Las bodas de Fígaro: éxito escénico y musical

Dic 1 • Miradas, Pantallas • 668 Views • No hay comentarios en Las bodas de Fígaro: éxito escénico y musical

/

La versión a cargo de la Compañía Nacional de Ópera de Las bodas de Fígaro tiene poco para el reproche: tanto las actuaciones como la orquesta han ganado en interpretación y brillantez sonora

/

POR IVÁN MARTÍNEZ

Con Le nozze di Figaro (Las Bodas de Fígaro), presentada en cuatro funciones entre el 15 y 25 de noviembre de este año en el Palacio de Bellas Artes con la Compañía Nacional de Ópera, el director Mauricio García Lozano completa su concepción escénica de la tercia de óperas creadas por Mozart al lado del libretista Lorenzo da Ponte.

 

Si ya de entrada estrenar una nueva producción de una de las óperas más importantes del repertorio mozartiano es un evento musical de relevancia, que lo haga cerrando el círculo una figura central del quehacer teatral actual de nuestro país se convierte en hecho cultural destacable por sí solo. Así se coloque uno como adepto o detractor del trabajo de García Lozano, se trata de un director que continuamente tiene algo qué decir, que es coherente y fiel a su propio estilo de decirlo y, siempre importante en terrenos operísticos, uno que conoce y entiende el lenguaje musical.

 

Colaborador cercano del escenógrafo Jorge Ballina, el otro genio teatral de su generación, con quien también trabajó en Cosí fan tutte y Don Giovanni para este teatro, juntos crearon un universo escénico desde un diseño cercano en naturaleza y mecánica al del Don Giovanni: una plataforma cuadrada que es movida circularmente por extras, en el que diversos paneles se mueven para crear cada espacio del palacio del Conde Almaviva; ello enmarcado en la iluminación siempre eficaz incluso cuando no alcanza niveles poéticos de Víctor Zapatero. A diferencia de comentarios que he leído, no creo que estos movimientos no automatizados o el exceso de actores extras entorpezcan o hagan ruido visual a la escena o a la apreciación musical de la partitura, ni siquiera durante la obertura, que ha sido escenificada; no es necesario, ojalá no lo hubiera, pero ha resultado en un preámbulo teatral bien coreografiado que no ha estorbado.

 

Quizá inconscientemente (pues en un breve ensayo en el programa de mano afirma que han sido dos los temas subrayados), en éste y en los dos títulos Mozart-da Ponte anteriores, creo que el director ha privilegiado en su lectura el conflicto amoroso-sexual que aquel político o de clase. No lo digo como si esto fuera un yerro. Y también creo que de las tres, ha sido en éste en el que las microhistorias entrelazadas han sido mostradas con más claridad, aunque en Don Giovanni obtuviera de sus cantantes portentos mayores, de mayor profundidad, en sus actuaciones.

 

Musicalmente bajo el mando de la batuta del titular de la compañía, Srba Dinic, hay poco qué reprochar. Ante el cambio de gobierno y la incertidumbre que pesa sobre la continuidad que tendrá la Ópera nacional, justo es el momento para conmemorar el trabajo realizado por el director serbio en su paso al frente de la Orquesta del Teatro en estos años: la orquesta mejoró su nivel y cada función suya fue deslumbrante de color y precisión (incluso cuando no fue precisa) y de brillantez y sonoridad (incluso cuando fue excesiva); hay ahora un ensamble y no un conjunto de instrumentistas. De tal manera que las basuritas que pudieron escucharse en las funciones de estas Bodas, pasan desapercibidas.

 

Dicho ello, lo poco que hay que reprochar es precisamente la lectura específica de la partitura mozartiana. Ya lo he dicho, Dinic no es un director al que considere mejor en este repertorio que cuando se enfrenta, por ejemplo, a Verdi, Strauss o Puccini. Su manera de frasear en los títulos de Mozart que le escuché es un tanto arrastrada, sus articulaciones demasiado afables y los tempi generalmente lentos. Tanto la ejecución orquestal como los recitativos acompañados ahora por el clavecinista Ricardo Magnus; desconozco la forma de trabajo entre ellos, pero al final el responsable musical de todo el espectáculo es sólo uno. Las funciones se vuelven más largas y hay una sensación constante, sobre todo sin intermedios, de aletargamiento.

 

Así como en lo escénico noté más claridad entre las diferentes texturas teatrales, lo hice también musicalmente. Tanto en números de ensambles vocales con los personajes principales, como en aquellos con participación coral: independientemente de la preparación del Coro del Teatro por parte de Stefano Ragusini, el trabajo de Dinic como “concertador” de todas las fuerzas sonoras es evidente, fuerte y eficaz.
El desempeño musical de las voces protagonistas resultó de medianamente bueno a sobresaliente: bien y con contundencia el Fígaro de Denis Sedov, mientras el conde Almaviva de Armando Piña fue opacado en su canto por su flaco trabajo actoral, mientras el Bartolo de Arturo López Castillo nunca se escuchó, pero brillantes por donde se les escuchara resultaron la Condesa de Narine Yeghiyan y la Susana de Letitia Vitelaru, aunque quedará con mayor resonancia en mi memoria el sorprendente desempeño de Jacinta Barbachano, portentosa en lo vocal y lo actoral como Cherubino, y de Dora Garcidueñas, quien como Barbarina enarboló magníficamente aquello de que no hay papeles pequeños.

 

FOTO: Luego de interpretar en temporadas recientes Don Giovanni y Così fan tutte, la compañía dirigida por Mauricio García Lozano y la batuta de Srba Dinic cerró la trilogía de óperas mozartianas. / Cortesía INBA

« »