Resabios balompédicos

Jun 9 • destacamos, principales, Reflexiones • 1830 Views • No hay comentarios en Resabios balompédicos

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“Siempre queda la derrota”, nos dice el autor de la novela Cámara húngara en este texto sobre su memoria futbolera, tanto en los estadios como en la pantalla chica. De su afición al Atlante, pasando por el ingenio de Nacho Trelles, hasta los aforismos de George Best

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POR JAVIER GARCÍA-GALIANO

Aunque puede propiciar un culto afrentoso a la victoria, el futbol también está hecho inexorablemente de derrotas. No ha dejado de repetirse hasta convertirse en tópico que son muchos los que compiten, pero sólo gana uno. No faltan quienes pretenden derivar del deporte un siniestro remedo de moral que exalta la “superación personal”, “el liderazgo”, la competencia y la rivalidad hasta en compañeros que “deben disputarse un puesto”, según la cual “ganar no lo es todo; es lo único”, como vociferaba Vince Lombardi, un entrenador de lo que Flavio Zavala Millet definió como “el juego de las escafandras y los empujones que no sé por qué llaman ‘futbol americano’”. Para muchos, la victoria justifica la falta de honradez, la deslealtad y la “viveza criolla”, ignorando que, como lo creía Juan José Arreola, “el que hace trampa se sale del juego”. Sin embargo, siempre queda la derrota, el desencanto, las ilusiones perdidas…

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Y a pesar de todo, los derrotados persisten en recrearse íntimamente en la mitología del juego que no ha dejado de conformarse y que no prescinde de ídolos, de ritos, de leyendas, de un idioma de iniciados, de diversas formas de literatura.

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El sonido local

“La voz apenas se oía entre el escándalo de la celebración”, ha escrito Rafael Pérez Gay en “Mariposa en la red”, el primer texto de su libro de “piezas y pases de futbol” Sonido local: “gol anotado por Roberto Martínez. El Caña Brava fue el delantero del Necaxa que el 6 de junio de 1966 se convirtió en el primer mexicano que sacudió las redes del Azteca. Aquel domingo mi padre, un atlantista de cepa, me llevó al estadio para compensar nuestra irremediable ausencia de la gran inauguración del Coloso de Santa Úrsula. El 29 de mayo nos perdimos el encuentro entre el América y el Torino. Como suele ocurrir con las pasiones, el azar reforzó mi afición por el Necaxa, que ese día jugaba contra el Valencia. No guardo en la memoria el marcador final y no recuerdo cómo fue el gol del Caña Brava o Loco Martínez. Ver futbol no es tan fácil como parece: a mí me distraía un enorme aparato que colgaba del centro del estadio, a la mitad de la cancha. Me lo imaginaba como una pequeña nave espacial a punto de aterrizar mientras su sombra caía en el centro del campo: el sonido local. La bocina informaba sobre alineaciones y el nombre del anotador del gol, transmitía algún anuncio publicitario que se ha extraviado en el tiempo y pedía ayuda para localizar niños perdidos en el estadio. Mi padre me reconvenía por mi inclinación a perderme en un punto distante del horizonte de los 105 metros de largo por 68 de ancho del campo de juego. Recibí mi primera lección: ‘El juego ocurre donde está la pelota, Rafa. Si no ves el balón, te pierdes el partido’. A mí me entretenía el sonido local”.

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Destinado, como lo recuerda Rafael Pérez Gay, a informar burocráticamente las alineaciones, los cambios, lo goles, los niños perdidos, los anuncios comerciales, el sonido local, sin embargo, le infiere algo de identidad a cada estadio por la voz, la manera de proferir las frases no siempre con solemnidad (en el Weser Stadion, por ejemplo, parecía un animador), por los anuncios y la música que propaga, por sus bocinas. En el Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes, en Mixcoac, donde jugaba el Atlante, se trataba de altavoces que no dejaban de repetir melódicamente: “Adelante, Atlante, adelante, Atlante…”. En Ciudad Universitaria, se decía que la voz pertenecía a un maestro de la Facultad de Ingeniería. La del Estadio Jalisco no ha dejado de recomendar las Carnes Garibaldi y la del Azteca era la misma que anticipaba la programación del Canal 5 y en “Canal 5 al servicio de la comunidad” presentaba, como en el estadio, a las personas extraviadas, algunas de las cuales, suponía, padecían “de sus facultades mentales”.

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En ciertos juegos, el sonido local también difundía las notas del “órgano melódico de Juan Torres; el órgano que habla”. Como lo refiere Rafael Pérez Gay, procede de una piña de bocinas que cuelga a gran altura sobre el círculo central. Hay quien sostiene que, en la Copa del Mundo de 1986, el portero de la selección de Bélgica, Jean-Marie Pfaff, se propuso en vano pegarle un balonazo en un despeje.

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El coro balompedestre

Y sin embargo, cuando ciertos cronistas mencionan “la voz” de cualquier estadio, aluden al murmullo, los gritos, los exabruptos, las imprecaciones, los insultos, las porras que se producen en las tribunas. A pesar de que, como el sonido local, suelen repetirse, algunas de esas porras, de esas frases reiteradas se comparten acaso en todos los estadios, pero de maneras distintas. Hasta antes que proliferaran los usos argentinos en las gradas mexicanas, la porra que se repetía profusamente no parecía precisamente ingeniosa y fervorosa, y sólo se distinguía por el nombre del equipo que se gritaba casi al final de la supuesta soflama; me refiero obviamente al Siquitibum.

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Muchos lo llaman el Chiquitibum, quizá por la influencia de un anuncio de la cerveza Carta Blanca en el Mundial de 1986 y no pocas versiones coinciden en que la concibió Carlos Garcés en 1923, durante el viaje de ocho jugadores del América con algunos refuerzos, bajo el mando de Rafael Garza, Récord, a Guatemala formando lo que se considera la primera selección mexicana. En la noche, mientras el resto de los jugadores dormían, Garcés se mantenía despierto por el sonido del tren, que le parecía “si-ki-ti, si-ki,ti”, de lo que derivó “siquitibum”.

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Entre las porras más certeras que recuerdo se halla la de los Pumas. Su grito de batalla, el Goya, como el Siquitibum, resulta incomprensible, pero es muy significativo; es original, aunque de origen incierto, y el acompasamiento creciente de las palmas hasta concluir con el grito colectivo de su equipo importa una invención memorable. Lamentablemente, como casi todas las porras de México, ha sucumbido a la moda de los reiterados cánticos argentinos y el “Como no te voy a querer…”, que se remeda hasta en los potreros de Santa Cruz, se ha vuelto su triste distintivo.

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Aunque parece abandonada por su equipo, condenado a una errancia pobremente mercenaria, la Tito Tepito permanece fiel y no dejan de gritar unidos los versos que sólo gritamos los atlantistas: “¡Les guste o no les guste/ les cuadre o no les cuadre/ y si no: Chinguen a su madre!”

Mar Castro, la Chiquitibum, la mejor promotora de la cerveza Carta Blanca durante el Mundial de futbol de 1986. / Especial

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Diálogos llaneros

En los campos de entrenamiento, como en los estadios, inexorablemente se mantienen diálogos similares a los que se acostumbran en las canchas de los llanos.

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“El futbol”, sostiene el jugador gallego Luis Suárez, ganador del Balón de Oro en 1960, “es fundamentalmente grito”. También en las cascaritas callejeras los futbolistas se gritan para pedir el balón, para anunciar un movimiento, para avisar de un peligro, para ordenar a su equipo, para insultar al rival, para recriminar a sus compañeros, para celebrar un gol. Esos gritos imprescindibles han propiciado expresiones para entendidos como “por la misma”, “prolóngala” o “rómpela”.

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Entre los contendientes se suscitan insultos elementales con los que pretenden provocarse y ofenderse. Nunca faltan los provocadores consuetudinarios, en ocasiones armados con alfileres, que se proponen exasperar al rival para que deje de mantenerse atento al juego y que cometa rudezas que ameriten su expulsión. Uno de los diálogos más conocidos de ese tipo ocurrió en la final de la Copa del Mundo de 2006 entre Francia e Italia, en el Estadio Olímpico de Berlín, cuando Marco Materazzi le dijo algo poco ingenioso acerca de su hermana a Zinedine Zidane, que le respondió con un cabezazo en el pecho.

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Sin embargo, esos diálogos suelen reducirse a señas y gestos muy conocidos y practicados en la calle, que suelen abreviarse en uno: el corte de manga.

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Inevitablemente esos diálogos, esos reclamos, esas imprecaciones, esas señas se dirigen al hombre que, según Jorge Gutiérrez, la Chiva, es quien le concede seriedad al juego, el que convierte la cascarita en un juego formal.

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Aunque en cada match abundan las mismas reprobaciones y quejas por sus decisiones, esos diálogos no pocas veces resultan inesperados. Un defensa central de los Pumas me contó, por ejemplo, que en uno de sus primeros partidos en la entonces Bombonera de Toluca un aficionado le pegó con una manzana, la cual le enseñó como evidencia al árbitro, que luego fue referee en una Copa del Mundo y que le contestó: “¡¿Qué quieres?! ¡¿Que me la coma?!

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Literatura arbitral

Antonio R. Márquez se enorgullecía de que el árbitro condicionaba el juego: “Al son que les pito, juegan”, afirmaba. Entre otras, el árbitro tiene la atribución de redactar la versión definitiva de un partido en la cédula arbitral que se considera “inviolable” y acaso secreta. Su estilo ensaya algo de leguleyo, de objetividad científica, de conclusión de fiscal, de ortografía personal.

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“Este juego no se efectuó por causas climatológicas ‘niebla’”, informaba una de la Liga del Ajusco, “ya que persistía el clima, no pudiéndose ver a una distancia muy menor”.

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Otra sentencia: “El capitán del equipo Mixcoac, Sr. Pérez José No 9, tuvo los siguientes puntos negativos:

1º se negó a firmar terminantemente la cédula arbitral.

2º Me insultó soezmente diciéndome pendejo, imbécil, además de recordatorios familiares.

3º Me amenazó con el que por su cuenta nunca volvería a arbitrar en esta H. Liga y mucho menos a su respectivo equipo”.

Otra reconoce una omisión: “No anoté nombre de jugadores por haber extraviado la lista de alineaciones”.

Una más parece escrupulosa: “Expulsado: Ruiz Luis s/n por conducta grosera al gritarse majaderías a su persona después de fallar un gol”.

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Arengas de vestidor

En los entrenamientos y los juegos, los entrenadores, que ahora se hacen llamar “directores técnicos”, se bastan con chiflidos y gritos escuetos como “¡corre!”, “¡marca!”, “¡cuida tus recorridos!”, o exultaciones comunes como “¡no mames!” o “¡carajo!”. Sin embargo, como confesó alguna vez Javier Aguirre: “¿Tú sabes lo que es hacer que corra un muchacho que gana millones de pesos?”

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En el vestidor, antes de cualquier match, los entrenadores se acogen a una arenga en la que intentan de infundir coraje a los jugadores, que en no pocas ocasiones consiste en la vociferación de palabras elementales como “¡vamos!” (la influencia argentina induce a algunos a proferir “¡dale!” que quizá creen “culto”), “¡con todo!”, “¡Huevos!”, y con frecuencia termina con un rezo.

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Para arengar a sus jugadores, ciertos entrenadores perpetran una retórica cursi que sospecho incomprensible para los futbolistas. Hace pocos días, Juan Carlos Osorio se presentó a un entrenamiento con una camiseta que tenía inscrita una frase que quizá pretende convertir en mantra: “El logro individual es esfuerzo de todos”.

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En el futbol abundan las quejas y, por lo tanto, también en los entrenamientos, en el vestidor, en la banca. Enfrentarlas también conforma el oficio del entrenador. Entre aquellos que supieron responder esas minucias adversas con ingenio, Nacho Trelles no parece el menos memorable.

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Enrique Borja recuerda que en 1966, cuando le habían asignado el número once en la casaca nacional, le pidió a Trelles cambiar los dígitos de su dorsal. Don Nacho le preguntó por qué. “Es que siempre he jugado con el nueve”, adujo Borja, a lo que don Nacho repuso: “Yo pensé que me ibas a decir que el once te pesaba más que el nueve”.

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Un aforista sensacionalista

Entre los géneros que ha hallado el juego, uno de los más perdurables parece el de la entrevista. Sobre todo en las circunstanciales que ocurren al final de juego, los futbolistas repiten las banalidades al uso, empezando con una prueba de micrófono: “Bueno, sí…” Pero acaso sin saberlo, algunos de ellos han deparado aforismos memorables. Luis Miguel Aguilar los ha llamado “aforistas de vestidor”.

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George Best nació en Belfast y nunca jugó una Copa del Mundo. Conformaba la United Trinity del Manchester United con Bobby Charlton y Denis Law. Eran los tiempos de la crónica periodística, del noticiero cinematográfico, de las conversaciones que deparaban leyendas. Algunas imágenes permiten inferir que ha sido uno de los jugadores más admirables del mundo. Se le conocía como el quinto Beatle. Bobby Charlton sostiene que “la historia del Manchester fue formada por gente como él”, Denis Law confesaba que lo colocaría entre los seis mejores jugadores que ha visto y Pelé lo consideró el mejor del mundo. Best se enorgullecía de haber “llevado al futbol de desde la última página a la primera”, aludiendo a sus escándalos consuetudinarios por el alcohol y la disipación. Consideraba que había gastado “mucho dinero en licor, aves y coches deportivos. El resto simplemente lo tiré a la basura”. Opinaba que David Beckham “no sabe chutar con la izquierda, no cabecea, no puede quitarle el balón a un adversario y no marca muchos goles. Aparte de eso, está bien”. Creía que “el futbol es un deporte triste”. Sin embargo, como un consuelo, adivinaba que “cuando me vaya, la gente olvidará toda la basura y sólo recordará el futbol”.

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Foto: George Best (segundo de derecha a izquierda), ídolo del Manchester United y enfant terrible del futbol británico, remata de cabeza durante un partido contra el Arsenal (1967). / Reuters

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