La nueva peste

Nov 24 • Ficciones • 665 Views • No hay comentarios en La nueva peste

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Nacido en Luanda, Angola, en 1970, Gonçalo M. Tavares se ha destacado como uno de los autores más destacados de la literatura portuguesa

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POR GONÇALO M. TAVARES

“Declare el estado de peste. Cierre la ciudad”
Albert Camus

 

Todo comenzó con una noche amorosa. Una mujer conoció a un hombre y esa noche el hombre y la mujer se acostaron.

 

De mañana. Los dos hablaron como dos seres humanos que hablan entre sí. Ella le relató con entusiasmo lo que hacía en un laboratorio científico; él, por su parte, le contó que estaba desempleado. Los dos sonrieron y ella le recordó que el mundo, en general, no terminaba ese lunes. Había más mundo y más tiempo. Las cosas cambiarían, dijo ella.

 

Y cambiaron, de hecho. A la mañana siguiente, cuando ella regresó a su lugar de trabajo, tenía una carta en el escritorio de su laboratorio: estaba despedida.

 

Fue entonces esa mujer quien, digámoslo así, sin estar consciente de ello, comenzó la nueva peste. Le contó a una de sus amigas: se había acostado con un desempleado y a la mañana siguiente la habían despedido.
Dos o tres casos semejantes en diferentes puntos del país fueron suficientes. En poco tiempo se extendió una firme creencia: quien se acostara con un desempleado corría el riesgo de perder el trabajo. No había una explicación lógica para eso, pero lo cierto es que se les comenzó a temer a los compañeros sexuales desempleados de la misma manera que antes se les temía a los compañeros sexuales con enfermedades venéreas.

 

Antes de cualquier relación sexual se volvió habitual la pregunta: ¿tienes trabajo? Muchas personas comenzaron a exigir un recibo de pago del último mes emitido por la entidad patronal. Algunas personas, acostumbradas a relaciones ocasionales, comenzaron a llevar en la cartera ese documento.

 

La verdad es que el número de desempleados no dejaba de aumentar y dado el potencial de aquella noticia, el alarmismo fue creciendo. Al principio lo que constaba era que esa enfermedad, por así decirle —el “estar desempleado”— se contraía sólo al acostarse con alguien que ya tenía esa misma “enfermedad”. Sin embargo, comenzó a correr el rumor de que era suficiente con un abrazo, un apretón de manos a un desempleado para que alguien quedara “infectado”. El desempleo no dejó de crecer y ya constaba en las grandes y pequeñas ciudades que el simple intercambio de palabras con un desempleado era suficiente para perder el empleo que tanto había costado conseguir.

 

En la calle, ahora, y en los lugares públicos, las personas daban uno o dos pasos al lado cuando se daban cuenta de que estaban delante de un desempleado. Si, en una pareja, uno de ellos era despedido, de inmediato el cónyuge que aún conservaba el empleo (y antes de que fuera muy tarde) pedía el divorcio.

 

Por decisión política y para que la peste no se propagara más, los desempleados fueron obligados a circular en la calle y en todos los espacios públicos con una enorme D en la parte de enfrente de la ropa. La D se volvió la letra que identificaba la nueva peste, y alrededor de cada D que avanzaba se abría un claro; todos se apartaban.

 

Pero a pesar de estas precauciones sanitarias, el desempleo se propagó más. La explicación oficial era que muchos de los desempleados escondían el hecho; salían sin la D en la solapa y entraban en contacto con personas normales –con empleados—transmitiéndoles el problema, esa “enfermedad”, como a esas alturas ya se le designaba. Había ya millones y millones de desempleados, se había batido el récord negativo.

 

Una nueva medida obligó a los desempleados a quedarse en sus casas, impidiéndoles salir al espacio público y, meses más tarde, una nueva y brutal medida: los desempleados debían salir del país.

 

Para esto, para salir del país, los desempleados tuvieron incentivos monetarios y verbales.

 

El problema era que todas las fronteras estaban cerradas. En todos los países la peste había avanzado y por todas partes las medidas habían sido idénticas. Como nadie abría las fronteras, la opción fue colocar a los desempleados en enormes barcos y enviarlos al centro del mar. Si en cada país se impidiera que los barcos atracaran, la nueva peste sería resuelta en altamar, de forma más o menos natural.

 

Los meses siguientes no se registró ningún nuevo desempleado, lo que mostró el acierto de las decisiones.

 

Llegó, entonces, más tarde, la hora de anunciar que la nueva peste estaba definitivamente erradicada.

 

 

Traducción: Alma Delia Miranda Aguilar

 

ILUSTRACIÓN: Rosario Lucas

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