El genio del orientalismo, otra vez

Oct 6 • Reflexiones • 440 Views • No hay comentarios en El genio del orientalismo, otra vez

Clásicos y comerciales

 

POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

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Erudita hasta la petulancia, Brújula (2015), novela con la cual Mathias Enard ganó el Premio Goncourt, combina dos tipos de relato. Si aspira a ser –como lo señaló Alberto Manguel en una nota perezosa– una novela total capaz de reconciliar a Occidente con Oriente, lo es porque se sirve del ensayismo “en modo ficción” popularizado a fines del siglo pasado por los italianos Roberto Calasso y Claudio Magris, de tal forma que su narratividad es un despliegue enciclopédico a la vez fascinante y tortuoso. A ese primer registro, la buena pluma, muy francesa, de Enard, se agrega un recurso más viejo, el testimonio del hombre que al morir –de un puñado de horas a otro– va reconstruyendo su vida, como lo hicieron en el siglo pasado Hermann Broch en La muerte de Virgilio (1945) y Carlos Fuentes con La muerte de Artemio Cruz (1962).

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Brújula (RHM, 2017) es, propiamente hablando, “la muerte de Franz Ritter”, un cultísimo musicólogo, orientalista y vienés, enamorado de una joven académica francesa errante y aventurera que le brinda, al clasicismo del viejo sabio mucha de la posmodernidad contenida en una novela presuntuosa de su abolengo, desde Chateaubriand, con su Itinerario de París a Jerusalén (1811), pasando por el diván de poesía clásica farsi que Goethe no pudo leer hasta El mar de las Sirtes (1951), de Julien Gracq, clásico del desierto intemporal. Porque la brújula de Enard se mueve en el desierto –campo magnético desplegado para atraer su erudición– entre Siria e Irán. Desierto que Ritter no puede sino evocar en términos musicales, apelando a la autoridad del saintsimoniano Félicien David (1810-1876), personaje asombroso, pero compositor bastante limitado si se tiene la curiosidad de oírlo, y autor de un oratorio, El desierto (1869), que Enard y su álter ego ponen por los cielos.

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Brújula está dedicada, empero, a seguir a una tribu en particular, la de los orientalistas como lo ha sido el propio Enard –de otra manera escribir ese libro habría sido imposible– y su peculiar condición de élite cosmopolita repleta de espías, fanáticos políticos y religiosos, conversos, descreídos, mercaderes, traficantes de armas, poetas (¿quién más orientalista que un Rimbaud?), diplomáticos y aventureros de toda laya, quienes fabricaron, en el siglo XIX y aún después, la brújula que divide Oriente y Occidente, ideólogos quienes no sólo han interpretado el mundo sino han contribuido a su división y a su martirio. La erudición de Enard es curiosamente didáctica. La brújula orienta pero puede hacerlo atentando contra su propio mecanismo y encontrar al Oriente donde no lo hay, enloquecida.

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Enard aboga porque encontremos a Oriente en Occidente y viceversa; no es casual que Franz Ritter, agonizante adicto al opio –sintetizado, el enervante, en el cercano y no en el lejano Oriente– sea vienés, pues aquella ciudad imperial fue la última frontera a la que arribaron, en su afán conquistador, los otomanos en 1683 y el gran orientalismo fue una especialidad austro-húngara y germánica, al grado de que leyendo Brújula nos enteramos de mil y un cosas, como que ambos contendientes europeos, durante la Gran Guerra llamaron a sus colonias árabes a combatir en los términos de una jihad o que el Reich del Káiser llegó a instalar, en Prusia, una mezquita al servicio de los prisioneros de guerra de origen musulmán, a quienes la leva arrastró hasta las trincheras europeas. Más conocido fue el interés de Hitler por hacerse de Irán, presunto semillero de la raza aria (que teorizó el conde de Gobineau, racista sin ser antisemita) y el frenético folclor motivado por esa empresa, origen, se entenderá, del persistente antijudaísmo de los ayatolas.

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El enciclopédico esfuerzo de Enard (1972) no se detiene, por fortuna, en la gran historia. Se rinde cabal homenaje a Sadeq Hedayat, el autor iraní de La lechuza ciega –leída en México primero que en otras partes gracias a la versión del francés, de Agustí Bartra, publicada por Joaquín Mortiz en 1966– quien se suicidó en París, cuyo departamento en la Rue Championnet visitan Franz Ritter y su novia Sarah, quien lo relaciona –al iraní– con Kafka, como es usual, según se lo reprocha su amante, más curtido en el comparatismo que su afanosa discípula.

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No hay ningún autor occidental relacionado, mal o bien, con el próximo Oriente que no desfile por las páginas de Brújula, tanto más ricas para quien se sorprenda del persistente orientalismo de la música occidental: Alkan, Honneger, Schmitt, Bartók, Hindemith, Szymanowski –autor de un Muezzin amoureux– y antes que ellos Chopin, Berlioz o Gurdieff y de Hartmann, estos últimos un par que obsesiona a Franz Ritter. Nuestro héroe es un vienés malhumorado quien se da el lujo de citar a Gómez de la Serna (“Los tiempos son tan malos que yo he decidido que lo mejor es hablar solo”) mientras que la morbosa Sarah, amiga del género gore y a quien imagino tatuada de motivos “góticos”, prefiere la antropología de los seres fantásticos del desierto y estudia a quienes les rinden culto. Todo va y todo regresa en Brújula y Enard sigue, por ejemplo, las aventuras de La marcha turca de Beethoven, por allá o nos instruye sobre que la actual Arabia Saudita –efectos de la globalización– adoptó como propio el mundo árabe de Walt Disney antes que el de Las Mil y Una Noches y nos recuerda al errabundo poeta, avecinado en el Líbano, Germain Nouveau, uno de los pocos escritores que ha sufrido la humillación póstuma de haber sido expulsado de la Pléiade, el Panteón bibliográfico francés.

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La guerra de Bashar al-Ássad contra su pueblo, la destrucción de Alepo, las renovadas ruinas de Palmira para vergüenza de la humanidad, los crímenes terroristas cuyas principales víctimas se encuentran entre los musulmanes, el horror del Estado Islámico y su abandono de la indolora decapitación tradicional por la cruel incisión del cuello con un cuchillo carnicero, todo ello rodea, asfixiándolos, a Franz Ritter, a Sarah y a un par de personajes secundarios, pero acaso el mayor logro, estrictamente novelístico, de Brújula, sea cómo Enard aísla del mundo a los amantes en una burbuja transformada en brújula, como en aquella noche, “casta y erótica como el Oriente”, en que acampan en Palmira, arrullados por el desierto.

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De Viena a El Cairo y de París a Teherán, esta última la ciudad, puertas adentro, más occidentalizada del planeta y llegando hasta Darjeeling, en Bengala, donde habrá de refugiarse Sarah, cansada de su amante vienés y de su desierto y acogida –que no conversa– al budismo, Brújula (traducida al español por Robert Juan-Cantavella quien decidió no acentuar Énard), es el libro sobre Oriente que Franz Ritter no escribirá, agónico. ¿Habrá algo más francés que escribir un libro sobre un libro que no se escribe? Puede que no. Pero, merced al enciclopedismo de Enard, su novela es un libro político, dirigido, en buena hora contra Edward Said (“el Gran Nombre, el lobo aparecido en medio de la manada, en el desierto glacial”) y su orientalismo.

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En su calidad de nuevo genio del orientalismo y a través de su Sarah, Enard concluye afirmando que los “orientales” mismos han sido muy activos en su propia desgracia, al perfeccionar, en efecto, todo cuanto denuncia Said. Son una multitud de pueblos cuyas legendarias sutilezas y brutalidades tiránicas se renovaron gracias al colonialismo europeo, de tal forma que la discusión no es ya si el profesor norteamericano de origen palestino tiene la razón o no. Se trata, se nos advierte, de olvidar ese escenario de dominación que Said, al denunciar, congela como materia académica y sustituirlo por otra historia, también política, pero regida por el intercambio y la continuidad.

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La santa trinidad postcolonial –Said, Bhabha, Spivak–, nos dice Sarah, denunciando violencias e imperialismos ha impuesto la idea absurda de una alteridad absoluta del Islam. Más allá del colonialismo, Europa le debe tanto al Oriente que separarlos es imposible e indeseable, suicida. Y en sentido contrario, supone el lector, ocurre lo mismo. Brújula, de Mathias Enard, es una novela excesiva, fallida quizá, adversa al espíritu de síntesis, pero cuyo valor, más allá de lo que enseña de historia y literatura, está, acaso, en su virtuoso ecumenismo.

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FOTO: El escritor francés Mathias Enard, ganador del Premio Goncourt en 2015 por su novela Brújula./ Georges Seguin

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