Kyzza Terrazas y el abismo pugilista

Nov 24 • Miradas, Pantallas • 1073 Views • No hay comentarios en Kyzza Terrazas y el abismo pugilista

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Bayoneta retoma el cine de boxeadores, un tema recurrente en el cine mexicano, en el que las derrotas trascienden el cuadrilátero

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POR JORGE AYALA BLANCO

En Bayoneta (Bayoneta-viimeinen isku, Finlandia-México, 2018), inusitado film ficcional 2 del filósofo unamita de 41 años Kyzza Terrazas (El lenguaje de los machetes 11; rapdocumental Somos lengua 16), el boxeador tijuanense prófugo de sí mismo Miguel Bayoneta Galíndez Mickey (Luis Gerardo Méndez) se azota rabiosamente en los vestidores justo al término de su mayor triunfo sobre el cuadrilátero en Las Vegas, aborda un barco y reaparece un deteriorante lustro después en la pequeña ciudad de Turku/Abo al sudoeste de Finlandia, convertido en un quasi paria con doble vida, durante el día fungiendo como imprescindible second del estancado boxeador mediocre Remu (Jonas Saartamo), y por las noches se sumerge a beber con desgano compulsivo en tugurios donde conoce a la robusta barwoman madre soltera Sarita (Laura Birn) con quien establece una difícil relación sentimental, y cuando el lamentable Remu sea noqueado para desgracia común, el infeliz paria Mickey va a sentirse responsable de una hija puberta en la Tijuana devastada y decide regresar al boxeo, pero en el transcurso de una angustiosa contienda, será asaltado por el recuerdo de una pelea en la que mató a su contrincante también con los guantes criminalmente cargados, será descalificado y huirá de Finlandia rumbo a México, presa de un inextinguible abismo pugilista.

 

El abismo pugilista gira discursivamente en torno a la templada figura del comediante popular Luis Gerardo Méndez tan convincente como su extraterrestre de Camino a Marte (Hinojosa 17), todo soledad, remordimiento, vulneración, ausencia, abandono y autoabandono flagrantes, pérdida total, extravío en la gélida inmensidad exterior/interior, autoexilio, marginalidad aceptada y asumida cual condición última y recóndita, extrañeza y extranjería poscamusiana con respecto al mundo circundante, sobrevivencia a la propia muerte al cabo de una interminable operación de prolongado suicidio inconfesable, y no obstante todo ello, un antihéroe todavía palpitante, si bien definitivamente incapaz de rehacer su vida, entregado como está a la antiemoción suspendida e incorrecta.

 

El abismo pugilista le devuelve, por así decirlo en términos pugilísticos, el golpe a Aki Kaurismäki, ese gran maestro finlandés fundador del hiperrealismo minimalista mundial siempre obsedido con un exótico país que quién sabe dónde queda llamado México, adonde partía el paria maniacamente fugitivo en un buque llamado Ariel 85 y adonde se dirigía en última instancia el megaexcéntrico grupo de rock tabernero de los Vaqueros de Leningrado en América 89; ese extraordinario cineasta formalmente hiperconsciente e irónico al tope cuya genialidad se vuelca sobre la tristeza infinita un día explosiva mortífera de La muchacha de la fábrica de cerillos 89, para patentizar la no menos infinita fragilidad que descubre/encubre/recubre a criaturas marginales tan vulnerables cuan imprevisibles en la búsqueda de su libertad como Un hombre sin pasado 02 o los migrantes varados en El otro lado de la esperanza 17, entre gags masoquistas y gags autoflagelantes asumidos con sarcasmo (como definir bayoneta como un arma menor y despreciable por popular) a veces casi alegre (“¡No sabría qué hacer con tanto sol!”, responde Sarita a la invitación de Miguel para que lo acompañe de regreso a Tijuana); ese irreductible estilista nórdico que ha determinado buena parte de la aventura metaficcional del superambicioso Bayoneta, su fotografía virtuosística invernal perenne de Guillermo Garza, su edición de secuencias subliminales en avalancha de Yibrán Assuad, su depurado diseño de producción fuliginosa de la documentalista Ivonne Fuentes, su visualidad, su tempo.

 

El abismo pugilista resucita y actualiza tan dolosa cuan dolorosamente el viejo melodrama mexicano de boxeo, el melodrama del boxeador que emocionalmente no puede recuperarse de haber matado a un contendiente sobre el ring, el melodrama de Mickey el Bayoneta como nuevo Pepe el Toro del film homónimo (Rodríguez 52), el melodrama del macho llorón e inconsolable, el melodrama del fortachón bofo Pedro Infante metamorfoseado en el enclenque comediante de moda elevado por arte de magia maquillista a feroz ejemplar de peso walter, el melodrama vergonzante y vergonzoso y avergonzado de ser lo que es, el melodrama que se mantiene en vilo y en la cuerda floja sentimentalista durante más de hora y media sin querer soltar prenda, el melodrama de la negra noche tachonada de nubarrones convertidos en imágenes ocre en el país de la noche perpetua, el melodrama de la redundancia que sin embargo puede incluir también la síntesis excelsa (bastan dos planos para definir a México dominado por la violencia perversa sistemática: uno para la hijita en su bicicleta bajando por una calle empinada de Tijuana y otro del muro de la marisquería del recuerdo acribillada a balazos), el melodrama que se desahoga con gimiente rabia incontrolable en el fassbinderiano plano secuencia del prólogo dentro del vestidor boxístico mexicano y se retoma retornante al final como si se tratara de una construcción dramática cíclica, el melodrama hecho de plagios-referencias-homenajes posmodernos a películas clásicas del género (el gimnasio al borde de la quiebra y la muerte en el ring de Golpes del destino de Eastwood 04; el ligue con la teibolera vuelta bartender y el telefonema a la niña de El luchador de Aronofsky 08), el melodrama de la denuncia a las corruptas directrices económicas mundiales del box y la necesidad de redención autoperdonadora, el melodrama cuyos mil incidentes no conducen a parte alguna porque sólo puede dar vueltas sobre sí mismo.

 

Y el abismo pugilista opta por un remate de congelado realismo mágico, con ese Bayoneta contactando por fin con el alter ego de su culpa que vislumbraba tras los cristales en sus correrías nocturnas de hombre roto en su interior: un ensangrentado reno moribundo, su semejante, su hermano, que se desploma para siempre sobre la nieve eterna.

 

FOTO:  Bayoneta, protagonizada por Luis Gerardo Méndez, se exhibirá en la Cineteca Nacional hasta el 29 de noviembre. / Especial

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