“He hecho mi psicoanálisis a través de la literatura”

Ene 17 • Conexiones, destacamos, principales • 1640 Views • No hay comentarios en “He hecho mi psicoanálisis a través de la literatura”

 

POR YANET AGUILAR SOSA

 

yanet.aguilar@eluniversal.com.mx

 

Ignacio Solares sabe que, si volviera a nacer, volvería a dedicarse a la literatura. Si tuviera que escoger entre leer y escribir, sin duda escogería ser lector. Y si tuviera, por azares de la vida, la posibilidad de regresar el tiempo volvería a atarse a la literatura y se haría escritor, pero tal vez puliría más sus obras ya escritas y se dedicaría más a fondo a los libros: “yo digo que el libro es el único lugar tranquilo de la casa, en donde ahí te sumerges y ya no eres sólo tú, eres también otro”.

 

Al narrador, dramaturgo, ensayista, editor y director de revistas nacido el 15 de enero de 1945 le obsesiona la pulcritud de su prosa, encontrar la palabra exacta y revisitar los temas que le obsesionan. Sentado en uno de los rincones preferidos de su casa de Fortín Chimalistac, en la ciudad de México, Ignacio Solares va enumerando una a una las que llama sus preocupaciones literarias: los sueños, el espiritismo, el misticismo, la espiritualidad, las pesadillas, las alucinaciones, los fantasmas, el inconsciente, el psicoanálisis y la psicología.

 

Los registros de su literatura son tan amplios como sus preocupaciones: escribe novela, cuento, teatro, ensayo y periodismo cultural. Es apasionado de la fiesta brava y de la historia de México de la primera mitad del siglo XX; orfebre de la novela histórica desde Madero, el otro, que “significó un parteaguas en mi literatura” hasta su más reciente Un sueño de Bernardo Reyes,  pasando por La invasión, El Jefe Máximo y La noche de Ángeles.

 

El ganador del Premio Xavier Villaurrutia en 1998 por la novela El sitio y del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, en 2010, llega a los 70 años con la satisfacción de haberse entregado a la literatura: “Digamos que mi primera vocación fue de lector; mi mamá decía que me tenía que levantar del cuello para llevarme a tomar la sopa, y allí iba yo con el libro que estaba leyendo, Los tres mosqueteros; yo creo que mi verdadera afición fue y es la lectura, como dice Borges: ‘siéntanse orgullosos los demás de lo que han escrito, yo estoy orgulloso de lo que he leído’. Desde entonces para mí el libro ha sido un compañero fiel permanente, en cualquier circunstancia”.

 

Escritor querido por sus pares, director de la Revista de la Universidad de México y articulista de EL UNIVERSAL, Ignacio Solares es uno de los actores de la UNAM: “No soy egresado porque nunca me he ido”. Se define como “un escritor cristiano” y postula a la literatura como “la gran preguntona y la gran cuestionadora”.

 

—¿Qué tanto le ha servido la literatura para exorcizar los demonios y qué tanto nace de esos sueños tan terribles que nos da la realidad?

 

—Yo creo que la literatura es catártica. Siempre he creído que he hecho mi psicoanálisis a través de la literatura y por lo pronto me he ahorrado al psicoanalista. Es un trabajo que cuando se hace, por lo menos como lo hago yo a partir de la pasión, de la convicción, de la creencia y de la fe, se vuelve muy pleno porque puede ser muy angustioso cuando no tienes tema, cuando no tienes nada que escribir; entonces dices “¿y ahora qué hago?”. Por suerte yo soy un buen lector y siempre he tenido el refugio de que en los lapsos en que no me patea la musa leo, leo, leo y leo. Es más, si me dieran a escoger entre leer y escribir me quedaba con leer… si tuviera que escoger. Hay un último libro que me regaló Vicente Leñero, de un filósofo alemán que se llama Willigis Jäger, La ola es el mar, que dice que nosotros somos pequeñas olitas pero nuestro destino y lo que nos conforma es el mar, entonces al morir te regresas al mar porque tú fuiste una pequeña ola en esta vida y ahí vas de retache. Me encanta y es muy significativo que haya sido el último libro que me regaló Vicente Leñero y que lo compartimos muchísimo.

 

—¿En su literatura trata de entender sus preocupaciones sobre la religión, sobre el misticismo, sobre la fe, sobre la existencia o no de Dios?

 

—No creo en la literatura de mensaje. Me han dicho: “tú eres un cristiano escritor”. No, soy un escritor cristiano, que es muy diferente. Creo que la literatura está hecha más de preguntas que de respuestas, más de dudas que de certezas; la literatura es la gran preguntona y la gran cuestionadora de todo lo que nos rodea; en ese sentido, he tenido que soltar a mis personajes, no juzgarlos ni para bien ni para mal.

 

—Hay otro tema que en su literatura tiene una gran fuerza: el destino, ¿qué tanto peso tiene?

 

—Ese terreno es muy prolífico porque yo creo en la libertad humana y por eso me considero cristiano. Me parece fundamental la responsabilidad de nuestros actos; aunque sea un margen, ese margen es fundamental. Yo sí creo que efectivamente traemos condicionantes biológicos, sociales, genéticos, culturales, geográficos y hasta políticos, pero siempre hay un margen en que podrías no haber hecho lo que hiciste; ese es un tema que me apasiona. Georges Bernanos tiene un cuento de un suicida que se lanza al Sena y dice que no se sabe si se condenó porque entre el puente y el agua está Dios. Yo le agrego una vuelta de tuerca y digo que lo más interesante de ese personaje es que podía no haberse lanzado, o sea, que la decisión ultima es definitiva y yo sí creo que hay esa posibilidad.

 

—Usted ha dicho: “no reconozco más patria que la niñez” ¿Infancia es destino?

 

—No sé dónde lo dije, creo que ni ha de ser mía. Pero, claro, infancia es destino porque somos polvo de aquellos lodos; con todos los condicionantes no podemos negar la cruz de nuestra parroquia. ¿Qué habría pasado si yo no estudio con jesuitas?, ¿qué habría pasado si mi padre no es aficionado a la literatura?, ¿qué hubiera pasado si no entro a la Facultad de Filosofía y Letras? Bueno, pues a lo mejor me voy por otro lado. Sí creo que infancia es destino pero a la vez puedes y debes de alguna manera moldear eso que ya eres.

 

—Hay otra frase suya: “En los sueños está el infierno personal”. ¿Lo cree fervientemente?

 

—En los sueños está el infierno y el paraíso personal. Para quien está padeciendo alucinaciones es un infierno. Creo mucho en los sueños premonitorios. Jung, por ejemplo, se metió mucho a ese terreno y encontró que efectivamente había sueños que te avisaban en algunos momentos y en algunos casos de lo que podía suceder, sobre todo porque si el sueño es muy intenso se abren canales insospechados. Otro escritor, Nabokov, tomaba nota de sus sueños cada mañana porque estaba seguro de que alguno de ellos le iba a pasar en el día, y lo encuentra en un par de ocasiones, pues esos son los que han abierto el camino para que podamos trabajar, y no se diga Freud, que es un genio porque descubrió el inconsciente. Freud decía que el ser humano había recibido tres golpes brutales a su vanidad, el primero con Kepler que nos dijo que nuestro planeta no es el eje del Universo sino que estamos entre millones y millones de galaxias; el segundo es Darwin cuando nos demostró que venimos de una evolución, y el tercero, decía Freud, se lo di yo al demostrarle que no somos totalmente dueños de nuestros actos porque influye el inconsciente.

 

—Ha dicho que lo único insoportable en este mundo es la realidad real, ¿qué significa?

 

—Estoy a favor de todas las fugas posibles, lo que pasa es que hay fugas ascendentes y fugas descendentes. Entre las fugas descendentes están el alcohol, las drogas y la violencia; entre las fugas ascendentes la literatura, todo lo misterioso, está la religión. Yo siempre he partido de que nuestra realidad es una realidad que tiene adentro un secreto: por más firme que sea el suelo que pisamos y el sol que nos alumbra, estamos rodeados de ángeles y demonios que en cualquier momento pueden crear una hecatombe, una convulsión. Por eso me ha interesado tanto lo oculto, el misterio, la parasicología; para mí ha sido muy importante adentrarme en esos terrenos que van del delirio, los fantasmas, el espiritismo, la religión. Eso te da una idea del largo camino y la vocación tan especial. Tengo la suerte de que he podido llevar al papel todas esas obsesiones que me han marcado a lo largo de mi vida desde que era casi niño.

 

—¿Qué tanto escribe pensándose como un escritor cristiano?

 

—Yo digo que soy cristiano porque no estoy cerca de la iglesia; el gran reto de los católicos es convertirse al cristianismo. Mi fe está más en todo lo que implica el cristianismo y lo que ha implicado a lo largo de la historia, más que en la iglesia, que —me parece— se quedó en la Edad Media. Yo no me puedo sentar y decir: “ahora voy a ser un escritor cristiano”. No, el tema mismo ya me elige a mí, porque hay otra cosa muy importante a partir de que nos asumimos con lo que somos, en este caso lo religioso: las palabras pasan por nosotros, o sea, yo no creo ser totalmente dueño de mis temas, yo sí creo profundamente en que a veces te lo dictan y eso es también es una creencia trascendente. ¿Por qué yo llegué a Madero? Porque encontré al historiador Manuel Arellano pero también porque a la mejor algo pasó por mí. Esa es una de las grandes fórmulas: no creerte que tú eres el que hace todo, por eso creo en el inconsciente, porque la literatura va del inconsciente al papel pasando lo menos posible por el consciente. Esa es la literatura ideal. La poesía es eso.

 

—¿Qué tan exigente, qué tan severo es con su propia obra?

 

—Es como una satisfacción y una frustración a la vez no haber podido hacer más y no haber pulido más lo que hacía. Por otra parte, esta es una profesión que te obliga a dedicarle tu vida; yo, la verdad, es que a veces flaqueé, pero finalmente es una sensación de profundo agradecimiento.

 

—¿Qué tan autocrítico es con su literatura?

 

—La autocrítica es una ventaja. El placer del lenguaje es lo primero, la primera obligación de un escritor es escribir bien, no importa lo que escriba, ya después viene el tema y todo lo que quieras, pero escribir bien es fundamental. Yo tengo un respeto infinito por el lenguaje y creo profundamente que es lo menos que se merece el lector, una literatura que esté bien escrita. Estoy muy agradecido a mis maestros, a mis amigos, a mis editores de Alfaguara, fue milagroso cuando publiqué mi primer libro; una de las cosas que me ha ayudado y me ha limitado es una gran autocrítica.

 

—¿Cuáles son sus virtudes y cuáles sus defectos?

 

—Las virtudes están emparentadas con el haberme podido dedicar a esto, con haber sido un gran lector, con (a pesar de todo) haberle dedicado buena parte de mi vida a la literatura y en esa medida están también los defectos: quizás no he sido todo lo coherente y todo lo entregado que quisiera haber sido; no deja de haber huecos y yo digo: “me la pasé bien y me divertí”, pero siempre era a costa del trabajo.

 

—Hoy día, con todos los géneros y temas que ha abordado, ¿cuál es el balance de Ignacio Solares al llegar a las siete décadas?

 

—Que he escrito lo que he podido, que, naturalmente, si regresara el tiempo puliría más mis cosas, pero ya salieron así y el balance finalmente es por una parte un agradecimiento a haber tenido la oportunidad de dedicarme a lo que me gusta, y por otra parte la frustración de no haber podido hacer todo lo que me gusta porque siempre miras hacia atrás y dices: “si me hubiera dedicado más a fondo quizás hubiera logrado algo más”, pero, bueno, con todas las limitaciones y precariedades, pues eso he sido.

 

*Fotografía: Ignacio Solares ha explorado la novela histórica sobre personajes de la Revolución Mexicana, además de la ficción psicológica / Germán Espinosa.

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