Juan Manuel Sepúlveda y la resistencia lumpenizada

Nov 11 • Miradas, Pantallas • 912 Views • No hay comentarios en Juan Manuel Sepúlveda y la resistencia lumpenizada

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Esta cinta del documentalista mexicano se centra en la peculiar vida de un grupo de nativos norteamericanos, congregado en el Oppenheimer Park de Vancouver, cuyos miembros han encontrado en la bebida una vía de resistencia

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POR JORGE AYALA BLANCO

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En La balada del Oppenheimer Park (The Ballad of Oppenheimer Park, Canadá-México, 2016), insólito tercer largometraje como docuficcional autor completo del notable fotógrafo-realizador-editor pachuquense treintón dedicado posCUEC a visibilizar exilios y subrepticias luchas sociales Juan Manuel Sepúlveda (cortos: Bajo la tierra 04, Lucía 06 y Extraño rumor de la tierra cuando se atraviesa un surco 11; largos: La frontera infinita 07, sobre emigrantes centroamericanos en su paso por el México narcoviolento, y Lecciones para una guerra 12, sobre los preparativos de una nueva conflagración interna en Guatemala), con guión suyo y del canadiense David Cunningham, un grupo de nativos originarios descendiente de aquellos indígenas parcialmente exterminados y luego inhumanamente confinados en reservaciones indias al estilo gringo durante la colonización de Canadá en el siglo XIX, ahora económicamente mantenidos por el opulento sistema estatal sin necesidad de trabajar, pero recluidos en el miserable Downtown Eastside de Vancouver y en realidad odiándose entre sí, suele reunirse día con día a discutir circularmente, añorar airadamente la época en que eran dueños incuestionados del vasto territorio nacional, a protestar con su sola desastrada presencia (“Nosotros nunca firmamos ningún tratado, estás parado en tierra indígena robada, ¡por eso!”), a fumar como desesperados, a beber alcohol hasta caerse, a drogarse para desvariar sin control y a agredirse con brutalidad intestina en el abierto y omnipermisivo Oppenheimer Park de la gran ciudad, prospera capital de la provincial Columbia Británica e isla adyacente a la costa occidental canadiense hacia el Océano Pacífico, entre esas extrañas criaturas límite, desarrapadas como parias, al parecer naturalmente energuménicas y habitando prácticamente en el parque, la pareja madura formada por el simpático barboncillo de cachuchita Harley Prosper y la gorgónica Janet Brown, feroz protectora de su guapa hija adolescente Lorn, el inabordable greñudo Marcus Bear Raweater al lado de su amigota de afeante ceño perpetuamente fruncido Rosa Matilpi, y una banda de homólogos formada por Dave Young, Kimble, Joe Chastis y veinte disímbolos e irrepetibles personajes más, insultadores y picardientos a rabiar (“Pinche loco cabrón”/“Vete a la mierda, Harley”), o líricos intempestivos (“El amor es lo único que existe y siempre existirá”), que en su conjunto han aceptado participar en el experimento cinematográfico del estudiante mexicano de maestría fílmica Juan que se ha ganado su confianza y apenas participante cual one-man team, a la vez director-fotógrafo-sonidista guía, sólo poniéndole como condición hacer cualquier cosa menos el rutinario documental con entrevistas que explotara los dolores de su vida traídos al presente o les extrajera inane plusvalía iconográfica, sino una cinta ficcional o seudoficcional de aventuras que se vaya haciendo y deshaciendo sobre la marcha, casi a la deriva de los reflejos de su sostenida a distancia, apenas atisbada, inédita, inexpresada, inclasificable y siempre inasible resistencia lumpenizada.

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La resistencia lumpenizada se afirma como la tentativa de acometer un western de creación colectiva que repitiera los momentos y las situaciones clásicas de ese género racista por excelencia en confinadas vidas cotidianas, un intento vano por autocuestionado al infinito de sus propios participantes y en virtud del arduo trabajo de edición del propio realizador con la inspirada ayuda de Isidoro Bethel y León Felipe González a partir de 130 horas filmadas, pues lo que resultó fue una especie de western infinitesimal, diseminado y residual, con seres demasiado semejantes a sí mismos que precariamente abofetean al compañero por acariciarle sus cabellos largos, o violentan verbalmente a sus hijos por atreverse a alzarles un dedo, o se abalanzan de súbito contra el filmador desde la profundidad del campo para gruñirle en big close-up idealizadas frases entre incongruentes e intimidantes humorísticas (“Un guerrero se para fuerte, aquí tú puedes tener la cámara, esto es lo que hace un guerrero, ten cuidado porque soy el que se para fuerte ante ti”), o arremeten contra el vecino a través de un sucedáneo beso en la boca (“En el viejo oeste serías hombre muerto”), o discuten airadamente de banca a banca sólo divididos por el póster montado de un piel roja en hollywoodesco blanco/negro, para acabar acometiendo un irrisorio simulacro-performance de entierro en ataúd sobre una endeble carreta denigrantemente tirada por la carotona Janet sirviendo como orgulloso caballo uncido al frente.

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La resistencia lumpenizada proviene de la nada como falso juguete de propuestas radicales y se carga de sentido a fin de cuentas perfectamente válido como pesadillesco documental onírico, dándole la razón al profético Walter Benjamin, según el cual “La humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como goce estético”: un imaginario asumido desde el inconsciente colectivo, catarsis transferida, terapéutica cura a lo Jung mediante el lúdico manejo propositivo de arquetipos y fantasías atávicas, incontenible psicodrama comunal, artero desahogo compartido y por una vez empoderado.

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Y la resistencia lumpenizada supera una acechante dimensión de pornomiseria gracias a su discurso ideológico militante, si bien abrupto e informe, visceral y no estructurado, aunque comunitario y vehemente pese a todo, pero por esto mismo incapaz de ser tildado de políticamente correcto, obvio o demagógico, tal como el incendio de esa carreta de caravana colonizadora que se ha encendido desde la primera enigmática imagen para nunca volver a aparecer ardiendo, pues el examoroso Harley saldará mejor las cuentas partiendo al alba, cual pionero loquito posmoderno Jack Nicholson de Atrapado sin salida (Forman 75), sin rumbo por las vías del tren.

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FOTO: La balada del Oppenheimer Park es el tercer documental del director mexicano./ESPECIAL.

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