La liberación del fuego

Abr 21 • destacamos, principales, Reflexiones • 3355 Views • No hay comentarios en La liberación del fuego

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La obra de José Clemente Orozco “nos propone la ‘muerte del fuego’, la única que es capaz de hacernos renacer”, sostiene Juan José Arreola en este texto, preparado para el Homenaje Nacional al muralista en noviembre de 1979, el más meditado y perspicaz de los que escribiera sobre el pintor, y que no aparece recogido en sus obras completas

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POR JUAN JOSÉ ARREOLA

Sus llamas consumen a veces totalmente las figuras, pero en el carbón del negro y en la ceniza del gris está la vida terrible y pujante que animaba la realidad antes de que el fuego de José Clemente Orozco la transfigurara, incendiándola, pincel antorcha en mano.

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Frente a la visión apocalíptica de todas las cosas y los hechos humanos, el espectador muralista parece hallarse ante los restos humeantes de un continuo auto de fe, esperanza y caridad universales donde ardieran, de una vez por todas, las máscaras del carnaval ideológico y la hecatombe guerrera.

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Según Xavier Villaurrutia, fue un extranjero quien puso el dedo en la llaga misteriosa del pintor ¿por primera vez? Yo no lo creo pero es cierto: a propósito de Orozco, el inglés Aldous Huxley habló de la belleza en el horror ¿o del horror en la belleza? Lo mismo da.

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Pero en el Apocalipsis hay poesía. Y dulces figuras por todas partes sostienen y apuntalan este mundo en decadencia: las mujeres y los niños, y esos hombres también que Orozco se esmeraba en pintarlos en toda su triste y bella indefensión. Seres brotados de una tierra que hicimos dura y estéril a pesar de su riqueza original. Rostros en que la belleza aparece misteriosamente suplicada por una humana profundidad que puede compararse a las criaturas de Fedor Mijaílovich, ésas que surgen por un instante a lo largo de las novelas y que con un solo ademán, con un solo grito, revelan su evangélica miseria. Ya se trate de Anisim, el siervo bondadoso, o del perdido en su vicio Lebedev.

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Cierto. En la obra de Orozco abundan las figuras desastrosas, las situaciones horribles, los espacios inhabitables. Hay esos muros llenos de aristas homicidas de hierro y de cemento. Y por todas partes el apogeo de las armas, fruto de civilización sanguinaria, que se resuelve finalmente en ese río de cuchillos y bayonetas que pintó en Guadalajara. Pero tal vez sea una paradoja la que pueda revelarnos el secreto impulso que movía la mano del pintor y proyectaba en su imaginación de visionario una bella iniciativa: la de alimentar los altos hornos del futuro con la reserva de materiales bélicos que atesora la humanidad, para convertirlos en otros más nobles utensilios. Porque es indiscutible que la obra de José Clemente se ha convertido en un gigantesco rito de purificación. Y nos propone la “muerte de fuego”, la única que es capaz de hacernos renacer. Porque todo en él es fuego, resplandor y movimiento de llama. Y hasta en sus cuadros más sombríos, desolados y geométricos, hay una secreta voluntad de incendio, o una presencia de ruinas apagadas.

Juan José Arreola es autor, entre otras obras, de La Feria y Confabulario. /Cortesía Fondo Ricardo Salazar / Difusión Cultural UNAM

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Porque la ejerció en su juventud, Orozco hizo de la caricatura un arte sin igual por trágico y grotesco cuando muchos de sus ideales fracasaron. Cuando vio que las grandes ideas se deforman y empequeñecen cuando no hay hombres capaces de darles vida con su propia vida. Porque hace falta ser grande, o por lo menos honrado, para que un ideal no pierda su estatura alojándose en nosotros.

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Y aquí comienza el desfile que se inspira en todas las danzas macabras del mundo. La teoría de los dignatarios civiles, militares y eclesiásticos que desempeñan muy mal en esta tierra un papel que a lo mejor les viene de maravilla en el infierno… Veamos por ejemplo a este personaje henchido de mentira y de riqueza a punto de estallar, porque Orozco lo pintó como un judas de carrizo y de cartón, utilizando sus tubos de pintura como cartuchos de pólvora. Esta que nos arderá en los ojos si queremos ver, de una vez por todas, la realidad de México y del mundo.

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Esta realidad exuberante en figuras y hechos repelentes que pintados con tal crudeza nos invitan a pasar de largo o a efectuar un acto de contrición individual. Pero a nombre del género humano. El espectador sincero, natural y sensible, tiene derecho al sentirse ofendido, porque algo de lo mucho de lo que respeta o ama, aparece aquí al mismo tiempo irrisorio y maltratado por un hombre que se atrevió a poner el dedo en la llaga, aunque le doliere en lo más hondo de sí mismo.

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Orozco no se propuso ninguna profanación. Pero es testigo de cargo en contra de los grandes injustos y a favor de los humildes inocentes: esos que asoman por todos los rincones de su pintura y la hacen resplandecer por más negra que sea. Y si Cristo destruye su cruz a golpes de hacha, es para que no haya en este mundo más crucificados ni más cristianos misteriosos.

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Inspirado en San Juan, Orozco pintó aquí mismo en Bellas Artes a la estupenda meretriz con chillantes colores, encollarada y desnuda para vergüenza de todos, porque se parece a la inhumanidad en que vivimos. Entre viles o sencillamente criminales la acompañan en voluntaria exposición de su maldad. ¿La de ella o la de ellos?

Paisaje de picos (1943), temple sobre madera comprimida. / Cortesía del Museo de Arte Carrillo Gil / Colección INBA/MACG

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Señoras y señores, miren ustedes bien tras de los símbolos, las insignias y los ropajes y uniformes más o menos venerables, porque debajo están las marionetas inmundas que no piden, sino que exigen odio y desprecio con sus gritos de color o de tinta negra. Duelo, pero es preciso. Hay mucho que aborrecer en este mundo. Hay que abominar lo abominable y reformar en cada uno de nosotros al habitante de este mundo.

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Hay por desgracia en esta vida muchas abyecciones que deben ser denunciadas y exhibidas. Felicitémonos todos ahora en nombre de José Clemente Orozco porque no renunció a la tarea ominosa y nos ha puesto su cartel atroz en las narices, para que respiremos a plenos pulmones este hálito de corrupción que envuelve al mundo. Pero también debemos recordarlo, agradeciéndolo. En esta exposición hay también, y muchas, imágenes angelicales, o como ustedes quieran llamarlas. Esas que representan el rostro innumerable de nuestro pueblo, siempre dispuesto al sacrificio en pro de una causa ignorada, pero claramente presentida. ¿La de la justicia que vendrá?

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La razón de este homenaje consiste en que José Clemente Orozco fue y sigue siendo una fuerza expresiva al servicio del bien. Aunque a veces parezca confundida con el mal. ¿Por qué la oposición violenta, insoportable entre lo puro y los impuro? Junto a los símbolos manchados está el limpio corazón de los humildes. Y no importan ya las masas de acero y de cemento que pueden caer sobre nosotros. Porque alguien está para salvarnos. Y ese cándido personaje puede llamarse, como en otros tiempos, Francisco y Bartolomé. O ser ese pobre colgado que lleva el alma pintada en la camisa. O el niño huesoso, ético y ventrudo. O la mujer borrosa de abrumadas espaldas que se vuelve trinchera con todo y niño.

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Las criaturas pintadas por José Clemente, nos reclaman amor y remordimiento. Ya se trate de víctimas o verdugos. Porque cada uno de nosotros sabemos ser una y otra cosa a nuestras horas. Nos inquietan y son capaces de quitarnos la paz. Por eso autorizamos cada día, indiferentes, el sacrificio del pueblo.

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Pasado y presente de México. ¿Gloria de ayer o de hoy? Dolor de ayer o de siempre. Aquí estuvo, aquí está con nosotros José Clemente Orozco para que el pueblo se reconozca en su pintura y aprenda a comprenderse. Aquí está el hombre del pincel antorcha que prende fuego a las conciencias dormidas. Aquí hay un águila caudal de la pintura, acuñada en moneda mexicana de curso universal.

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De José Clemente Orozco nos quedan diferentes autorretratos y cada quien puede elegir el suyo. Por mi parte, más que su fisonomía, prefiero la estampa de ¿su alma? Esa que nos llama en llamaradas desde la cúpula del Hospicio Cabañas. Esa imagen del hombre que se consume y se consuma en sí mismo, pero que tiene don de lenguas y habla por todos nosotros. La llama de amor viva, como dijo un místico ardiente y efusivo.

Prometeo (1944), óleo sobre tela. / Cortesía del Museo de Arte Carrillo Gil / colección INBA / MACG

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Foto: José Clemente Orozco, Autorretrato, 1946, Soporte 66 x 56 cm, Óleo sobre tela, Colección INBA/MACG / Cortesía del Museo de Arte Carrillo Gil

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