El robo del siglo: la pista del dinero

Sep 5 • Conexiones, destacamos, principales • 3483 Views • No hay comentarios en El robo del siglo: la pista del dinero

POR GERARDO LAMMERS

Entrevista con Sergio González Rodríguez

 

 

Después de Campo de guerra (Anagrama), el periodista y novelista mexicano Sergio González Rodríguez regresa a ese territorio que domina como pocos, en donde confluyen el reportaje de investigación, la crónica y el ensayo, con El robo del siglo (Grijalbo), un libro que su autor define como novela política sin ficción. La trama gira alrededor de Zhenli Ye Gon, el empresario farmacéutico de origen chino —naturalizado mexicano— que se hiciera mundialmente célebre por aquel decomiso en efectivo, el más grande de todos los tiempos, realizado en 2007, durante el sexenio de Vicente Fox: 205 millones de dólares —dos toneladas de billetes verdes de lino y algodón— que tenía guardados en un compartimento secreto de su residencia de Las Lomas, y que así como aparecieron, se esfumaron, detonando el título del libro. ¿Cuál es la relevancia de traer a la memoria este escándalo que evidenció la corrupción de los gobiernos panistas —en especial el de Felipe Calderón— en un momento como éste? Sirva una breve línea del libro, a manera de proverbio, para responder a esta pregunta: “Si se quiere saber lo que pasa, hay que seguir la pista del dinero… y de las amistades políticas”.

 
Lo primero que me gustaría preguntarte es por el género: una novela política sin ficción. Me pregunto si con esta definición te estás protegiendo de alguna manera.
El tema del libro implicaba a mi juicio una definición muy clara sobre cómo resolver de modo contundente, eficaz, un tema que quedó sumamente nebuloso en la mente de los que lo conocimos. Quería dejar muy claro los hechos acontecidos, pero cuando empecé a ahondar en la investigación, me di cuenta que estos hechos nos remitían a una trama de poder muy específica. Y esa trama implicaba una elección formal que, para referirla, no bastaba el género tradicional del reportaje, sino que había que abundar en el contexto histórico-político-cultural del momento. Por eso pensé que una novela política sin ficción era una posibilidad para resolver temáticamente el reto. Tiene que ver con una propuesta de experimentar nuevas formas de comprender la propia realidad; por lo tanto, no es un modo de protección; es un modo, más bien, de lo contrario: de ahondar en posibilidades expresivas y de comprensión intelectual de fenómenos que vemos de un modo tan habitual que no nos suscitan, a fuerza de costumbre, mayor cuestionamiento.

 
¿Tenías alguna novela de referencia al momento de escribir este libro?
Tenía sobre todo, muy claro, que había que apegarse a los hechos. No comparto la idea de las novelas sin ficción donde gran parte de la propuesta es un conjunto de lucubraciones, monólogos interiores o flujo de la conciencia del propio narrador, pues ahí ya estamos en el plano de la imaginación. Quería limitarme estrictamente a la información disponible como hechos acontecidos. En esta medida pensaba en una novela de Leonardo Sciascia que se titula, y de hecho no es una novela, es un ensayo, y de hecho no es un ensayo, es un análisis, y de hecho: puntos suspensivos: sigue la posibilidad de la escritura frente a los hechos acontecidos, más allá del reportaje donde entra la trama del poder. Me refiero a El caso Moro. Se trata de una extraordinaria narrativa acerca de qué es lo que acontece en el trasfondo del secuestro de Aldo Moro (ex primer ministro de Italia, asesinado en 1978) por las Brigadas Rojas. Este suceso de hace décadas que fue recuperado por Sciascia a partir de las cartas que Moro dirige a su familia estando secuestrado. Tenía en mente esa reconstrucción narrativa de Sciascia, entre otras cosas.

 
Te has caracterizado por practicar géneros híbridos. Me parece muy relevante esta combinación que tú haces, desde El centauro en el paisaje, pasando por Huesos en el desierto y El hombre sin cabeza, hasta Campo de guerra, en donde tú hibridas el reportaje con el ensayo y la crónica.
Hay un compromiso de mi parte, al menos así lo imagino, con las posibilidades expresivas, flexibles, de la propia narrativa, y los géneros van entrelazándose unos con otros, porque creo que vivimos en una época de suma transformación y tenemos que encontrar modos expresivos semejantes o análogos a este mundo que se está transformando tan vertiginosa y múltiplemente. Así pues, es difícil mantener el régimen canónico de la expresión literaria frente a estos cambios. En el ensayo he experimentado desde mis primeros libros una hibridación, como la denominas tú, del ensayo a la crónica, de la crónica al reportaje, del reportaje a la entrevista, de la entrevista a las secuencias cinemáticas donde se va dando constancia de hechos acontecidos como si fueran una película, y entonces va creciendo el propio reto de la escritura frente al tema, porque los temas siempre son vastos y están interconectados. Quiero también una posibilidad de ubicarlos dentro de esta vastedad de intercomunicación y, a su vez, transgredir los límites de estos géneros. Propongo métodos disciplinarios, es decir, enfoques sociológicos, históricos, culturales, antropológicos y, desde luego, socio-políticos, que se van entrelazando. Cuando hablo en mis investigaciones, en mis textos, sobre asuntos de actualidad, los hechos son lo más importante. De allí que pueda concluir que finalmente estoy haciendo una interlocución con la realidad que hemos vivido y que estamos atestiguando de una manera múltiple, flexible y a la vez exacta, en el sentido de que hay un imperativo de exactitud que trato de seguir.

 
Evidentemente no es una cosa menor el hecho de que se haya producido en México el decomiso de dinero en efectivo más grande de toda la historia, como fue el caso de Zhenli Ye Gon y estos 205 millones de dólares. Así que mi pregunta siguiente es un tanto obvia tal vez, pero me gustaría que platicaras de dónde nace tú interés por contar una historia como ésta.
Quería poner en evidencia la versión conocida, la versión oficial, la versión que todos vimos: Hay un decomiso de 205 millones de dólares a un ciudadano naturalizado mexicano, de origen chino, y se desata un conjunto de reacciones públicas verdaderamente extraordinario dentro de este decomiso, a su vez, fuera de lo común. Es la primera impresión. Pero enseguida, ¿qué es lo que acontece? Acontece que el espectador de esa noticia carece de los elementos informativos como para hacerse un juicio de lo que realmente pasó: ¿de dónde provenía ese dinero?, ¿es cierta o falsa la versión del protagonista de los hechos acerca de que ese dinero le fue dado o en custodia?, ¿qué pasa con los grupos políticos de los que habla el depositario del dinero?, ¿con qué fines estaba guardado? Son demasiadas preguntas. Y ahí empieza la investigación: en tratar de resolver, si no las preguntas, sí, desde luego, el marco que las emite. Porque las preguntas, por desgracia, no las responde la autoridad. Y como personas nos quedamos atestiguando noticias que nunca nos son resueltas. Éste es el origen del libro. El robo del siglo vuelve a poner frente a los ojos de los lectores un suceso que fue recibido de modo múltiple, disperso y fugaz, para tratar de aprehender, de capturar mínimamente algunas respuestas. ¿Por qué hacerlo siete años después? Porque creo que lo mismo que hubo hace siete años, lo hay en nuestra vida pública: un déficit de información por parte de las instituciones; un déficit de investigación, al menos hasta donde se conoce; un déficit de resolución en cuanto a la responsabilidad institucional sobre el tema de la transparencia y cómo se tratan estos asuntos en los medios masivos de comunicación; cómo se vulnera un principio de presunción de inocencia inculpando a un sujeto que ni siquiera está en ese momento detenido. Son muchos los temas y quería explicarlos en el libro. La tarea del periodista, del escritor, del investigador, tiene que ser justamente eso: plantear preguntas.

 
Me parece que el prólogo es fundamental para el lector, pues le proporciona claves de lectura, como la cita de Milan Kundera que dice que “la única moral de la novela es el conocimiento”.
Ése es un asunto muy importante. En México el género de la novela política tiene un gran pendiente con sus lectores: aunque abundan estas novelas, no muchas veces esclarecen la propia realidad, sino al contrario: la difuminan o la disuelven. Yo, por el contrario, quería escribir una novela política sin ficción para tratar de esclarecer asuntos públicos con nombres, hechos, protagonistas reales. Sucesos tal cual fueron registrados para tratar de volver a recuperar nuestra memoria, nuestra claridad no solamente en cuanto al pasado, sino en cuanto al presente; establecer nuevas formas de leer la esfera pública. Quizá es muy ambicioso decirlo así, pero al menos tuve la intención de cambiar las reglas del juego de lo que estamos viendo en los medios masivos de comunicación y en la opinión pública en general. Tenemos que estar más atentos; recuperar lo que exactamente se dijo y por qué se dijo. La exactitud es importante porque, a pesar de que uno no pueda llegar a cumplirla en absoluto, debe ser un lineamiento. Así como Kundera dice que la única posibilidad moral de la novela es el conocimiento, así también importa la exactitud de cómo acontecieron los hechos. La relectura de los hechos tiene que ser cada vez más importante para nosotros. Qué tal si sometemos ese mismo escrutinio a la noticia que en este mismo momento se está dando para cuestionar lo que la autoridad dice. Esta oscilación entre obligatoriedad moral en términos de conocimiento y necesidad o posibilidad de exactitud, se conjuntan. ¿Por qué? Porque estamos buscando una mayor claridad en un sociedad sumamente opaca. Lo que propone el libro son asuntos fundamentales para la convivencia y sobre todo para la posibilidad de nuestra sociedad hacia el futuro.

 
A propósito de la memoria, se nos olvida la historia reciente. Se nos olvida cómo fue el sexenio de Felipe Calderón, ahora que estamos viviendo un sexenio tan confuso y tan difícil como el de Peña Nieto.
Es muy importante recordar la idea que José Emilio Pacheco citaba acerca de que México es un país sin memoria. Pasan las cosas y no las recordamos. Cosas atroces, dramáticas, trágicas. Y de pronto viene otra tragedia, otro drama, otra atrocidad, que borra la anterior. Se entiende: la desmemoria o el olvido es una forma de supervivencia, de no querer ver el dolor. Es tal la acumulación en México de hechos dramáticos que merecen una recuperación, por falta de justicia, porque es un país desigual, porque no podemos pensar que el mundo aspiracional va a resolver nuestro pasado ni nuestro presente. Ahí es donde la literatura y el periodismo juegan o deben de jugar un papel importante. Tenemos que tratar de recordar y englobar estas situaciones, y tenerlas presentes. Porque es un legado que va a estar siempre ahí. No podemos pasar por alto que en el sexenio de Felipe Calderón hubo una guerra contra el narcotráfico que ocasionó al menos 120 mil muertos y desaparecidos. Eso es gravísimo. Es una guerra equivalente a la de Kosovo en los años 90, en Europa. Y de pronto todo se quiere borrar. Y cambia el régimen y todo eso es cosa del pasado, etc. etc. Me parece una ruindad inaceptable. Tenemos que ser capaces de encarar a nuestro propio pasado histórico, a nuestras instituciones, para darles otro rumbo. Porque si no, estamos acumulando una carga de dolor y de agravio que no se va a resolver en el corto plazo, mucho menos tratando de olvidarla. ¿Con qué miras la literatura y el periodismo juegan un papel primordial? Con miras a cambiar la forma de la política en este país y la cultura política.

 
Me parece que lo que terminas contándonos en este libro se convierte de alguna manera en un retrato de época, muy reciente, de la cual estamos viviendo sus efectos.
Exactamente. El libro retrata no solamente un caso que se proyecta hacia la actualidad; no retrata sólo una circunstancia específica de tipo criminal o política; sino que está retratando el modo como realmente funciona la política y la vida pública en México. Mi libro lo que pone es un retrato de época, como bien dices. Un retrato de época que traduce la etapa del intento de democracia en México, después de décadas de presidencialismo autoritario y dominio de un partido único. Cómo México en este trance que ha durado veinte años a la fecha ha dado un nuevo rostro a su propia realidad. Y esa realidad es verdaderamente inaceptable. Una realidad aciaga. Una realidad llena de contrastes. Es una realidad que no ha cambiado en lo sustancial las sinergias del propio viejo régimen. Una sociedad completamente inmersa en sus viejos atavismos que son: desigualdad, pobreza, una distribución pésima del ingreso, corrupción. Quise retratar esa etapa. La etapa en la confianza y la fe en lo que ha sido el reformismo de los años 90 hacia el siglo xxi, donde estamos descubriendo que no basta con reformar; no basta con proponer leyes; no basta con querer cambiar un sistema político y establecer formalmente un sistema electoral con votaciones de alternancia de partidos.

 
Quisiera volver al tema de la memoria reciente, de la historia contemporánea de nuestro país, para hablar de algo que tú rescatas en este libro: durante el sexenio de Calderón se vivieron sucesos inéditos, escalofriantes: accidentes aéreos (según la versión oficial), asesinato y secuestros. En este lapso murieron dos secretarios de Gobernación.
Por ejemplo. Estamos atestiguando hechos muy graves que impactan la vida pública. Y todo acontece como si no lo hiciera. Esto es muy grave. Tenemos que entender cómo es que un país puede aceptar ese nivel de amnesia o de registro nulo de asuntos de alto impacto en la vida pública. ¿Cómo podemos aceptar tan fácilmente que en un avionazo mueran funcionarios altísimos y que inmediatamente el propio gobierno nos diga, sin mediar una investigación, que fue un accidente? Espera: en ningún lugar del mundo un accidente aeronáutico se resuelve en horas ni mucho menos en el momento. En el caso mexicano lo verdaderamente digno de duda es cómo las autoridades mismas quieren acallar la importancia de una investigación. Este tipo de asuntos tiene que ver no sólo con el periodo del presidente Calderón y con la guerra del narcotráfico, que todavía falta que pague por ella, en cuanto que hay muchos asuntos que vinculan la actuación de este gobierno a la absoluta negación de la soberanía de México. Tiene que ver con el modo en como esto se va articulando en una estructura política. Es decir, ¿cómo podemos aceptar esa guerra contra el narcotráfico cuando fue una declaración verbal y no fue sujeta a un escrutinio del poder legislativo? No podemos entender cómo de pronto se firmó, en 2005, en la época de Vicente Fox, el Acuerdo para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte. Este acuerdo, que es un tratado internacional importantísimo para México, no fue sujeto a deliberación en el Senado, como marca la Constitución. Estamos viendo degradaciones que rebasan sexenios específicos y van estableciendo una transformación de las instituciones de México hacia aspectos bastante negativos que niegan la soberanía, las instituciones y vulneran principios constitucionales.

 
A través de la historia de este decomiso se develan, como dices, ciertos mecanismos del poder en México…
Este Estado tiene un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad, y así funciona: puede simular que respeta la ley. Puede simular que hay un estado de derecho. No podemos hablar de un estado de derecho con un absoluto índice de impunidad de los delitos. Estamos hablando del 98 al 99% de impunidad de todos los delitos que se comenten en México. Esto no es un estado de derecho, sino de criminalidad que el propio Estado formal y convencional no puede contener. Tenemos que empezar a reflexionar sobre estos asuntos. El sistema político mexicano es un sistema de simulación. No es mi elucubración, no es mi imaginación: son hechos concretos y no queremos verlos, porque es más favorable, al menos desde el propio sistema, vivir en la irrealidad, en la ficción, inventando que tenemos una democracia.

 
En el libro hay otra llamada de atención importante que tiene que ver con China y este capitalismo que tú llamas de alegalidad.
Bueno, es obvio que cuando los estados poderosos, como China o Estados Unidos no respetan su propia legalidad, vamos a observar muchos asuntos que invaden el propio planeta, ¿no? Vamos a observar como, en el caso de China, hay una interrelación que está señalada de alguna manera entre intereses geopolíticos, inversiones legales, y protección o tolerancia frente a la acción de grupos criminales de proveniencia china en el mundo, y cómo se van entrelazando estos poderes. Esto es muy grave. Lo señala el filósofo Giorgio Agamben: las democracias actuales cada vez acuden más al estado de excepción. El robo de siglo y lo que yo vengo proponiendo en otros libros como Campo de guerra habla de que tenemos que replantear el modo como entendemos la realidad contemporánea, que yo llamo ultracontemporánea. Hay que ver el mundo de otro modo. Y el papel del intelectual, del escritor, del periodista, es justamente tratar de entrever estas profundas transformaciones para proporcionarle a las personas una posibilidad de leer de modo distinto, contrarrestando, así, sumisión, ignorancia, amnesia y pasividad.

 
¿De dónde obtienes el valor y la fortaleza para escribir un libro como éste en un momento tan complicado para el ejercicio del periodismo en México?
Tenemos una deuda con los muertos, con los ejecutados, con los desaparecidos. El valor viene de todos ellos; de recordar que dieron su vida o les fue quitada de modo injusto y cruel. Este imperativo de memoria, imperativo de absoluta e infatigable lucha por hablar de estos temas, es justamente lo que le debemos a los muertos. El valor viene de allí. Es lo único que nos queda… para mejorar el futuro.

 

 

*FOTO: La historia del empresario Zhenli Ye Gon ha generado una amplia cobertura mediática en México y Estados Unidos/EFE.

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