Los primeros japoneses en México

Ene 25 • Conexiones, destacamos, principales • 6011 Views • No hay comentarios en Los primeros japoneses en México

POR ABIDA VENTURA

 

Era un lunes de Semana Santa. Aquel 24 de marzo de 1614, los habitantes de la capital de Nueva España miraron con expectación la llegada de un samurái, líder de un grupo de hombres que, según crónicas de la época, venían ataviados con una especie de “chaleco-camisa” que ceñían a la cintura, lucían el cabello atado a la altura de la nuca y portaban espadas. Acompañaban a ese guerrero japonés de nombre Hasekura Rokuemon Tsunenaga dos españoles: fray Luis de Sotelo y el explorador Sebastián de Vizcaíno.

 

La comitiva, que había zarpado de Sendai (360 km al norte de Tokio) cinco meses antes a bordo del barco San Juan Bautista, provenía del puerto de Acapulco, a donde arribó a finales de enero de 1614, hace exactamente cuatro siglos.

 

Tres meses de travesía por el Pacífico, algunos altercados entre la tripulación y varios kilómetros de camino desde la costa habían quedado atrás. En la capital de Nueva España, Hasekura y sus hombres se abrían paso hacia Europa, donde visitarían al rey Felipe III de España para negociar privilegios comerciales, en especial con Nueva España, por ubicarse aquí el principal puerto comercial entre Asia, América y Europa. Allá, en el Viejo Mundo, también visitarían al Papa en Roma para expresar su interés por cristianizar las tierras japonesas. Esa era la misión que el daimyō Date Masamune, señor feudal de la región de Sendai, les había encomendado.

 

Durante su paso por tierras mexicanas, los japoneses que conformaban la llamada “Misión Hasekura” fueron recibidos con algarabía y júbilo por el virrey marqués de Guadalcázar. En la capital de Nueva España permanecieron algunos meses, hospedados en el Convento de San Francisco, donde 68 japoneses fueron bautizados, excepto Hasekura, quien por sugerencia de los clérigos de la ciudad de México no lo haría hasta España, frente al Rey Felipe III, como un acto estratégico para demostrar su interés por la fe católica. Felipe Francisco de Faxicura sería el nombre cristiano con el que el samurái fue bautizado el 17 de febrero de 1615 en Madrid.

 

La posterior parada fue Roma, donde el Papa Paulo V los recibió con cordialidad pero sin hacer mucho caso de sus peticiones, porque desde España le habían advertido que, en realidad, Hasekura no era un emisario del gobierno central del Japón, sino un representante de un señor feudal de segundo rango.

 

Después de casi dos años en Europa, Hasekura volvió a México dejando atrás una empresa fallida y a una decena de japoneses que se asentaron en Coria del Río, en España, localidad en la que hasta hoy sobrevive el apellido familiar Japón.

 

En abril de 1618, Hasekura y los pocos japoneses que aún le seguían salieron rumbo a Manila, donde tuvieron que esperar hasta 1620 para volver a Japón, debido a la prohibición del cristianismo y el aislamiento internacional que el shōgun Tokugawa Hidetada había impuesto. La llegada de esa comitiva de japoneses a tierras mexicanas hace cuatro siglos marcaría los primeros contactos entre estos dos países, hasta entonces divididos por la inmensidad de las aguas del Océano Pacífico.

 

La expedición de Hasekura, así como la de Rodrigo de Vivero, quien tras naufragar en las costas de Japón llegó a México dos años antes (1612), acompañado de comerciantes japoneses, creó un antecedente en las relaciones entre México y Japón. La historiadora María Cristina Barrón Soto, del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, señala: “Ese primer acercamiento aparentemente no dejó ni un resultado, porque finalmente no se establecieron las relaciones comerciales o, como se decía en la época, la contratación. Sin embargo, es un antecedente histórico que permite tener la referencia de un pasado común y eso tiene trascendencia entre los Estados”, dice.

 

Hace cuatro siglos, el proyecto de comercio entre Japón y Nueva España no tuvo efecto porque, sostiene la historiadora, “no hubo coincidencia de intereses, ya que los japoneses querían comerciar y los españoles cristianizar”; sin embargo, aquel episodio sellaría los primeros intentos de inserción de Japón en el mundo hispano.

 

Más allá del tráfico mercantil, la Embajada Hasekura también fijaría el inicio de un intercambio cultural y humano entre México y Japón. A cuatro siglos, las huellas más notorias de aquellos japoneses que viajaron con Hasekura están presentes en Coria del Río, un pueblo cercano a Sevilla, pero en México también se ha logrado documentar el asentamiento de algunos de ellos.

 

En Guadalajara, Melba Falck, investigadora del Departamento de Estudios del Pacífico, de la Universidad de Guadalajara, y el historiador Héctor Palacios han logrado rastrear la vida de Luis de Encío, un samurái de bajo rango que probablemente llegó a Acapulco en 1614 como miembro de la Misión Hasekura.

 

La historia de este personaje es digna de ser contada. La hipótesis de que Encío llegó con Hasekura, cuenta Falck en entrevista, se desprende de la firma en caracteres japoneses que dejó estampado en un documento notarial de la época, que fue hallado en el Archivo de Instrumentos Públicos del Estado de Jalisco. Esa firma, en letras ideográficas kanji, representaba el nombre japonés del personaje: Fukuchi Soemon o Hyoemon, y en letras fonéticas hiragana se lee su nombre castellano: Luis de Encío.

 

Con esa información —relata la investigadora—, el ex embajador de Japón en España, Eikichi Hayashiya llegó a la conclusión de que Encío provenía del poblado del mismo nombre: Fukuchi, cerca de Sendai, puerto de salida de la Misión Hasekura. En Fukuchi, el investigador japonés buscó corroborar esta pista y halló a una familia del mismo nombre, pero ningún registro sobre este personaje.

 

Sin embargo, a partir de las pesquisas que los investigadores mexicanos realizaron en archivos históricos de Guadalajara, se sabe que Encío llegó a ser un notable mercader en la sociedad tapatía durante el siglo XVII, que se casó con una indígena, y que su única hija contrajo matrimonio con Juan de Páez, también de origen japonés. Las pistas sobre la vida de estos dos personajes aparecen descritas en el libro El japonés que conquistó Guadalajara. La historia de Juan de Páez en la Guadalajara del siglo XVII, que Falck y Palacios publicaron en 2009, y en el que exponen las hipótesis de cómo podrían haber llegado estos japoneses a tierras tapatías. El texto es un primer acercamiento al tema, pues la investigación continúa. El problema, comenta la investigadora, es que para rastrear el asentamiento de los japoneses en México en esa época, hay que partir casi desde cero, ya que existen pocas publicaciones sobre el tema, por lo que la investigación ha de hacerse, a costa de tiempo y paciencia, directamente en los archivos históricos.

 

Como ellos, Barrón Soto también inició hace unos años un proyecto de investigación para identificar a un grupo de japoneses que originalmente vinieron con Hasekura, que volvieron a Japón y, al no ser aceptados por profesar la fe católica, regresaron a Nueva España en 1618. Hasta ahora, la investigación no ha arrojado mayores datos. “Hemos trabajado alrededor de ocho meses en busca de registros de estos japoneses de la Misión Hasekura, pero en términos documentales ha sido muy difícil encontrarlos, tanto en archivos de la ciudad de México, de Guadalajara, como en el Archivo General de Indias”, admite la investigadora.

 

A decir de Melba Falck, aunque existen historiadores, diplomáticos o periodistas que en los últimos años se han interesado en documentar los primeros contactos entre México y Japón, hace falta una red de investigadores que permita el intercambio de información. A cuatro siglos de esa aventura, uno de los grandes pendientes, coinciden los historiadores, es fortalecer la pesquisa en los repositorios documentales que podrían arrojar pistas nuevas y ayudarían a proponer diferentes lecturas sobre ese momento histórico.

 

En torno a las relaciones de Japón y Nueva España durante esa época, comenta la historiadora Michiko Tanaka, investigadora del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, hay textos o testimonios, la mayoría escritos por los mismos misioneros, pero en los últimos años historiadores de los diversos países que aquella Misión visitó comienzan a interesarse en el tema. “Prevalecen sobre todo los puntos de vista de las misiones, pero a partir de eso y la investigación en los archivos históricos, están empezando a explorarse temas más puntuales, como la interacción de la sociedad japonesa ante las nuevas culturas, sobre los nuevos sistemas de creencias, el tema del sincretismo y la autonomía. Estos asuntos, poco a poco, puede ir haciendo un replanteamiento de la época”, dice.

 

Tal vez así, con una minuciosa reconstrucción histórica de aquella aventura, se logre conocer más sobre el destino de los japoneses que se quedaron en México, incluso despejar los misterios en torno a Hasekura, quien a su regreso a Japón, hacia 1620, desparece en la oscuridad de la historia. Se sabe que falleció en agosto de 1622, pero lo que sucedió en esos últimos dos años de su vida sigue debatiéndose entre tres versiones: que abandonó el cristianismo, que fue martirizado por su fe cristiana o que mantuvo sus prácticas cristianas en secreto hasta el día de su muerte. Tres versiones que, por muy distintas que sean, guardan en común el final trágico, propio del héroe nipón.

 

 

*Fotografía: Hazekura en kimono de gala/ CORTESÍA EMBAJADA DE JAPÓN EN MÉXICO

 

 

 

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