La crónica: ante los otros, ante sí mismo

Dic 23 • Lecturas, Miradas • 2173 Views • No hay comentarios en La crónica: ante los otros, ante sí mismo

POR JOSÉ HOMERO

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En un rato más regresaré a Guadalajara por ese sinuoso camino colmado de historias.

Rogelio Villarreal

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Conversábamos sobre un escritor quien se entronizó a sí mismo como conciencia moral de la cultura mexicana, con quien sostuvo amistad durante años. Es un farsante, dijo atajando mis preguntas. Expresó algunas características de su otrora amigo y de pronto añadió: “yo lo interpelé recordándole que él golpeaba a su mujer. Es un farsante” –reiteró.

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El octavo libro de Rogelio Villarreal (Torreón, 1949) compila muestras del ejercicio periodístico del autor, y por ello acatando el subtítulo que intitula la obra, “Crónicas ultrajantes”, sería consecuente clasificarlas de este modo. A despecho de esta advertencia, pronto comprendemos la evasiva naturaleza de los textos pues junto a las crónicas (“Crónica de la reconquista de la capital de Aztlán”, “La guerra y la paz en el norte de Irlanda”), encontramos piezas variopintas, desde un ensayo en torno a los límites entre la verdad y la ficción, que deviene una reflexión sobre la ética del periodismo pero también sobre la ética del individuo que ejerce dicha profesión (“Entre Kapúscinski y la verdad desnuda”), hasta estampas que atestiguan las vidas de los otros pero también la experiencia íntima del autor. Memoria personal con referencias a la historia, para Villarreal el elemento rector es el relato, la relación de lo que hemos visto, sin soslayar o privilegiar si se trata de acontecimientos que se entroncan con la historia o si imbrican con la educación sentimental. De ahí el carácter híbrido y por ello distinto del libro: álbum de crónicas, de estampas, de ensayos y a un tiempo autobiografía sesgada.

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A caballo entre el periodismo y la literatura, no es casual que el volumen comience con “Entre Kapúscinski y la verdad desnuda”, deslinde entre las fronteras de la ficción y el periodismo que recala al mismo tiempo en la necesaria ética del periodismo sin por ello excluir la índole literaria. Digamos que para Villarreal la crónica debe ser veraz. Sus veleidades literarias están justamente no en la invención de los datos sino en la elección de la voz, que es siempre única, singular. Es la elección de la voz y de las voces el pivote de toda pieza narrativa y en esto Rogelio se revela un maestro.

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En Villarreal está la historia y están las emociones. La congruencia con la ética personal, con un imperativo de respeto al otro, es lo que guía su pluma e historias y es también la coherencia que exige a sus compañeros de oficio. Acaso por ello las muchas polémicas que ha entablado y que con frecuencia tienden a ocultar que Rogelio es un hombre lúcido, cálido y generoso son en realidad expresiones diversas de una sola aversión: el odio hacia la presunción; la falta de congruencia entre quienes somos y quienes nos expresamos en público. Es esta inconformidad radical, que conduce a Villarreal a ser ese intolerante con los intolerantes que pretendía Fernando Savater, la que lo mueve a terminar con una relación pues no soporta la exhibición de miseria moral de su entonces pareja (“El odio de mi vida”, el mejor relato del volumen), o a expresar su compasión por las jóvenes violadas de manera tan poco estrepitosa, casi en sordina, por un par de desgraciados (“Espacio escultórico”). Y si hay ese desplazamiento entre las onzas de la balanza entre compasión e indignación es porque Rogelio a menudo ha señalado la disonancia entre ética y moral, entre lo que se presume y lo que se escribe, entre conductas públicas y vicios privados. Así fustiga a quienes “conciben el periodismo como un oficio glamoroso y moralmente superior”; esas “estrellas veleidosas” que en aras de su cruzada ideológica no temen traicionar los hechos:

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Estas traiciones –imprecisiones, omisiones– se encuentran en no pocas crónicas de nuestros contemporáneos; unas veces son intrascendentes y otras flagrantes atentados a la ética.

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Para Villarreal las anécdotas son una forma de ilustración, esa argucia argumentativa y argumental que concibió el ineludible Michel de Montaigne, aprendida sagazmente de la retórica, de una verdad evasiva y acaso más evidente cuando se apela al pathos que al logos. Las anécdotas, escuetas, sin floración estilística, permiten dar voz al otro y en ocasiones al otro que es uno mismo –incluso al Otro que ni uno mismo sabe quién es. Así Rogelio, cronista de la tesitura íntima, recupera la atroz experiencia de las chicas abusadas en el espacio escultórico de la UNAM. La narración no es dramática, sensacionalista menos: posee la pulcritud y agudeza, el carácter justo, una escritura neutra que diría Barthes, para expresar el horror. Como si el autor persiguiera atestiguar y trasmitir, con un lenguaje lo menos literario posible, la aberración de una violación en un espacio diríamos consagrado como ajeno a la violencia –la universidad–, por la mañana. Incluso, la manera en que se retrata a los agresores, los despoja del tremendismo de historias semejantes. Igual sucede con “El odio de mi vida”. Rogelio da voz a los otros para comprender y conocerse; para expresar por una parte su compasión, por la otra su ritmo cordial que lo identifica con la humanidad.

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Cordial es la escritura de Villarreal. Viene del corazón y se alimenta de dos ríos, la sangre del padre y de la madre. De la corriente de uno fluye la herencia del humor marxista, el ateísmo, la honestidad lindando con una franqueza irrefrenable. De la otra fuente mana la simpatía por los oprimidos, la defensa del débil, la curiosidad por las historias de la gente de a pie. En ambos casos hay una atracción y seducción por escuchar la otra voz de la historia, aquella que no se escucha en las grandes crónicas más atentas al efecto que a las causas. Antes que juzgar se busca conocer.

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La hibridez de las historias de Villarreal se complementa en este libro con un peculiar orden, que acata más a un ritmo que a una composición conforme a un esquema. Se entreveran los textos largos con las estampas de índole personal; miradas viajeras con derroteros íntimos. Hay entonces un orden que responde más al ritmo de la memoria. De ahí que como un guiño en cierto momento el autor nos confiese que está escribiendo una novela sobre su familia:

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Escribo esto ahora porque me he comprometido a escribir la historia de mi familia, la de sus remotos orígenes y la mía propia. Una novela que partirá de Monterrey y terminará, muy posiblemente frente a esas montañas.

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Recuerdo entonces que la confidencia sobre el escritor misógino me persiguió, en principio debido a su infidencia escandalosa; después, ahora, porque en su aparente trivialidad resulta una clave para orientarse por los pasajes del volumen. La revelación no entraña una falacia ad hominem, un argumento para minar la autoridad intelectual, sino un argumento que al denunciar la lábil calidad moral del personaje termina destruyendo su pretensión de autoridad. Es el mismo proceso que lleva al autor a no creer en los periodistas vedettes ni en los santones de la izquierda cuyas conductas no son consecuentes con su prédica. De ahí que el sístole y el diástole de esta escritura sea la compasión, la busca de justicia. Por ello si éste libro no es de crónicas admitiría y con mucho ser un libro de ética. Con eso basta.

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Foto: Rogelio Villarreal, ¿Qué hace usted en un libro como éste?, El Salario del Miedo/Almadía, 2015. 200 pp. 

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