La luz de las palabras

Feb 22 • Lecturas, Miradas • 1482 Views • No hay comentarios en La luz de las palabras

 

POR MÓNICA LAVÍN

 

A Rafael Pérez Gay lo leo con entusiasmo en las crónicas de la ciudad de México que publica quincenalmente en El Universal. Me gusta ese tono personal que comparte con el lector, esa intimidad hecha pública que hace queribles cada una de las piezas que tejen su historia sobre la historia de la ciudad donde vivimos. Si a Rafael lo conocí leyendo los cuentos de Llamadas nocturnas (“Mamá, ¿de qué te ríes?”, me preguntaba mi hija, entonces pequeña, cuando me vio hundida en ese libro; el humor, lo sabemos, es ese don de la inteligencia que no sucede con frecuencia), a últimas fechas me han sorprendido y vuelto entrañables Me acompañan los muertos, una necesidad de despedirse de los padres y hacer un recuento de la familia y el más reciente —Premio Mazatlán 2014— El cerebro de mi hermano. En este breve e intenso recorrido de la memoria, Rafael cuenta el vertiginoso descenso de un hermano, José María Pérez Gay, intelectual y conversador vigoroso y original, desde los primeros indicios de la enfermedad a lo que sigue a una caída y operación. Es alrededor de ese cerebro que se oscurece, del cerebro que contiene la información química que llamamos memoria (“Somos nuestra memoria. Si no recuerdas, dejas de ser alguien para convertirte en nadie”) que el autor intenta buscar la luz de las palabras. Lo ha llamado informe triste. “De eso trata esta historia… de las sombras y fantasmas en que nos convierte la enfermedad”.

 

Un informe que necesita hacerse a sí mismo y que lo vuelve asunto de todos. No sólo porque la muerte de los más queridos nos acecha, nos aterra y nos corresponde, sino porque Pérez Gay nos da la posibilidad de hacer de las palabras, las leídas y a las que se remite en su propia memoria de lector compartiendo citas, una posibilidad de sobrevivir frente al tiempo y la sombra de la enfermedad. A la ausencia del otro. A la ausencia de lo que el otro se lleva con su muerte.

 

¿Qué tiene un escritor sino palabras? Julian Barnes, citado por Pérez Gay, también convocó a la esposa recién fallecida, o a lo que él era junto a ella, o a lo que los dos eran juntos, en su reciente libro Levels of Life (Niveles de vida). “Me tomó años entender que la muerte es un hecho cruel que define la vida”. Es esa conciencia la que el autor encara y en la que, a pesar de la tragedia inevitable, del deseo descabellado de que se escuche la sexta de Mahler —que tanto gustaba al hermano— a la hora de su muerte, el humor recorre la relación particular y estrecha de los dos hermanos y de una familia que se muda constantemente, que no tiene luz durante ocho meses porque no la puede pagar, de un padre que se pone un botón por diente y de un padre y un hijo que se persiguen con un martillo. “Tú lo que tienes es el síndrome de los tecolines”, le dice Rafael al mayor: “ansiedad, angustia y desesperación”.

 

¿Qué hace a este libro singular y memorable? La sinceridad de una prosa exacta y transparente, una vocación aforística que invita a los subrayados (“el destino es el lugar donde está ocurriendo la vida”), una voz que pasa por las antesalas que llevan al punto de no retorno mientras la memoria se empeña en recuperar al joven que traducía a Celan (¿qué es eso de Celanese?, preguntaba el padre), al hermano con el que compartía lecturas y que de joven trató de disuadirlo de no perder el tiempo en aquellos grupos contestatarios que se volvieron en fechas recientes, y de otra manera, asunto ideológico del hermano mayor, distanciamiento doloroso que la enfermedad borró, porque lo esencial seguía allí, esa amistad literaria (Rafael afirma que no necesitó taller literario, si lo tenía en casa con Pepe), esas pláticas de la familia: la fraternidad.

 

Un hermano lector, para quien el libro abierto, cuando ya no había manera de descifrarlo al final de la vida, era una promesa de ese mundo de palabras que había sido asunto vital. Tanto que en la carta del joven recién llegado a Alemania en 1964, pide a la madre un sinnúmero de títulos en español, diccionarios y lecturas que no halla en Berlín. Yo sólo tuve una oportunidad de conversar con José María Pérez Gay, y fue en el pasillo de un hospital; nuestros familiares estaban allí. En el elevador me habló de Sándor Márai con tal entusiasmo que esa tarde compré El último encuentro.

 

Este informe triste lleva la memoria del hermano menor que aprendió a leer y a gustar de la palabra a través de la pasión del hermano que se fue quince años a Alemania y cuyas huellas quedan en cartas atesoradas en una maleta. Una posibilidad de alejar las sombras desde quien también ha estado enfermo y ha logrado sobrevivir. Palabras otra vez, necesidad de contención, de volver a los días felices en que las familias se reúnen y hablan a gritos unos con otros, palabras que dibujan al niño y al joven que se fue, en una ciudad y un tiempo, y editoriales y mesas de redacción que también las palabras recuperan.

 

En el fondo de este informe triste está la imposibilidad de cambiar las circunstancias, pero está la luz de la memoria y la foto de un instante —el hermano en el agua moviéndose ya enfermo, mientras el otro le hace bromas— a la que se sobrepone la de los hermanos que en otro tiempo jugaban en la alberca. “Esto es lo que yo creo es la hermandad: dos niños jugando a que son eternos”. Ese instante y esa frase son la luz de este informe triste que nos lleva a los hermanos que somos, que fuimos, a nuestros encuentros y desencuentros, a la solidaridad a prueba de todo, particularmente a la manera de precisarlo.

 

Una pieza mayor de un escritor que ha hecho de las palabras una lupa y una cuerda para despejar las sombras y asirse a la vida.

 

*Fotografía. Rafael Pérez Gay, El cerebro de mi hermano, Seix Barral, México, 2013, 141 pp.

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