La sordidez de la existencia en El Final, de Beckett

Jul 20 • Escenarios, Miradas • 4023 Views • No hay comentarios en La sordidez de la existencia en El Final, de Beckett

POR JUAN HERNÁNDEZ

 

La complejidad del teatro de Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989) radica en expresar, en la pureza de la palabra escrita para la escena, la visión trágica y pesimista acerca de la condición humana. El novelista, dramaturgo y poeta revela universos a través de un lenguaje contundente y de imágenes profundas sobre el estado espiritual de la humanidad en el mundo contemporáneo.

 

El pensamiento de Beckett se manifiesta universal y pasa la prueba del tiempo. En la novela corta El final (1946), que es llevada al teatro por Ana Graham, y actuada con sobriedad y maestría por el primer actor Arturo Ríos, se constata la figuración de un mundo sórdido, despiadado, trágico, y no por eso exento de un humor negro fascinante.

 

 

Es quizá ese humor doloroso el que nos permite acercarnos a una visión del mundo que no admite concesiones sentimentales, en donde el dolor humano crudo y descarnado se observa, sin acentos melodramáticos, como una provocación a la conciencia.

 

El lenguaje en la novela corta El final es de una belleza poética sublime. Es esencial, íntimo, aspira a la pureza y renuncia a la parafernalia decorativa. Cada palabra significa y no está de más en la construcción de imágenes devastadoras sobre el mundo en el que vivimos, y acerca del destino trágico del ser humano.

 

La visión de Beckett: trágica y pesimista,  es llevada a escena por Ana Graham, quien hace un montaje íntimo y minimalista. La directora cierra el espacio y por medio de la iluminación hace un gran acercamiento al trabajo del actor, sobre quien recae el peso de la figuración escénica. Ese zoom permite generar una atmósfera y una relación de intimidad entre el universo concretado en escena y los espectadores, quienes están ahí no como observadores sino más bien como participantes de la creación.

 

El actor Arturo Ríos viste un traje negro, desgastado por el uso y el tiempo, zapatos que recorrieron caminos infinitos y un sombrero que parece ser el ancla final de la dignidad del personaje.

 

Parado sobre una tabla tambaleante, no tiene más que su cuerpo y la palabra para revelar un mundo íntimo de una complejidad vasta. Ese es el reto del histrión, resuelto con gran solvencia por Arturo Ríos, quien hace a un lado la intuición para dar paso libre a la conciencia, necesaria para resolver el problema de la revelación escénica de un pensamiento filosófico complejo y sobrio sobre la condición humana.

 

Es así como el actor ofrece con sólo su cuerpo, una tabla y un banco, la concreción escénica de una historia que, por su naturaleza sórdida y pesimista sobre el destino trágico del ser humano, estremece, asquea, atemoriza y perturba.

 

Armado con la palabra, que pasa por su cuerpo -entrenado para la magia del teatro- Arturo Ríos logra crear una relación íntima con el espectador, cuyo papel es de vital importancia en la propuesta, pues es en su imaginación en donde se concretan las imágenes narradas en el texto y convocadas en la escena por el actor.

 

La trama de El final es la de un hombre viejo y enfermo, expulsado de una casa de beneficencia, quien debe resolver los problemas de supervivencia por su cuenta. Renta un cuarto, pide limosna, y finalmente termina en un lugar abandonado, en donde encuentra una barca, de la cual hace su cama, y en donde vive entre ratas y los malos olores de su cuerpo desgastado y sucio.

 

El final del personaje -quien ríe dolorosamente del sinsentido de su existencia desoladora- si bien expresado poéticamente por Beckett, no deja de ser una de las más estremecedoras imágenes sobre el destino trágico del ser humano y acerca de la devastación espiritual de la humanidad en la época que nos ha tocado vivir.

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