De la crónica nace el amor

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Patricia González, quien fuera la pareja de Huberto Batis en los últimos 30 años, recuerda cómo fue que conoció al autor de Por sus comas los conoceréis en un taller de crónica en la Ciudad de México, a mediados de los años ochenta

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POR GERARDO LAMMERS

“Nos conocimos en el taller de periodismo cultural del Museo Carrillo Gil en 1986”, dice la economista Patricia González sobre el que fuera, poco tiempo después, su pareja, y 28 años más tarde, en 2014, su esposo: Huberto Batis.

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Cuenta, pues, Patricia, vía telefónica a sólo unas horas de la muerte de Huberto, que fue en este taller donde lo conoció, por sugerencia del poeta Sergio Mondragón, amigo en común. Ella tenía ganas de escribir sobre asuntos económicos, pero desde otra perspectiva. En aquel taller de Huberto había ingenieros, doctores, psicoanalistas. Ahí estaban, entre otros, Naief Yehya, Gonzalo Vélez, Guillermo Vega Zaragoza, Plinio Garrido, Cosme Ornelas, Armando González Torres y César Benítez, la mayoría de ellos jóvenes principiantes que se volverían colaboradores habituales de sábado, el suplemento cultural que ya entonces dirigía Batis en el diario unomásuno.

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Recuerda Patricia que aunque se anunciaba como taller de periodismo cultural, en la práctica era, en mayor medida, un taller de crónica, género que a Batis siempre le interesó bastante, sobre todo por las posibilidades de potenciar el saber y la experiencia de cada uno de sus talleristas.

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“Huberto hacía una cosa muy novedosa en el taller porque, si consideraba que valía la pena alguno de los textos que llevábamos, inmediatamente lo publicaba. Y empezó a llenar el unomásuno de mucha crónica. Fue un impulso a la crónica literaria muy fuerte, que detonó un resurgimiento de este tipo de narraciones”.

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En una época en que Carlos Monsiváis era el escritor más conocido en practicar este género, Batis inculcó en los pupilos de este taller —también era profesor en la UNAM— financiado por el ISSSTE el gusto por hacer, como él lo denominaba, un “periodismo de color” que contara historias redondas sobre una Ciudad de México, severamente castigada por el terremoto del 19 de septiembre de 1985.

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“Huberto tenía un gran amor por la ciudad, por la gente, y su deseo era que recobrara su dignidad”.

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En el Museo Carrillo Gil el taller semanal que impartía Batis, hacia el mediodía, y que se prolongó por espacio de 5 años, no era el único. Estaba también un taller de cuento de Edmundo Valadez, al cual Patricia se asomó.

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“Don Edmundo pensaba que era dañino para los estudiantes que algo que todavía no era de gran calidad fuera publicado. Y Huberto pensaba de manera muy diferente: publicaba lo que le parecía interesante para enriquecer la labor del periodismo. Odiaba el lugar común. Nos invitaba a que escribiéramos tratando siempre de usar un lenguaje fresco”.

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—¿Tenía un estilo erudito de dar clases?
—No, no, jamás. Siempre fue una persona muy directa que sí nos mostraba su erudición pero no librescamente. Por eso era tan sencillo dialogar con él porque no tenía ninguna pretensión academicista. Ése siempre fue el talento de Huberto.

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Cuenta que hace tiempo, cuando vio la película La sociedad de los poetas muertos, se acordó mucho de Huberto.

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“En alguna conversación él me dijo, muy al principio, que pensaba que había que tener una actitud en la cual el carpe diem fuera importante. Y entonces fue cuando yo le pregunté qué quiere decir carpe diem. Y ya me dijo: ‘aprovecha el tiempo’”.

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El taller, la escritura de crónicas y la situación personal de ambos pusieron las cosas de modo para que Patricia y Huberto comenzaron a salir juntos. Ella se había divorciado y Batis recién se había separado de su segunda esposa, Mercedes Benet.

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“Hacíamos recorridos nocturnos cuando Huberto salía del periódico. Duraban toda la noche, claro que entonces no estaba la delincuencia tan fuerte como ahora. Recorríamos las calles del Centro Histórico, de la parte devastada por el sismo”.

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También fueron, entre muchos otros lugares, al mercado de la Lagunilla y a los espectáculos de burlesque del Teatro Colonial. De todas estas incursiones escribió Patricia crónicas, algunas de éstas firmadas con pseudónimo, que Batis le publicaba en sábado.

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Patricia recuerda al Batis de aquellos tiempos como un hombre joven, elegante y seductor.

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“Lo conocí cuando él tenía 51 años y yo 29. De hecho celebramos juntos mi cumpleaños 30. A pesar de que me llevaba 22 años, la verdad es que no se notaba tanta distancia porque yo también, a mis 29 años, tenía ya dos hijas de un primer matrimonio. Digamos que ya era una persona madura con bastante camino recorrido”, cuenta Patricia.

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“Me pareció un ser en muchísimos aspectos muy libre, con una enorme inteligencia y una gran humanidad. Un hombre con altísimos valores morales, en el aspecto del respeto, la solidaridad y la lealtad. Además, bueno, de su capacidad de seductor en cuanto a su manera de hablar y de envolverme con sus historias maravillosas. Pero esencialmente creo que fue reconocer en él a un enorme ser humano”.

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FOTO: Jacinta Patricia González y su esposo en su casa de Tlalpan en 2015, en una foto tomada por Julio Aguilar, editor de Confabulario y alumno de toda la vida de Huberto Batis.

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