Nostalgia Batistiana

Ago 25 • Conexiones • 1351 Views • No hay comentarios en Nostalgia Batistiana

Entre la vida universitaria y el trajín de las redacciones, Huberto Batis fue un puente. Impulsó que académicos se hicieran periodistas y que los periodistas trabajaran con el rigor de la investigación académica. A estudiantes y profesores eméritos los trataba igual. Los títulos no importaban sino el trabajo efectivo, bien realizado

 

 

POR ROCIÓ BARRIONUEVO

El teléfono sonó a las 11:30 pm del 22 de agosto. Observé cómo mi hija se ponía seria; se sentó a mi lado, tomó mi mano y me dijo con voz muy suave: “Mami, se murió Huberto Batis”. Y me pasó la bocina. El desconcierto fue el primer sentimiento que experimenté. No entendía bien lo que me decían. La segunda reacción fue encender la computadora y buscar notas sobre su muerte. Los periódicos anunciaban el deceso; en FB y en Twitter se acumulaban los pésames. Al ver la noticia repetida cientos de veces, comprendí que su muerte era real. Fue entonces que empezó el llanto. Nuestras vidas están unidas con otras a través de la memoria. Cuando un ser querido muere, revisitamos nuestro pasado. Al principio, las imágenes son caóticas, pero se ordenan con el paso de las horas, nos provocan nostalgia y nos anclan en un frágil refugio que nos protege de la ausencia y del dolor. He aquí mis recuerdos.

 

EL MAESTRO. Muchos años han pasado desde que me senté por primera vez en la clase de Iniciación a la investigación literaria II de Huberto Batis. Llegué ahí por dormilona. Nunca me ha gustado levantarme temprano. María del Camen Millán, mi primera maestra asignada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, daba clase a las ocho de la mañana; Huberto, a las nueve. Nunca me arrepentí de mi elección. Lo primero que me gustó de Batis fue su descaro ante todo lo que representaba autoridad: los grandes nombres de la literatura mexicana, los héroes de la historia nacional, los profesores que tocaban a la puerta para recordarle que también ellos daban clases. Era un rebelde. Tampoco seguía un plan de trabajo. Su estrategia para cultivarnos consistía en contarnos anécdotas de todo tipo. Las más gustadas eran los chismes de escritores. Al final del semestre, los alumnos que aprobamos fuimos los que entregamos 20 fichas que contenían una sinopsis y una breve crítica de cuentos escritos por los mismos autores citados por nuestro deslenguado profesor. Se oye fácil, pero no lo era. Huberto leía al azar algunas fichas, preguntaba quién la había escrito y, generalmente, el juicio era feroz. De los 60 ó 70 que nos dimos de alta en su materia, sólo terminamos 17 alumnos. Creo que nunca reprobó a los que se quedaban hasta el fin del semestre. Su crítica era la prueba de fuego. ¿Qué aprendí? Que los escritores eran humanos y se equivocaban con frecuencia; que considerar serenamente los reparos de un lector atento era necesario para dedicarse a la escritura; y que el don de síntesis es muy apreciado en la Literatura.

 

EL JEFE. Cuando la Rectoría de Jorge Carpizo en la UNAM estaba por acabar, empecé a preocuparme porque también mi empleo terminaba, pues era parte del personal de confianza del área de comunicación social del rector. Un día cualquiera visité a Batis en el unomásuno para entregarle la columna semanal de Enrique Serna. Me preguntó por don Jorge y le conté mis cuitas laborales. Amablemente, Huberto me ofreció chamba en sábado como correctora de estilo. Acepté agradecida. Ahí aprendí los signos ortotipográficos y los principios del diseño editorial con la ayuda del paciente Víctor Villela. Lo que viví en sábado se lo deseo a todos: mucho trabajo y diversión. Me encontré con un jefe que eludía lo convencional. Si bien de lunes a jueves la rutina en el suplemento resultaba agotadora (leíamos dos veces 250 ó 300 cuartillas con ¡una tipografía de 10 puntos!), la oficina de Huberto se convertía en un salón decimonónico los viernes. Gracias a su gusto por la charla y al placer que le proporcionaban las reuniones, congregaba a los personajes más variopintos: una académica solemne y un leather recién desempacado de San Francisco intercambiaban opiniones, el novel escritor discutía con el premiado autor, la recatada alumna oía las historias de alguna ex rumbera. Esas improvisadas tertulias fueron ocasiones perfectas para armar intrigas, establecer complicidades, divulgar rumores, plantar semillas de proyectos culturales, aun para los coqueteos y los amoríos fortuitos, pero sobretodo eran la representación viva de lo que Huberto pretendía con sábado: un conjunto de voces disonantes donde el lector pudiera escoger lo más propicio a su ánimo.

 

Como director de sábado, Huberto tuvo una preocupación tenaz: la difusión masiva de la cultura (estaba convencido de que de esa manera cambiaría el país). Detestaba la idea de que la cultura se pudriera en bodegas universitarias o se asfixiara entre las manos de los que podían pagar el alto costo de los libros. Le importaba poco el éxito entre la minoría intelectual, pero no lo desdeñaba. Una de sus fantasías recurrentes era ver el suplemento en manos de cualquier usuario del metro.

 

Huberto no fue condescendiente con nadie. Siempre lo alteró el ego de los autores ávidos de elogios. Nunca eran suficientes. Por eso, en ocasiones, se disfrazaba de dragón y les lanzaba llamas; sin embargo, era capaz de animar a los tímidos o de tomarse el tiempo necesario para explicar a los columnistas dónde poner las comas. Se dedicó a difundir la obra ajena, descuidando la propia, aunque su vitalidad y energía lo obligaron a escribir investigaciones literarias, ensayos sobre erotismo en la literatura, fichas de las novedades bibliográficas y diálogos políticos. Todo ese ímpetu laboral nos lo exigía a quienes estábamos cerca. Huberto nos convirtió a muchos en adictos al trabajo. No había de otra.

 

EL AMIGO. Huberto siempre fue un hombre sensual. En sus charlas recuperaba el pasado a la manera de Proust: una foto, un olor, un roce, un sonido lo transportaban a una vivencia que compartía con sus amigos. Lo que contaba abarcaba el pasado y el presente. Todo cabía en el tiempo de Batis. Me gustaba mucho cómo aderezaba sus palabras con movimientos de las manos, con onomatopeyas y con una expresión: ¡Púmbale! Frente a una copa de vino pasé tardes y noches entretenidas con él y con su esposa Patricia González. No todo fueron charlas apacibles. También hubo acción. Recuerdo el día que fuimos a La llave, un bar de ficheras que estaba cerca de la Glorieta de Chilpancigo. Al bajar del coche vimos que Huberto corría hacia la glorieta con la cámara en las manos. Nadie se preocupó, hasta que Patricia gritó alarmada. Huberto estaba tomando fotos a los travestis a quienes les decía: “Muéstrenme las tetas, quiero ver las que no son de verdad”. Patricia se sobresaltó con razón: estaban a punto de golpearlo.

 

Huberto siempre estuvo pendiente de mi educación. A él le corresponde el mérito de darme a probar mis primeros sesos a la mantequilla negra y mi primer rissotto. Incluso, me enseñó los nombres de los árboles y de las plantas que estaban sembradas a lo largo de la calle de Correggio.

 

De su generosidad, hay testimonios sinfín. Agregaré uno de los míos a la lista: Huberto supo de mi inquietud por escribir. Trató de animarme de mil maneras, pero no lo lograba. Cierto día, Andreas der Mond (Andrés de Luna) dejó la columna de Eros. Huberto me pidió que tradujera algunos artículos para cubrir el espacio de Andrés mientras conseguía otro experto en el tema. Nunca llegó el suplente. Esa artimaña sirvió para que me decidiera a escribir. Se lo agradezco profundamente. Sólo un gran amigo te impulsa para que logres tus anhelos. Con ese regalo, también me dio una forma de ganarme la vida (sigo escribiendo en una revista de Morelos, además doy cursos de literatura erótica) y una pasión.

 

FOTO: En las páginas del suplemento sábado, Huberto Batis reunió el trabajo de periodistas, escritores y académicos./ Archivo personal Huberto Batis.

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