Las manos de los negros

Nov 24 • Ficciones • 685 Views • No hay comentarios en Las manos de los negros

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Las narraciones de Luis Bernardo Honwana (Mozambique, 1942) poseen una fuerte carga de protesta política. Este cuento pertenece al libro Nosotros matamos al perro tiñoso, escrito en 1964, durante su cautiverio como preso político

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POR LUIS BERNARDO HONWANA

Ya no sé a cuenta de qué surgió el tema, pero el señor profesor dijo un día que las palmas de las manos de los negros son más claras que el resto de su cuerpo porque todavía hace pocos siglos sus abuelos andaban apoyados con ellas en el suelo, como los animales de la selva, sin exponerlas al sol, que les iba oscureciendo el resto del cuerpo. Me acordé de eso cuando el señor cura, después de decir en el catecismo que nosotros no servíamos de veras para nada y que hasta los negros eran mejores que nosotros, volvió a hablar de eso de que sus manos eran más claras, diciendo que eso era así porque ellos, a escondidas, andaban siempre con las manos juntas, rezando.

 

A mí me pareció tan chistoso eso de que las manos de los negros fueran más claras, que ahora todos ven sin dejar en paz a cualquiera, hasta que no me diga por qué los negros tienen las palmas de las manos tan claras. Doña Dores, por ejemplo, me dijo que Dios les hizo las manos más claras para que no ensuciaran la comida que preparan para sus patrones o cualquier otra cosa que les ordenen hacer y que deba quedar muy limpia.

 

El señor Antunes de la Coca-Cola, que sólo aparece en el pueblo de vez en cuando, cuando todas las coca-colas de las loncherías ya se hayan vendido, dijo que todo lo que me habían contado eran puros cuentos. Claro que no sé si realmente lo eran, pero él me aseguró que sí. Después de que le dije que sí, que eran puros cuentos, él me dijo entonces lo que sabía sobre el asunto de las manos de los negros. Así:

 

“Antiguamente, hace muchos años, Dios, nuestro señor Jesucristo, la virgen María, San Pedro, muchos otros santos, todos los ángeles que en aquella altura estaban en el cielo y algunas personas que habían muerto y subido al cielo se juntaron y decidieron hacer a los negros. ¿Sabes cómo? Agarraron barro, lo metieron en moldes usados y, para que el barro de las criaturas se cociera, las llevaron a los hornos celestes; como tenían prisa y no había ya lugar entre las brasas, las colgaron en las chimeneas. Humo, humo, humo y ahí los tienes oscuritos como carbones. ¿Y ahora quieres saber por qué las palmas de sus manos quedaron tan blancas? ¿¡Por qué tenía que ser así!? ¡Pues porque ellos tuvieron que agarrarse mientras su barro se cocía!”

 

Después de contar esto el señor Antunes y los otros señores que me rodeaban se echaron a reír, muy satisfechos.

 

Ese mismo día, el señor Frías me llamó, después de que el señor Antunes se fuera, y me dijo que todo lo que yo había oído con la boca abierta era una grandísima patraña. Lo que era de verdad verdadero sobre el asunto de las manos de los negros era lo que él sabía: que Dios acabando de hacer a los hombres, los mandaba a que se bañaran en un lago del cielo. Después del baño las personas quedaban blanquitas. Los negros, como fueron hechos de madrugada y a esa hora el agua del lago estaba muy fría, sólo se habían mojado las palmas de las manos y las plantas de los pies, antes de vestirse y venir al mundo.

 

Pero yo leí en un libro, que casualmente hablaba de eso, que los negros tienen las manos más claras por vivir agachados, siempre cosechando el algodón de blanco en Virginia y no sé dónde más. Luego se vio que doña Estefania no estuvo de acuerdo cuando le dije eso. Para ella sólo se debe a que sus manos se decoloraron por tantas lavadas.

 

Bueno, no sé lo que vayan a pensar de eso, pero la verdad es que, aunque callosas y agrietadas, las manos de un negro son siempre más claras que todo el resto de él. ¡Y eso ni quién lo dude!

 

Mi mamá es la única que debe tener razón sobre esa cuestión de que las manos de los negros sean más claras que el resto del cuerpo. El día en que hablábamos sobre eso, yo y ella, yo todavía le estaba contando lo que ya sabía sobre el asunto y ella ya estaba cansada de tanto reír. Lo que me pareció raro fue que no me dijera de inmediato lo que pensaba de todo eso, cuando yo le pregunté, y sólo me hubiera respondido después de cansarse de ver que no me cansaba de insistir sobre el tema, y aún así, llorando, agarrándose la barriga como quien no puede más de tanto reír. Lo que ella me dijo fue más o menos esto:

 

“Dios hizo a los negros porque tenía que haber negros. Tenía que haber negros, hijito, él pensó que realmente tenían que existir… Después se arrepintió de haberlos hecho porque los otros hombres se burlaban de ellos y se los llevaban a sus casas para que les sirvieran como esclavos o poco más. Pero como él ya no pudo hacer que fueran blancos porque los que ya se habían habituado a verlos negros reclamarían, hizo que las palmas de sus manos fueran exactamente como las palmas de las manos de los otros hombres. Y ¿sabes por qué lo hizo? Claro que no lo sabes, y no me extraña, porque muchos, muchos no lo saben. Pues mira: fue para mostrar que lo que los hombres hacen es sólo obra de hombres… Que lo que los hombres hacen es hecho por manos iguales, manos de personas que, si tuvieran un poco de juicio, sabrían que antes de ser cualquier otra cosa son hombres. Debe haber sido pensando así que él hizo que las manos de los negros fueran iguales a las manos de los hombres que dan gracias a Dios por no ser negros”.
Después de decir esto, mi mamá besó mis manos.

 

Cuando corrí hacia el patio, para jugar pelota, iba pensando que nunca había visto a una persona llorar tanto sin que nadie la hubiera golpeado.

 

Traducción de Ma. Auxilio Salado Pérez

 

ILUSTRACIÓN: Rosario Lucas

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