La suite

Ago 19 • destacamos, Ficciones, principales • 1768 Views • No hay comentarios en La suite

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Los fantasmas de una vieja relación amorosa que su sostuvo madre llevan a su hijo, ya adulto, a visitar los sitios en los que fue testigo de esas batallas sentimentales, hospedadas en el mejor de las habitaciones y en una escultura

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POR ITZIA PINTADO 

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La relación que Pierre tuvo con Madre terminó muy mal. De todas formas vine a visitarlo. A decirle. A decirle gracias por aquel tiempo. Aún así, decidí no hospedarme en su casa.

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Me hospedo en la suite. Únicamente por el gusto de comprobar que sigue igual que hace tres décadas.

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Camino hacia el hogar temporal que Pierre y Madre formaron a mis doce años. Salgo del estampado de flores que cubren la alfombra y entro a la nieve como se pasa de un cálido recuerdo a otro, no tan cálido. En realidad hay pocos momentos de nuestra vida juntos que recuerdo. Éste es uno de ellos.

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La puerta de aquella bodega, mitad taller, mitad cuarto de visitas, se abrió de un portazo. La silueta fina de Madre, bamboleándose graciosa y frágil, caminó hasta el borde de mi cama. Se sentó a mi lado; me movió un poco a fin de despertarme, y al momento buscó el switch. Mis ojos ya estaban abiertos cuando la luz de la lamparita de noche se confundió con una de las dagas de fuego que salían de las fauces del dragón con el que estaba soñando. Lo recuerdo perfecto.

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¡Alé! Niños, ¡despiértense! nos vamos.

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Sus palabras eran parte del fuego, poco a poco incorporé medio cuerpo y con él a la realidad. Madre ya estaba en la cama de junto. Su afán era despertar a mi hermana, quien intentaba dividir sus párpados. Estaban tan cerrados como las pesadas hojas de una puerta donde no entraríamos.

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Niños, ¡las maletas!

¿A dónde vamos?

Al hotel.

¿Por?

Porque este lugar es una mierda.

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Semidormidos, salimos de casa de Pierre. La nieve caía como pequeños cuchillos. Las maletas formaban rieles en el camino de la acera. Madre nunca miró hacia atrás, pero al llegar a la esquina, yo sí volteé:

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Pierre nos miraba desde la ventana de su estudio, tenía en sus manos una de las esculturas de la serie titulada Cardio. Era el primer trabajo escultórico que compartía con Madre, los dos en calidad de co-autores. La pieza se había roto en pedazos idénticos y él sostenía, incrédulo, la división perfecta. Estaba ahí. Sin moverse. Con los ojos atravesando la ventana.

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Nunca sabré si realmente miraba nuestra partida o si atravesaba la ventana sólo para no ver la escultura partida en pedazos, para no ver su corazón dividido en dos mitades idénticas. Nunca lo sabré, pero creo que fue todo eso.

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Cruzamos la puerta de vidrios giratorios, el pasamanos de latón brillaba, y conforme entramos, la nieve se transformó en las primaverales flores de alfombra. Sigue siendo el único hotel en el pueblo, lo ha sido desde los años veinte del siglo pasado y se conserva perfectamente igual que cuando se fundó. Además, tiene un bar, el único abierto veinticuatro horas. El mismo bar donde Pierre y Madre se conocieron.

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Recuerdo que fuimos recibidos con sorpresa, la mirada del conserje y la del gerente se posaron sobre nosotros como un par de buitres. Mi hermana y yo nos quedamos inmóviles. Del bar salieron dos arquitectos con quienes Madre había trabajado. Se unieron a la sorpresa de vernos en pijama. Madre los llevó aparte dejándonos ante los ojos fieros del personal del hotel.

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A distancia, mi hermana y yo tratamos de leer los labios de los que hablaban.

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Mamá dice que no hay ningún problema

Pero sí debe de haber pasado algo grave, ¿no?

Ella dice que todo está bien… acaba de pedir una suite

¡¿Una suite?!

La mejor suite del hotel

Oui, mamá, yo también quiero la mejor suite del hotel.

Pues allá vamos.

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Y allá fuimos.

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El botones, un hombre largo y viejo, cargó las mochilas de la escuela a donde tendríamos que ir al día siguiente. El ascensor de metal subió con él. Lo seguimos con parsimonia por el pasillo de alfombra roja donde los candelabros de vidrio soplado se encendían a nuestro paso para volverse a apagar una vez los cruzábamos. Así nunca había manera de perseguir sombras, apenas se formaban, desaparecían. Y así sigue siendo.

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La suite era perfecta para los tres, una cama matrimonial y dos individuales en los laterales, todas cubiertas por velos de organdí enrollados en columnas de encino labrado en espiral. La salita central, donde Madre fue a dejar el equipaje, se llenó de nuestros papeles: pasaportes, tarjetas, permisos de visa, quién sabe qué conjuro sucediéndose en la cabeza de Madre, quien insistía en que durmiéramos.

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Fue imposible volver a soñar. Apenas la mirada de Pierre, alejándose desde la esquina, me mantuvo quieto, navegando ante suposiciones angustiosas que después se cumplirían. ¿Volveríamos a México? ¿A las noches de golpes y portazos, donde mi sonrisa nerviosa terminaba por encender la furia de mis padres que se batían a golpes de amor e impotencia?, ¿nos quedaríamos eternamente en esta suite de lujo?, ¿viviríamos como fantasmas entre los pasillos de un hotel con luces que se encienden y apagan a nuestro paso, dedicados acaso a perseguir sombras de visitantes igualmente perenes?

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Amaneció sin nieve. Por una simple cuestión de practicidad preguntamos si iríamos a la escuela.

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Por su puesto que sí

¿Y… a la salida?, ¿nos vemos en el taller?

¿O nos vemos aquí?

En el taller, chicos. Esto es impagable, solamente fue… un gustito

El amargo gustito deshizo el alma de Madre. Su orgullo, su dignidad, pretendían tapar lo que era evidente: Europa, que prometía la felicidad, era igual de cruel que casa.

Al salir de la escuela volvimos con Pierre. En la mesa estaba la pieza mejorada. Madre la había montado en una base de flechas que atravesaban los dos pedazos del corazón, y, de una forma extraña, lo unían.

Así está mucho, mejor

Es verdad, cherrie, antes era una mierda

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Pierre salió de la cocina con una pasta deliciosa. La comimos con sus dos hijos mayores y esa tarde volvimos a ser, por última vez, una familia.

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***

Pierre me mira, sonriendo, desde la ventana de su estudio. A su lado se mantiene, intacta, la escultura flechada de la serie Cardio. Él la señala, feliz. Y es la nieve y no su inocencia la que lanza sobre mis ojos el más frío de sus cuchillos. ¿Cómo decirle que Madre ya no está con nosotros? Que murió bajo una golpiza de amor e impotencia. Que mi hermana y yo quedamos pegados al recuerdo de una suite de lujo, como fantasmas entre los pasillos de un hotel con luces que se encienden y se apagan.

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ILUSTRACIÓN: Rosario Lucas/EL UNIVERSAL

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