Erratas invisibles en libros célebres

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POR EDUARDO MEJÍA

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Aunque todos los libros de ensayos de Octavio Paz son muy leídos y consultados, uno de los que más referencias tiene es El laberinto de la soledad, publicado en la revista Cuadernos Americanos en 1950, reeditado en el Fondo de Cultura Económica en 1959, corregido y aumentado, en la colección Vida y Pensamiento de México; pasó en 1972 a la Colección Popular, con múltiples reediciones (nueve, hasta 1981); fue incluido en Lecturas Mexicanas en 1984, con un tiraje muy alto, y en un tomo en conjunto con Posdata y una conversación con Claude Fell titulada Vuelta a El laberinto de la Soledad) en 1981, y se ha reeditado varias veces, en ediciones conmemorativas, en la Colección Popular, hasta 2015, con la advertencia de que retoma la versión revisada por el propio Paz para las Obras Completas, con edición del especialista Enrico Mario Santí, quien por cierto se encargó de la edición anotada para Cátedra.

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Christopher Domínguez apunta (Octavio Paz en su siglo) que a finales del siglo XX el Fondo de Cultura Económica llevaba vendidos más de medio millón de ejemplares, sin tomar en cuenta las reproducciones, traducciones y lo que va impreso en el siglo actual. Sin embargo, subsiste una errata, o un error, desde la edición príncipe de Cuadernos Americanos: en “La dialéctica de la soledad”, el último capítulo, Paz llama la atención acerca de lo que sucede a muchos mexicanos en el aspecto amoroso, lo mismo que a Swann, el personaje de En busca del tiempo perdido: “Y pensar que he perdido los mejores años de mi vida con una mujer que no era mi tipo”. Sólo que la frase de Marcel Proust es distinta: “Y pensar que he perdido los mejores años de mi vida por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo” (versión de Pedro Salinas en Alianza Editorial). Una supresión sutil: “una mujer que no me gustaba”, pero hay un cambio de preposición: con en vez de por. No es lo mismo perder los mejores años de la vida por una mujer, que con una mujer.

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No es la única errata perpetuada en las obras de Paz a lo largo del tiempo; en su exquisito repaso de la obra de Xavier Villaurrutia (Xavier Villaurrutia en palabra y en obra, FCE), además de una fotografía de XV fechada en 1951 (murió en la Navidad de 1950), habla de uno de sus nocturnos más intensos, famosos y enigmáticos, “Nocturno rosa”; el poema en realidad se llama “Nocturna rosa”. Este error no es totalmente atribuible a Paz: viene desde Poesía y teatro completos (1953), en el que Alí Chumacero recoge las obras de esos géneros publicadas por XV; en el cuerpo del libro viene el nombre correcto, “Nocturna rosa”, pero en el índice está “Nocturno rosa”, que siguió hasta la edición en 1966 de las Obras, bajo la compilación de Chumacero, Miguel Capistrán y Luis Mario Schneider; la primera la corrigieron Chumacero y Emmanuel Carballo, la segunda toda fue responsabilidad de Chumacero. La primera edición de El laberinto de la soledad carece de créditos, pero puede pensarse que el propio Paz la revisó, por lo comentado en la correspondencia con Alfonso Reyes. La primera en el FCE la cuidó Juan Almela, quien en su otra identidad (Gerardo Deniz) fustigaba los errores ajenos.

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Alfonso Reyes se quejaba en su correspondencia con su traductora al francés, Emile Noulet, de una errata que lo perseguía desde niño, como lo persiguieron siempre; si bien recibió con beneplácito erratas fecundas (tibia en vez de nívea leche; mar adentro de la frente en vez de más adentro…; descubrir en vez de describir nuevos mundos, según relata en La experiencia literaria), hubo una que no pudo eliminar; en los dos primeros versos de la última décima de “Glosa de mi tierra”, dice “¿Nacerán estrellas de oro / de tu cáliz tremulento…”, así está desde Huellas, su primer libro de poesía, hasta el Recuento poético, el tomo X de sus Obras; así en todas las antologías que recogen el poema (Cuesta, Laurel, Monsiváis, Maples Arce, Castro Leal, Montes de Oca, Del Sanz, Deniz); en todas, excepto en Obra poética, con el que se inauguró la colección Letras Mexicanas del FCE, en 1952, donde se lee: “cáliz temulento”. Lo tembloroso del tremulento puede parecer adecuado, pero temulento, mucho menos coloquial, significa borracho; ¿los editores habrán pensado que estaba tembloroso por borracho?

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Carlos Monsiváis en su Autobiografía precoz dice que será retórica, pero que la frase de Humphrey Bogart a Dooley Wilson en Casablanca, “tócala otra vez, Sam” es tan importante como “Desde lo alto de las pirámides 40 siglos os contemplan” (hay quien le atribuye la frase de Napoleón a Marlene Dietrich); en Casablanca nunca se pronuncia esa frase, pero la original (“you played it for her, you can play it for me!… If she can stand it, I can! Play it”) tuvo tanto impacto que durante mucho tiempo los crooners de los centros nocturnos estadounidenses le pedían a su pianista, como broma, “play it again, Sam”; la frase la utilizó Woody Allen para titular una de sus obras de teatro primerizas, y luego fue una cinta, aunque no la dirigió él.

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En una entrevista totalizadora con James R. Forston publicada en junio y julio de 1972 en la revista Él y reproducida en el libro Cara a cara (Grijalbo, 1975) Monsiváis dijo que era tan buen cinéfilo que sabía que “Viruta” había debutado en ¡Esquina bajan!, de Alejandro Galindo, con David Silva y Amanda del Llano; Del Llano aparece en Campeón sin corona, pero no en ¡Esquina bajan!, donde la dama joven es Olga Jiménez.

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Carlos Fuentes, quien asumía su papel del escritor que prefiere el torrente a la contención, por apresurado pierde el rumbo en Instinto de Inez, en donde el protagonista da a Inez un espejo encantado, una especie de amuleto, y en la siguiente visita ella se lo regresa; pero en uno de esos viajes Inez, que lo tiene, lo vuelve a recibir, con lo que se malograría el hechizo, pero el autor no lo advirtió; en Los años con Laura Díaz la protagonista usa una cafetera, décadas antes de que se inventaran, y en Diana o la cazadora solitaria se narran los sufrimientos de Tina Turner a causa de los golpes de su marido Ike, comentados por los amigos del matrimonio, pero en una época en que nadie lo sabía; los hechos salieron a la luz hasta los años 90, no en la época en que sucede la novela. Eso, por no hablar del manco que se lava las manos, porque Fuentes lo atribuyó a una errata.

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Uno de los finales más famosos de la literatura mexicana es el de Obsesivos días circulares, una de las tres mejores novelas, si no la mejor, de Gustavo Sainz; en ella, el protagonista Terencio, en el descenso de un viaje en avión, rememora la frase de Cantinflas, “de generación en generación, las generaciones se degeneran con mayor degeneración”; sólo que la frase no la pronuncia Mario Moreno, sino Joaquín Pardavé, durante una fiesta de En tiempos de don Porfirio, de Juan Bustillo Oro, de 1940; el mismo Sainz hace que los protagonistas de Compadre lobo vayan a ver una cinta célebre, Rebelde sin causa, al cine Variedades, que en realidad se estrenó en el vecino cine Alameda.

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En De perfil, la magistral y siempre fresca y vigorosa novela de José Agustín, hay un pasaje enigmático: en la fiesta en casa de Queta Johnson, Ricardo Garza (¿homenaje al jardinero izquierdo de los Tigres de México?) se sacude como chango “en una burda imitación de danza”; le sale lo extrovertido y pone en práctica sus teorías sobre el baile; ninguna muchacha quiso bailar con él, pero eso no lo detuvo: tomó de la mano a Ricardo y “juntos hicieron unos pasos que Humberto hubiera catalogado como esquizofrenia en clímax con propensión a la jotería”; bailar consigo mismo es más complicado que bailar solo, y otras las implicaciones.

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El meticuloso y pulcro coronel Aureliano Buendía, héroe de Cien años de soledad, en plena guerra, lava sus pantalones todas las noches en el río donde acampa su ejército, aunque en todo el tiempo de esa guerra no se molesta en lavar sus calzoncillos.

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Mario Vargas Llosa, otro premio Nobel de Literatura, es cuidadoso hasta los últimos extremos; en Conversación de la Catedral, pese a la abundancia de personajes principales o secundarios, y de todas las historias que se entrecruzan, no hay una sola falla; la hay en cambio en La ciudad y los perros, tan grave, que si se corrige se pierde la historia principal del libro: al comienzo de la obra, los integrantes del Círculo se reúnen y sortean la misión de robar un examen guardado en un salón lejano de los dormitorios; “El Jaguar”, líder del grupo, dice que está de imaginaria (guardia), pero Arana, “El Esclavo”, es obligado a sustituirlo; Cava rompe un vidrio y los dirigentes comienzan a investigar el robo; “El Esclavo”, enamorado de Teresita, no puede acudir a una cita con ella porque suspenden las salidas de fin de semana a los que estaban de imaginaria esa noche; Alberto, “El Poeta”, va a avisarle del motivo de la ausencia, pero también se enamora de ella; desesperado, “El Esclavo” denuncia a Cava, quien es expulsado del colegio militar con cajas destempladas (se aflojan las cuerdas de los tambores, y el golpe produce un ruido tenebroso, hueco); “El Jaguar” en venganza mata al “Esclavo” en un simulacro de asalto militar. Pronto olvidan al “Esclavo”, Alberto incluso olvida a Teresita quien, al final, encuentra al “Jaguar”, al que había conocido mucho antes. Lo que no aclara Vargas Llosa es cómo el coronel, el capitán y los tenientes, sobre todo Gamboa, adivinaron que “El Esclavo” estaba de imaginaria y lo castigaron, cuando el sancionado debería de haber sido “El Jaguar”. Es importante mostrar que “El Jaguar” dominaba al “Esclavo” y se demuestra al obligarlo a sustituirlo, y sin la delación no hay conflicto grave, pero si no le tocaba imaginaria, no tendrían por qué castigarlo, y hubiera ido a encontrarse con Teresita. En El héroe discreto hay muchas fallas en la cronología, pero Vargas Llosa puede modificar pasado, presente y futuro de los personajes tomados de otras novelas, y crear leyes específicas para cada novela, aunque los lectores que conocen a Lituma desde sus primeras apariciones están en su derecho de no creer la trama de ésta, de las más endebles de su producción. Ya dije que en Conversación en la Catedral no hay descuidos, pero en la edición de Alfaguara que Vargas Llosa calificó de limpia y definitiva, algunas erratas la hicieron más ambigua; en un párrafo donde Santiago Zavala se duele del destino de su padre, don Fermín, exclama: “ay papá, sobre papá”, en vez de “pobre papá”; y en otra, donde un compañero de aventuras políticas de Santiago, mueve las manos suaves, delicadas, en vez de describir el movimiento de “la manita”, el texto definitivo dice “la mamita”.

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Al final de De Anima, una de las novelas más provocativas de Juan García Ponce (Montesinos), la protagonista Paloma dice que está desnuda bajo el vestido, “con excepción de mis calzones de siempre”, lo que echa a perder la imagen erótica.

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No son los literatos los únicos que tropiezan: el cuidadoso historiador Carlos Martínez Asaad, a quien le debemos relatos imprescindibles tanto del henriquismo como de la vida cotidiana, cambia la perspectiva de un acontecimiento no determinante aunque significativo de nuestra historia, cuando en un libro colectivo sobre la calle de Madero hace que Vicente Guerrero cambie la trayectoria del ejército trigarante para saludar a la Güera Rodríguez, quien no se hubiera fijado en él, sino en quien ordenó el cambio de ruta, Agustín de Iturbide; ese error nos hace imaginar un episodio de la canción “El Jicote Aguamielero”.

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Todos estos ejemplos hacen recordar aquella anécdota del célebre libro en el que se aseguraba, en el colofón, que “no tiene eratas”.

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FOTO: Ilustración de Mayra Meneses / EL UNIVERSAL

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