La republiquita de los profesores

Ene 26 • destacamos, principales, Reflexiones • 1472 Views • No hay comentarios en La republiquita de los profesores

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

A Gabriel Zaid

Dados mis gustos y maneras el título no podía sino serme muy atractivo: Literary Criticism. A Concise Political History (Harvard, 2017), su autor, un profesor de Yale, Joseph North, de quien nada sé ni quiero saber más una vez leído el pésimo libro que escribió. Entiende por “Literary Criticism” la comidilla mercada sobre el asunto, durante el siglo pasado, entre la Ivy League y Oxbridge, es decir, entre las universidades anglosajonas de polendas, en ambas orillas, pues fuera de la anglósfera sólo le interesan Foucault y Derrida, es decir, la French Theory exportada con tanto provecho por los gringos.

 

El chisme excluye no sólo a los despreciables amigos de las “bellas letras”, como Walter Pater y Oscar Wilde, quienes refugiados en “el Arte por el Arte”, fueron puestos en su lugar por I.A. Richards y William Empson, como despreciables decadentes del XIX, contra cuyo culto a la Belleza impúdica se instrumentó la crítica práctica (“Practical Criticism”) y la lectura detallada (“Close Reading”). También quedan fuera del índice onomástico “amateurs” como Edmund Wilson y Cyril Connolly (a quien un académico de primer orden como Frank Kermode al menos se tomó la molestia de poner en su lugar, rebajándolo) y George Steiner y Harold Bloom. Su ausencia es suplida por el llamado “paradigma historicista/contextualista”, es decir, por el hilo negro, redescubierto por Stephen Greenblatt –un buen estudioso de Shakespeare– quien presentó, como si fuera el parto de los montes, el regreso a la tradición decimonónica de los Mill, los Carlyle, los Ruskin y los Morris. O sea, recordándonos que la literatura también atañe al sentimiento moral, a “esa crítica de la vida”, hermosa obviedad, según F.R. Leavis.

 

North, según entiendo, es de izquierda, teme al neoliberalismo y se siente, aun ante Trump, impotente e indefenso (como yo, sin ser de izquierda) y está deseoso de que algún día se acabe, de alguna manera milagrosa, el capitalismo, tantas y tan vanamente dado por muerto de herida mortal. Pero las preocupaciones, más ideológicas que políticas del profesor North, son cómo explicarle a sus alumnos, en el campus, por qué Richards y Empson, siendo, desde Cambridge, liberales de izquierda, parieron una camada de derechistas: los nuevos críticos agrarios de los Estados Unidos y a Leavis en Gran Bretaña. Pero dado que de esta muy concisa historia política está ausente la política, en casi cualquiera de sus manifestaciones occidentales, North no puede explicar de manera convincente ese viraje.

 

Debo decir, antes que nada, que tanto la “crítica práctica” como la “lectura detallada”, fueron pasos formidables al tratar al texto bajo el supuesto (y no bajo el dogma impuesto más tarde por la gente de Derrida) de que nada lo rodeaba. Fue un experimento que, precedido por el formalismo ruso y concluido con la deconstrucción, podó de mucha y estorbosa hojarasca moral, religiosa y política a la historia de la literatura. Lo sabían Richards y Empson, y lo sabe el profesor North, quien nos explica que la autonomía de lo literario proviene de Kant, quien –ojo– es el verdadero enemigo de los paradigmáticos, contextuales e historicistas. Debo decir que admiro a Allen Tate, uno de los críticos agrarios, por su fe en la literatura pero lamento su colosal ignorancia: un sureño ansioso de catolicismo que ¡nunca! se enteró de que, cruzando el Río Bravo, había una antigua, enorme y mestiza civilización católica y barroca, nada menos que la mexicana.

 

Acto seguido, el profesor North pondera a los discípulos de los viejos marxistas –Raymond Williams, Terry Eagleton y Frederic Jameson– cuyos alumnos (y hasta el propio Jameson, quien ya abjuró, más o menos, del posmodernismo), quienes al constatar los estropicios posestructuralistas y de la deconstrucción, se regresaron corriendo al basurero de la historia (o a los “estudios culturales”) para sacar de él, empolvado y apestoso, pero todavía con algunos signos vitales, al humanismo marxista. “Con una jerga incomprensible hicimos analfabetas a una generación de estudiantes”, se lamentó Gérard Genette, antes de morir.

 

No es que sea tonto el profesor North, sino ignora que hay vida más allá de la republiquita de los profesores y tras felicitarse por el triunfo de la Escuela del Resentimiento en la academia, se pregunta honradamente si –por su errático e indolente izquierdismo– los discípulos de Derrida y Foucault, padrastros que tanta coba le dieron a la “nueva” anglo-izquierda, no serán más bien quietistas antes que revolucionarios. ¡Qué mal que nadie quiera cambiar el mundo!, lamenta North y desde esa impotencia concluye con una travesura de la que siente muy orgulloso: colocar a T.S. Eliot, por reaccionario, en el apéndice de su Literary Criticism. A Concise Political History. Pero North no dice que la lectura del autor de La tierra baldía, como la de su maestro Pound, es escasa en los Estados Unidos por ser políticamente incorrectos. Uno no sólo fue un antisemita discreto pero antisemita al fin y el modelo del modernismo conservador, y el otro, ya se sabe, habló de más y por la radio a favor del Duce y lo pagó en un manicomio del cual se despidió haciendo el saludo fascista. Eliot y Pound fueron políticamente despreciables; ello no permite poner en duda su lugar en “el paradigma”, como lo hace North.

 

Persona prudente, North termina su syllabus elogiando a Franco Moretti, quien ha opuesto la “Distant Reading” a la “Close Reading”. A ver. Moretti es un cartógrafo de la novela quien hizo su mea culpa por ser experto únicamente en “novela decimonónica occidental” y echó las sandalias al polvo en búsqueda de todas las novelas del planeta. Lo vieron recientemente en Nueva Zelanda. Me gustan las finas maneras marxistas de Moretti –viste bien, es italiano– pero como dedicado lector mexicano de tantas novelas nativas, le recomiendo a sus alumnos (porque para North no hay lectores, sino alumnos, quienes en los Estados Unidos suelen ser, además, clientes de una corporación, los cuales no pueden ser reprobados pues exigen, de ser así, la devolución de su dinero), que no pierdan el tiempo (ya lo decía Cuesta, ecce homo) leyendo a don Federico Gamboa cuando tienen a la mano a Stendhal, si es que los ponen ante ese predicamento.

 

Los mapas, las estadísticas y los modelos de Moretti son, sin duda, de utilidad abstracta para el lector curioso. Muestran y enseñan. Pero la lectura distante no es otra que la practicada por Sainte-Beuve (que no miraba más allá de Francia, como Barthes) y después por comparatistas tan brillantes como Curtius, Steiner, Claudio Guillén o la recientemente fallecida Nicole Casanova. La lectura detallada es muy útil en el salón de clase, en el taller literario o hasta en la conferencia magistral, pero el gran lector, siempre, es quien practica, sin darse cuenta, la “lectura distante” que kantianamente presupone la “lectura detallada”. Don Moretti seguirá gastándose su millaje aéreo ante la indiferencia del lector común –usted o yo– quienes no lo necesitamos para pasar de Onetti a Cicerón.

 

North, provinciano de Nueva Inglaterra, en las conclusiones de su librito, no se atreve a decir que el canon, ya llevado por el lector común en el alma antes de que Bloom lo revendiera oportunamente a la academia, sigue siendo indispensable. Que mientras no se esfume el neoliberalismo, los clásicos y los buenos libros que de cuando en cuando se imprimen, son presuntamente benéficos para el individuo y la comunidad. En sus conclusiones, Joseph North cita a esa dama llena de sentido común que es Martha Nussbaum pregonando que las humanidades –la antigua y desahuciada “cultura general”– son vitales para las democracias (y para sus departamentos de literatura). Algo parecido pensaba, en esas puritanas tierras, Emerson, difunto en 1882. “¡Tanto rezar para regresar al Padre Nuestro!”, decía por acá el abominable Vasconcelos.

 

 

FOTO: Lectura de un profesor de una universidad medieval. Imagen fechada en 1525, en Ginebra. / Especial

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