Leonard Bernstein y México

Ene 20 • Miradas, Música • 3489 Views • No hay comentarios en Leonard Bernstein y México

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El afecto que el compositor estadounidense Leonard Bernstein sentía por la música mexicana lo llevó a dirigir obras de Carlos Chávez y Silvestre Revueltas, gesto que la Orquesta Sinfónica Nacional corresponderá este año con su sinfonía Jalil

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POR IVÁN MARTÍNEZ

Los aniversarios musicales que se celebran este año se centran, sin olvidar los fallecimientos de Debussy o Rossini, en el centenario natalicio de Leonard Bernstein.
Fascinante como personaje, lo mismo hombre apegado a su esposa y a sus hijos que homosexual libre, escritor epistolar pícaro, pianista competente, educador comprometido, director astuto e inmenso. Bernstein compositor consumado cuya vastedad no termina de ser comprendida. Es con seguridad la figura musical más importante del siglo XX norteamericano y una de las más influyentes en todo el mundo occidental.

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Curioseando por la red, encontré la fotografía que acompaña este texto, lo que me dio pie a esbozar estas musicológicamente nada exhaustivas líneas sobre su relación con México. La foto fue tomada el 15 de junio de 1958 en el Auditorio Nacional, tras el segundo concierto en la Ciudad de México de una gira latinoamericana de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Aparecen junto a él Dimitri Mitropolous, con quien compartía —entre otras cosas— la dirección musical de la gira y quien dirigió esa noche, y el compositor mexicano Carlos Chávez, cuya Segunda Sinfonía, “India”, había dirigido él un día antes en el Palacio de Bellas Artes y que se tocó en prácticamente todos los conciertos de la gira.

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No era la primera vez ni la última que Bernstein visitaba México. En una entrevista para la revista Vogue sobre su última gira aquí, con la Filarmónica de Israel al Cervantino a finales de los 80, contaba que había venido de luna de miel en 1951, que era un país que siempre había sido “muy amable” con él y para quien representaba algo muy especial. Leyendo sus cartas, estoy seguro que no fue un lugar común: según se lee, él y Felicia disfrutaron ampliamente su temporada en Cuernavaca (ahí esbozó su primera ópera, Trouble in Tahiti) y en la prensa se registró cariñosamente un concierto al frente de la Sinfónica Nacional en el que tocó su Primera Sinfonía, Jeremiah, y en la que él mismo se ofreció como solista de un concierto para piano de Mozart.

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Pero su relación con nuestro país no es únicamente casualidad de la vida itinerante de un director aclamado en todo el mundo, como el hecho de que se volviera paladín de aquella sinfonía mexicana incluida en la gira del 58 no lo fue de una programación para quedar bien con el público de una gira latinoamericana.

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Su debut en Nueva York, no el de noviembre de 1943 en Carnegie Hall, sino la primera vez que empuñó la batuta en esa ciudad, en marzo del mismo año, se dio precisamente con música mexicana: en el Museo de Arte Moderno, combinó la zarzuela The wind reminds, de Paul Bowles, con el Homenaje a García Lorca de Silvestre Revueltas. No salió como pensaba (“dumb trombone and oboe and harp”, se quejó), pero su instinto natural para el ritmo, el color y la textura —características revueltianas— lo hicieron iniciarse y regresar con rigor a nuestra música en no pocas ocasiones.

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A Revueltas le grabó Sensemayá en 1963. Desde el inicio, quizá no tan misterioso como estamos acostumbrados a escucharla, un poco más nerviosa y por momentos violenta, se siente la energía viva, el interés. No es una lectura que dé por sentadas sus implicaciones de contenido o ritmo, es una lectura de búsqueda y entendimiento. En la biblioteca virtual de la orquesta neoyorquina, se puede acceder a la partitura usada por Bernstein y leer sus anotaciones: no agregó demasiadas, pero hay un par de indicaciones de fraseos que indican precisamente esa búsqueda, ese compromiso. Hay un trabajo de mesa —no sólo de batuta— que evidencia dinámicas, que descifra texturas. Curiosamente, no necesitó anotar cuestiones rítmicas: ésas las traía en la sangre.

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Para el curioso: ahí mismo se encuentran sus partituras anotadas del Concierto para violín (que tocó con Henryk Szeryng) y las sinfonías Cuarta, “Romántica”, Sexta y la “India”, de Chávez. De él sólo grabó esa Segunda, en 1961, lo que con Sensemayá me sirve para intentar descifrar su visión comparada de los dos maestros mexicanos: la de Chávez la ejerce con un sentido más amplio tanto de fraseo como de concepción del sonido, creo que lo veía como una figura más universal. Quizá por la vía de Britten y sobre todo a través de la propia influencia de Copland, en sus cartas se lee hacia él además una profunda admiración, agradecimiento y respeto. Con Britten no pocas veces comparte la alegría por un gesto elogioso que les hiciera el compositor de Popotla al revisar sus músicas. A Copland, con el entusiasmo de un niño inocente que no reconoce aún su propia importancia, le cuenta, por ejemplo, de la oportunidad que tuvo de ser el solista en su Concierto para piano.

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Ojalá este 2018 México corresponda la jocosidad con la que descubrió San Juan de Letrán de la mano de Copland, el cariño con el que regresó constantemente a nuestra música o la familiaridad con la que visitó nuestros escenarios. Ojalá que además del gesto de incluir el bellísimo Jalil en junio, la Sinfónica Nacional regrese también a Jeremiah.

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FOTO: El compositor Carlos Chávez con el director de orquesta Dimitri Mitropolous y Leonard Bernstein el 15 de junio de 1958 en el Auditorio Nacional. Los mariachis no callaron. / New York Philharmonic Leon Levy Digital Archives

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