Para leer en el slam

Mar 14 • destacamos, principales, Reflexiones • 3844 Views • No hay comentarios en Para leer en el slam

 

 

POR BRIAN L. PRICE
Profesor de literatura hispanoamericana en Brigham Young University

 

 

La literatura de rock hoy disfruta de una visibilidad poco imaginable hace cincuenta años. Originalmente empezó a publicarse en México a mediados de los sesenta cuando los autores de la llamada Onda, sobre todo José Agustín con De perfil e Inventando que sueño y Parménides García Saldaña con Pasto verde, ofrecieron a los lectores jóvenes un nuevo lenguaje literario urbano que se oponía a los postulados estéticos establecidos por generaciones previas. Notables por su irreverencia hacia las sacrosantas instituciones culturales e influidos por el contexto contracultural que se arraigaba en México desde finales de los cincuenta, desafiaban las convenciones literarias tradicionales al hacer del rock norteamericano y británico parte íntegra de sus exploraciones artísticas de la experiencia adolescente.

 

La publicación de literatura roquera disminuyó durante la década del setenta debido a las presiones gubernamentales e institucionales que siguieron al festival de Avándaro, pero aun así unos cuantos escritores como Federico Arana lograron publicar novelas como Las jiras y posteriormente su enciclopedia de cuatro tomos Huaraches de ante azul. Con el advenimiento de los ochenta, novelistas, periodistas y deejays que habían sido demasiado jóvenes para participar en el movimiento estudiantil pero suficientemente maduros para recordarlo, entre ellos Juan Villoro y Víctor Roura, empezaron a escribir textos que utilizaban la música para examinar los fracasos de la izquierda mexicana. En este sentido, la literatura de rock perdió su carácter transgresivo y radical para adquirir una sensibilidad nostálgica que meditaba sobre las utopías perdidas y criticaba los cambios sociales que acompañaban las transformaciones neoliberales. No es sino hasta finales de los ochenta y principios de los noventa cuando aparecen obras de rock en las áreas fronterizas, sobre todo en Tijuana, donde Luis Humberto Crosthwaite y Roberto Castillo Udiarte plantearon una visión altamente sonora de las áreas limítrofes de la nación en novelas como El gran pretender y poemarios como Blues cola de lagarto respectivamente.

 

Desde el comienzo del nuevo milenio libros como Pixie en los suburbios de Ruy Xoconostle registran radicales cambios narrativos que los distinguieron de generaciones previas y despejaron el camino para quienes se denominarían después la Generación X. Mayormente nacidos durante los setenta, estos nuevos autores alcanzaron la mayoría de edad durante la implementación del neoliberalismo, la crisis económica, el terremoto, el fraude electoral, el colapso del Muro de Berlín, así como el TLC, la revolución zapatista y los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu. También vivieron y se dejaron influir por el advenimiento del MTV, la era digital, el internet, las películas de Tarantino, el auge de la música grunge y la muerte de Kurt Cobain. El empleo de la cultura popular y el rock en sus textos no indica una imitación servil de la cultura anglosajona sino, como señala Néstor García Canclini, los distingue como individuos que se enfrentan al “flujo errático de los significados” engendrados por los fracasos del estado al reestructurar y resignificar su experiencia colectiva mediante la participación en “comunidades transnacionales o desterritorializadas” de consumidores. Éstas a su vez son facilitadas por el aumento de productos culturales y avances tecnológicos que permiten la comunicación entre miembros de dichas comunidades extraterritoriales. Este punto es particularmente importante con referencia a estos jóvenes ya que el desarrollo de tecnologías para fines de entretenimiento aumentó durante los ochenta con las primeras redes de satélites y sistemas de cable y los noventa con el advenimiento del internet, los cuales permitieron la formación de identidades extrínsecas a la experiencia nacional y también modificaron de manera fundamental las propiedades formales de la producción cultural.

 

Una consideración panorámica de las novelas roqueras recientes revela una serie de parecidos: los personajes tienden a ser masculinos, pertenecen a familias disfuncionales de clase media, gozan de acceso a reproductores de CD y consolas de videojuego, cuentan con tiempo discrecional para mirar películas y videos de música. Como señala Christine Henseler, estos elementos temáticos corresponden con el desarrollo de específicas propiedades formales: narraciones en primera persona de alta subjetividad individual, puntos de vista enajenados o marginalizados, posturas ostensiblemente apolíticas, el empleo de un lenguaje ríspido y callejero, así como referencias a la cultura popular y técnicas narrativas fragmentarias inspiradas en el zapping, la estética MTV y el remix. Pero difícilmente se puede hablar solamente de una literatura de rock ya que se aprecia una apertura hacia otros géneros contemporáneos relacionados porque el rock es a la música lo que la novela, según Bajtín, a la literatura: una forma omnívora que se abastece de todos los géneros. Así contamos junto con las novelas del dizque rock clásico aquellas que incorporan el hip-hop (Perra brava de Orfa Alarcón y Rhyme and reason de Criseida Santos), el grunge (Nos vemos en el infierno, Kurt Cobain de Rubén Don y Rutas para entrar y salir del Nirvana de Juan Carlos Hidalgo), el acid house (Circa 94 de Fran Ilich), el rock alternativo (Con la radio en el pecho de Eduardo de Gortari), el heavy metal (Provocaré un diluvio de Arturo J. Flores), el postpunk (Funerales de hombres raros de Wenceslao Bruciaga) y el trip-hop (Seguir a los gansos de Javier Fernández). Y eso, sin tomar en cuenta excelentes libros sobre la ópera (Backstage de José Noé Mercado), la banda sonorense (Conquistador de Rafael Acosta), la música norteña (Idos de la mente de Luis Humberto Crosthwaite) y el jazz (Shuffle de Aurelio Meza).

 

En parte la aparición de tantos libros de rock se relaciona con una apertura en el mercado editorial: simplemente hay más editoriales dispuestas a apostar a favor la ficción musicalizada. Hasta hace poco el género dependía de editoriales independientes como Joaquín Mortiz y de forma más efímera Ediciones Diógenes y Ediciones Yoremito ya que las instituciones gubernamentales no se dignaban a publicarlo. Si bien la relevancia de estas editoriales sigue siendo la lógica imperante, como veremos más adelante, es notable que una gran cantidad textos se publique bajo el sello de Tierra Adentro, la editorial federal que se ocupa de fomentar el nuevo talento. Desde 2008 Tierra Adentro ha publicado al menos ocho libros en donde se destaca la música popular como fuente de inspiración. El primero y tal vez más impactante fue La Biblia Vaquera de Carlos Velázquez, en donde el protagonista del primer cuento es un “luchador diyei santero fanático religioso y pintor” y abundan en todo el libro las referencias a Depeche Mode, Genesis y otras músicas. Por su parte Alejandro Meza nos entrega con Shuffle una serie de ensayos eclécticos que “habla de escritores y artistas sonoros, géneros, escenas musicales o poéticas sin una conexión aparente”, siguiendo la lógica azarosa de la baraja. Hay también un libro de crónicas muy interesante de Arturo J. Flores que narra sus experiencias como manager del grupo metalero Mystica Girls. Aunque varias ideas y frases parecen repetirse a lo largo del texto, sugiriendo la necesidad de un trabajo editorial más consciente, el texto nos introduce al mundo prácticamente desconocido del rock femenino, ya que los miembros del grupo son todas mujeres. Aunque la mayoría de libros recientes es de narrativa, la poesía no queda al margen de este impulso rocanrolero pues Eduardo de Gortari, autor de Con la radio en pecho, nos provee el único libro de poesía reciente inspirado en el rock. Dividido en cuatro secciones, el libro consiste en una suerte de mixtape literario y sentimental en donde cada poema lleva el título de una canción. Toda la primera sección se dedica a OK Computer, el álbum más conocido de Radiohead, mientras que las demás son una compilación más ecléctica. Los poemas que más sobresalen de esta colección son los amorosos, como “Airbag” en donde la voz poética ruega que no se detenga “la escritura de tus latidos” en el cardiograma después de un choque automovilístico y “Till There Was You” sobre la trascendencia del amor que nace de una canción cursi.

 

Más allá de los libros de Tierra Adentro se puede apreciar un mercado de editoriales menos reconocidas que distribuyen libros muy interesantes a pesar de una oferta limitada. Tómese como ejemplo Static Libros, el proyecto editorial de una disquera tijuanense que se especializa en música electrónica. El proyecto emergió en 2010 con el respaldo de Rafa Saavedra, Ejival y Javier Fernández. Desde entonces han publicado tres libros: dos de Fernández (La señora Krupps y Seguir a los gansos) y uno de Karla Villapudua (Tijuanicido). El que más se destaca es Seguir a los gansos que narra las aventuras fronterizas y musicales de un joven desilusionado por la religión. Su valor radica en sus descripciones de los conciertos y las magníficas meditaciones sobre la música que incluye como colofón. Persiste el viejo axioma de que resulta imposible escribir sobre la experiencia musical y, sin embargo, Fernández narra con gran habilidad aquellos momentos trascendentales cuando el público se entrega y se deja llevar por la música. También es imprescindible señalar el papel que juegan varias revistas en este complejo ámbito editorial porque en los últimos dos o tres años éstas han colocado al alcance del lector promedio obras de calidad. La revista Marvin ha publicado unos libros roqueros de Juan Carlos Hidalgo y hace poco la revista digital Resonancia lanzó la antología Encore: cuentos inspirados en el rock, disponible en versión digital gratuita, el cual consiste en doce cuentos de escritores conocidos como Alberto Chimal y Bernardo Fernández (alias BEF) así como empedernidos roqueros como Armando Vega Gil.

 

Conste que dos de los colaboradores de esta colección de cuentos son mujeres: Raquel Castro, quien contribuye con una joya sobre los desamores de un baterista gay, y Erika Mergruen, cuyo texto evoca de forma nostálgica el antiguo placer de comprar, desenvolver y escuchar un disco de los Scorpions. Esto subraya uno de los mayores retos que la literatura roquera sigue enfrentando: la virtual ausencia de textos escritos por mujeres. Hasta donde sé, sólo existe una novela de rock escrita por una autora en el siglo pasado: Larga Sinfonía en D de Margarita Dalton que pretende reproducir textualmente la experiencia psicodélica. Aunque aparecen canciones de los Beatles sólo es en forma de epígrafe para establecer el tono de tal o cual capítulo relegando así la meditación sobre la música a un plano inferior al de la escritura influida por el ácido lisérgico. A partir del nuevo milenio, más allá de los cuentos de Castro y Mergruen, se nota mayor interés de parte de las autoras en integrar canciones en sus textos. Una novela verdaderamente notable es Perra brava de Orfa Alarcón sobre una joven amante de un sicario que se emociona con los versos del grupo de rap Cartel de Santa. La novela combina entonces dos preocupaciones estéticas contemporáneas: una meditación sobre el efecto literario de la música y la fascinación de la clase media con las experiencias límites del narcotráfico. Asimismo se destacan La reinita pop no ha muerto de Criseida Santos Guevara y No me pases de largo de Liliana V. Blum, dos libros publicados por la revista Literal en edición bilingüe. La primera cuenta la historia de una regiomontana que, tras pasar por una tumultuosa relación platónica con su jefa, se convierte en artista de rap para desahogarse de sus malestares. Divertida y repleta de referencias musicales—hasta incluye una sección llamada “Banda Sonora” que recuenta los diferentes corridos y rolas de Eminem—la novela es breve pero contundente. Como el poemario de Gortari, el libro de cuentos enlazados de Blum se inspira en temas de los Beatles sin realmente hacer referencia explícita al grupo en los relatos. Sin embargo los títulos como “Lucio en el cielo sin flash,” “Mister Walrus,” “Stalin vuelve al U.R.S.S.” y “Campos de fresa” aluden a los grandes éxitos y funcionan como soundtrack subconsciente.

 

Para señalar una tendencia más entre muchas posibles hay en varias novelas un intento por recuperar el ethos de 1994, el annus mirabilis para muchos de esta generación que arrancó con el TLC y la insurgencia zapatista y concluyó con la toma de poder de Ernesto Zedillo. Así nos encontramos ante Circa 94 de Fran Ilich. Oriundo de Tijuana, Ilich publicó Metro-pop en 1997, lo que es a mi juicio la primera novela de esta nueva promoción, que consiste en el testimonio literario de un joven con pretensiones cinematográficas que transita la frontera para asistir a los raves californianos. Recibió poca atención crítica en su momento —unas cuantas reseñas en fanzines locales— y el autor se alejó de la literatura durante una temporada para dedicarse a proyectos multimedia. En cierto sentido se puede leer Circa 94 como una reelaboración más madura de aquel proyecto original: el protagonista sigue siendo fanático de la música, el cine y el internet pero ahora se percibe todo desde una perspectiva más experimentada y más escéptica. A cambio en Nos vemos en el infierno, Kurt Cobain de Rubén Don enfrentamos una versión exacerbada de las tempranas novelas de la Onda pasada por el filtro de Beverly Hills 90210 en donde los juniors más adinerados de la urbe metropolitana se desgastan en cocaína, automóviles, efímeros ligues y el grunge. Pese a la comodidad socioeconómica que gozan estos jóvenes, sufren complejos de inferioridad y el autodesprecio propio de la música de Nirvana expresado en rolas como “Lithium” y “Rape Me.”

 

Este breve recorrido subraya la imposibilidad de hacerle justicia a todas las obras mencionadas. Pero esto a su vez señala la vitalidad del género hoy en día como una afirmación de la experiencia humana, aquella materia inasible de la que se construye toda la literatura. La literatura de rock se impone porque, como señala José Emilio Pacheco, la música nos habla y es “nuestra única manera de escuchar el caudal y el rumor del tiempo.”

 

 

 

*Fotografía: Este domingo concluye el festival de rock Vive Latino, uno de los más importantes en el género / Crédito: Federico Gama

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