Álbum trágico del futbol: cinco héroes caídos

Jun 9 • destacamos, principales, Reflexiones • 9748 Views • No hay comentarios en Álbum trágico del futbol: cinco héroes caídos

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Si la tragedia se reinventa en cada encuentro, la fragilidad del jugador puede alcanzar tintes de máximo dramatismo. Así lo muestran las historias del suicida Abdón Porte, ídolo de El Nacional de Uruguay; la desgracia deportiva de Alberto Onofre antes del mundial de 1970; el peso con el que cargó de por vida el portero brasileño Moacir Barbosa luego del Maracanazo; la incomprensión que llevó al suicidio al jugador británico Justin Fashanu, y la epopeya etílica de George Best, astro y orgullo del Manchester United

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POR JOSÉ HOMERO

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Hermann Hesse discurría, a principios del siglo XX, que el concepto de tragedia se había vulgarizado al punto que el accidente más banal se calificaba trágico. Apartada paulatinamente de su entorno original, la tragedia ha terminado por permear nuestro horizonte vital, propiciando una moderna concepción donde se entreveran triunfo y derrota, talento y fracaso. Sin embargo permanecen esquirlas del barro originario: el destino de una personalidad como emblema y representación de uno de los posibles derroteros de la existencia. Destino que se convierte en trágico porque instaura y enseña los límites de la ambición humana y la fragilidad de nuestras pasiones al tiempo que alecciona a la tribu. El futbol, al detentarse escenario predilecto del imaginario contemporáneo, representación de la guerra y de las antiguas fuerzas cósmicas, ofrece varios casos trágicos señeros; muchos de los cuales representan con fehaciencia la antigua encrucijada entre la voluntad de los dioses y la libertad personal y a la vez zona de encuentro de pasiones antitéticas pero complementarias: el temor y la piedad, reacciones que nos fascinan frente a estas vidas ejemplares. He espigado unas pocas. Es tentador lucubrar en torno al pentáculo; fácil hubiera sido ejercer ese cómodo juego intelectual de trazar correspondencias y tejer relaciones sin otro sustento que la huera presunción. He elegido en cambio el relato. Dejo al lector tramar sus lecciones.

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El centrocampista ha muerto al amanecer

Son las primeras horas de la mañana. Es verano y una tenue neblina pasea sobre el campo como un rebaño de indolentes fantasmas. El jardinero, aún adormilado y con la resaca de la fiesta que concluyó a medianoche, avanza cansinamente por la hierba empapada de rocío, precedido por su perro quien husmea el aire a esa hora fragante. Un súbito aullido y una precipitada carrera lo distraen de sus ensoñaciones. En lontananza distingue un cuerpo. Abdón Porte, conocido como El Indio, yace inerte en el centro del campo; sus dominios como jugador. Al voltear el cadáver descubre una gran flor de sangre que irriga hacia las costuras del traje. Al lado se encuentra el gastado canotier.

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Porte es el puerto de todas las travesías de muertes conmovedoras; emblema de la pasión por el futbol y símbolo de la lealtad a un equipo. Su historia satisface las condiciones de los mitos griegos: el héroe trágico muerto en el momento cenital justo cuando comienza su decadencia; la inmolación antes de convertirse en una ruina; perece en el campo mismo de sus victorias; refrenda con su sacrificio su lealtad a una comunidad. Del mito de Jacinto a Sin aliento de Jean-Luc Godard una sola historia recorre los campos: entre la pena y la nada, elijo la nada.

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Fresco aún su cadáver, comenzó a nimbarse no por el incienso sino por el pan dorado con que trazaron sus rasgos; desde las notas del periódico (“Lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para sufrir lo cual es menester haber sufrido tras su conquista”, rezó la necrológica) hasta Horacio Quiroga, quien a petición expresa del presidente del equipo, escribió “Juan Polti, half back

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De facciones talladas en piedra, los ojos grandes, negros y húmedos; el pelo lacio caído a un costado; la nariz larga, el mentón ligeramente prognata, pómulos de cacique y labios gruesos y sensuales, Porte fue un mediocentro o centrojás (centerhalf), en la antigua jerga platense. Su fecha de nacimiento es dudosa. Los perfiles biográficos más fidedignos la asientan hacia 1893 situando su muerte a los veinticinco años (otros remontan su alumbramiento a la década de los 80; lo cual es dudoso por las fechas). Tuvo sus inicios en el Colón, continuó en el extinto club Libertad y de ahí pasó a El Nacional, en cuyas filas debutó frente al Dublín en un partido amistoso el 12 de marzo de 1911. Relatan las crónicas que era rústico, tozudo, algo torpe con los pies pero imbatible en el esfuerzo. Un caudillo, un gaucho fuerte y leal. Ganó cuatro ligas; además de nueve copas locales y otras seis foráneas; una copa América con la selección de Uruguay, donde fue también titular indiscutible, y en ese mismo 1917 se coronó goleador de la liga siendo el primer centrocampista que destacó como anotador. De acuerdo a confidencias de su hermano Juan, un día antes de su deceso, Porte le mostró su rodilla, que no había sanado desde el golpe artero que recibió en la final de la copa Albión. Y tras acordar un viaje a la playa como lenitivo, Abdón acotó que si no sanaba se mataría. “Si no puedo jugar, entonces mañana mismo me pego un tiro”, dijo.

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El 4 de marzo de 1918 El Nacional disputó un amistoso con Charley; venció 3 a 1. Durante la usual fiesta que sucedía a los encuentros, Porte, quien no había dejado de revisar su reloj de leontina, en mitad de la noche decidió marcharse, tomar un tranvía, bajar en los alrededores de Parque Central, caminar y abrir el cerrojo. Eran la una de la madrugada. A buen seguro lo guiaron los insectos y las estrellas. Ocupó su lugar habitual, presto a afrontar el partido decisivo. Se acostó. Palpó el área de su corazón y sacó su revólver dispuesto a convertirse en leyenda.

Abdón Porte, el Indio, mediocampista de El Nacional de Uruguay, muerto por suicidio en marzo de 1918. / Especial

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Onofre, el crack-up

Todo estaba listo para la inauguración. El domingo 31 de mayo de 1970 la selección de México se enfrentaría a la de la Unión Soviética dando inicio a un torneo que había suscitado una expectación única. Además de innovaciones en el juego, sería trasmitido mediante la señal televisiva por vez primera a la mayor parte del mundo. México, quien hasta entonces sólo había logrado cinco puntos en seis participaciones mundialistas, reclamaba por otra parte un papel protagónico. Muchos consideraban que esa generación, que incluía a jóvenes veteranos como Gustavo Peña, Enrique Borja y Mario Pérez, con descollantes novedades como Héctor Pulido, Horacio Sánchez y Javier Guzmán, al fin daría al país grandes triunfos. Sobre todo confiaban en el liderazgo y la habilidad de un volante aún muy joven pero con hechuras de crack, quien comandó la conquista del trofeo en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, en 1967, y el gol decisivo para el octavo campeonato del Guadalajara frente al Atlante el 17 de diciembre de 1969.

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La tarde del miércoles 27 de mayo declinaba en medio de una ligera llovizna. El pasto estaba húmedo y resbaloso. Advirtiendo el eventual riesgo, Isidoro Díaz, Chololo, aconsejó a Raúl Cárdenas, El Güero, suspender el partido interescuadras. El entrenador nacional desestimó el consejo y prosiguió con su rutina. Minutos antes de la conclusión, Alberto Onofre, molesto con los zapatos de seis clavos, a los que nunca se acostumbró, pidió al utilero, Francisco Larios, Chico, otros zapatos, aquéllos con los que se sentía más cómodo. En seguida, Onofre toma el balón, seguido por su marcador, el férreo Juan Manuel Alejándrez, con un quiebre busca librar la marca, las suelas de plástico no le sirven y resbala, choca inerme contra el defensa, quien se encontraba tan firmemente plantado como un tronco…

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Segundos que ha rememorado sin cesar Alberto Onofre preguntándose aún “por qué me cambié los zapatos, podía haber aguantado”. Los testigos, sus propios compañeros, recuerdan que los gritos propios de una disputa deportiva se acallaron cuando los huesos crujieron desgajándose como una rama rota.

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Onofre fue conducido al hospital para el procedimiento quirúrgico, envuelto como joven héroe caído en ese sucedáneo del lábaro patrio que es la camiseta verde. Vivió el mundial desde la tribuna. Padeció nueve meses enyesado, tras cuyo lapso tenía una pierna inútil: el vigoroso árbol se había secado en pleno verdor. Continúo dos años más en rehabilitación mientras su fama menguaba. Volvió a las canchas para arrastrarse durante dos años convertido en un espectro de su perdido talento. Entonces decidió retirarse. Tenía veintisiete años. Y aun cuando los aficionados continúan recordando el desdichado incidente ligándolo al destino de la selección de futbol, quizá nadie ha meditado en la honda tragedia que representó para el propio jugador tapatío, quien en un video recuerda que “deseaba salir del país, jugar fuera” y que como corolario sardónico, debió de retomar el oficio de su padre, aquel del que quería huir. Hoy, desde su empresa de tornería, con esos ojos enormes que delatan ancestros árabes, otea el horizonte urbano y asegura que su talento era mirarlo todo, controlar el terreno, conocer la función de todos. Lo único que no previó fue que el campo de juego está lleno de circunstancias incontrolables. Único futbolista a la altura del arte, Onofre ha inspirado sendos relatos de Juan Villoro y de Agustín del Moral (Un crack mexicano: Alberto Onofre).

La Selección mexicana de futbol en una foto de 1969. De cuclillas, al centro, Alberto Onofre. / AP

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La soledad del portero ante la derrota

La tensión sofoca la respiración. Uruguay ha empatado mediante disparo de Schiaffino tras pase retrasado de Alcides Ghiggia, el extremo derecho que ha trastornado a los otrora bastiones cariocas, Juvenal y Bigode. Aunque a Brasil le basta el empate para coronarse por vez primera campeón del Mundial de futbol, el disparo que lo sorprendió ha cimbrado no sólo las redes sino también los cimientos del estadio Maracaná. Los rostros denotan preocupación, la sonrisa ha desaparecido, la batucada se acalla. Los jugadores brasileños intentan el abordaje pero son contenidos por la férrea defensa uruguaya que no duda en recurrir a las barridas bruscas, a las cargas legales pero contundentes. La tarde avanza, el juego se entorpece, las piernas pesan, el sudor escurre ofuscando la mirada. Pronto serán las cinco. A las cinco de la tarde… cantaría un poeta la muerte de un torero. En el minuto 76, el capitán celeste, Obdulio Varela, conduce el balón, alza la vista, observa a Ghiggia desmarcarse y le lanza un pase hacia la derecha. El arquero ve cómo recibe y toma la pelota, bien pegada a la bota, acelera su carrera dejando atrás a Bigode, recorre la banda, las gotas salpicando su talón cuando atraviesa el charco cercano al área grande… Previendo una repetición del gol anterior, el portero decide moverse, salir un poco, y entonces… se da cuenta Ghiggia quien corrió hacia la banda, que el arquero da un paso adelante intentando prever el centro, deja un resquicio, ve el hueco como una sonrisa que lo alienta y dispara…

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Mientras Barbosa cae, el brazo extendido, la estrella de cinco puntas de su mano abierta, siente que roza el balón, se desploma, escucha el choque del cuero contra la madera y piensa que ha desviado el balón. Sólo es un segundo, mientras el césped acoge su cuerpo, como una tumba fría, el estadio atruena en un silencio luctuoso, Ghiggia corre frente a él y uno de los defensas mira incrédulo el fondo de las redes. Barbosa, la rodilla apoyada en el suelo, poco a poco, lenta, pesadamente se incorpora mientras toda una nación retumba con el silencio más estremecedor de la historia del futbol. “Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí”, recordaría años después entre sollozos.

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Nativo de Campinas, Moacir Barbosa había comenzado su carrera como atacante antes de ocupar su posición de guardián del arco en el Club Atlético Ypiranga de Sao Paulo en 1942. Tres años después fue traspasado al Vasco da Gama, el equipo en el que se convertiría en emblema. Alto, corpulento, con raudos reflejos y dominio del arco, se afamó como milagroso, pues con sus salvadas propició más de una victoria y muchos trofeos. Campeón carioca en seis ocasiones y en un torneo sudamericano, defendió la casaca nacional en 17 encuentros. Las imágenes conservadas del documental oficial del torneo nos lo muestran entrenando sonriente, carismático, apuesto, seguro de sí; imágenes que contrastan con otras de los años últimos que muestran al antiguo jugador del Vasco cogiendo las redes de su portería. La mirada vencida, la tristeza y amargura apenas contenidas, el rictus que ha secado su rostro en máscara del fracaso.

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La derrota de Brasil con Uruguay esa tarde de julio de 1950 marcó la vida de Barbosa. Con estoicismo, soportó el tormento, acuciado día con día por su yerro, sufriendo sin descanso la acometida del águila salvaje de la turba, como si fuera el titán Prometeo. Son famosas sus palabras: “En Brasil la condena máxima es de treinta años, en mi caso la condena ha durado cincuenta años”. Tabaré Cardozo, un cantautor uruguayo, corrige en la melancólica canción que le dedica: “La condena de Maracaná/se paga hasta morir”.

Moacir Barbosa, guardameta del Vasco da Gama y de la Selección brasileña. Durante toda su vida cargó con la pena por el gol que le costó la copa a su país en el partido de la final del Mundial Brasil 1950, tragedia conocida como el Maracanazo. / Especial

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Sentenciado antes de tiempo

La mañana del sábado 20 de octubre de 1990 los kioscos de periódicos de Gran Bretaña aparecieron cubiertos con The Sun. “Estrella de futbol de un millón de libras: Soy GAY” proclamaba a cinco columnas el tabloide. Aunque en la radio se escuchaban las alegres por insulsas melodías de New Kids on the Block o Maria McKee, en realidad era una mala época para salir del armario. Inglaterra sufría las imposiciones de la primer ministra, Margaret Thatcher, quien en 1988 había añadido una enmienda a las leyes penalizando la difusión y promoción de la homosexualidad.

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Hijo de inmigrantes, tras la ruptura entre sus padres, Justin y su hermano John Fashanu fueron confinados en un orfanato y poco después confiados a los Jackson. Siendo los únicos niños de piel oscura en Norfolk, ahí sufrieron por vez primera el rechazo por ser diferentes, aunque el amor con que los cobijaron sus padres adoptivos debió paliar el hecho. Dotado para el deporte, en principio Justin coqueteó con el boxeo donde se destacó a nivel amateur. Prefirió el futbol y se enroló con el Norwich City, equipo con el que debutó el 13 de enero de 1979 en un juego contra el West Bronwich. Al año siguiente marcó un memorable tanto contra el Liverpool que mereció el premio Gol de la Temporada de la BBC: de espaldas al arco recibe el balón, lo impulsa de un puntapié con el pie derecho y antes de que caiga, ha girado ya para asestar un revés con el pie derecho: el balón termina en el ángulo superior opuesto.

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La transferencia al mítico Nottingham Forest, quien entre 1976 y 1982 había conquistado el galardón de la liga inglesa, ganado dos copas europeas y varias copas locales, parecía una senda de rosas para una trayectoria áurea. Era el primer jugador de raza negra cuya carta costaba un millón de libras; su ascenso dentro de la selección de Inglaterra, para la que ya había sido convocado en la categoría sub 21, parecía inminente; tenía carisma, los niños lo adoraban… Sin embargo, su brillo también irradiaba bajo la esfera de espejos en la pista del único club gay de Nottingham. Brian Clough, el legendario entrenador del Forest, lo confrontó e injustamente lo apartó del equipo prohibiéndole incluso entrenar. Sumido en el ostracismo, fue vendido por una suma casi diez veces inferior, al Southhampton.

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Como en el poema de Cavafis, aunque Justin cambiara de equipo y de ciudad, a donde iba le acompañaba la infamia. Una lesión en la rodilla mientras militaba en el modesto Brighton and Hove Albion agravó sus desdichas y entonces decidió no sólo cambiar de ciudad sino de país y viajó a Norteamérica para contratarse con clubes de Estados Unidos y Canadá.

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Si la vida era ya intolerable para Fashanu, el reclamo homosexual –decisión coaccionada mediante chantaje de los editores– fue la puntilla. Las muecas reticentes, las pullas, los insultos hasta entonces aislados se unieron en un coro trágico. Nadie confiaba en él. Ni sus compañeros de equipo ni sus entrenadores, menos los fanáticos. Su hermano menor, John, famoso delantero del Wimbledon, remachó la crucifixión declarando a otro tabloide que Justin era un paria que manchaba el nombre de la familia y pidió a los equipos que no lo contrataran.

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Tras una carrera de 19 años en 22 equipos, Fash decidió retirarse. Se mudó a Estados Unidos, se convirtió en entrenador de futbol juvenil y entonces recibió una nueva herida: uno de sus pupilos lo acusó de abuso sexual. Desconsolado, volvió a Inglaterra en abril. Creía que iría a prisión. El viernes 2 de mayo de 1998 decidió irse de ligue a un baño sauna de un suburbio londinense. A la mañana siguiente apareció muerto dentro de una garita olvidada cuya chapa estaba rota. En su nota suicida además de rechazar la acusación –tras su muerte la justicia estadounidense declaró que no había cargos contra él– sentenció: “Estoy consciente que ya he sido proclamado culpable. No quiero seguir provocando más vergüenzas a mis amigos ni a mis familiares. Espero que Jesús, a quien amo, me dé la bienvenida y finalmente encuentre la paz”.

La sociedad inglesa y la familia de Justin Fashanu fueron incapaces de comprender la homosexualidad de esta estrella del Manchester City, quien se suicidó en mayo de 1998 . / Especial

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La epopeya del futbolista bebedor

El largo despeje de Stepney trazó una parábola impecable más allá de mediocampo. Un delantero del Manchester prolongó la trayectoria del balón con la coronilla hasta los linderos del área grande donde George Best se adelanta al defensa del Benfica, quien esperaba despejar, toma la pelota, se dirige hacia la derecha, después endereza hacia el centro, donde el portero Henrique sale, las manos abiertas para cerrar el ángulo y… con un ligero quiebre de cintura, ese movimiento que en Georgie parece tan elegante como un paso de danzón, cambiando el balón de pie apenas si rozándolo, lo deja atrás, tendido, girando hacia la izquierda, alargando el balón con la derecha hacia el extremo opuesto, alcanzándolo en una fracción y golpeando con la parte interna del pie izquierdo para remitirlo hacia el poste contrario. Un análisis matemático registraría las parábolas y observaría cómo Best dirige el balón hacia la derecha/centro/izquierda/derecha mientras gira el cuerpo y cambia de pierna. Un gol de virtuoso. Era el momento culminante del pequeño y esbelto delantero de Belfast, quien se había incorporado al Manchester United en 1961. Ese 1967, además de conquistar el primer campeonato europeo para los Diablos Rojos, recibió el premio Balón de Oro como el mejor jugador y el galardón al mejor jugador de la liga inglesa.

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Todo melancólico sabe que el triunfo es el presagio de la decadencia. Georgie comenzaría su declive en la rutilante apoteosis. Famoso y carismático, a la edad en que otros comienzan, los veinte años, adoptó un estilo de vida acorde a lo que se esperaba de un futbolista británico pero poco adecuado para un deportista. Los excesos con el alcohol, las juergas hasta el amanecer, las orgías, la indisciplina y poco después las apuestas minaron el rendimiento del otrora prodigio del barrio de Cregagh. El retiro del entrenador Matt Busby, quien había sido un padre para el pequeño delantero, precipitó la ruina. A pesar de los excesos continúo siendo el esmirriado Atlas que cargaba al Manchester United, por entonces no tan poderoso, sobre sus espaldas exhaustas de carreras y alcohol. Persistió anotando goles y escapando a los hachazos que los opositores le asestaban; fue campeón goleador durante cinco temporadas y en una memorable final de la copa EFL anotó seis de los ocho goles con que el United venció al Northampton Town. Finalmente tras varios conatos de salida, dejó el club en 1974. Tenía 28 años y para muchos estaba acabado.

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Dispuesto a explotar hasta el último gramo de talento, se mudó a Norteamérica donde de vez en cuando anotó goles inolvidables, recordó su prodigioso quiebre de cintura, cambió de velocidad a mitad del campo, dominó por unos segundos la banda derecha o izquierda y de pronto se dio vuelta para patear al extremo opuesto de donde el portero buscaba el balón. Contrario a muchos jugadores agotados, incapaces de hilar un par de las jugadas que les dieron gloria, Best continúo destilando talento, a cuenta gotas, eso sí, incluso en los campos más áridos. Como ejemplo incuestionable: el extraordinario gol que realizó frente al Fort Lauderdale Strikers el 22 de julio de 1981 vistiendo la casca de los San Jose Earthquakes. Se retiró a los 34 años, en 1984.

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Pudo ser el mejor jugador de la historia. Pelé lo reconoció así; Maradona lo consideró una inspiración; y el periodista deportivo John Carlin afirmó que durante los años sesenta sólo Pelé lo superó. No jugó ningún mundial, tampoco disputó una copa de Europa. Pese a ello, sus jugadas continúan en la memoria de los aficionados que atestiguaron sus prodigios; y perviven merced a los pocos videos que es posible apreciar en Youtube.

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Ahí Georgie, invencible, escapa a las patadas arteras de los defensores portugueses, continúa corriendo con el balón pegado al pie, y se inclina, como si fuera un combatiente de artes marciales, antes de erguirse, volver a girar con el balón y dirigirse hacia un punto inesperado: el horizonte donde el fuego de la gloria nunca se apaga.

George Best, el malportado y alcohólico goleador del Manchester United. (1969) / AP

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Foto: Con este gol a Barbosa el 16 de julio de 1950, anotado por Ghiggia, se consumó el Maracanazo. / Especial

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