Llega la OFCM a su 40 aniversario

Ene 27 • Miradas, Música • 3618 Views • No hay comentarios en Llega la OFCM a su 40 aniversario

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El carácter y la versatilidad que ha consolidado a la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México queda de manifiesto en este inicio de año, en el que reestrena su sala recién remodelada, que se irá adaptando a las necesidades sonoras

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POR IVÁN MARTÍNEZ

Bien ha empezado la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM) el 2018, año de su 40 aniversario. Asistí a su segundo programa, el pasado sábado 20 de enero y me encontré con la misma noticia que elogié hace doce meses: el anuncio de una temporada anual ya lista y anunciada desde enero hasta diciembre y la inclusión de una temporada de preconciertos de cámara donde convivirán por igual algunos de los solistas invitados, su director artístico —el también violinista Scott Yoo— y muchos miembros de la orquesta emblema de la Ciudad.

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Esta vez me encontré también con la famosa renovación estética y acústica de su sede, la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli, de la que tanto se habló desde hace un par de años y cuyos retrasos de obra no permitieron realizar prácticamente la mitad de la temporada del 2017.

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Como melómano, me dan gusto ambas características de su inicio de año. Las dos dan certeza y certidumbre a sus músicos y a su público y eso siempre es saludable, permite enfocarse en lo importante, hacer música, y sirve sobre todo a una institución como ésta, que precisamente no ha gozado de certidumbre, ni en lo general en las últimas décadas ni en lo particular cuando se trata de años electorales. Parece que la llegada de Scott Yoo a la orquesta, hace dos años, comienza a ver frutos y al menos a simple oído, todo se vislumbra asentado y en orden.

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Así fue la concepción del programa que escuché, asentado y en orden. Y también muy completo en su diseño: el director huésped, Carlos Spierer (Estocolmo, 1963), viejo conocido de esta orquesta y de esta ciudad por su larga relación con la Orquesta Sinfónica de Minería, ofreció en primera instancia una de las sinfonías londinenses de Haydn, la no. 97 en Do Mayor, seguida de una de las piezas menos escuchadas de Silvestre Revueltas, Ventanas (1931), y concluyó tras el intermedio con una sinfonía cumbre del romanticismo, la no. 3 en Mi bemol Mayor, op. 97, Renana, de Schumann.

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Sin haber sido la de Spierer una batuta que ofreciera interpretaciones extraordinarias o brillantes, he disfrutado su ortodoxia y el carácter musical que brindó en sus lecturas a las tres obras. Aunque hubiera preferido que la sinfonía haydniana la hiciese con mayor firmeza y una incisión más grave en los fraseos, con gestos menos galantes, con Revueltas lo sentí muy cómodo, precisamente con articulaciones fuertes sin ser grotescas y con episodios líricos que de ninguna manera cayeron en lo pueblerino; con manejo controlado de las dinámicas, del ritmo y las texturas.

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Fue la Renana de Schumann el inciso del programa que brindó con mayor personalidad: qué manera la suya, tan clara, de mostrar un concepto. Sólido en cada movimiento individual, si bien el tercero pudo ser más dancístico —cuestión que hubiera servido con un tempo más veloz, pero no necesariamente—, como tan robusto en su arquitectura toda. De particular gusto sonaron lo expansivo de sus fraseos en los movimientos externos y la articulación clara de cada sección orquestal, sobre todo de los metales.

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Sin embargo, poco pude encontrar de su concepción de sonido orquestal. Creo que no fue culpa de él, sino de la nueva acústica de la sala, que de entrada no se ve como producto de una solución acústica diseñada, sino como un simple recubrimiento para salir del paso: con paneles lisos de triplay, tanto en el foro (que antes tenía madera moldeada en la mitad inferior y cemento en la superior) como en la platea (antes desnuda). Lo que se escucha es, sí, un sonido más brillante, que pudo ser resultado de la presencia musical protagonista de metales en las obras de este programa.

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No se escucha, sin embargo, centro en el sonido. El resultado es más bien disperso. Hasta ahora, parece ofrecer pocas posibilidades de dirección, no se escucha una base sólida, asentada y no estamos hablando de una orquesta que adolezca de sus cuerdas bajas, todo lo contrario. No ensordece el sonido, pero tampoco le da definición.

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Como todo instrumento vivo y —finalmente— nuevo, la propia sala irá cambiando y adecuándose. Habremos de ver qué tanto se moldean, tanto la nueva acústica a la orquesta como el sonido de ésta —y del que Yoo esté moldeando a su vez de ella— a las nuevas características físicas del espacio.

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También se irá viendo y moldeando lo fructífero y viable que pueda ir siendo el nuevo Círculo de Amigos, la asociación privada que dotará de fondos a la orquesta para temas como jubilaciones decorosas, que no ha iniciado de la manera más clara y contundente.

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Por ahora, el inicio de año pinta musicalmente bien y hay programas que se antojan imperdibles, como la sesión de cámara previa y el concierto sinfónico con el pianista Orson Weiss el próximo 3 y 4 de febrero (tocará el Sexteto para piano y alientos de Poulenc y luego el Primer Concierto para piano de Tchaikovsky), el estreno de una nueva pieza de Gabriela Ortiz en junio, los conciertos con jóvenes solistas que ganaron el concurso convocado hace dos años, o los conciertos en los festivales del Centro Histórico y Cervantino.

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FOTO:  La Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México abrió su temporada 2018 con obras de Haydn, Revueltas y Schumann, bajo la batuta del director huésped Carlos Spierer. / Cortesía: Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

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