Babilonia y Asiria, los más firmes pilares en la que reposa nuestra sobrevalorada cultura Occidental” (Silk Hat and Spurs, p. 206).

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Un detalle curioso es que ambos soldados murieron en la pobreza ejerciendo cargos menores a sus rangos. Lawrence, decepcionado con los políticos y la adulación de sus superiores, leyó a Homero y escogió apartarse de los homenajes que se le rendían y falleció en un accidente de motocicleta en 1935. Nogales, por su parte, regresó a su país en 1936 y fue designado director de una aduana local en la remota península de Paraguaná. No soportó el hastío y murió finalmente en Panamá dejando tras de sí el escándalo de que su cadáver estuvo perdido nueve largos días.

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Las fotos de Lawrence que han persistido en la memoria del público han sido las que impuso el cine en la película que protagonizó Peter O’Toole en 1962 y obtuvo siete premios Oscar: todavía es usual que la primera foto que ofrece un buscador digital de imágenes sea del actor y no la del propio héroe. De cualquier manera, lo que vemos reitera la imagen de un hombre rubio, delgado, que usaba la kufiyya blanca reservada a los hombres distinguidos y a los ancianos así como el agal y una daga al cinto. En el caso de Nogales, es imposible olvidar esa foto donde se ve a un hombre pequeño, de tez morena, recio, impecable con el uniforme otomano y kalpak de Astrakán, en posición firme y sosteniendo sus guantes con la mano izquierda.

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Lawrence, más que cualquiera de sus contemporáneos, ha sido considerado un idealista, un cruzado, un mito entre soldados, un ícono global en el mundo anglosajón, el ídolo romántico de generaciones enteras de los devotos de la nostalgia por Las mil y una noches. Entretanto, un escritor y periodista argentino llamado Roberto Arlt, en 1937, notó cierta incongruencia y se atrevió en su artículo “Vidas paralelas” a hacer pública una delicada pregunta que convendría repetir aquí con insistencia: “¿Por qué se recuerda a Lawrence y se olvida a Nogales?”. Ése es el punto único que importa.

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La biografía de Lawrence es bastante conocida, pero en cambio es difícil conseguir información confiable sobre Rafael de Nogales Méndez, ese venezolano que fue, a su modo, una antología de los hombres de su tiempo. Había nacido en 1879, se educó en Alemania, completó su formación militar en Bélgica y sus amenas Memorias sirvieron para presentar sus aventuras: hoy sabemos que participó junto a los españoles que lucharon para impedir que Cuba cayera en manos de Estados Unidos, fue espía en la guerra entre China y Japón en 1904, quiso enfrentar la dictadura de Venezuela sin fortuna y tuvo que vivir en el exilio el resto de su vida, que pasó en oficios diferentes. Lo que más se recuerda fue su participación en la batalla de Gaza y el terrible asedio de Van como miembro de las fueras alemanas que apoyaban a los otomanos y que le valió la Cruz de Hierro otorgada por el káiser Guillermo II. Luego iría hasta Alaska en busca de oro, trabajó en un ballenero, buscó inútilmente la felicidad de un hogar y peleó en la Revolución Mexicana cuando ya era tarde. Uno de sus últimos destinos fue la intervención de Estados Unidos en Nicaragua, donde vivió por sí mismo la dramática lucha entre el guerrillero Augusto César Sandino y los invasores.

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Sobre el olvido de Nogales existen tres hipótesis. La primera, tal vez la más verdadera, es que Nogales formó parte de las fuerzas derrotadas en la Gran Guerra a diferencia de Lawrence que surgió como un símbolo de heroísmo de la propaganda aliada en la Segunda Guerra. Inicialmente fue admirado porque sus acciones representaban un paso adelante en la causa de independencia árabe contra los otomanos, pero todo acabaría en el reparto de Palestina, Siria, Jordania e Irak, cuyas funestas consecuencias todavía provocan estragos en el siglo XXI.

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La segunda idea supone que Nogales, a diferencia de su adversario, fue despreciado y ridiculizado por su propio país: su oposición a la prolongada dictadura de Juan Vicente Gómez le valió una campaña de descrédito en las legaciones diplomáticas venezolanas de los países que visitaba.

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La tercera propuesta advierte que fue un autor vetado en Estados Unidos a partir de la aparición de su obra El saqueo de Nicaragua debido a sus denuncias sobre la diplomacia del dólar. La editorial Robert McBride & Co que se atrevió a publicar este volumen fue confiscada y cerrada. La visión de Nogales fue profética al decir en 1932: “Miremos más hacia el futuro y podremos ver la probable diversión del comercio de América Latina con los Estados Unidos y hacia Europa y Asia. China se avizora como el más grande competidor…”.

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El crucigrama que supone esta relación entre estos dos excéntricos soldados y escritores ha persistido en el tiempo. Nadie ha logrado resolverlo, aunque el intento más reciente lo hizo en 2010 el profesor Kim McQuaid, quien publicó un brillante ensayo de largo título: The Real and Assumed Personalities of Famous Men: Rafael De Nogales, T.E. Lawrence, and the Birth of the Modern Era. Lo que queda claro en su estudio es que no hay nada claro, pero es imposible entender el conflictivo Medio Oriente de inicios del siglo XXI sin leer primero a estos dos adversarios que nos legaron testimonios sobre masacres, luchas internas, atentados, torturas, pero también actos milagrosos de piedad, fe y heroísmo.

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FOTO: En 1926 se publicó en Estados Unidos la traducción al inglés de Cuatro años bajo la Media Luna, un exhaustivo testimonio del militar venezolano sobre su participación en la Primera Guerra Mundial dentro de las tropas otomanas./ Especial

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