Fernando de Szyszlo: el sol del Perú

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Gran figura de la pintura latinoamericana, De Szyszlo, artista estrechamente ligado a México, integró lo precolombino en un discurso abstracto, plenamente moderno

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POR ANTONIO ESPINOZA 

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América Latina fue tierra fértil para la irradiación de la vanguardia en el siglo XX. El arte vanguardista europeo encendió la imaginación de numerosos creadores latinoamericanos. Este proceso de asimilación vanguardista, no exento de contradicciones, adquirió características específicas en cada país. En el Perú, la pintura académica entró con mucha fuerza al siglo XX con maestros de primera como Carlos Baca Flor, Teófilo Castillo, Daniel Hernández y Francisco Lazo, entre otros. Fueron estos pintores los primeros en asimilar los lenguajes artísticos europeos e introducirlos en el país. Fueron también los primeros maestros de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima, inaugurada oficialmente el 15 de abril de 1919. Con ellos se inició el arte moderno peruano. En la ENBA se encargaron de transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones de artistas peruanos y abrieron el camino para el surgimiento de un movimiento artístico de gran trascendencia: el indigenismo.

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El nacionalismo indigenista no podría entenderse sin las proclamas de Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, ideólogos que reivindicaron y exaltaron en su momento la figura del indio. Fue con este espíritu que floreció el movimiento de escritores y artistas indigenistas en el Perú durante los años veinte y treinta. El líder indiscutido del indigenismo en el arte fue José Sabogal (1888-1956), prestigiado pintor que también escribió y fomentó el arte popular. Designado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1932, inspiró a una generación notable de pintores indigenistas: Camilo Blas, Enrique Camino Brent, Julia Codesido y Mario Urteaga. La reacción contra el arte indigenista no tardó mucho en aparecer y fue encabezada por Ricardo Grau (1907-1970), quien pasó del impresionismo al surrealismo hasta llegar al informalismo. La abstracción, sin embargo, alcanzaría su punto climático en la obra de un pintor que estaba destinado a convertirse en uno de los grandes maestros del arte latinoamericano: Fernando de Szyszlo (1925-2017).

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Fernando de Szyszlo fue, en efecto, uno de los iniciadores de la pintura abstracta en América Latina. Perteneció a una generación notable de pintores latinoamericanos, entre los que destacaron el nicaragüense Armando Morales y el colombiano Alejandro Obregón. Fueron pintores que, siguiendo el camino de la generación que los precedió (la del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el cubano Wifredo Lam, el chileno Roberto Matta, el guatemalteco Carlos Mérida, la cubana Amelia Peláez y el mexicano Rufino Tamayo), trascendieron su nacionalismo para probar las mieles de la universalidad sin cortar de tajo con sus raíces. Todos estos maestros, como lo explicó Jorge Alberto Manrique, ante la disyuntiva de identidad o modernidad, escogieron la segunda vía sin dejar de transitar del todo por la primera, pues “muestran en su obra la impronta evidente de la tierra que los vio nacer” (“¿Identidad o modernidad?”, en Damián Bayón et. al., América Latina en sus artes, México, Unesco/Siglo XXI Editores, 1983, p. 33).

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La aventura artística de Fernando de Szyszlo inició a fines de los años cuarenta. Con su primera esposa, la poeta Blanca Varela, se estableció en París en 1949. En el París de la posguerra conoció e hizo amistad con grandes personalidades: André Breton, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Octavio Paz, entre otros. De vuelta en Perú, en 1951, presentó en la Sociedad de Arquitectos de Lima su primera exposición de pintura abstracta, que causó gran polémica. Poco a poco se fue definiendo su estilo pictórico. En 1959 expuso por primera vez en México, en la Galería de Antonio Souza. Con motivo de esa muestra, Octavio Paz escribió un breve artículo sobre el pintor peruano. Afirmó el poeta sobre la obra exhibida: “Una pintura que no se entrega, replegada sobre su propia intimidad, que desdeña la complicidad sensual y exige al espectador una contemplación más ascética […] No quiero decir que la pintura de Szyszlo sea una pura construcción intelectual, sino que es una lucha entre rigor y espontaneidad. No es sólo un pintor inteligente: es una sensibilidad reflexiva, lúcida” (Corriente alterna, México, Siglo XXI Editores, 1967, p. 10).

Fernando de Szyszlo, “Canto de la tierra”, acrílico sobre tela, 1984./Cortesía/Colección Andrés Blaisten.

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Fue en el año de 1993 cuando pudimos apreciar en México una gran exposición antológica de Fernando de Szyszlo. Con el título de Las puertas de la noche, la muestra se presentó en el Museo de Arte Moderno, luego de presentarse en museos de Chile, Perú y Colombia. Fueron un total de 38 obras –parte de la producción pictórica del maestro de 1967 a 1992– las que nos permitieron una “contemplación ascética”. Ante nosotros, una figura estelar del arte latinoamericano, un veterano creador de estilo inconfundible, una “sensibilidad reflexiva y lúcida” que se apoderó de ciertos rasgos de las culturas precolombinas para integrarlos en un discurso abstracto, plenamente moderno. Delicadas y sólidas abstracciones, cromatismo austero (negros, grises y magentas contrastados a menudo con sienas, ocres, rojos y azules luminosos), formas complejas que semejan tótems, desfiguraciones radicales de la realidad humana, imágenes caprichosas que forman parte de un universo intemporal, onírico, en el que predomina la noche, con su misterio y su oscuridad.

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En aquella memorable exposición se presentaron varias de las series pictóricas más logradas de Szyszlo: Abolición de la muerte, Anabase, Camino a Mendieta, Los visitantes de la noche, Mesa ritual, Noche estrellada y Sol negro. Revisando el catálogo de la muestra, veo una obra que llama poderosamente mi atención: La ejecución de Tupac Amaru (gouache sobre papel, 1967). Recuerdo ahora bien la pieza y lo que me pregunté entonces: si se podría considerar a Szyszlo un pintor “político”. Creo que no, pero bien sabido es que el maestro participó activamente en la vida pública de su país, cuestionando sin temor las dictaduras de Juan Velasco Alvarado en los años setenta y de Alberto Fujimori en los noventa. Igualmente, participó en el movimiento político Libertad, que en 1990 lanzó la candidatura de Mario Vargas Llosa –su gran amigo– a la presidencia del Perú. Hoy ese sol ha dejado de brillar. Con la muerte de Fernando de Szyszlo, el lunes 9 de octubre, terminó un ciclo en la historia del arte latinoamericano.

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FOTO: Canto de la tierra, acrílico sobre tela, 1984.

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