José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Carlos Slim y Vicente Rojo

El universo de Carlos Fuentes

May 24 • Conexiones, principales • 3473 Views • No hay comentarios en El universo de Carlos Fuentes

Fotografía: José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Carlos Slim y Vicente Rojo, durante el homenaje a Fernando Benítez realizado en Palacio de Bellas Artes en 2011/LUIS CORTÉS/EL UNIVERSAL.

ÉSTE —REFLEXIONA JESÚS REYES HEROLES— nos remite a la quintaesencia del personaje, del literato, del amigo, del inquieto ciudadano, del bailarín, el cinéfilo, el polemista, el retratista, el declamador, el amante de la ópera, el conferencista, el periodista, el comelón

POR FEDERICO REYES HEROLES

La palabra universo es engañosa. De entrada el singular. ¿Acaso no pueden coexistir varios universos? ¿Acaso todo se inscribe en uno y sólo uno? Hay una segunda pista errática: el universo remite a la finitud. Al pronunciar la expresión, el universo,  resbalamos en una gran vanidad, pareciera que conocemos sus límites, sus fronteras y que éste las tiene. Además surge otra duda, dónde se ubica el universo, está allí con elle -lugar concreto- o ahí con hache -sitio abstracto y por lo tanto un no lugar geográfico. De cuál universo hablamos. Porque eso que llamamos el universo, el que está allí con elle, se expande cada minuto. Con independencia de la fantástica conjetura sobre el Big Bang, el universo crece por el avance mismo del conocimiento, con cada nuevo telescopio, con cada fotografía del Hubble, las fronteras de nuestro conocimiento se retiran, se amplían. Es fantástico, el muy chapucero universo, no se cansa de darnos sorpresas, allá en una esquinita aparece un nuevo sistema planetario, si miramos un poco a  la izquierda una nueva nebulosa.

Vaya, entonces la expresión más vasta que tenemos para imaginar la inmensidad, tan sólo eso imaginar,  además de todo nos oculta que  está en movimiento y  crece sin cesar. Ahora creo entender la provocadora trampa que el INBA nos ha puesto enfrente el día de hoy. “El Universo de Carlos Fuentes” nos remite a la quintaesencia del personaje, del literato, del amigo, del inquieto ciudadano. Siempre dando sorpresas de territorios de él mismo que nadie sospechaba, el bailarín, el cinéfilo, el polemista, el retratista, el declamador, el amante de la ópera, el conferencista, el periodista, el comelón o quizá mejor el goloso, etc.. Bueno eso además del novelista, ensayista, columnista, cuentista, que todos conocen. Fuentes tenía muchos universos y nunca se cansó de nutrirlos, de crecer en su conocimiento de todo lo que lo rodeaba. Esa es la gran lección de vida.

Porque el universo que remite al ahí, con hache, a la cultura, a las emociones, a las ideas, al pensamiento, a la sensibilidad, ese también crece cuando el ser humano se lo propone. En eso Fuentes fue ejemplo, nunca dejó de crecer. Su universo entonces, estaba en permanente construcción, crecer era en él como respirar, natural, era una pulsión cognoscitiva, un impulso infatigable por ver más lejos, por saber más, por exponerse a nuevas experiencias y emociones. Ah, por eso “El universo de Carlos Fuentes”.

Muy vasto y, a la vez, muy concreto su universo terrenal comenzaba por Silvia como un continente por el que viajaba y con el que viajaba. Viajaba por ella en las caricias y en las conversaciones. Viajaba con ella por todo el orbe. En su incansable andar sólo tenía dos anclajes semi-permanentes: el escritorio en su estudio de su casa de Apóstol Santiago número 15, su sala con un  Gironella observando, su comedor con el gran Vicente Rojo como testigo permanente y su departamento en 9-Barkston Gardens, de Londres, en un cuarto o quinto piso y sin elevador de por medio. Pero más allá de esas coordenadas los Fuentes no eran localizables pues todo el tiempo mantenían una actitud no de gitanos, sino de exploradores, visitaban y revisitaban. Por eso su universo de conocimiento estaba en expansión permanente.

Así la memoria geográfica de Fuentes brincaba de un arrabal en Buenos Aires a Nueva York, de su innegable romance con la ciudad de México, de la cual se quejaba con amor incontenible e inocultable, a un restaurante en Roma o a las calles de París o de Praga, o sus visitas veraniegas a alguna playa mediterránea acompañado de varios amigos denominados en páginas y también sus inseparables libretas.

 Pero toda esa peregrinación, todo ese esfuerzo de ubicuidad regresaba a la razón de ser original: su máquina de escribir, su estudio,  la hoja en blanco, los pocos metros cuadrados donde su imaginación galopaba, gracias a los millones de millas acumuladas en sus viajes, gracias a su disposición a crecer.  Ese era él propósito: ampliar su universo cultural y así fue hasta el último día en que seguía escarbando en sus libros y golpeando el teclado para propiciar el misterio de la escritura, de su arte.

La cultura o es universal o no es cultura, lanzó Alfonso Reyes. Carlos Fuentes encarnó la expresión: la única forma de enaltecer nuestra cultura es confrontándonos -una y mil veces- con la de otros. Sólo así conoceremos el verdadero valor de lo nuestro, sólo así seremos consientes de nuestras carencias. De dónde era Carlos Fuentes, pues precisamente de ese territorio de confluencias de la gran cultura que brota en Flaubert o Balzac, o en Don Giovanni que cantaba de memoria o en Quevedo o en Hermann Hesse o en Faulkner o en Carpantier. Para él la construcción del gran universo, de la verdadera cultura, surgía de las confrontaciones, esa era la única  forma  de crecimiento, de ampliación de horizontes. No es lo indígena contra lo español, sino lo indígena y lo español, lo español y lo árabe, lo anglosajón con lo afroamericano, lo latino con lo europeo como en Argentina. Esas aguas turbulentas de la confrontación cultural no le generaban resquemor, al contrario, le apasionaban. La cultura nunca era pura ni debe pretenderlo, esa sería su castración, su muerte.

La endogamia cultural era para Fuentes veneno puro, de allí la obligación de estar sistemáticamente viajando para confrontar realidades, para sacudirse prejuicios, para exponerse a la duda, para alimentarse de los otros y expandir su universo personal. ¿De dónde le venía esa infatigable energía para vivir y gozar el intercambio? Quizá simbólicamente de haber nacido en Panamá donde el Canal ya cruzaba el estrecho uniendo a tres continentes. Quizá de haberse criado en varios países, quizá porque su alma gozaba con lo desconocido que le llevaría a fruncir el ceño hasta que se le forjó esa línea de vida horizontal, al final de la nariz, donde comienza la frente, que lo acompaño por décadas. Su obsesión por ampliar su universo lo volvió un hereje que no podía quedarse en un establo comiendo siempre lo mismo, mirando el mismo pesebre sin preguntarse qué había detrás y detrás de ese detrás.

Para el en la cultura no había mojoneras inviolables, la literatura, la pintura, la música, la arquitectura, el lenguaje, o la forma de vestir o comer, todo era la expresión de un mismo caudal de emociones e ideas al que hay que estar expuesto. En eso fue seguidor de Unamuno, en ocasiones el ser humano debe pensar con una parte del cuerpo que no es el cerebro. Así Carlos pensaba al sentir los helados vientos y la persistente nieve del Dartmouth College en New  Hampshire o subirse a un taxi en Londres o al tomar un martini en Nueva York. Sentir, sentir más y mejor, Fuentes era un profesional de la capacidad de sentir y era consiente de que, como un músculo, la sensibilidad también se ejercita. Todos los días se ejercitaba en esa disciplina y por eso desarrolló una gran musculatura sensible y por eso era capaz de ampliar sus universos.

Y en ese ánimo de enriquecimiento, de expansión de sí mismo, la plática, la conversación era parte esencial del alimento de su intelecto.  Pero no cualquier conversación, en eso era muy exigente. Le repugnaba ahogarse en palabras inútiles y sin rumbo. Conversación con un sentido, conversación para horadar con las palabras en lo más profundo de nosotros mismos, conversación como construcción de puentes infinitos para estar en los otros y que los otros estuvieran en uno. Carlos era un gran conversador y al recordarlo es inevitable destacar un elemento central en su conversación, la pregunta. Fuentes preguntaba a los otros, se preguntaba a sí mismo y preguntaba al aire para obtener una respuesta. Me pregunto, decía con frecuencia para poner un tema provocador. Y claro la pregunta desnudaba esa alma inquieta que quería saber más y más para empujar las fronteras de su universo, para ampliar la vastedad de su conocimiento y quizá para tener más dudas.

Y con esa actitud, nuestro personaje se convirtió en un heraldo de lo que observaba en el mundo, heraldo que llegaba a su México a lanzar las nuevas con ánimo de confrontar y confrontarse. E igual hacía en el exterior, convertido en embajador plenipotenciario de la cultura mexicana, de la gran cultura, no del folclor, anunciaba lo que aquí ocurría frente a los comunes prejuicios hacia México y lo mexicano. Se explicaba a sí mismo y nos explicaba. Intramuros y extramuros Fuentes introducía bocanadas de aire fresco, hacía que los dogmas se tambalearan, que los paradigmas fueran puestos a discusión. En ese sentido fue un gran rebelde contrario al status quo intelectual. Necesitaba crecer todos los días así tuviera que romper, puertas, ventanas, tirar muros que le impedían ese crecimiento.

¿Cómo se puede llenar la oquedad, el vacío que nos dejó Carlos Fuentes? Hoy pareciera imposible. Se ha dicho, era universal porque era profundamente mexicano, era profundamente mexicano porque era universal. Ahí está en la memoria, con su mirada de águila, anunciando, cuestionando, expandiendo sus vastísimos universos que su infinita generosidad hacía nuestros.  Lo imagino hoy igual que al Hubble, viviendo horas extra, mirando lejos muy lejos, oteando en lo desconocido para descubrir nuevos mundos, mundos más prósperos, más justos,  más amplios, con horizontes culturales más vastos, mundos que quiere relatarnos y discutir con los aquí presentes.

¡Cómo no extrañarlo!

Fotografía: José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Carlos Slim y Vicente Rojo, durante el homenaje a Fernando Benítez realizado en Palacio de Bellas Artes en 2011/LUIS CORTÉS/EL UNIVERSAL.

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