El espejo y la memoria: Ida Vitale

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Heredera de las derivas poéticas de la generación del 45 de Uruguay, Ida Vitale (Premio FIL 2018) ha centrado su obra en las revelaciones que sólo da el lenguaje que se reinventa a través de la creación

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POR JOSÉ HOMERO

es la verdad vista en espejo, como alguna fuga de Bach. El explorar lo secretamente inclusivo de una pareja de elementos que suelen considerarse contradictorios puede volverse fuente de poesía, de revelación.
I. V.

Uno de los más enigmáticos versículos de La Biblia aparece en Corintios: “Ahora vemos como por espejo, en obscuridad; mas entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido”.

 

La noción de nuestro intelecto como un “espejo oscuro” –o velado, como rezan otras traducciones– ha hollado la imaginación no meramente de los filósofos –compárese esa declaración con la formulación platónica del mundo sublunar en que habitamos y el mundo de las ideas–, sino también de los escritores, quienes en el curso de la historia han retomado la imagen para refundirla en sus títulos: A través del espejo oscuro de Sheridan Le Fanu, El espejo de tinta de Jorge Luis Borges… Acaso porque mientras la humanidad común y doliente sólo atisba el prodigio en momentos selectos y discontinuos –el asombro ante ciertas maravillas naturales, la embriaguez que provocan los sentimientos de amor y correspondencia con el mundo, las catástrofes, sin menoscabo de las íntimas–, los artistas entrevén esa dimensión gracias al éxtasis; por ello saben, aunque sea por intuición, que hay una realidad allende a nuestros sentidos.

 

Una aparente paradoja rige la poética de Ida Vitale (Uruguay, 1923): la conciencia de que los eventos estáticos revelan la existencia de otro orden, la Realidad mayestática y fundamental; y la conciencia de que para recuperar el arrebato, el poeta debe recurrir al lenguaje, que es deficiente y limitado y por ende la persecución inefable está condenada a fracasar. A caballo entre generaciones poéticas, la generación del 30 y la generación del 45, la obra de Vitale se sitúa entre la búsqueda de una libertad estética que permita un mayor acercamiento a la hierofanía y el escepticismo de comprender que el mundo es materia verbal. He ahí la paradoja: la búsqueda de milagros y prodigios dentro de la cotidianidad se confronta con la ironía y la lucidez que permiten vislumbrar la coexistencia de la luz con las sombras. De ahí acaso la simbología recurrente del laberinto y la escala –con un movimiento de ascenso y descenso–, para atestiguar que toda búsqueda se acompaña de enigmas.

 

A menudo encontramos indicios de esa pugna entre celebración y crítica, pero igualmente la convicción de que los símbolos permiten expresar ese cosmos ajeno e insular. Pues como corolario de esa retícula irónica, para la poeta, la revelación ocurre sólo por momentos y de modo alguno podría instaurarse una suerte de utopía estética.

 

Por una estrepitosa duración
de silencio brevísimo
hacemos realidad la irreal granada.

 

Si toda poesía urde una autobiografía oblicua, cuyas claves el poeta hurta pero que a veces son visibles si nos familiarizamos con su sistema de símbolos, la etapa de mayor felicidad y plenitud, fue para Vitale la infancia. En sus poemas de alta concentración y nulas concesiones a la confesión, pero sobre todo en ese volumen entrañable que es Léxico de afinidades (1994), asimilamos la niñez como territorio de revelaciones y prodigios: los juegos infantiles, el jardín, las lecturas… Notamos también el papel que la memoria desempeña dentro de esta construcción. En la entrada correspondiente del citado diccionario personal, leemos que, conforme a Platón y Plinio, la memoria no es confiable. Sin embargo, esa deleznable tablilla posee virtudes:

 

Cuando alguien está dispuesto a sumirse en la agonía menor del desánimo, ella ofrece la trasmisión de remotos fuegos que entibien el lugar donde pueda nacerle un ala. Y cuando se hace necesario invernar unos momentos, buscar una cueva materna donde acogerse a reparo, ella ofrece una ekphrasis … una madeja de epifanías sucesivas…

 

Es dicha cualidad evocativa, su poder de recuperación revirtiendo el tiempo e instaurar, así sea de modo fragmentario y débil, las ínsulas de iluminación dentro del yermo cotidiano, lo que convierte a la memoria en una herramienta de éxtasis y no sólo de conocimiento. Vemos entonces que ocurre un proceso dual. En principio, sea en la infancia –primordialmente en la infancia, periodo donde el juego y el azoro son diarios–, o bien mediante la inspiración o revelación, nos maravillamos y enamoramos del mundo. Constatamos prodigios que provocan ciertos momentos naturales: el viento corriendo entre las hojas, el filo de la luz contra las miríadas de gotas en el césped, el cabrilleo del agua… Y esos momentos, esos instantes, sólo pueden preservarse por obra de la poesía. De ahí que aun cuando haya una criba crítica de los poderes del lenguaje a un tiempo se confíe en los poderes de preservación del signo:

 

Por el hueco del signo recorro
breves lenguas de luz,
una infinita noche.

 

Poeta fiel a sus principios y límites, Vitale instaura el milagro o prodigio como asunto primordial, sin menoscabo de que las sombras, símbolo del deterioro y acaso finalmente, de la muerte que amenaza a toda vida, sean preponderantes. Sin embargo, como consecuencia de su cuestionamiento al lenguaje, comprende que la única manera de forzar a éste a expresar y no sólo a comunicar, es yendo más allá de las palabras y su roma acepción. El verdadero lenguaje, el poético, trasciende, ¿hay que decirlo?, el de las significaciones rodadas:

 

Cuadro es un gran poema
Tensamos un blanco campo
para que en él esplendan
las reverberaciones del pensamiento
en torno del ícono naciente.

 

Poeta heredera de las derivas poéticas de la generación del 45 de Uruguay, dotada de una gran capacidad analítica pero, sobre todo, crítica a través de la creación, el reconocimiento que en los últimos años ha merecido Ida Vitale (premio Alfonso Reyes 2015, Reina Sofía 2016, FIL de Literatura en Lengua Romance 2018, Cervantes 2019) es apenas el cumplimiento con una deuda. A menudo en la poesía castellana se ha privilegiado a autores de obra menor pero personalidad popular. Con Vitale, una poeta que nunca ha renunciado a privilegiar la poesía como la más alta forma de creación ni tampoco de asociar la experiencia poética con una manifestación de religamiento, se reconoce a la poesía que mediante la crítica del lenguaje busca el cuestionamiento cotidiano. Poesía, una forma de la mnemotecnia y también una piedra de toque para acceder a esa visión sin ambages y sin veladuras:

 

De la memoria sólo sube
un vago polvo y un perfume.
¿Acaso sea la poesía?

 

 

FOTO:  Ida Vitale es autora de La luz de esta memoria, Palabra dada, Oidor andante y Jardín de sílice, entre otros poemarios. / Nacho gallego / EFE

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