Espejito, espejito…

Jul 25 • destacamos, Miradas, principales, Visiones • 4221 Views • No hay comentarios en Espejito, espejito…

POR ANTONIO ESPINOZA

 

Pareciera que definir al arte contemporáneo como un conjunto de prácticas culturales realizadas por autores de todo el mundo, que subvierten a diario la idea del arte tradicional, es decir mucho. En realidad, es decir muy poco… quizá nada. El concepto arte de por sí es complicado: puede significar muchas cosas, en épocas y lugares distintos. En mis clases y en mis cursos siempre lo digo: la historia del arte es la historia del cambio en el significado del arte. No estoy inventando nada. Autores tan importantes del siglo XX como W. B. Gallio, W. E. Kennick, Morris Weitz y Paul Ziff, entre otros, afirmaron en su momento la imposibilidad de dar una definición universal de arte. El mismo E. H. Gombrich, en su célebre Historia del arte (1950), afirma que no existe realmente el arte, aunque sí los artistas. El asunto se ha complicado aún más con el “cambio de paradigma” (Danto dixit) en el arte. Hemos transitado de un concepto cerrado de arte a un concepto abierto, que nos ha obligado a buscar nuevos parámetros y criterios para juzgar a los objetos artísticos y sus autores.

 

Habitar la aldea global del arte puede ser fascinante, aunque no tanto para los que nos dedicamos al ejercicio de reflexionar sobre su existencia, pues pisamos un terreno a menudo inestable que a cada rato nos hace caer. Buscamos en la antropología, la economía, la filosofía, la sociología y otras disciplinas, los instrumentos que nos permitan develar ese enigma llamado arte contemporáneo. Sin embargo, ante la imposibilidad de lograr tal hazaña, nos seguimos tropezando. Por esta razón y por otras más, el sistema artístico globalizado puede ser tan vulnerable, quiero decir, susceptible de ser evidenciado en sus múltiples defectos. Basta con que a algún supuesto especialista se le hagan preguntas que nunca le han hecho y que no puede fácilmente contestar, y basta también con que a alguien se le ocurra hacer esas preguntas y realizar un documental. Quien tuvo la ocurrencia fue Pablo Jato, director de El espejo del arte (2012-2015), filme rechazado en varios festivales pero que desde hace poco más de dos meses se presenta en la Cineteca Nacional.

 

En la conferencia de prensa posterior a la premier de El espejo del arte, el 14 de mayo, Pablo Jato afirmó que la idea de hacer el documental surgió a raíz de unas grabaciones que realizó en la Feria Arco de Madrid. En un momento se le ocurrió abordar a varios galeristas y preguntarles qué es el arte, y ante la incapacidad de sus interlocutores de responder satisfactoriamente a la pregunta, decidió poner en marcha el proyecto. El cineasta entrevistó a artistas visuales, críticos, curadores, coleccionistas, galeristas y directores de museos, de distintas partes del mundo (la mayoría de las entrevistas fueron realizadas durante las más recientes ediciones de Zona Maco, la feria de arte contemporáneo que se lleva a cabo en la Ciudad de México). Jato, sin embargo, ya no se limitó a preguntarle a los entrevistados su definición de arte; decidió ir más allá, tocar otros aspectos del mundo del arte y así “desenmascarar” la ignorancia, la corrupción y los intereses económicos que están detrás del sistema artístico contemporáneo.

 

El documental se divide en varias secciones, cada una correspondiente a una pregunta específica que el autor hizo a sus entrevistados: “¿qué es el arte?”, “¿qué es el arte para las galerías?”, “¿es arte todo lo que nos presenta el mundo del arte?”, “¿el arte es elitista?”, “¿se puede inventar un artista para ganar dinero?”, “¿hay falsos artistas?”, “¿hay mafia en el mundo del arte?” y “¿debe aceptarse la mediocridad como corriente estética?”. Neófito en materia de arte, Pablo Jato asume precisamente ese papel en el documental (de hecho, aparece varias veces en el filme, azorado y perplejo, recorriendo las ferias de arte), para hacer preguntas en apariencia fáciles a sus entrevistados pero que casi siempre los pusieron en aprietos. A partir de estos cuestionamientos y siempre con la intención de que sus interlocutores digan lo que nunca dicen, el autor va construyendo un discurso anti-arte contemporáneo, pero que carece de sustento histórico y teórico.

 

A manera de “introducción” al filme, Pablo Jato compara los frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel con el urinario de Marcel Duchamp y las latas de excremento de Piero Manzoni. De esta manera, ignora la evolución de la historia del arte en más de cuatro siglos y también las razones que llevaron a numerosos artistas del siglo pasado a cuestionar abiertamente la noción tradicional del arte, proponiendo nuevas formas de expresión (recordemos que la idea de la “muerte del arte” transitó todo el siglo XX). Pero el realizador no se preocupó por estudiar y reflexionar a fondo sobre un tema tan complejo. Románticamente convencido de que el arte debe regirse por principios atemporales, válidos para todas las épocas y lugares, cree que el Arte (así, con A mayúscula) ha sido aplastado por un “fraude” llamado arte contemporáneo, pseudoarte que se rige por las leyes perversas del mercado y que tiene exponentes como Damien Hirst, Eugenio Merino y Gabriel Orozco, “falsos” artistas, arribistas y mediocres.

 

Pablo Jato, quien no sólo es el director del documental, sino también guionista, editor, cinefotógrafo, autor de la música original y principal productor, no pierde oportunidad de mostrar su aversión por el arte contemporáneo. Cuenta, por cierto, con una aliada más que confiable: la crítica Avelina Lésper, cuya furia anti-arte contemporáneo es de sobra conocida. Jato y Lésper hacen buena mancuerna. Un ejemplo: cuando el primero le pregunta a Mónica Manzutto quién es el nuevo Leonardo da Vinci, y la ingenua galerista le responde que Gabriel Orozco, la segunda sale a cuadro para decir que el artista mexicano es “socio” de la Galería Kurimanzutto. La verdad es que muchos de los entrevistados cayeron en la trampa de Jato y terminaron diciendo lo que éste quería. Peor todavía, hubo quienes hicieron el ridículo, como las galeristas Dalia González y Asunta Gutiérrez, quienes no pudieron explicar sendas obras de artistas que manejan… lo que provoca risa en el público asistente.

 

En su intento de “denunciar” al arte contemporáneo como corrupto y mediocre, Pablo Jato no deja títere con cabeza: cuando se habla del tema de los “falsos” artistas, aparece en pantalla una obra de Abraham Cruzvillegas (un pedazo de unicel colgado con alambre). Para el cineasta todo es negro: no hay artistas contemporáneos serios, honestos y profesionales. Avelina Lésper no se queda atrás: el arte contemporáneo es un “enorme fraude”, resultado de una conspiración en la que participan instituciones públicas y privadas, galerías, museos, críticos y curadores, todos manipulados por el maldito mercado. Para Jato y Lésper, vivimos en el peor de los mundos posibles. ¿Será?

 

 

*FOTO: Durante la grabación de este documental, Pablo Jato recorrió algunas de las principales ferias de arte contemporáneo y entrevistó a los galeristas y artistas plásticos más destacados. En la imagen, Damien Hirst acompañado por su obra Por el amor de Dios, 2007. /Especial.

« »